Cambios del terrorismo argelino con crisis juvenil de fondo

El gobierno culpa a Irak del terrorismo, pero sus raíces se encuentran también en una juventud desestabilizada.

Lakhdar Benchiba

Al Qaeda y el GSPC son lo mismo”. Es lo que declaraba en la cadena Al Yazira, Robert Ford, embajador de Estados Unidos en Argel, el 21 de septiembre de 2007. Por el contrario, las autoridades argelinas ponen en duda la realidad de Al Qaeda. Se atienen a lo que conocen: el GSPC (Grupo Salafista para la Predicación y el Combate) con sus entre 400 y 1.000 integrantes (las cifras nunca han sido exactas) y sus territorios preferidos, especialmente, la Cabilia.

El frenesí de los medios de comunicación con “Al Qaeda del Magreb”, después de los atentados suicidas de estos últimos meses, y las amenazas hacia los occidentales sirven, según ellos, para encubrir el debilitamiento de los grupos terroristas. La etiqueta de Al Qaeda del Magreb es solo un medio para garantizar una publicidad internacional a un grupo terrorista argelino “acorralado”. Después de los atentados espectaculares y sangrientos contra el palacio de gobierno (11 de abril de 2007), y los de Batna (6 de septiembre de 2007) y Dellys (8 de septiembre de 2007), las autoridades no transigieron en este aspecto.

El ministro del Interior, Nureddín Yazid Zerhuni, habla del debilitamiento de los que “están todavía en las montañas” y dice que la etiqueta de Al Qaeda “no significa nada, es solo un nombre nuevo”. Algunos días después de las declaraciones de Robert Ford a Al Yazira, el jefe del Estado Mayor del ejército argelino, el general Ahmed Gaid Salah, declaraba que no creía “en una cosa llamada Al Qaeda” que no es “nada más que un concepto o una invención”. A principios de octubre, el ministro argelino de Asuntos Exteriores, Murad Medelci, fue más moderado. Interrogado sobre la existencia “real” de la organización, respondió que “el fenómeno de Al Qaeda no es argelino.

Tiene sus guaridas un poco por todas partes” y “en cuanto a la repercusión en los medios, saca provecho de algunos atentados cometidos de vez en cuando”. En la prensa argelina, se aprecian las vacilaciones respecto a la terminología: Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) para unos, GSPC para otros. Algunos han preferido hablar de “Al Qaeda-GSPC”, insinuando así un cambio del terrorismo argelino, que se desconecta de lo que está en juego en el ámbito nacional para encuadrarse en el terrorismo del yihad global.

¿Qué pruebas hay de la afiliación del GSPC a Al Qaeda? Hmida Layachi, director del periódico Algérie-News y uno de los mejores especialistas sobre el movimiento radical islamista, responde con una evidencia: “Las pruebas son las que presenta el GSPC. Al Zawahiri, el número dos de Al Qaeda, anunció esta alianza a través de la cadena Al Yazira. Para mí, esto es prueba suficiente. Pero no se puede hablar de una afiliación orgánica, el GSPC dirige su guerra bajo la bandera de Al Qaeda, la afiliación es simbólica”. Y entonces, ¿cómo se explica la aversión de los poderes públicos argelinos a admitir lo que parece manifestarse de facto: una adhesión del GSPC a Al Qaeda y su entramado, declarada por Ayman A Zawahiri como Al Qaida fil maghrib al islami, en septiembre de 2006?

En esta voluntad de las autoridades argelinas de desconectar al GSPC de Al Qaeda, se superponen dos explicaciones: una reticencia reciente a participar en la “guerra global” de los americanos y una dimensión política interna, vinculada a la defensa de la política de reconciliación del presidente Abdelaziz Buteflika.

Estados Unidos, los hidrocarburos y las bases

Quien dice Al Qaeda dice presencia americana o viceversa. En Argelia, como en muchos países árabes, esta idea está muy presente. Se nutre de elementos fácticos: el cambio brusco del poder argelino respecto a la liberalización del sector de los hidrocarburos y su oposición al proyecto de mando militar americano para África (Africom) y a la implantación de una base militar americana en el Sáhara para supervisar la zona del Sahel.

La negativa a admitir la realidad de Al Qaeda tendría por objeto evitar la legitimación de las peticiones americanas dirigidas a Argelia o incluso a toda la región. De ahí a pensar que los americanos hacen todo lo posible para que Al Qaeda aparezca como una grave amenaza para Argelia, solo hay un paso que algunos dan rápidamente. Luisa Hanun, dirigente del Partido de los Trabajadores (trotskista) acusó públicamente a los americanos “de manipular el terrorismo” para desestabilizar al Estado argelino debido a su política nacionalista en el sector de los hidrocarburos y su rechazo a la presencia de bases americanas.

Las autoridades argelinas se guardan de recoger estas acusaciones pero algunas de sus declaraciones favorecen este tipo de interpretaciones. En caliente, el 6 de septiembre de 2007 en Batna, después del atentado suicida cuyo objetivo era la comitiva presidencial, el presidente Buteflika puso en la lista negra a los terroristas “que sirven a los intereses extranjeros, a las capitales extranjeras y a los dirigentes extranjeros. Esta clase de actos constituyen para nosotros una violación de la soberanía argelina”.

El mismo día, el ministro del Interior, Zerhuni, afirmaba que “el fuerte retorno de Argelia a la escena internacional, especialmente en el ámbito económico, quizás ha resultado molesta para algunos intereses extranjeros”. Se sugería así el tema de la “mano extranjera”. No se citaba ninguna capital extranjera, pero muchos periodistas argelinos, procediendo por eliminación, retuvieron solo una: Washington. Algunos analistas añaden un punto de sofisticación, al mencionar la existencia de un conflicto entre una presidencia que marcaría su distancia respecto a Estados Unidos, y el servicio secreto (el DRS), que, por el contrario, querría reforzar los vínculos con éste.

Para ellos, el presidente Buteflika ya no goza del favor de los americanos desde que, en julio de 2006, cuestionara una ley liberal sobre los hidrocarburos que permitía a las empresas extranjeras llevarse un 70% de las participaciones, o incluso más, de los yacimientos de hidrocarburos. Esta ley, elaborada por el ministro de Energía, Chakib Jelil, calificado por los opositores “de hombre de los americanos”, había suscitado una gran oposición en Argelia. El segundo factor de tensión con los americanos es la hostilidad al Africom, el mando militar americano para África, compartida por numerosos países africanos.

Uno de los objetivos declarado del Africom es luchar contra el terrorismo, con una insistencia especial en la zona del Sahel, presentada como con un gran potencial para la implantación de Al Qaeda. Oficialmente, EE UU no ha pedido el establecimiento de una base en Argelia, pero las autoridades argelinas se sienten obligadas a hacer aclaraciones periódicas. En marzo de 2007, el ex ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Bedyaui, declaraba que Argelia “no aceptará la instalación de bases militares en su territorio, cualquiera que sea el país al que pertenezcan”. Su sucesor, Murad Medelci, lo reiteró.

El terrorismo es un fenómeno “transnacional” considera, pero cada país “tiene interés en organizarse para luchar contra esta plaga dentro de sus fronteras. No se trata de poner bases militares allí donde hay terrorismo”. Estas declaraciones dan lugar a lecturas de tipo geopolítico inspiradas ampliamente por la hostilidad real de la opinión respecto a la política americana en el mundo árabe. Sin embargo, eso no debe enmascarar la realidad de un cambio del terrorismo argelino –se llame GSPC o Al Qaeda– ni los factores estructurales internos que causan su persistencia.

El cambio del terrorismo sobre la base del malestar de los jóvenes

Fueron los atentados suicidas del 11 de abril de 2007 contra el palacio de gobierno y una comisaría en Bab Ezzuar (un barrio al este de la capital) la primera actuación operativa de Al Qaeda del Magreb? En cualquier caso, era la primera señal de un cambio del terrorismo argelino hacia el estilo iraquí. Hasta entonces, los atentados suicidas no formaban parte, por razones religiosas, de la tradición de los movimientos radicales argelinos. El GSPC representó una ruptura con el GIA y se atribuyó la imagen de un grupo armado que no combate a los civiles.

El recurso a los atentados suicidas, con una probabilidad muy alta de víctimas civiles, anula esta diferencia. La repetición de este tipo de atentados, sangrientos y con fuerte impacto en los medios de comunicación, indica claramente que el terrorismo argelino se inspira en adelante en las fatwas de Al Qaeda. Esto es una desnacionalización del referente religioso. En lo sucesivo, bajo la etiqueta del AQMI, el GSPC se encuadra en el dispositivo de los medios de comunicación y de Internet de la esfera de influencia de Al Qaeda. Esta elección del atentado suicida obedece también a necesidades operativas.

Las autoridades argelinas no se equivocan al afirmar que bajo el efecto de la política de reconciliación y de las actuaciones del ejército y de los servicios de seguridad, se ha debilitado considerablemente a los grupos terroristas. Pero eso no debe ocultar el hecho de que, desde hace varios años y a pesar de bajas regulares, la estimación del número de terroristas activos sigue siendo perceptiblemente la misma: entre 400 y 1.000. Así pues, existe un flujo de reclutamiento que permite el mantenimiento y la renovación de las tropas. El perfil de los kamikazes lo confirma. Son jóvenes, desconocidos para los servicios de seguridad, y están motivados por los argumentos yihadistas, ligados principalmente a los disturbios iraquíes.

A menudo, el reclutamiento inicial se hace para Irak, antes de desviarlo hacia acciones en Argelia. Es lo que lleva a los analistas a hablar tanto de iraquización del GSPC, lo mismo por los métodos de actuación que por la propaganda utilizada para el reclutamiento. El discurso oficial, que reafirma la pertinencia de la política de reconciliación después de cada atentado, no parece tener en cuenta este cambio. La política de reconciliación nacional, discutida por la oposición por razones diametralmente opuestas, ha tenido resultados tangibles: más de 6.000 miembros armados, que más o menos reconocían su afiliación al antiguo FIS (Frente Islámico de Salvación), abandonaron la guerrilla. Pero esta política tiene sus límites.

No tiene eco entre los activistas que ya no se centran en lo que está en juego a nivel nacional, sino en un yihad internacionalista. Desde este punto de vista y sin recurrir a las teorías de la conspiración, se puede decir que la aventura americana en Irak abrió de nuevo en Argelia las compuertas de un reclutamiento que comenzaba a agotarse, bajo el efecto combinado de la presión por la seguridad y la oferta de amnistía aportada por la política de reconciliación de Buteflika. Pero la explicación de esta renovación del reclutamiento se falsearía si se limitara a apuntar hacia los desórdenes iraquíes. El dato más grave y el más importante es que la juventud argelina está profundamente desestabilizada.

Está tentada por múltiples formas de violencia (gamberrismo, motines, delincuencia), que se añade al debilitamiento de la influencia de la unidad familiar. Las reacciones de las autoridades argelinas contra los que establecen una correlación entre miseria social y terrorismo traducen más un desconcierto que una convicción. No todos los jóvenes desheredados se convierten en terroristas –afortunadamente–, pero el perfil de los kamikazes los sitúa socialmente en estas categorías. Lo más alarmante es que son muy jóvenes. Nabil Belkacemi, autor del atentado suicida contra el cuartel de los guardacostas de Dellys solo tenía 15 años, y su “preparación” no duró más de tres meses.

Dos jóvenes adolescentes, entre 14 y 16 años, han sido condenados a prisión condicional y obligación de seguimiento psicológico: subían los fines de semana al monte para entrenarse en el manejo de las armas y retomaban las clases a principios de semana. Desengañados y sin horizontes, parte de los jóvenes están en una especie de búsqueda del paraíso. El perfil de los kamikazes que buscan el paraíso en la muerte no es muy diferente de los harragas, esos jóvenes que buscan también un paraíso en la inmigración ilegal hacia Europa, utilizando embarcaciones de riesgo.

Una encuesta realizada por el Ceneap (Centro Nacional de Estudios Aplicados) pone de manifiesto que un 60% de los jóvenes escolarizados considera que su futuro es “incierto”. Cerca del 56% considera que no tiene futuro en el país. Cada año 500.000 jóvenes argelinos quedan fuera del sistema escolar, y eso da una idea de la amplitud del problema. La juventud argelina desestabilizada es el mayor problema político de Argelia. La tentación es aun más fuerte si se tiene en cuenta que el país vive un vacío político que favorece exclusivamente al islamismo, tanto en sus formas moderadas como en sus versiones radicales.

Un principio de confesión…

El 23 de octubre de 2007, en un discurso pronunciado ante los walis (prefectos), el presidente argelino admitía que la juventud (el 70% de los argelinos tiene menos de 30 años) era el principal problema del país. Después de una digna intervención de un opositor respecto a la desconexión entre las autoridades públicas y los jóvenes, éste advirtió: “Los 2.400 harragas contabilizados y los kamikazes de Argel, Lajdaria, Batna y Dellys podrían convertirse en mucho más numerosos si no se les presta atención”. Es una confesión a medias.

Porque los límites de la política de reconciliación se miden a este nivel. Al contrario de lo que pasó en Suráfrica, la reconciliación no estuvo acompañada de un cambio de régimen. Sirvió de nueva legitimación para el sistema existente y de cuestionamiento rastrero de la apertura democrática que siguió a los motines de la juventud en octubre de 1988. A pesar de la existencia formal de varios partidos políticos, el multipartidismo solo es una fachada, el terreno político sigue estando completamente bajo control. Los contrapoderes no existen.

En un país que vive de nuevo el desahogo financiero, la población comprueba, indignada pero impotente, la aparición de un capitalismo basado en el mercantilismo y en la corrupción. En mayo de 2007, las elecciones legislativas registraron un récord histórico de abstención, calificado por la prensa argelina de “motín pacífico” contra el sistema existente. El presidente Buteflika se preocupaba por “las tentaciones dañinas y por las manipulaciones que proliferan en el substrato de la desesperación inducida por el desempleo, la marginación y la exclusión”. Le falta admitir que la negación de la política, el bloqueo del campo político y la ausencia de perspectivas de democratización del sistema favorecen estas tentaciones virulentas. En eso no hay ninguna “mano extranjera”.