Catar: apostar por el liderazgo regional

A pesar de las críticas a su imparcialidad o falta de credibilidad, Catar ha logrado liderar la política regional, mientras sus hermanos mayores se quedaban atrás.

Khaled Hroub

Catar está superando sus propias expectativas”, una afirmación que ha llegado a repetirse con mucha frecuencia, ya sea con admiración o con envidia. El creciente papel desempeñado por Catar durante la Primavera Árabe es, de hecho, una prolongación de su activa política exterior cada vez más destacada durante los últimos años. En relación con algunos problemas pertinaces de la región, han sido los cataríes quienes han logrado mediar y negociar acuerdos con éxito. Al sur de Egipto, han encabezado los esfuerzos llevados a cabo en Sudán para conseguir la paz entre el gobierno y los rebeldes en Darfur, mientras El Cairo se limitaba a observar. Y al sur de Arabia Saudí, también han convencido al gobierno yemení y a los rebeldes hutíes para que participen en las conversaciones, ganándose la confianza de ambas partes, mientras Riad se quedaba de brazos cruzados.

Fueron los cataríes quienes, asimismo, impidieron que Líbano se precipitase hacia otra guerra más, inminente en mayo de 2008, al acoger a los principales protagonistas libaneses en Doha y conseguir un acuerdo en el último momento. La considerable implicación de Catar en la Primavera Árabe parecía formar parte de la misma política activa, sobre todo cuando más recientemente, en febrero de 2012, Doha conseguía persuadir al presidente palestino, Mahmud Abbas, y al líder de Hamás, Jaled Mashaal, de que firmasen un sorprendente acuerdo sobre un gobierno de unidad nacional. ¿Pero por qué está implicándose tanto Catar en la política exterior y desplegando las muchas capacidades que con tanta habilidad maneja su poderoso arsenal de comunicaciones, Al Yazira?

No hay una respuesta clara a esta pregunta, pero se podrían sopesar un par de ideas. Al ejecutar el golpe palaciego contra su padre en 1995, el actual emir de Catar, Hamad al Thani, se enfrentó al rechazo inmediato de saudíes y egipcios. Las élites de ambos países despreciaron al nuevo gobernante, joven y ambicioso, y se pusieron de parte de su viejo y tímido padre, quien siempre había estado más o menos del lado de los saudíes. Un año después se organizó un golpe militar por el que se acusó a Egipto y Arabia Saudí de orquestarlo. Esto llevó al joven emir a adoptar políticas hostiles contra los saudíes y los egipcios. Tras descubrir unas enormes reservas de gas en el país, el emir ha desarrollado unas políticas activas en todos los ámbitos, entre ellos la política exterior.

Quería demostrar a sus hermanos mayores que “el tamaño no importa”, y refutar el menosprecio que habían mostrado por él y por su pequeño país insular, de menos de medio millón de habitantes nativos. Al protegerse a sí mismo y a Catar albergando la mayor base americana fuera de Estados Unidos, la estrategia era excluir a cualquier tercero regional (principalmente los saudíes) que tuviese la intención de controlar los Estados más pequeños del Golfo. Posteriormente, Catar estableció vínculos estrechos con Israel, por un lado, y con muchos movimientos islamistas, entre ellos la organización palestina Hamás y la libanesa Hezbolá, por otro.

Catar siguió siendo un miembro activo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una organización de integración regional que pretendía acercar y unir a los países del golfo Arábigo, mientras mantenía unas relaciones tibias con Teherán, lo que molestó a Riad y Abu Dabi, los principales miembros del CCG, que siempre han tenido tensiones con su amenazador vecino y sus políticas agresivas, sobre todo sus ambiciones nucleares. Equilibrar las relaciones con todos esos actores beligerantes ha supuesto un asombroso ejercicio de política exterior activa, aunque conlleva riesgos y apuestas. Este despliegue de políticas arriesgadas destaca aún más en una zona en la que los grandes países árabes, como Arabia Saudí y Egipto, hacen gala de una política exterior tímida y perezosa.

La aventura catarí está impulsada por el propio emir, que cree que ha existido un vacío de liderazgo regional que él puede llenar a pesar de tenerlo todo en contra por el tamaño geográfico y de la población. El activo papel de Catar consiste en compensar la falta de influencia árabe en la propia región. Si ninguno de los países árabes llena este vacío, la esfera árabe se dividirá entre Irán y Turquía. El apoyo a las revoluciones y a la nueva generación de dirigentes que las acompaña garantizaría el favor de estas nuevas corrientes regionales y le proporcionaría un gran reconocimiento a Catar (todo lo cual entra dentro del plan de liderazgo del emir). Las revoluciones árabes han sido levantamientos genuinos del pueblo contra décadas de regímenes autoritarios y contra su opresión, corrupción y explotación de las riquezas nacionales por parte de las familias y sus camarillas.

La rápida propagación y la magnitud de estas revoluciones cogieron por sorpresa a casi todo el mundo. Los habitantes de los países árabes, sin estar impulsados inicialmente por ninguna fuerza ideológica específica, han estado por encima de los partidos opositores de todos los colores y se han ganado las simpatías de la región y el mundo. La rapidez de los levantamientos tunecino y egipcio en enero de 2011, le dio a Catar, con su política exterior decidida y activa, la oportunidad que estaba esperando para reafirmar su liderazgo regional. La respuesta de Catar a estos levantamientos fue el despliegue inmediato de su arsenal de medios de comunicación, su activismo diplomático, su apoyo económico e incluso su respaldo militar si era necesario (como en el caso de Libia).

Inicialmente, los medios de comunicación fueron el principal campo de batalla en los dos primeros casos de la Primavera Árabe, Túnez y Egipto, donde los manifestantes pacíficos escenificaban unos actos impresionantes de acción colectiva de movilización en la calle. La poderosa Al Yazira, con sus insuperables recursos, empleó todos los que pudo para informar sobre los manifestantes y darles su apoyo, y acuñó desde el principio términos como “revolución” y “revolucionarios”. Imitando a su propietario al tratar de ganar la influencia y el liderazgo regionales y mundiales, Al Yazira aprovechó el empuje de la Primavera Árabe para trasladar gran parte de su retórica sobre ser específicamente la voz de los sin voz y apoyar las aspiraciones de libertad y derechos legítimos. No obstante, el papel de Al Yazira en la Primavera Árabe fue muy parcial y merece un análisis más detallado.

Al Yazira y la ‘Primavera Árabe’

Al tener carta blanca de los máximos dirigentes de Catar para apoyar estas revoluciones, Al Yazira ha llegado a unos extremos sin precedentes. Unos días después de que estallaran las protestas en Túnez y se extendieran a Egipto, Al Yazira estaba completamente volcada en la información en directo a través de sus corresponsales, lejos de la mirada de la seguridad local, o dependiendo de las redes sociales que transmitían desde el terreno. Las pantallas de Al Yazira han estado llenas de multitudes árabes que hacían llegar su poderosa reivindicación al mundo: “El pueblo quiere derrocar el régimen”.

Muchos portavoces de los principales grupos revolucionarios, vetados en los medios de comunicación locales, detenidos y en su mayoría fugitivos, usaban Al Yazira como plataforma para llegar a los ciudadanos y movilizarlos. Al cancelar sus programas habituales, el canal se transformó en un taller de noticias y entrevistas en directo, que pasaba de una revolución a otra. Los dos principales canales, en árabe e inglés, se convirtieron inmediatamente en la principal fuente de noticias e información, mientras repetían las demandas de la gente y, de hecho, calentaban el ambiente.

Su canal hermano en árabe, Al Yazira Mubashir, también se dedicó a recoger información en directo de cualquiera que pudiese ponerse en contacto mediante llamadas telefónicas, mensajes de texto o grabaciones de vídeo. Al conceder un prolongado tiempo en antena a los que se oponían a los regímenes, y dada su cobertura favorable de los revolucionarios, era evidente que la línea política del canal era la de ponerse del lado de los ciudadanos. Las acusaciones de los regímenes gobernantes cuestionados de que Al Yazira no era neutral eran de hecho ciertas. Un conocido chiste transmite esta idea con una conversación que tiene lugar en el infierno entre los tres presidentes egipcios, Gamal Abdel Nasser, Anuar el Sadat y Hosni Mubarak, que se preguntan unos a otros cómo fueron derrocados.

La respuesta de Nasser es “por envenenamiento”; la de Sadat “por asesinato”; mientras que la de Mubarak es “por Al Yazira”. En los casos en los que Al Yazira era capaz de montar docenas de cámaras para emitir en directo, la cobertura informativa de las grandes multitudes durante las 24 horas del día multiplicaba el espíritu popular. Y lo que es más importante, ofrecía protección a las masas a las que grababa mientras llevaban a cabo su revolución pacífica y, por consiguiente, inutilizaba el poderío de los aparatos de seguridad, puesto que cualquier ofensiva contra ellos se vería en todo el planeta. La grabación en directo de cientos de miles de manifestantes persistentes y pacíficos atraía la atención y el apoyo mundiales e incomodaba a las potencias occidentales, que durante tanto tiempo habían respaldado a los regímenes derrocados (en Túnez y Egipto), y las empujaba a cambiar de política y a apoyar los movimientos contrarios a los regímenes.

Sin embargo, en aquellos casos en los que las revoluciones se volvieron caóticas y sangrientas (Libia y Siria), la función esencial de Al Yazira en la Primavera Árabe se habría visto tremendamente menoscabada de no haber sido por la participación de las redes sociales, Facebook y Twitter, y los teléfonos móviles. A los corresponsales de Al Yazira pronto se les prohibió entrar en estos países, donde las protestas se intensificaban rápidamente, aunque los regímenes se las arreglaban para resistir manteniendo un punto de apoyo, en concreto mediante el control de los medios de comunicación dentro de sus fronteras. Preparada y acostumbrada a esta pauta típica de los gobiernos árabes, Al Yazira hizo públicos docenas de números de teléfono para recoger llamadas y mensajes de texto enviados desde las calles y creó sitios web específicos para recibir grabaciones de vídeo realizadas por la gente.

Este material en directo llegaba en unos instantes y se retransmitía inmediatamente, lo que proporcionaba a los revolucionarios un doble servicio: los acontecimientos a pequeña y gran escala se amplificaban y se difundían entre toda la población; y la propia población sabía dónde movilizarse y reunirse. Del mismo modo, si Al Yazira no hubiese podido emitir este material en directo a tan gran escala, para que llegase a un público de millones de personas, los logros de esas redes sociales en estas revoluciones hubieran sido mínimos. Debido a la pobreza y al escandalosamente alto nivel de analfabetismo del mundo árabe, el acceso a los ordenadores y las tasas de penetración del uso de Internet son bajos y no especialmente fiables en los procesos de movilización. Pero todo el mundo tenía acceso a la televisión.

Actividad diplomática

En el terreno diplomático, Catar encabezó los esfuerzos árabes y regionales por apoyar a los libios y sirios frente a sus regímenes. Los cataríes asumieron la presidencia de turno de la Liga Árabe tras pedir a los palestinos, quienes supuestamente debían hacerse cargo de ese liderazgo durante un año, que se la cediesen. Tras la caída de los regímenes tunecino y egipcio en febrero de 2011, la capital catarí, Doha, se convirtió en el principal centro regional de apoyo diplomático y logístico a los levantamientos en Libia, Yemen y Siria.

En el ámbito oficial, los cataríes orquestaron los esfuerzos llevados a cabo dentro de la Liga Árabe para presentar ante la ONU una petición para que interviniese en Libia, lo cual facilitó la adopción de la resolución del Consejo de Seguridad que autorizaba a la OTAN intervenir contra el fallecido Muamar Gadafi y su régimen. Los cataríes están intentando hacer lo mismo contra el régimen de Bashar al Assad en Siria, aunque el problema es mucho más complejo a causa de la fuerte oposición rusa y china en el Consejo de Seguridad y del apoyo de Irán e Irak a Assad. Sin embargo, el ambicioso intento de Catar de hacerse con el liderazgo regional se enfrenta a algunos desafíos y dificultades considerables.

En primer lugar, está el asunto de la credibilidad. Catar no es un Estado democrático y los pasos hacia la reforma constitucional son superficiales y lentos. Las peticiones cataríes de democracia, pluralismo y elecciones libres se reciben en Libia y Siria con un grado considerable de cinismo. La credibilidad también ha sido un problema cuando Catar, y Al Yazira, han sido incapaces de apoyar las revueltas en el vecino Bahréin, que para los cataríes resultó ser la prueba más difícil de la Primavera Árabe. La protesta de Bahréin estaba encabezada por la mayoría chií del país, apoyada por Irán, en contra de la familia gobernante suní, respaldada por los saudíes.

Para Arabia Saudí, la inquieta vecina de Bahréin, esta era una clara línea roja donde cualquier perspectiva de que el país cayese en manos de la mayoría chií siempre se ha considerado una amenaza real para la seguridad nacional. Por ello, los saudíes no quisieron correr ningún riesgo con la protesta de Bahréin y, cuando dio la impresión de que los acontecimientos en el país escapaban al control del régimen, Riad envió tropas militares bajo los auspicios del CCG y sofocó el levantamiento.

Otro importante desafío es la política catarí en los países posrevolucionarios. Resulta sorprendente que en los tres países donde Catar apoyó decididamente el derrocamiento de los antiguos regímenes –Túnez, Egipto y Libia– se extienda cada vez más el sentimiento anti-catarí, debido a que sus habitantes perciben una intromisión de Catar en los asuntos nacionales. Los políticos tunecinos y libios han criticado abiertamente la función desempeñada por Catar inmediatamente después del triunfo de sus revoluciones. La principal acusación es que favorecen y apoyan a una fuerza, los islamistas, frente a las demás. Sin embargo, esta percepción general de que respaldan a los partidos islamistas en estos países, confirmada por las pruebas, resulta confusa.

La pregunta es por qué los cataríes limitan su influencia y se crean enemigos enfrentando a las fuerzas locales entre ellas, cuando podrían disfrutar de una mayor influencia y del apoyo de la mayoría de los partidos si se mostraran imparciales y amistosos con todas las fuerzas. Dicho esto, la activa función de Catar les da a muchos árabes la satisfacción de que pueden estar a la altura y de que los problemas no pueden, ni deben, dejarse en manos de las potencias extranjeras. Como cualquier actor político enérgico, se creará adversarios y enemigos, pero todo apunta a lo mismo: a que Catar ha sido lo bastante valiente para liderar la política regional antes y durante la Primavera Árabe, mientras sus “hermanos” mayores vecinos se quedaban muy rezagados.