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Co-edition with Estudios de Política Exterior
Argelia, el plan Baker sigue vigente
El país mantiene su política tradicional y es favorable al plan Baker, siempre que el Frente Polisario sea considerado como único interlocutor válido.
Manuel Ostos, delegado de la agencia Efe para Túnez y Argelia
Una minibatalla silenciosa y entre bastidores. Así entendió la diplomacia argelina la gestión hecha en Argel, en julio pasado, por el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, respaldado por el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, para lograr que Argelia asuma un mayor protagonismo en la solución del enquistado conflicto del Sáhara Occidental. Los argelinos no esperaban menos, ya que en una anterior visita de Moratinos, en abril, éste había manifestado que España pretendía ayudar a Marruecos y Argelia a acabar con su tradicional enemistad y favorecer un acuerdo sobre el futuro del Sáhara Occidental en el ámbito de Naciones Unidas, de manera que se puedan armonizar los derechos de las partes implicadas.
La actuación española no ha sido vista con malos ojos en Argel, aunque el jefe de la diplomacia argelina, Abdelaziz Beljadem, no vaciló en declarar públicamente que “había percibido cierta simpatía” con la posición que mantiene Francia, que Argelia considera fundamentalmente favorable a las tesis de Marruecos. Beljadem también se apresuró a dejar constancia de que la visita de Zapatero, y la que días antes hiciera a Argel el ministro francés de Asuntos Exteriores, Michel Barnier, no entrañaron presión alguna para forzar un compromiso sobre el Sáhara Occidental. Barnier dijo que sería fundamental que Argelia y Marruecos dialogaran, y Zapatero insistió en lo mismo, a propósito de crear un diálogo entre los dos países sobre la cuestión saharaui.
Pero, para Argelia, un mayor protagonismo no puede concebirse si ello se dirige a desplazar al Frente Polisario de su papel de único interlocutor con el que debe negociarse. De ahí que tanto al presidente del gobierno español, como al jefe de la diplomacia gala, el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, y el propio Belkhadem les plantearan el mismo discurso: “Todo lo que pueda contribuir a mejorar nuestras relaciones con Marruecos es y será siempre bienvenido, pero siempre al margen de la cuestión saharaui que en modo alguno constituye un contencioso bilateral entre nosotros”.
La postura argelina
Argelia, qué duda cabe, tiene intereses en el asunto, por mucho que éstos aparezcan arropados en la defensa del derecho y la legalidad internacional, y el principio de la descolonización, que son dos de los elementos clave de las Cartas programáticas de la ONU y de la antigua Organización para la Unidad Africana (OUA). El origen de ese interés radica en la vieja rivalidad que mantuvieron el coronel Huari Bumedian y el rey Hassán II. El primero hizo del Sáhara Occidental un asunto personal, aun recurriendo a los principios señalados. Bumedian fue literalmente “empujado” por Buteflika, entonces ministro de Asuntos Exteriores, y éste, según se supo luego, recibió con la faz lívida la noticia de que España, Marruecos y Mauritania habían firmado los acuerdos tripartitos de Madrid en noviembre de 1975.
La noticia se la dio el coronel Mohamed Adelghani, que se había instalado en la embajada argelina de Madrid, y Buteflika al comunicársela a Bumedian se sintió humillado por lo que calificaría de “traición española”. Desde el principio del conflicto, Argelia mantuvo su posición de negarse a participar en una cumbre magrebí en la que no estaría presente el Frente Polisario. En febrero de 1986, Argel hizo públicas las dos posibilidades que veía para celebrar esa cumbre, o bien un encuentro de seis (Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania, Túnez y la República Saharaui) o bien uno de los cuatro “que no estaban en guerra” (Argelia, Libia, Mauritania y Túnez).
En esa fecha murieron las iniciativas para resolver el conflicto en una cumbre regional, que el presidente tunecino, Habib Burguiba, quiso llevar adelante con el consentimiento de Bumedian. Tampoco cuajó el plan de paz que la OUA adoptó en 1983. En febrero de 1982, la cumbre africana celebrada en Addis Abeba (Etiopía) decidió la admisión como miebro de pleno derecho de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), lo que provocó la retirada de Marruecos de la organización en 1984. Argel dirigió entonces sus esfuerzos a la implicación de las Naciones Unidas, partiendo de las posiciones asumidas por la cuarta comisión de descolonización, favorable a un referéndum de autodeterminación.
La muerte de Bumedien, y la posterior de Hassán II, pusieron fin al calificativo de casus belli que la parte argelina otorgaba a sus relaciones con Marruecos, cuando se referían a la antigua colonia española. Pero, a pesar de ello, con la única excepción de la brevísima presidencia del histórico Mohamed Budiaf, que murió asesinado víctima de un complot todavía inmerso en la niebla, ninguno de los estadistas argelinos se ha atrevido a dar el paso de cortar el nudo gordiano de unas negociaciones directas con Marruecos a propósito del Sáhara Occidental. Las fuerzas armadas argelinas heredaron la hostilidad de su patrón Bumedian, e hicieron suya la prohibición formal de abandonar a los independentistas saharauis.
Los políticos se plegaron a respetar esa línea roja, y Buteflika no parece estar dispuesto por ahora a imponer a los militares un cambio de óptica. Pocos días después de la visita de Zapatero, el presidente argelino consiguió una importante baza en su pugna personal con los generales que le llevaron al poder en abril de 1999. El militar de mayor graduación, el general de Cuerpo de Ejército, Mohamed Lamari, presentó su dimisión de jefe de Estado Mayor, y fue sustituido por el general Salah Ahmed Gaid, al que se le considera con mejor disposición hacia Buteflika. Pero si este relevo, así como la salida del general Fodil Bey, jefe de la importante primera región militar, pueden facilitar la estrategia de concordia y reconciliación nacional de Buteflika hacia el integrismo, difícil es imaginar que ello pueda modificar la política tradicional sobre el conflicto saharaui.
Para dejar claro que no va a haber cambios, Argelia desencadenó a primeros de agosto una “contraofensiva” destinada a mostrar que, por buenas que sean sus relaciones con París y Madrid, se opone radicalmente a cualquier iniciativa que aparezca como una forma de presión o de sustitución del Frente Polisario en la mesa de negociaciones con Marruecos. El primero en desencadenar las “hostilidades” fue Beljadem al expresar delante de Barnier y Moratinos que no es con Argel con quien hay que tratar primero un eventual cambio de postura de los independentistas. “Si ustedes quieren que se produzcan cambios en las posiciones del Polisario, es con ellos con quien hay que tratar”, diría Beljadem visiblemente enojado.
El 20 de julio, Beljadem publicó un comunicado en el que se fustigaban las declaraciones de “ciertas personalidades gubernamentales extranjeras” relacionadas con el Sáhara Occidental, acusándolas de “manifestar su tendencia a hacer una amalgama lamentable y falaz entre las relaciones bilaterales argelino-marroquíes, la construcción de la unidad magrebí y la solución de la cuestión del Sáhara Occidental”. “Argelia, que tiene el más grande respeto por el hermano pueblo marroquí, reafirma que la paz únicamente se hará con las autoridades del Frente Polisario, y que la búsqueda de un interlocutor de sustitución, en este caso Argelia, no conducirá más que a un callejón sin salida y a prolongar indebidamente una situación perjudicial para los pueblos de la región”, apostillaba el comunicado.
El segundo cañonazo lo dio el propio Buteflika en una carta dirigida al secretario general de la ONU, Kofi Annan, que constituía el repaso de todos los argumentos que configuran la posición inamovible de una Argelia que quiere mostrar el respeto a sus viejos compromisos en favor de los movimientos de liberación. Argelia, manifestaba Buteflika, continúa considerando la cuestión del Sáhara Occidental como un problema de descolonización que las Naciones Unidas han asumido como tal y que debe resolverse con respeto al derecho a la autodeterminación de los pueblos. “El conflicto, añadía, concierne exclusivamente al pueblo saharaui y a la potencia ocupante, es decir Marruecos, y todo arreglo debe necesariamente intervenir por acuerdo entre esas dos partes. Consideramos pues como un procedimiento puramente dilatorio toda tentativa de inscribir el problema del Sáhara en un contexto argelino-marroquí, porque Argelia ni puede ni quiere sustituir al pueblo saharaui en la determinación de su futuro”.
El presidente argelino justificaba su carta para poner fin “a ciertas especulaciones” e insistía en que su país no pone ninguna condición previa para desarrollar sus relaciones con Marruecos “porque estimamos que no hay razón para que la cuestión del Sáhara Occidental interfiera en nuestras relaciones”. Una posición obviamente diametral a la que sostiene Rabat, que considera a Argel el único interlocutor válido para resolver el contencioso sobre lo que califica de sus “provincias del Sur”. El mensaje de Buteflika enfrió las expectativas de que las relaciones con Marruecos puedan mejorar a corto plazo, una esperanza que pareció aflorar de nuevo con la decisión personal del rey Mohamed VI, a principios de agosto, de suprimir la formalidad del visado a los nacionales argelinos.
Tras esa decisión se esperaba la reapertura de las fronteras que permanecen cerradas desde 1994, pero Argel restó importancia a la decisión marroquí y volvió a dejar en manos de una comisión el problema fronterizo. Por si ello fuera poco, significativamente los argelinos organizaron el 5 de agosto una semana de solidaridad con el pueblo saharaui, que sirvió de telón de fondo para acoger en Argel con honores excepcionales al líder polisario, Mohamed Abdelaziz. El primer ministro argelino, Ahmed Uyahia, tomó el relevo de las manos de Buteflika, dispensó a Abdelaziz una recepción en la residencia oficial de huéspedes de Estado, en presencia de varios miembros de su gabinete, y pronunció un discurso quizá más contundente que la carta de Buteflika. Uyahia, hombre muy cercano a los generales del ejército, afirmó que el apoyo a los independentistas saharauis “es un honor para Argelia, un deber hacia nuestro pasado y la expresión de un principio intangible de respeto a la legalidad internacional”.
En ese acto, visiblemente satisfecho, Abdelaziz insistió en que el referéndum es, para los saharauis, un “asunto irreversible” al que no renuncian, haciendo mención a los acuerdos que se establecieron con la parte marroquí en Houston (Estados Unidos), por medio del enviado especial de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, James Baker. El objetivo que persigue Argelia es que el sucesor de Baker, Álvaro de Soto, no se aparte demasiado del plan de su antecesor y que la resolución 1429 del Consejo de Seguridad, votada por unanimidad en julio del año pasado, siga siendo la pauta de una batalla en la que, aunque las buenas intenciones son cada vez mayores, el futuro continúa incierto.