Cristianos en tierra del islam

Muchos musulmanes confunden a los cristianos con los occidentales. Ignoran que el cristianismo nació en Oriente, donde están sus raíces históricas, bíblicas y culturales.

Iqbal al Gharbi

La historia nos enseña que los monoteísmos son una realidad oriental. En parte, son producto de Oriente: de su cultura, de su civilización, de la arquitectura y ornamentación de sus templos, de sus tierras declaradas santas. Este Oriente iluminado por revelaciones divinas no deja de recordar a los fieles de todo el mundo la llegada del Reino de Dios entre los hombres y la universalidad de lo humano. En la actualidad, los cristianos maroníes de Líbano, los griegos católicos de Siria, los caldeos y los asirios de Irak, los latinos católicos de Tierra Santa, los ortodoxos griegos, sirios, asirios, armenios y coptos vehiculan los tesoros del cristianismo oriental.

Si hoy en día el cristianismo parece ser un rasgo fundamental de la identidad de Occidente, es porque al convertirse en mártires en Roma, San Pedro y San Pablo centraron el cristianismo, en el plano eclesial, en el núcleo del mundo pagano a evangelizar. Así promovieron la gran extensión occidental del cristianismo. De todos modos, el nombramiento de San Pedro como obispo de Roma no privó al cristianismo oriental de su aura histórica. Gracias a esas peregrinaciones a Tierra Santa, a sus monjes y a sus monumentos, Oriente, cuna del cristianismo, testigo de la Encarnación del Verbo, la juventud y lo esencial de la predicación de Jesús y sus milagros, sigue siendo para quienes la visitan un “quinto evangelio”.

El Oriente cristiano constituye una fuente inagotable de inspiración para el pensamiento y la vida cristiana. Es un lugar teológico por excelencia, cuyas riquezas son inacabables para el pensamiento cristiano. Por los padres de la iglesia y sus doctores, por los grandes concilios ecuménicos, esta tierra constituye un tesoro para teólogos, artistas, historiadores, viajeros y peregrinos. El papa Juan Pablo II recordó en muchas ocasiones la existencia de dos “pulmones” en la Iglesia, que garantizan su respiración plena y su buena salud. Esos dos pulmones son las dos caras de la Iglesia, la oriental y la occidental. En el mundo árabe, hallamos vestigios del cristianismo a partir del siglo I. Algunas comunidades, como los maroníes y los asirio-caldeos, reivindican un patrimonio preárabe.

El cristianismo empezó a penetrar en estas regiones en el primer siglo de la era cristiana. A partir del siglo III, la tribu árabe de los gasánidas, adepta al cristianismo monofisita, se instala en Jordania y en el sur de Siria. En el siglo III, se atestigua la presencia en la metrópolis de Bosra de una comunidad cristiana bien afirmada y de gran cultura. El historiador Eusebio de Cesarea escribe que el más célebre especialista cristiano de la época, Orígenes, fue muchas veces invitado a la ciudad por el gobernador de la provincia, para participar en un concilio sobre la doctrina y dar una opinión ilustrada sobre cuestiones teóricas.

En tiempos del emperador Aurelio, Máximo, otro obispo teólogo de Bosra, participó activamente en los concilios eclesiásticos celebrados en los años 263-64 y 268. Además, al reevaluar los fondos históricos de la época, poco numerosos en lo que respecta a Arabia, y de unos escritos en siríaco, salió a la luz el importante papel que desempeñaron los árabes federados cristianos en la preservación de la paz, al evitar el enfrentamiento directo entre los imperios romano y persa. En esos tiempos lejanos, las poblaciones de la ciudad y de los pueblos, ya cristianizadas, disfrutaron de un periodo de economía floreciente generalizado, como lo demuestran los edificios que la investigación arqueológica moderna revela y por las numerosas inscripciones que los acompañan.

El cristianismo en el Magreb

En el Magreb, la aparición de los primeros cristianos es anterior al año 180. Los primeros documentos que nos permiten detectar la presencia del cristianismo en este territorio son las Actas de los mártires escilitanos. Se trata del proceso verbal de la comparecencia, el 17 de julio de 180, de una decena de cristianos de una aldea proconsular sin localizar ante el procónsul de África. En efecto, un testimonio sangriento da inicio a esta gran aventura, donde tienen cabida tanto los hombres como las mujeres africanas. Las Actas de la pasión de los escilitanos –halladas en varios manuscritos latinos, con, además, una versión griega– son el documento más antiguo de la hagiografía africana.

En Túnez, por ejemplo, hay epitafios y estelas jalonados de nombres de mujeres virtuosas y rebeldes, como Santa Perpetua, nacida en la ciudad de Teburba, al norte de Cartago, en el siglo III, que fue encarcelada por haberse convertido al cristianismo, y luego arrojada a los leones. Asimismo, citamos a Santa Mónica, madre de San Agustín, y Santa Oliva, cuya capilla dicen que se encuentra en el emplazamiento actual de la prestigiosa mezquita de Zaytuna de Túnez. La iglesia de Cartago ocupa un lugar destacado en la historia del cristianismo, no sólo por sus mártires, sino también gracias a su tradición conciliar y a sus ilustres representantes: Tertuliano, Cipriano de Cartago y luego Agustín de Hipona.

El primero, que escribió su Apologeticum alrededor del año 197, menciona, sin embargo, que, mucho antes del fin del siglo II, la nueva religión ya se había propagado profundamente en el mismo interior del país, hasta las zonas presaharianas, y había llegado, en el oeste, a la provincia de Tingitana, cuya capital era Tingi (Tánger), esto es, el Marruecos actual. Como en el conjunto del mundo musulmán, tras la independencia y en el contexto de colonización y descolonización, la comunidad católica del Magreb se redujo considerablemente, debido a olas sucesivas de partidas. En esos países, los cristianos representan una minoría muy escasa, siendo la mayoría extranjeros. En Argelia habría 100.000 (el 0,3% de la población), 190.000 en Marruecos (0,6%) y 50.000 en Túnez (0,5%). A pesar de la marcha de la mayoría de sus miembros, la Iglesia siguió presente en el Magreb, donde cuenta con su propia organización.

Las iglesias del Magreb constituyen la Conferencia Episcopal Regional del Norte de África. Su estatus es fruto del acuerdo de Estado a Estado entre cada uno de los Estados del Magreb y la Santa Sede. En la actualidad, en Argelia, la Iglesia católica está dividida en cuatro diócesis: Argel, Constantina, Laghuat, Ghardaia (Sáhara) y Orán. En Marruecos, se divide en dos diócesis, que pasaron a ser arzobispados en 1955: Rabat, correspondiente al antiguo protectorado francés, y Tánger, correspondiente al antiguo protectorado español. En cuanto a Túnez, en 1964 el gobierno llegó a un acuerdo con la Santa Sede para el libre ejercicio del culto. Monseñor Marun Lahhan, nombrado el 8 de septiembre de 2005 por Benedicto XVI, reside en la Catedral de San Vicente de Paúl, en Túnez, y es responsable de 12 lugares de culto distribuidos por el país, además de una veintena de congregaciones.

Asimismo, la diócesis gestiona 10 escuelas primarias y secundarias, junto con la clínica de San Agustín. La biblioteca diocesana tiene en su haber 8.000 libros. La organización Cáritas ofrece servicios caritativos a la población local. Además, los Padres Blancos constituyen una sociedad de vida apostólica de misionarios fundada en Maison- Carrée (antiguo nombre del distrito de El Harrach, Argelia) en 1868. El 30 de marzo de 1931, crearon el Instituto de Bellas Letras Árabes (Ibla), que desde el 15 de febrero de 1932 tiene su sede en una antigua casa árabe cerca de la medina de Túnez.

Los Padres Blancos han destacado por sus excelentes trabajos históricos, etnográficos y geográficos sobre el Magreb y África. Las constituciones de los tres países del Magreb central tienen como religión de Estado el Islam, pero garantizan la libertad de pensamiento y de culto. Sin embargo, aunque el estatus de dhimmi se haya abrogado en todos ellos, y que sus constituciones proclamen la igualdad ante la ley, sin distinción de raza, lengua o religión, hay leyes que faltan al principio de igualdad entre cristianos y musulmanes. Las mujeres musulmanas no pueden contraer matrimonio con no musulmanes, y una cristiana casada con un musulmán no tendrá derecho a la herencia o a la custodia de los hijos en caso de defunción del cónyuge o en caso de divorcio.

Islam y cristianismo en la tradición islámica

Un repaso a la historia teológica del islam en sus relaciones con el cristianismo nos permitirá llevar a cabo una investigación real en la medida de lo posible: un verdadero diálogo.

El islam proclama que toda la humanidad no forma sino una sola gran familia. El origen de todos los pueblos es uno, puesto que todos los seres humanos fueron creados de una sola alma. En el Sagrado Corán, Dios afirma:

“¡Hombres! Temed a vuestro Señor, que os creó de una sola persona, de la que creó a su cónyuge, y de los que diseminó un gran número de hombres y de mujeres”. Sura 4 (Las mujeres), versículo 1.

El islam proclama que un vínculo particular une a musulmanes, judíos y cristianos. El Sagrado Corán se refiere a los judíos y a los cristianos como “Oh, Pueblos del Libro”», con lo que designa a los pueblos de la Tora y de la Biblia. Judíos, cristianos y musulmanes están considerados pueblos de una misma familia, cuyas fes se funden en escrituras reveladas por Dios, y que participan de una tradición profética común. En concreto, el Sagrado Corán hace hincapié en los vínculos que unen a los discípulos del islam y del cristianismo. En el Sagrado Corán, Dios ordena a los musulmanes que crean en Jesús, Moisés y el resto de profetas bíblicos, pues todos fueron enviados por su Gracia a la humanidad: “Decid: ‘Creemos en Dios y en los que se nos ha revelado, en lo que se reveló a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y las tribus, en lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y nos sometemos a Él’”. Sura 2 (La vaca), versículo 136.

En su juventud, el Profeta estuvo continuamente en contacto con el cristianismo. Según su biografía tradicional (la Sira), conoció a un monje llamado Bahira o Nestorio, en uno de sus viajes en caravana a Siria. En su entorno más próximo, el primo de su primera esposa, Waraqah ben Nawfal, era cristiano. Una de sus concubinas, María, era cristiana, precisamente copta.

Durante toda su vida, el Profeta tuvo simpatía por el cristianismo, especialmente por los monjes de los conventos. Dios lo señala en el Sagrado Corán:

“Encontrarás, ciertamente, que los más amigos de los creyentes son los que dicen: ‘Somos cristianos’”. Sura 5 (La mesa servida), versículo 82.

“Creen en Dios y en el último Día, ordenan lo que está bien, prohíben lo que está mal y rivalizan en buenas obras. Esos tales son de los justos”. Sura 3 (La familia de Imrán), versículo 114.

Si en sus orígenes el islam manifestó una cierta tolerancia frente a las minorías religiosas, en la práctica, las relaciones del islam con las otras religiones han sido complejas, sin dejar de evolucionar según los lugares y las épocas.

La primera Constitución dictada por el Profeta en Medina (año II de la hégira) reconocía, tanto a los otros pueblos del Libro (judíos, cristianos y sabeanos) como a los politeístas (idólatras), la libertad de religión y su autonomía social.

A medida que el islam se fue difundiendo, la actitud del Profeta se endureció, sobre todo con respecto a los politeístas y judíos que no se plegaban a él.

De todos modos, la civilización islámica no ha conocido guetos y los pueblos del Libro no se consideraban impuros. En el mundo musulmán, los cristianos y los judíos no recibían trato de extranjeros.

Además, en la época clásica, las posibilidades de promoción social no estaban cerradas; no eran nada despreciables. Así, hallamos a cristianos y judíos ocupando puestos de visir (primer ministro). En la Edad Media, todo el aparato administrativo de Egipto estaba dominado por los coptos. Durante largo tiempo, la mayoría de médicos eran cristianos o judíos. Asimismo, cristianos y judíos encontraban trabajo allí donde los contactos con los no musulmanes desempeñaban un papel esencial, como el comercio internacional y el sistema bancario.