¿Después de la victoria de Hamás, qué?

Para evitar que el proceso de paz entre en una fase de violencia es necesaria la actuación consensuada del Cuarteto y de países como Egipto, Turquía, Marruecos o Jordania.

Samuel Hadas, analista, diplomático, fue el primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede

La histórica Declaración de Principios, conocida como el acuerdo de Oslo, firmado en Washington, en septiembre de 1993, constituyó una significativa evolución, la más importante en muchas décadas, al reconocerse mutuamente israelíes y palestinos, iniciando un proceso que conduciría al establecimiento de relaciones diplomáticas y de otro tipo, entre Israel y distintos países árabes y al inicio de un proceso de búsqueda colectiva de soluciones a su conflicto. Pese a los altibajos y los escollos que surgen, uno detrás de otro, en el camino hacia la paz, se abrió entonces una oportunidad que, tarde o temprano deberá permitir arribar a una solución satisfactoria de uno de los problemas políticos y morales más inquietantes de nuestra época. Israelíes y palestinos se comprometieron entonces a “poner fin a decenios de enfrentamientos y conflictos, reconocer recíprocamente sus derechos legítimos y políticos, esforzarse por vivir en la coexistencia pacífica, la dignidad y la seguridad mutuas y llegar a un acuerdo de paz justo, duradero y global, así como a alcanzar una reconciliación histórica en el marco del proceso político aprobado”.

Pero israelíes y palestinos libran dos guerras superpuestas, según el conocido escritor israelí, Amos Oz. Una, la guerra palestina para liberarse de la ocupación, por su autodeterminación y por el derecho a ser un Estado independiente, y la otra, la guerra que libran los fundamentalistas islámicos radicales para destruir a Israel. La primera alcanzó su éxito más apreciable con el acuerdo de Oslo y los que le sucederían, iniciando un proceso que debería haber conducido en pocos años a la retirada israelí de los territorios de Cisjordania y Gaza, la creación de un Estado palestino y, finalmente, a un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes que pondría fin a su casi centenario conflicto.

La otra guerra es aquella en la que están empeñados los sectores fundamentalistas extremistas palestinos, una guerra en la que todo está permitido en nombre de Dios y cuyo arma más mortífera es la utilización masiva de bombas humanas suicidas. Hasta ahora ha logrado descarrilar, una y otra vez, el proceso de paz, en conjunción con los extremistas israelíes que persiguen el mismo objetivo, aunque con finalidades diversas. Esta guerra santa, es de temer que no llegue a su término ni siquiera cuando israelíes y palestinos firmen, tarde o temprano, el ineluctable acuerdo de paz y se establezca el Estado palestino.

El fallecido líder palestino Yassir Arafat, adoptó en la segunda Intifada, hace más de cinco años, la guerra de los fanáticos islamistas, superponiéndola a la primera, en la errónea consideración de que serviría a la causa palestina. Sin pretender ignorar el importante papel que tuvieron los gobiernos israelíes en la creación de la situación actual a través de la ocupación y sus secuelas, es evidente que quienes propiciaron el recurso a la violencia, superponiendo las dos guerras, no solo han dejado escapar una oportunidad histórica, sino que contribuyeron a llevar a israelíes y palestinos hasta el borde mismo del abismo.

La inseguridad en la que viven actualmente los israelíes como consecuencia de los ataques suicidas que han incorporado al conflicto palestino-israelí un elemento irracional e insano, ha complicado notablemente la situación. Los israelíes reaccionan, de forma comprensiva, alejándose más de una vez de las actitudes razonables que se requieren en situaciones tan complejas y difíciles como la que viven.

Interrogantes tras la victoria de Hamás

Muchos son los interrogantes que les preocupan ante la nueva situación creada en Palestina. Analizar lo que ocurre en Oriente Próximo y, sobre todo, pretender esbozar escenarios futuros es, la mayoría de las veces, una experiencia frustrante, en la que se asume el riesgo, casi siempre, de tener que enmendar las previsiones. No sin fundamento solía decir David Ben Gurión, el visionario fundador del Estado de Israel, que “no tenemos expertos en el futuro, solo en el pasado”. La victoria electoral del movimiento fundamentalista islámico Hamás ha sorprendido sobre todo por su magnitud. Hamás no solo exige el fin de la ocupación israelí de los territorios palestinos, sino que rechaza el reconocimiento del Estado de Israel, llamando a su destrucción a través de la “lucha armada”.

Su victoria crea, para los israelíes (y, por supuesto no solo para los israelíes) una nueva e inesperada y amenazadora realidad. Con las elecciones palestinas y las israelíes, que tendrán lugar el 28 de marzo, se inicia un periodo crítico que bien podría ser un hito crucial en el camino hacia la paz, en el que puede aclararse si nuestra generación será testigo de la firma de un acuerdo de paz. ¿Saldrán de él en la dirección apropiada o entrarán nuevamente a un callejón sin salida similar a los que ya recorrieran en el pasado, lejano y reciente, haciendo buena la aseveración de que en Oriente Próximo se comienza a actuar racionalmente solo después de haberse agotado el inventario de desaciertos?

¿ Han aprendido los dirigentes israelíes y palestinos las lecciones del pasado y superado el ciclo de los errores? Los acontecimientos que se suceden mientras estas líneas se escriben no permiten más que, en el mejor de los casos, un muy cauto optimismo (o llamémoslo más bien, cauto pesimismo).

Tres seísmos y un ‘tsunami’

En poco más de 10 semanas, la arena palestinoisraelí ha sobrellevado tres “seísmos” y un “tsunami” políticos que han sacudido las estructuras políticas palestina e israelí y creado una nueva realidad en Oriente Próximo, para unos desalentadora y para otros esperanzadora. Para unos, un sueño que comienza a hacerse realidad, para otros, poco menos que una pesadilla. ¿Cuál será su impacto sobre el futuro del proceso de paz?

El primer seísmo ha sido la elección, como presidente del partido Laborista y candidato a la jefatura del gobierno en las próximas elecciones, de un carismático líder sindical, de orígen marroquí, Amir Peretz. Paloma política y uno de los fundadores del movimiento pacifista israelí Paz Ahora, desplazó de la dirección del laborismo, contradiciendo todas las predicciones, al líder histórico del partido, Simon Peres. Días después, otro seísmo, el abandono, con un sonoro portazo, del primer ministro Ariel Sharon del Likud, el partido que fundara 30 años atrás para crear uno nuevo, Kadima (Adelante).

Ambos seísmos alentaron a aquellos que confiaban que 2006 iba a ser un año decisivo en el tortuoso proceso de paz palestinoisraelí. La atmósfera positiva creada por la exitosa implementación del plan de Sharón, la “desconexión” de la franja de Gaza y del norte de Cisjordania, se consolida notablemente y una ola de optimismo recorre el país. La fundación del nuevo partido de centro por Sharón sacudió hasta sus cimientos la arena política israelí. Lo que se calificó como la “segunda desconexión unilateral de Sharon”, esta vez de su propio partido, ha sido resultado ineluctable de la primera desconexión.

La ejecución del plan de Sharon y, sobre todo, el que el primer ministro reiterara su voluntad de seguir adelante con la implementación de la Hoja de Ruta, el plan de paz del Cuarteto de Madrid (Estados Unidos, Unión Europea, ONU y Rusia), hizo inevitable el cisma en el Likud. Pero llega entonces el tercer seísmo, el abrupto e inesperado fin de la carrera política de Sharon, cuando los israelíes se aprestaban a llevarle nuevamente a la jefatura del gobierno en la esperanza de que la exitosa implementación del plan de desconexión abra de nuevo la ventana de las oportunidades para un acuerdo con los palestinos, cerrada estrepitosamente en el pasado una y otra vez. Muchos consideraban a Sharon el líder mejor posicionado para dirigir los destinos del país en los próximos años. Sharon, a la vez que respondía al anhelo de seguridad de los israelíes, había ofrecido cauces de expresión a corrientes subterráneas que se estaban gestando en la opinión pública israelí.

El partido por él creado dio cauce de expresión a corrientes políticas que en los últimos años exigen la solución del conflicto con los palestinos y expresan su apoyo a la retirada de la mayor parte de los territorios ocupados así como a la creación de un Estado palestino (el 73% de los israelíes apoya las negociaciones de paz con la Autoridad Nacional Palestina, ANP, según revelaron los datos de una encuesta elaborada por la Universidad de Tel Aviv). Se trata, por lo tanto, de una política y no de una persona y de la necesidad de encontrar una respuesta adecuada al conflicto con los palestinos, algo en lo que hasta ahora fracasaron todos los gobiernos israelíes.

La creación de un nuevo partido de centro responde a una evidente necesidad política y los sondeos de opinión pública vienen demostrando que, pese a la salida de Sharon de la arena política, el apoyo a su partido se mantiene invariable. Pero, recordemos, una y otra vez se ha demostrado que en Oriente Próximo no hay nada más efímero que las previsiones políticas. ¿Acaso alguien esperaba que en pocas semanas la política israelí se vería sacudida por tres seísmos? En esta realidad política en gestación en Israel, ¿qué impacto tendrá el que la ANP esté encabezada por un movimiento radical que niega su derecho a la existencia y cuyos líderes introdujeron los atentados suicidas en las calles, restaurantes, autobuses y centros comerciales de Israel?

Algunos analistas palestinos aseguran que la contundente victoria de Hamás en las elecciones no significa necesariamente una radicalización de la opinión pública palestina que, según los sondeos, es moderada y desea un acuerdo negociado con Israel, sino más bien una consecuencia del cada vez mayor caos en la ANP y de la debilidad del partido gobernante, Al Fatah. Se trata un voto de protesta contra la incompetencia de sus gobernantes así como la corrupción en la que están implicados muchos de sus dirigentes.

La mayoría de los palestinos –explican– votó contra Hamás: si bien los resultados finales de las elecciones palestinas conceden a Hamás un 56% de los escaños del Consejo Legislativo de la ANP, 74 de 132, el recuento de los votos populares muestra un panorama diferente. Los resultados –arguyen– han creado una ilusión óptica. La lista nacional de Hamás obtuvo solamente el 43,94% de los votos, lo que significa que el 56,06% de los palestinos no votó por su lista nacional. En cuanto a las listas de distritos, Hamás obtuvo el 68,18% de los escaños, pero solo el 36,45% de los votos, mientras que los candidatos de los demás partidos obtuvieron 63,55% del total de votos. Según interpreta Edward Abington, ex-consul general de EE UU en Jerusalén y asesor político de la ANP, no se trata de un voto a favor del retorno a la violencia. Los palestinos querían un cambio.

Según sondeos posteriores a las elecciones, solamente el 12% de los votantes palestinos votó por Hamás porque apoyan su carta fundacional de eliminación de Israel. El 68% de los palestinos considera que Hamás debe proseguir las negociaciones con Israel y el 58% apoya la solución de dos Estados, israelí y palestino. La victoria de Hamás es uno de los más importantes eventos en la historia del conflicto palestino-israelí desde la guerra de los Seis Días, de 1967. No solo cambia el panorama, sino que lo encuadra en un marco completamente diferente, como señala el analista israelí Amir Oren. Palestinos e israelíes inician un periodo de confusión e incertidumbre. La interconexión palestina- israelí determina que lo que sucede en una de las partes influye, tarde o temprano, sobre la otra.

Para muchos israelíes se trata de un desastre, pero no pocos ven en la victoria de Hamás una oportunidad, recordando que la situación creada con las elecciones palestinas no es muy diferente a la que existió entre el Estado de Israel y la Organización para Liberación Palestina (OLP), en los años ochenta, cuando ésta negaba el derecho a la existencia de Israel y exigía la creación de un Estado palestino “del Mediterráneo al Jordán”. Los sangrientos atentados que costaron centenares de víctimas y los agravios recíprocos fueron marginados cuando finalmente firmaron la Declaración de Principios.

Para los optimistas, Hamás se encuentra hoy en una situación similar a la de la OLP entonces. Según el escritor israelí Abraham B. Yehoshua, en un artículo publicado en La Vanguardia, (4 de febrero de 2006), los optimistas como él tratan de encontrar un atisbo de esperanza para el futuro. Yehoshua cita la carta de un amigo para quien la victoria de Hamás no ha complicado la situación sino que la ha simplificado y aclarado. “En vez de un gobierno de Al Fatah, corrupto, podrido, anárquico, bicéfalo, con una parte política y otra caótica y terrorista, se establece ahora uno más honrado y comprometido, con una relación más fuerte con lo que ocurre en la calle”, le escribe su amigo, para quien la sociedad palestina ha superado con éxito su examen democrático, abriendo las puertas para la conciliación entre los dos pueblos más adelante. ¿Se justifica el optimismo de Yehoshua?

Parecería que no, a juzgar por las primeras reacciones del gobierno israelí y de influyentes medios de comunicación. Somos testigos de las más inverosímiles previsiones, que oscilan entre las de quienes ven el Apocalipsis ya, y aquellos que tratan de adivinar en la nueva realidad ese atisbo de esperanza para el futuro del que habla el escritor. Apenas conocidos los resultados de las elecciones, Israel reaccionó duramente, lanzando incluso una ofensiva diplomática para crear un frente internacional de rechazo a Hamás, mientras no modere drásticamente su política, renunciando a la lucha armada y reconociendo al Estado de Israel. El gobierno israelí ha anunciado que no reconocerá como interlocutor válido a un gobierno palestino dirigido por Hamás, no negociará con él y no tiene intención de interrumpir sus operaciones militares contra el terrorismo. Más aún, desde el momento mismo en que se ha constituido el Consejo Legislativo de la ANP, ésta se ha convertido en una “entidad hostil”.

El gobierno israelí intensificará el bloqueo de los territorios palestinos. Ello, a la vez que espera que la presión internacional sobre Hamás surta efecto positivo y le obligue a modificar su política. Aunque no faltan en Israel los que consideran que un gobierno “fuerte”, como sería el de Hamás podría ser interlocutor más apropiado que el gobierno débil, como el de Al Fatah, el gobierno israelí, en plena campaña electoral, no puede permitirse otra cosa que no sea una “posición de rechazo” y de “firmeza” si no quiere perjudicar las posibilidades de elección de su actual primer ministro interino, Ehud Olmert, presidente del partido Kadima.

Todo lo que haga será escrutado en el marco de la campaña electoral. La derecha ultranacionalista ataca al gobierno acusándolo de que “su” desconexión fue un error y “la madre de todos los males”, causando el fortalecimiento de los extremistas palestinos: Israel –aducen– no debió haber permitido las elecciones, que han dado lugar, como indica el líder del derechista Likud, Benjamin Netanyahu, a la creación “de un estado Hamastán frente a nuestros ojos”. La izquierda, por su parte, presiona para que se negocie con Hamás, recordando que, en los años ochenta, la OLP de Arafat abandonó las armas y sus sueños de una Palestina “del Mediterráeno al río Jordán”, lo que permitió el mutuo reconocimiento palestino-israelí y el acuerdo de Oslo. El primer ministro interino tiene por delante dos opciones: una mala y la otra peor, escribe el cotidiano israelí Haaretz. Si se muestra dialogante, la derecha lo acusará de que sus concesiones llevaron al poder a los fundamentalistas palestinos. Pero si aplica sanciones o castigos contra Hamás, deberá afrontar presiones internacionales a fin de prevenir que su política conduzca a la ANP al colapso.

Una reflexión final

La ventana de la oportunidad sigue abierta aunque en estos momentos parece inconcebible la reanudación del proceso negociador entre palestinos e israelíes. Lo que es evidente, escribe el comentarista diplomático Aluf Benn, es que las elecciones palestinas, con sus inesperados resultados, han creado una nueva plataforma para la diplomacia en Oriente Próximo. Los líderes palestinos e israelíes son incapaces, por cuenta propia, de regresar a la mesa de negociaciones por lo que se exige una firme implicación del Cuarteto.

Es imposible, escribe Henry Kissinger, que haya una negociación seria a menos que Hamás cruce el mismo Rubicón conceptual que atravesó Sharón. Si se quiere evitar que la victoria de Hamás suponga un nuevo cerrojazo a la ventana de la oportunidad y un recrudecimiento de la violencia, la acción de los actores externos será más necesaria que nunca, como lo será la convergencia de políticas de los socios transatlánticos.

Como en muchas situaciones en el pasado, no poco estará supeditado a la voluntad política y el grado de implicación de EE UU y, en segundo término, de la UE. Una coalición de las fuerzas racionales en Oriente Próximo, de países como Egipto, Marruecos, Turquía y Jordania podrían también contribuir. Pero, mientras la comunidad internacional, o mejor dicho el Cuarteto, no elabore una estrategia coherente y racional, poco puede esperarse de la implicación internacional en la búsqueda de una solución pacífica al conflicto palestinoisraelí.