El arte, un arma democrática

En el mundo interconectado, las imágenes y su repercusión pueden convertirse en el reflejo del espíritu del pueblo y en lema bajo el cual un colectivo se identifica.

Susanna Tobeña

La cultura es tan intrínseca a los hombres que a menudo es difícil describir el fuerte poder que ejerce en ellos. Es un poder imperceptible en tanto que subconsciente pero, al mismo tiempo, capaz de despertar una fuerza reconocible y palpable en un colectivo. La cultura es la construcción social que más humanismo desprende debido a la capacidad de emancipación que concede al hombre; en este sentido, las revoluciones en los países árabes han sido la manifestación más humanista de la última década.

El denominador común que dio pie a las revueltas fue el clamor por la dignidad y la libertad. Sin embargo, favoreciendo y acompañando esta lucha, se percibía la influencia de una cultura compartida entre los ciudadanos de los países árabes que les ha brindado el ímpetu necesario para que como pueblo, se unieran y lograran su propósito: la emancipación de sus opresores. Es posible identificar en el seno de una reivindicación como la de los países árabes –si bien es perceptible en todas las grandes protestas históricas– la presencia del legado cultural ya que, sin una cultura subyacente en el estrato social, no se puede fomentar la estima por la divergencia, por la riqueza del pluralismo, por la libertad de expresión, de creación y de pensamiento y, por consiguiente, no es posible despertar una mirada crítica sobre la realidad.

Sin un sustrato cultural potente y consagrado, el hombre ve reducidas sus capacidades y entorpecida su sensibilidad hacia su entorno. Se vuelve menos audaz, menos atento, menos crítico,… se empequeñece y se adormece. Por el contrario, si se favorece el cultivo personal, si se dan instrumentos para cultivar las capacidades, se pone en valor esa fuerza intrínseca que tiene el hombre para ejercer sus libertades. La historia, desde la antigüedad hasta nuestros días, nos ha enseñado que el dominio de la demos consiste en limitar las capacidades del hombre, convertirle en un ser yermo en tanto que inculto, sin riqueza ni criterio y, por consiguiente, sin capacidad de emancipación.

No es casual, por tanto, que las revueltas en los países árabes hayan sido protagonizadas por jóvenes que veían frustradas las opciones de recoger los frutos de todo aquello que habían sembrado, de su cultivo personal y profesional, como tampoco lo es el hecho de que las protestas hayan venido acompañadas por una revolución artística que ha evidenciado los valores culturales y el potencial creativo de los jóvenes de los países árabes. El arte y la creación, en tanto que prácticas culturales, se han erigido durante las revueltas árabes como herramientas clave para resaltar los deseos y los anhelos del pueblo.

En periodos de convulsión social, la experimentación artística aumenta y los formatos se diversifican, convirtiendo el arte, entendido en su sentido más amplio, en un arma para luchar en pro de los valores democráticos, incentivando la acción ciudadana y las protestas. El arte, por su trascendencia universal y su capacidad simbólica, es un medio de comunicación que favorece la mirada crítica de la realidad. Asimismo, en el mundo globalizado e interconectado en el que vivimos, la fuerza visual y la repercusión de las imágenes tienen el potencial para convertirse en el reflejo del espíritu de un pueblo y para erigirse como lema bajo el cual un colectivo se identifica.

El arte urbano

Durante y después de las revoluciones ha tenido lugar una efervescencia cultural sin igual, un renacimiento (nahda) que ha hecho aflorar en ciudades como El Cairo y Túnez, numerosos trabajos artísticos. Especialmente fuerte ha sido el protagonismo del street art, que se ha convertido en un agente más de las protestas y un potente canal de comunicación que subrayaba los valores democráticos defendidos por los manifestantes con su propia mise en oeuvre. Y es que no existe nada más esencialmente democrático para defender la recuperación del poder por parte del pueblo y para el pueblo, que usar las calles y plazas públicas para conseguir dicho fin. El arte urbano se define por su naturaleza subversiva e irreverente, por forjarse al margen de la legalidad y al límite del vandalismo, por consiguiente siempre ha estado estrechamente vinculado con la idea de resistencia y con la crítica política.

Durante las intensas semanas que duraron las protestas en Egipto y Túnez, e igualmente, durante los meses posteriores a la caída de ambos regímenes, los artistas, desafiando la censura y la represión policial, se convirtieron en activitas que, usando su vía natural de expresión –el arte–, se sumaban a la causa por la que luchaban sus compatriotas. Los muros de las calles se convirtieron en el escenario principal de la propaganda revolucionaria. El grafiti y el street art se reapropiaron del espacio público mientras que, paulatinamente, la ciudadanía lograba dar pequeños pasos para instaurar un gobierno democrático. Las manifestaciones artísticas en las calles sirvieron para dar visibilidad a las opiniones silenciadas, para despertar conciencias y pensamientos críticos y, sobre todo, para fomentar el culto a la revolución.

A golpe de brochazo y de spray, bebiendo de la influencia del arte occidental, los artistas ejercieron las funciones de cronistas de las revoluciones, narrando en las calles los acontecimientos que tenían lugar como si de un mass media se tratase. El arte urbano suplantó las funciones de un canal de comunicación público y al servicio de la demos, ya que se dirigía directamente al pueblo, sin distorsiones ni censuras. Un canal informativo cargado de subjetividad, efectivo y democrático en su esencia, con capacidad de actualizarse a tiempo real y de dar respuesta a la inmediatez de los acontecimientos que se servía de la ayuda de las redes sociales y plataformas de Internet; en su contra juega su carácter efímero y las pátinas del tiempo. Está por ver cómo se pone en valor de cara al futuro su potencial función patrimonial en tanto que memoria visual y colectiva de las revueltas y cómo se conserva para la posteridad este museo al aire libre sobre dichos acontecimientos.

Un ejemplo es la calle Mohamed Mahmud del Cairo, también conocida como “sharia uyun al hurriya” (la calle de los ojos de la libertad), en donde se puede apreciar una galería de grafitis entre los cuales se encuentra el emblemático dibujo titulado “Half Mubarak/Half Tantawi”, que fue actualizado durante el periodo electoral con las imágenes de Amr Musa y Ahmed Shafiq. El trabajo de los artistas se ha caracterizado por su heterogeneidad y por la diversidad de formatos. En ocasiones el creador utiliza el poder visual de una imagen para evocar un mensaje y, a través de él, suscitar la reflexión en el espectador. En otras ocasiones, un texto breve y conciso apela directamente al ciudadano buscando provocar en él una reacción inmediata. Es el caso del artista egipcio Keizer quien, a través de sus grafitis, ofrece sugerentes imágenes y punzantes eslóganes para avivar la conciencia de sus compatriotas.

El sello identitario de este artista urbano, a parte de su firma, son las hormigas que simbolizan la clase trabajadora, los olvidados y silenciados que están sometidos al poder. Otro ejemplo lo encontramos con el happening o intervención “Art dans la rue–Art dans le quartier”, realizada por el artista tunecino Faten Ruissi. Este evento en el espacio público, llevado a cabo con la colaboración de otros creadores locales y la participación ciudadana convocada vía Facebook, recuperaba la chatarra de los coches calcinados durante las protestas del 14 de enero de 2011 para redecorarlos con expresiones y motivos revolucionarios. Esta intervención debe entenderse como una metáfora del resurgimiento de la esperanza de un pueblo tras su devastación, con cuya ejecución se refuerzan los valores de colectividad y se afianzan los lazos culturales.

El ‘caligrafiti’

A pesar de constatar con estos ejemplos que las creaciones de arte urbano están estrechamente vinculadas a las revueltas y que beben de la actualidad sociopolítica, la práctica del street art en los países árabes se remonta a un legado artístico y cultural anterior.

El grafiti, influenciado por la caligrafía árabe, que entre los creadores urbanos a menudo es conocido con el nombre de caligrafiti, es una práctica evidenciada en el trabajo del artista tunecino Meen One. La caligrafía, originalmente concebida para representar las escrituras sagradas del Corán y decorar las mezquitas para invitar a los creyentes a la oración, es un emblema de la religión islámica, especialmente por la belleza de sus formas y la evolución de su estilo. Originarias de la península arábiga, la lengua y la escritura árabes se expandieron a través de los países árabes a raíz de las conquistas del imperio islámico, convirtiendo así la lengua árabe en una fuerza cultural unificadora y su representación visual a través de la caligrafía en el alcance artístico más relevante del arte islámico.

Los creadores contemporáneos, herederos de la tradición artística de los países árabes y, a su vez, influenciados por las tendencias del arte occidental, utilizan motivos caligráficos para decorar objetos y arquitecturas, reafirmando el legado cultural árabe y aplicándolo a la modernidad y en un contexto profano. De aquí surge la afirmación que de una cultura no solo nace una civilización, crece, se desarrolla y se expande, sino que también gracias a ella, un pueblo es capaz de reinventarse, contagiándose de la realidad y ofreciendo nuevas miradas críticas hacia el futuro.

El trabajo del consagrado pintor egipcio George Bahgory exhibido en la muestra “Bahgory on Revolution”, inaugurada en El Cairo con motivo del primer aniversario de las revoluciones, constata la buena salud que vive el panorama artístico contemporáneo en los países árabes y pone en evidencia la voluntad del arte de ser un arma para ayudar a construir el futuro mediante la reflexión.