El Magreb de las empresas o de las regiones

Las sociedades civiles deberían imponerse a los Estados para hacer prevalecer las soluciones locales y dar más fuerza a las iniciativas regionales.

Saâd Belghazi, economista, Marruecos

El seminario “Del coste del no Magreb al tigre norteafricano”, organizado por el Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed) y el Centro de Toledo para la Paz, y que tuvo lugar en Madrid el 24 y 25 de mayo 2006, finalizó con una toma de posición a favor de un Magreb de las empresas, como solución para un relanzamiento alternativo a la Unión del Magreb Árabe (UMA) de los Estados. Este artículo participa en este debate. Propone una tesis que no contradice la llamada del seminario, pero que la precisa.

Para salir del círculo vicioso del no Magreb se requiere un resurgimiento competitivo de la economía marroquí, condición de disuasión de una estrategia de construcción del Magreb basada en la espera del desplome del sistema político marroquí. Este objetivo es coherente con el de integración presentado en el espacio europeo del Magreb como enlace con el desarrollo africano. Esta opción conlleva un coste: atenuar la virulencia de los intereses corporativistas europeos, especialmente en la agricultura y en los servicios. Esta posibilidad daría sentido a un proyecto magrebí liderado por las empresas. Sin embargo, un proyecto de este tipo no podría ver la luz sin una reorientación política de los Estados: ¿por qué no ver en la aparición de la democracia regional una vía de renovación de los Estados magrebíes, capaces de dar rienda suelta a las aspiraciones magrebíes?

El triángulo Sur-Norte-Sur

Finalizado ya el siglo XX, ¿sería posible imaginar un Magreb que no esté definido por una relación triangular Sur-Norte-Sur? Visto lo visto, no lo parece. Los Estados magrebíes están en fase de construcción. Sus sociedades civiles se modernizan, se reestructuran alrededor de las oportunidades que les ofrecen el progreso técnico, el Estado de Derecho y los intercambios internacionales. Los intercambios Norte-Sur, tanto de hombres como de mercancías e ideas, son actualmente un elemento esencial de la identidad de las sociedades magrebíes. Lo que me lleva a actuar es el desarrollo insuficiente de esta triangulación durante el seminario. ¿Cómo podemos imaginarnos el proceso de construcción de los Estados argelino y marroquí sin la sombra de las antiguas potencias coloniales? ¿Cómo no detectar las huellas de las presencias francesa y española en la formación de los Estados magrebíes, tanto en el trazado de las fronteras como en el concepto de la democracia y en las prácticas de gestión adoptadas por los Estados magrebíes?

¿Cómo han generado los procesos de descolonización, por una parte y por otra, tanto en el Norte como el Sur, intereses que se expresan tanto a favor (la reconciliación) como en contra (la discordia) de esta relación? ¿Cómo podemos imaginarnos un discurso a favor de la construcción del Magreb que no sea tranquilizador sin combinarlo con una visión de reconstrucción de las relaciones Norte-Sur? Aparte de algunas voces, entre ellas la del ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, que se alzaron a favor del desbloqueo del proceso de construcción magrebí y de una solución política viable para la cuestión del Sáhara Occidental, mediante una solución que “no conlleve humillación para nadie”, durante el seminario dominó la frivolidad en lo que respecta a esta cuestión.

En vez de dirigirse hacia un Magreb de las regiones, o lo que es lo mismo un Magreb verdaderamente democrático formado por Estados pensados más bien “a la española”, un enfoque que deja mucho más margen para las autonomías regionales que el modelo de Estado jacobino “a la francesa”, el seminario se orientó hacia una utopía, el Magreb de las empresas. ¿Es suficiente esta orientación? ¿Por qué volver a probar una fórmula que Moratinos correctamente calificó de anticuada, el “encapsulamiento”, usando un método aún menos eficaz, y evitando el problema central, el contencioso territorial y la manera de construir la democracia en el Sáhara Occidental? La resolución del conflicto ya no puede plantearse como una simple cuestión de negociaciones entre Estados vecinos, o peor aún como una cuestión de mayoría en la Asamblea General de Naciones Unidas, sino como un proceso de construcción democrática, de elaboración de las relaciones de proximidad, que es necesario resolver dejando que las poblaciones locales se ocupen de él y dándoles todo el tiempo que necesiten.

Los participantes en el seminario se pronunciaron a favor de una opción estratégica: el “Magreb de las empresas”. Maticemos. Las empresas siempre han estado ahí, al servicio de las políticas (las nacionales) o aliadas con ellas (las extranjeras), siempre como expresión de los intereses que controlan los Estados. Y ahí reside el problema. Las sociedades civiles en el Magreb no han alcanzado el grado de madurez necesario para redefinir las estrategias de los Estados. Por lo tanto, para que haya más posibilidades de que este sueño se haga realidad, ¿no sería necesario movilizar además otros mecanismos, más directamente políticos, apoyados por una fase de espera? ¿No existe acaso una etapa política por construir, un ejemplo de región autónoma insertada pacíficamente en el conjunto del Magreb, como el sur de Marruecos, el Sáhara Occidental? Este resultado sería el principio de una dinámica positiva.

Seguirían las regiones marroquíes, después de ellas las regiones argelinas y finalmente las tunecinas. La UMA, bella institución en estado de hibernación, podría por fin respirar y sus instancias más autónomas podrían finalizar el proceso puesto en marcha por los Estados, pero liberadas del lastre de la tutela política. La democracia en nuestros países necesita sobresaltos que la revitalicen y revelen que su conquista no es una interminable guerra de desgaste, sino movimientos causados por la recolocación estratégica de los actores, en este caso poblaciones que se hacen cargo de su destino, sin que por ello se vean abandonadas por sus Estados, sabiendo que éstos tienen como misión evitar que las rivalidades locales tomen un cariz destructivo.

Construir la democracia regional inmunizándola contra una degeneración en conflictos fratricidas es el reto al que se enfrentan las sociedades magrebíes, tanto en Marruecos como en Argelia. Tomémonos en serio la propuesta del jefe de Estado marroquí. No existe razón alguna para que en una manifestación como el seminario de Madrid se acallen los discursos internos. Su revelación sería más bien fuente de riqueza. Concederle la autonomía al Sáhara Occidental sería un sobresalto beneficioso. La fórmula de los Estado jacobinos, concentrados y centralizados, tiene como efecto bloquear las soluciones posibles. Esta manera de distribuir el poder a escala del Magreb resulta menos propicia que otras para la resolución de los desacuerdos territoriales. Las sociedades civiles deben madurar antes de resolverlos.

Tienen que consolidarse e imponer su voluntad a los Estados, haciendo que se adopten soluciones locales y dando más fuerza a las iniciativas regionales. La solución para el Magreb no puede originarse solo en el polo político. Las empresas deben desempeñar un papel, pero desarrollando los territorios y revelando la inutilidad de la política del peor caso posible: no se puede construir el Magreb esperando que el Estado marroquí caiga como una fruta podrida. La salida de la crisis de Marruecos es seguramente el camino que hay que seguir para sacar al Magreb de su círculo vicioso. En efecto, ¿cómo se puede pensar en el desarrollo político de Marruecos sin eliminar algunas de las trabas a las que se enfrenta su desarrollo económico?

El hecho de que el seminario haya sido organizado en Madrid podría habernos incitado a contemplar una estrategia alternativa en un contexto en el que la irrupción de China en el mercado europeo desde hace varios años pone de relieve los puntos fuertes y débiles de unos y de otros. En la clausura del seminario Francis Ghilès decía: “Hasta ahora las dos riberas no han conseguido elaborar una estrategia que haga compatibles las migraciones internacionales y la integración regional, de manera que todo el mundo salga ganando”. Creo que es necesario desarrollar esta intuición y buscar a través de ella la solución, usándola como base de un supuesto “Magreb de las regiones” o “Magreb de los Estados descentralizados”.

Esta estrategia consistiría en promover migraciones internacionales integradas en los circuitos legales. Implica la reestructuración de los sectores que basan su competitividad en la existencia de un segundo mercado laboral (el de la mano de obra clandestina), especialmente la horticultura y la construcción. El desarrollo de estos sectores en España requiere políticas de mejora industrial y una reestructuración de sus actividades mediante el impulso a la investigación, la innovación y la deslocalización de algunos segmentos productivos a operadores en el Sur. En el sector de la horticultura, esta decisión se correspondería con las aspiraciones de los hijos de los agricultores españoles que ya no desean encontrar empleo en los sectores tradicionales.

Ante esta opción, hay que temer presiones a favor de reforzar el aislacionismo y la rigidez productiva del proteccionismo agrícola de la Unión Europea (UE). Se podría hacer un análisis similar en lo relativo al sector de transformación de productos pesqueros, ya que las condiciones de acceso de los pescadores europeos a la materia prima se encuentran en constante renegociación. En el sector de la construcción, una apertura de este tipo requeriría más libertad de intervención para las empresas marroquíes, que trasladarían temporalmente a sus empleados a territorio español. Esta libertad de movimiento se enmarcaría en las nuevas relaciones de subcontratación. España y la UE tienen mucho que ganar con una gestión de los movimientos migratorios articulada por políticas sectoriales diferentes a las actuales.

El proceso de deslocalización tal y como funciona hoy, en el contexto de una feroz competencia por parte de los países asiáticos, crea demasiados pocos empleos. Tiene que estar apoyado por políticas complementarias y más apertura por parte de los países del Norte, en particular España. Una reorientación hacia Marruecos de la presión migratoria que sufre actualmente España, mediante el desarrollo de un nuevo sector de exportación, en los sectores agrícola y de servicios, tendría como consecuencia una disminución de su sector informal y una reducción de los gastos sociales, especialmente de sanidad.

Propiciaría un posicionamiento productivo de España en lo relativo a opciones sectoriales con respecto a países de nivel equivalente en cuanto a poder adquisitivo y capacidad financiera. Este supuesto requeriría la apertura de un diálogo estructurado por varios estudios con la opinión pública y la sociedad política españolas, para llevarlas a razonar sobre los intereses corporativistas que han prevalecido hasta ahora, con el fin de liberalizar de manera más completa los intercambios comerciales con Marruecos.