El Magreb frente al pulpo ‘yihadista’

Los ‘yihadistas’ magrebíes han sacado ventaja a los servicios de seguridad de sus países, cuyas políticas antiterroristas ganarían con una mejor coordinación.

Ridha Kéfi

Tras haber proveído durante largo tiempo de contingentes de activistas islamistas a los frentes del yihad internacional, en Bosnia, en Afganistán y en Irak, los países del Magreb central se enfrentan hoy al terrorismo dentro de sus propias fronteras. Para combatir esa plaga, los gobiernos marroquí, argelino y tunecino tratan, mal que bien, de coordinar sus políticas antiterroristas. En un mensaje dirigido a su homólogo tunecino Zin El Abidin Ben Ali, el 19 de marzo, el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, se extendió largamente sobre la amenaza terrorista que acecha a los “dos pueblos hermanos”, “unidos para lo bueno y para lo malo”.

“Los atentados terroristas perpetrados esporádicamente en Argelia o en Túnez”, “ningún pueblo sería capaz de afrontar[los] solo”, explicó, antes de apelar a sus homólogos magrebíes a actuar conjuntamente par “extirpar el mal de raíz”. En un discurso pronunciado al día siguiente, con ocasión del vigésimo primer aniversario de la independencia del país, el presidente tunecino puso en guardia a sus jóvenes compatriotas contra “las corrientes del extremismo, del fanatismo y del terrorismo”. Desde entonces, el jefe del Estado multiplica las medidas que pretenden orientar mejor a los jóvenes, garantizarles empleo y prevenirlos contra el extremismo religioso.

En un mensaje de pésame dirigido al presidente argelino tras los atentados suicidas del 11 de abril de 2007, en Argel, el rey de Marruecos, Mohamed VI, abogó por la constitución de un frente magrebí contra el terrorismo. “Todos somos objetivos”, escribió. Luego reiteró su disposición a “trabajar con todos los dirigentes de los cinco Estados del Magreb para garantizar la protección de nuestros pueblos y de nuestros países y prevenirlos de los riesgos y peligros de que se transformen en la base del repugnante y execrable terrorismo.” Esta determinación de los dirigentes magrebíes a aunar esfuerzos contra la amenaza yihadista traduce su creciente inquietud, así como la de sus pueblos, frente al surgimiento de nuevas formas de extremismo, aún más ciegas y descontroladas que las conocidas hasta la fecha, y cuyas ramificaciones transfronterizas exigen respuestas concertadas en el plano regional.

Las raíces del mal

Durante la guerra civil que enfrentó el régimen a los extremistas islamistas, entre 1992 y 2000, Argelia conoció un importante número de acciones terroristas, a menudo de gran crueldad. Estas acciones, por lo general atribuidas al Ejército islámico de Salvación (el EIS, brazo armado del Frente Islámico de Salvación, el FIS) y al Grupo Islámico Armado (GIA), y luego, a partir de 1998, al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), se saldaron con cerca de 200.000 muertos y 18.000 desaparecidos, según ciertas fuentes.

La Carta por la Paz y la Reconciliación Nacional, preconizada por el presidente Buteflika desde su regreso a la actividad, y votada en referéndum, permitió a 3.000 antiguos terroristas entregar las armas y volver a la vida normal. Sin embargo, no logró poner fin al terrorismo islamista, que está a punto de volverse endémico. Desde que el 11 de septiembre Ayman al Zawahiri, el número dos de Al Qaeda, anunciara la adhesión del GSPC a la organización de Osama bin Laden, y la fusión, anunciada oficialmente el 24 de enero, de los movimientos yihadistasmagrebíes –el Grupo Islamista Combatiente Marroquí (GICM), el GICT tunecino, el GICL libio…– en el seno de una nueva organización denominada Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), la violencia armada ha redoblado su intensidad, dejando decenas de muertos, en las afueras de la capital y en las zonas boscosas de la Cabilia.

Aún peor: el 11 de abril, los yihadistas argelinos, ahora encabezados por un nuevo emir formado en Afganistán, Abdelmalek Drudkal, alias Abu Mussab Abdelwadud, protagonizaron un gran golpe mediático al perpetrar dos atentados casi simultáneos, en la entrada del palacio del gobierno, en el centro de Argel, y en Bab Ezzuar, en la carretera que lleva al aeropuerto, provocando 24 En Marruecos, el primer atentado terrorista se remonta a agosto de 1994. Fue obra de franceses de origen argelino, contra el hotel Asni Atlas. Desde ese momento, el Reino pasó a ser una especie de plataforma giratoria de las actividades yihadistas, sobre todo dirigidas a Europa. Así, el 11 de mayo de 2002, detuvieron a tres saudíes en el aeropuerto Mohamed V de Casablanca.

Se disponían a cometer actos terroristas en el interior del país y, desde los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, contra los navíos occidentales que transitaran por el estrecho de Gibraltar. Tras esta importante alerta, se tendieron numerosas trampas a los medios islamistas radicales, pero las redes durmientes ya constituidas no pudieron desmantelarse. Los servicios de seguridad marroquíes tuvieron ocasión de constatarlo, a su costa, el 16 de mayo de 2003, cuando 14 terroristas suicidas hicieron volar sus bombas en cinco lugares de Casablanca, causando 45 muertos y un centenar de heridos. El pasado 11 de marzo, un aprendiz de terrorista se suicidó, en un cibercafé de Casablanca, activando los explosivos que ocultaba bajo la ropa.

Su cómplice, detenido por la policía, también llevaba explosivos. El 10 de abril, en otro barrio popular de Casablanca, tres kamikazes hicieron detonar sus cargas durante una operación policial, y un cuarto fue abatido antes de accionar sus explosivos. Cuatro días después, siempre en Casablanca, dos kamikazes se suicidaron cerca del consulado general de Estados Unidos, sin causar víctimas. A pesar de los esfuerzos desplegados por los servicios del Reino para localizar a las células yihadistas, detener a sus miembros y llevarlos ante los tribunales, nada induce a pensar que la plaga del terrorismo vaya a ser derrotada.

Los expertos se muestran incluso muy dubitativos al respecto. Y es que las células terroristas marroquíes son aún más peligrosas hoy, al estar más fragmentadas, ser más autónomas, contar con más movilidad y, a menudo, hallarse sumergidas en los barrios populares que rodean los grandes centros urbanos. Túnez sufrió su primer atentado terrorista, y el último a día de hoy, el 11 de abril de 2002, cuando un kamikaze franco-tunecino afiliado a Al Qaeda voló un camión- cisterna delante de la sinagoga de la Ghriba, en Yerba, dejando 19 muertos, la mayoría turistas alemanes y franceses. Es verdad que la situación en ese país parece menos alarmante que en los otros dos Estados magrebíes. Pero no por ello suscita menos inquietudes.

Y con razón: ese país de 10 millones de habitantes, con un índice de pobreza de los más bajos de la región y donde los movimientos islamistas se desmantelaron a partir de 1991 y sus dirigentes fueron encarcelados o forzados al exilio, se consideraba hasta entonces inaccesible a las redes terroristas. Esta certeza acaba de verse sacudida por los enfrentamientos, entre el 24 de diciembre y el 3 de enero, en el sur de Túnez, entre las fuerzas del orden y una treintena de yihadistas locales, algunos infiltrados de Argelia, donde habían recibido entrenamiento en los campos del GSPC. Estos enfrentamientos, que se saldaron con la muerte de 12 terroristas y la detención de otros 15, dieron lugar a centenares de detenciones en los entornos salafistas y varios juicios por constitución de grupos terroristas. También demostraron que la erradicación del Islam político no basta para acabar con el extremismo.

Y es que el vacío político generado, sumado a factores agravantes, como el desempleo, la injusticia, el empobrecimiento y la hogra (humillación), no tarda en colmarse con la aparición de formas de contestación aún más radicales, como el yihadismo del tipo Al Qaeda. Eso es lo que hoy preocupa a los responsables de los tres países y los lleva a mejorar su cooperación para hacer frente a un peligro por el que se sienten todos amenazados, casi en el mismo grado. ¡Qué lejos queda la época en que marroquíes y tunecinos aún podían asegurar que la violencia endémica de Argelia se detenía en sus fronteras! El AQMI, que ha demostrado su capacidad de reclutar combatientes, de congregarlos más allá de las fronteras y de dirigir ataques simultáneos en los tres países a la vez, plantea ahora nuevos retos a los responsables de la región. Retos a los que, sin duda, les costaría enfrentarse sin un mínimo de cooperación regional.

Los “nuevos” terroristas

Los nuevos grupos radicales del Magreb, nacidos casi espontáneamente, encuentran en los avatares de la política americana en Oriente Próximo y en el choque entre Occidente y el mundo musulmán, alimentado por los extremistas de ambos bandos, así como en los bloqueos políticos y las dificultades socioeconómicas internas (pobreza, mala vida, desempleo, corrupción de las elites dirigentes…) argumentos con que captar a los jóvenes faltos de referencias y enrolarlos en el yihad. Para poner de manifiesto su reciente metamorfosis por el contacto con Al Qaeda, esos grupos han modificado su estrategia, cambiando el monte –hasta entonces campo de acción de los GIA y del GSPC– por atentados espectaculares en el entorno urbano.

También han adoptado métodos y técnicas experimentados en otros frentes del yihad, especialmente las bombas humanas, los coches bomba y los objetivos civiles pero de gran simbología política, como los empleados expatriados de las empresas extranjeras, el palacio del gobierno (Argelia), los edificios diplomáticos americanos (Marruecos)… Asimismo, han adoptado los mismos métodos para fabricar bombas disponibles en Internet y los mismos DVD y CD con sermones, donde se hace apología de los mártires. Los nuevos yihadistasmagrebíes, la mayoría jóvenes –de entre 20 y 25 años– suelen proceder de las clases medias y pobres.

A menudo son parados de larga duración. Algunos no figuran en los archivos de la policía. Otros son delincuentes multirreincidentes reclutados en prisión. A todos los han adoctrinado predicadores fanáticos, antiguos combatientes de Afganistán, que les han instruido en la lucha como un deber y una obligación. Muy influidos por los canales de televisión por satélite del Golfo y por determinada prensa popular, cuya inspiración islamista está envuelta de un barniz nacionalista panárabe, se nutren hasta la extenuación de las imágenes de la guerra en Irak, en Palestina, en el sur de Líbano y en Afganistán. Sus ídolos son los trovadores del antiamericanismo y del antioccidentalismo: Bin Laden, Zawahiri, Sadam, Zarqaui o incluso, en otro registro, Nasralá.

Su sueño ya no es constituir un Estado islámico en su propio país, del que ya no reconocen las fronteras nacionales, sino hacer triunfar por doquier un Islam fundamentalista. Su proyecto es, pues, global, supranacional, por lo que un experto argelino afirma: “Las motivaciones de la guerrilla islamista de los años noventa eran en gran parte nacionales. Ahora encuentra su energía en la actualidad internacional.” Los nuevos yihadistasmagrebíes se imponen la misión de liberar al mundo islámico de la influencia occidental, considerada “impía”, y restablecer el califato islámico en los territorios donde viven los musulmanes.

Sobre todo los países del Magreb, cuyos regímenes se consideran prooccidentales, casi proamericanos, lo que constituye, a su modo de ver, una tara imperdonable. “Modernos” a su manera, estos nuevos guerreros del Apocalipsis, que deambulan por las ciudades con un cinturón explosivo ceñido al cuerpo, recurren a la Red para reclutar, pero también para difundir su propaganda, persiguiendo siempre, a semejanza de Al Qaeda, el impacto mediático, escogiendo fechas simbólicas para llevar a cabo sus ataques, el 11 de cada mes, “en homenaje” al 11 de septiembre de 2001: el 11 de abril de 2002 (Yerba), el 11 de marzo de 2004 (Madrid), el 11 de marzo de 2007 (Casablanca), el 11 de abril de 2007 (Argel)…

Una colaboración activa, pero insuficiente

Esta nueva generación de terroristas plantea un desafío importante a los servicios de seguridad de los tres países afectados, que tratan de coordinar sus políticas antiterroristas y afinar sus métodos de investigación. Sin embargo, del plato a la boca se cae la sopa. Y con razón: la gestión de la seguridad ha demostrado sus límites, ya que el acoso a los islamistas (juicio, encarcelación, persecuciones…) no impidió la radicalización de ciertos elementos, que evolucionaron hacia posturas francamente yihadistas. Sin duda, esta gestión permitió desmantelar muchos núcleos dispuestos a pasar a la acción, y no hay mes sin que Argel, Rabat o Túnez anuncien la detención de una nueva célula. Sin embargo, aún dista mucho de haber dominado al pulpo yihadista.

Y es que, por cada célula desmantelada, ¿cuántas otras nacen en los arrabales que rodean a las grandes ciudades? Los servicios de seguridad magrebíes también tienen motivos para preocuparse por el creciente número de jóvenes que se presentan como candidatos al yihad en Irak –”una universidad del mártir”, según palabras de uno de sus dirigentes, Abu Omar al Baghdadi–, y que consideran los “éxitos” cosechados por Al Qaeda en ese país una incitación a proseguir el yihad en el Occidente islámico, considerado como una línea de confrontación en la frontera con la Europa cristiana. Frente al terrorismo islamista, la cooperación entre los servicios magrebíes y sus homólogos occidentales funciona relativamente bien. Los intercambios de información han permitido evitar muchas masacres, tanto en el norte como en el sur del Mediterráneo.

Los países magrebíes también debaten su política de seguridad en el marco del foro 5+5, que además agrupa a España, Francia, Italia, Malta y Portugal, a escala de los ministros de Interior y Defensa. Los servicios magrebíes también colaboran a trancas y barrancas con sus homólogos árabes, especialmente en el seno del Consejo de Ministros del Interior árabes, que se reunió, a finales de enero, en Túnez, al margen de la última reunión anual de este órgano, el único de la Liga Árabe que funciona (casi) correctamente. Actualmente, donde es necesario un esfuerzo adicional es en el ámbito de la cooperación intermagrebí. Es verdad que entre Argel y Túnez la colaboración en seguridad parece estar bien enfocada.

Desde los ataques de grupos terroristas argelinos en territorio tunecino, unidades mixtas patrullan en las zonas fronterizas, y ambos países coordinan la vigilancia de su frontera terrestre, de más de mil kilómetros de longitud. En los últimos dos años, Argelia ha entregado a decenas de jóvenes tunecinos que habían ido a entrenarse en los maquis del GSPC. En cambio, entre Marruecos y Argelia la colaboración ya no funciona tan bien. Hay acuerdos bilaterales entre las policías de ambos países, que a veces intercambian información o proceden puntualmente a extradiciones, pero aún no puede hablarse de cooperación específica para hacer frente al AQMI, cuya emergencia, aunque anunciada, parece haber pillado desprevenidos a estos servicios.

En la zona sahelo-saharariana, donde esta organización dispone de un vasto campo de acción (entrenamiento, contrabando, extorsión…), la colaboración entre Argelia y Marruecos aún es embrionaria. Sobre todo, es víctima de los avatares políticos relacionados con el problema del Sáhara Occidental. No obstante, Rabat y Argel podrían sacar más provecho del poderoso compromiso de Estados Unidos en la lucha contra la implantación de Al Qaeda en esa región, considerada el punto débil de la seguridad en el sur del Mediterráneo.

Tanto más cuando Washington, que presiona para que haya una mayor cooperación en cuestiones de seguridad entre los países magrebíes y subsaharianos, tiene previsto trasladar la sede del Mando Americano de África de Stuttgart, en Alemania, a un país de la región, que podría ser Marruecos, Egipto o Yibuti. Al conseguir golpear, uno tras otro, a los tres países a la vez, los yihadistasmagrebíes parecen haber sacado ventaja a los servicios de seguridad de su país, cuyas políticas antiterroristas saldrían ganando con una mejor coordinación.