Argelia: ¿el cambio imposible?

El país se encuentra ante una ecuación sin respuesta: el cambio da miedo, a los argelinos que lo piden y al régimen que lo necesita para sobrevivir.

Kamel Daoud

Argelia es un gran punto ciego en la cartografía del efervescente mundo árabe. No nos encaminamos hacia la dictadura pero tampoco vamos hacia la democracia. Prevalece un extraño statu quo. No se sabe lo que sucede, ignoramos quién gobierna, qué ha sido de los islamistas de los años noventa y aun sabemos menos de qué modo vamos a elegir a los dirigentes de mañana o deshacernos (por fin) de los mártires de ayer.

En un amplio salón del ministerio en Argel, uno de los hombres clave del equipo que dirige Argelia por intendencia (puesto que el presidente está enfermo desde hace meses, de guardia desde hace años y hospitalizado desde hace algunas semanas) explica, en una mañana primaveral, al autor de estas líneas que le reprocha el aspecto artesanal de la comunicación oficial y la falta de transparencia legendaria del sistema: “Sabes, un día durante la visita de uno de los presidentes franceses a Argelia, el ministro del Interior francés del momento me echó en cara la opacidad del sistema argelino y la falta de visibilidad en el país. Riendo, le dije que la opacidad era nuestra única fuerza frente al mundo. ‘Es lo que nos protege y protege al país y ¿nos lo quiere quitar?’” El ministro sonrió, al igual que el que cuenta esta anécdota.

En Argelia, lo real es una ficción, el poder es clandestino, detrás de cada argelino se esconde otro argelino y las apariencias son un consenso. Es el mito fundador de “lo político”: el que decide no es el que asume la decisión. El síndrome de la clandestinidad, hija de la guerra de Liberación desde la época de los maquis del Frente de Liberación Nacional (FLN), es la enfermedad del pueblo que vive en el sobreentendido, la sospecha y la duda. Es esta ecuación la que en un principio frenó la tentativa de primavera argelina en febrero de 2011. El país lo tenía todo para triunfar en su revolución: demasiado petróleo, nada de gobernanza, injusticia, desigualdades, paro y muchos jóvenes sin trabajo frente a una minoría de gerontócratas que tenían el poder en nombre de los mártires de la guerra de Liberación, o incluso en nombre de una mística de tutelaje de protección del país que ha virado hacia la cultura de la propiedad feudal.

Un poco como en todas partes en África donde los líderes de la descolonización han sucumbido al fantasma del “padre/s del pueblo”. En febrero de 2011, entre Túnez y Egipto en revolución, el mundo viró hacia el tercer país candidato: Argelia. Una corriente política –Coordinación por el cambio y la democracia– que reagrupa a diversos estudiantes, opositores y militantes, intentará lograr el efecto dominó gracias a las multitudes, pero fracasará y acabará disolviéndose al cabo de unas semanas: el régimen tenía experiencia en la gestión de la amenaza (prohibición a los policías de usar armas de fuego para no crear mártires) y el “pueblo” no les secundó.

Las razones del inmovilismo

Las razones son difíciles de entender para los que no son argelinos. En primer lugar, está el trauma de la guerra civil de la década de los noventa; una guerra que causó 200.000 muertos. Por aquel entonces, los islamistas habían ganado las elecciones, el régimen había destituido de sus funciones al presidente Chadli Benyedid, el proceso electoral se había suspendido y, a continuación, vino una guerra. Eso costó vidas y mucho dinero, y supuso 10 años de inestabilidad y de horror. De hecho, cuando se sale de una guerra, luego ya no se quiere ni salir de casa. Es la regla que frustró el llamamiento a la revuelta de febrero de 2011. En segundo lugar, está la falta de consenso en la oposición.

En los primeros días de febrero de 2011, el comité encargado de dirigir la primavera argelina se enfrentaba a un problema: era imposible encontrar un único lema. Y los grandes expertos saben que una revolución se reconoce por el consenso sobre un lema único. Los argelinos no sabían lo que había que pedir: ¿la salida del régimen? ¿De Buteflika? ¿De todos? ¿Expulsar a quién? ¿A Ben o a Ali? El sistema argelino es un sistema opaco en el que se elige al presidente, pero en el que las dictaduras son anónimas, familiares y provienen de los cuarteles o de los grupos de presión. Otro elemento fundamental fue la propaganda del régimen, bien “trabajado” durante el resto del año 2011. La primavera argelina ya tenía un antecedente: los acontecimientos de octubre de 1988 (la primera revuelta contra el partido único), con centenares de muertos y miles de torturados y sus consiguientes derivas islamistas, el régimen usó como una especie de “primavera” ya consumada.

“Argelia ya ha pagado”, repetía en abril de 2011 el primer ministro, Ahmed Uyahia, al igual que el actual ministro de Asuntos Exteriores, Murad Medelci, que realizó una gira explicativa por Occidente durante meses. En esa época, había que inmovilizar a las multitudes en el plano interno y neutralizar las presiones internacionales en el plano externo. Los acontecimientos de octubre de 1988 –calificados durante mucho tiempo de “jaleo de chiquillos”– se vendieron en adelante como una revolución anticipada, una “primavera” antes de tiempo. Y, por último, el régimen utilizó bien las confusiones. El inicio de los disturbios islamistas en Túnez y en Egipto, y, sobre todo, la revolución asistida en Libia, con la ayuda de la OTAN y de Francia, fueron utilizados por Argelia para resucitar el traumatismo colonial, que es muy poderoso en el país.

El mensaje, repetido hasta la saciedad en los periódicos afines y en la televisión única, consistía en la advertencia de que “si os rebeláis, tendréis la guerra civil de la década de los noventa y Francia volverá como antes”, para así mantener al pueblo tranquilo y dispersarlo con el temor. Durante las elecciones legislativas de 2012, los dirigentes también se atrevieron a emplear un lema surrealista: “Votad contra el cambio”, repetía el exprimer ministro Uyahia durante los mítines, ya que el cambio significaba caos, desorden, amenazas, islamistas y guerra civil o también el regreso de los colonos que se asocia con la OTAN.

El régimen argelino: ni dictadura directa, ni democracia de verdad

La primavera argelina tenía buenas razones para hacer su revolución y buenas razones para no hacerla, como el riesgo de romper la frágil paz posterior a 1990, el miedo, el traumatismo colonial, la falta de consenso y también un último detalle: la dictadura argelina no tenía una “cabeza” identificable. Faltaba un Mubarak, un coronel loco como Gadafi o bien un Ben Ali. El sistema es opaco y no ofrece unos objetivos claros. La propia presidencia en Argelia se percibe como una víctima del régimen. El presidente no ocupa una función de dictador.

La dictadura es un “todo”, una matriz, 200 familias y algunos generales. ¿A quién había que expulsar en Argelia? Era difícil realizar una preselección y era difícil manejar a la multitud. Para entenderlo hay que imaginarse un Túnez con enormes reservas de petróleo, sin Ben Ali y con cientos de Trabelsi muy voraces, pero muy discretos. En Argelia, según la mitología local, el poder real no es visible y el poder visible solo es responsable, no es real. Se tiende a presentar al régimen como una empresa tapadera (presidencia, cámaras, cargos electos) y un poder clandestino (servicios secretos, policía política, un grupo de presión de empresarios, de exmilitares, etcétera). Todo esto está dirigido por una mística de la tutorización (“sin nosotros, es el desorden: van a masacrar al pueblo y Francia va a volver”), un consejo de administración semi-anónimo que se preocupa por distribuir las rentas petroleras según el sistema de clientelismo y las necesidades.

Es lo que explica esta paradoja agotadora para el observador extranjero: no es una dictadura directa, pero tampoco es una verdadera democracia. En Argelia, la prensa es más libre que en cualquier otro lugar del mundo árabe, existe el multipartidismo desde hace dos décadas, unas elecciones presidenciales pluralistas, una opinión pública que se expresa, asociaciones y algunas libertades. Pero también hay un contrato ficticio y una democracia controlada: las manifestaciones están prohibidas, el multipartidismo es un producto in vitro del Ministerio del Interior que distribuye las autorizaciones, las elecciones están salpicadas de fraudes, la policía política es omnipresente, no existe el contrapoder, ni tampoco la justicia independiente ni el control sobre el ejército y sus gastos. Y, por último, sigue habiendo un acoso constante a los militantes de la oposición.

En resumidas cuentas, se trata de una dictadura “blanda”, debilitada por una extraña ecuación: el poder es centralista pero, al mismo tiempo, los prefectos de las wilayas (48 subdivisiones administrativas en total) son muy poderosos y prácticamente independientes. En Argelia la gente es libre, pero libre para dar vueltas en círculos. Puede decir lo que quiera, pero el régimen es independiente gracias a las rentas del petróleo y los apoyos internacionales. Se puede votar, pero es el régimen quien elige. En una economía de rentas petroleras, la patronal está estrechamente controlada por un contrato de obediencia y de apoyo que impide que en Argelia surja una voluntad “liberal” autónoma.

Las represiones de militantes se “estudian”: se deja que aparezcan líderes de cara al escaparate (para el consumo internacional), pero se reprime a los militantes de base para aislar precisamente a estos líderes. La prensa es libre (pero bajo el dictado de los anunciantes que son públicos), pero al mismo tiempo se ha creado una prensa llamada independiente, paralela, con hombres de paja del gobierno, que sirve de contrapeso. Se deja que se creen ONG de oposición, pero se las sume en una serie de luchas internas, divergencias y divisiones que las paralizan para desacreditarlas más, como se ha hecho con los movimientos bereberes, los sindicatos autónomos y universitarios y otros movimientos.

La norma: cuando la dictadura es difusa, la oposición es miope

Argelia es un califato de costumbres con una dictadura invisible y una democracia que cojea. La primera respuesta a la pregunta “Argelia: ¿el cambio imposible?” estriba en un hecho claro: para realizar una revolución en Argelia, hace falta una dictadura identificable. Ahora bien, esta no lo es. Se cuentan 9.000 tumultos al año según la policía, pero no ha habido ninguna revolución desde hace 50 años. El presidente no es un dictador sino una víctima del “sistema” según la opinión pública. A Buteflika, los argelinos no le reprochan la dictadura, solo el desgobierno: “Es un hombre legal, pero con malas compañías” dicen en los cafés. ¿Quién es dictador en Argelia?

Todo el mundo un poco, tanto el taquillero como el general del ejército. Por otra parte, el obstáculo más grande para el cambio “por el pueblo” es el petróleo. A partir de 2011, el régimen entendió que había que pagar a los “Buazizi” en lugar de dejar que se inmolasen y provocar la primavera argelina. Se permitieron enormes créditos sin intereses, difícilmente reembolsables, para los jóvenes argelinos, que por otra parte constituyen la mayoría de la población. El plan para atraerlos vino acompañado del lanzamiento de proyectos de viviendas, contrataciones y otras medidas. El poder ha preferido “pagar en vez de cambiar”. Eso ha creado un enorme efecto de llamada, con una multiplicación de las sentadas, las huelgas y las carreteras cortadas, pero todo ello dentro de una especie de acuerdo invisible para el observador extranjero: en los miles de disturbios, no se pedía el “cambio del sistema”, sino “la integración en el sistema”. Fue, otra vez, el famoso dicho: “Quiero mi parte del petróleo, no la caída del régimen”.

Es el “reparte”, y no el “¡lárgate!”. En otras palabras, un inmolado que reclamaba una vivienda explicaba a la prensa tras su hospitalización: “Solo quiero una vivienda, no soy Buazizi”. Es el acuerdo provisional argelino: no quieren revolución, sino una parte del petróleo y de las rentas. La cuestión es provocar disturbios, no la revolución. Se trata, por tanto, del segundo elemento para contestar a la pregunta de la imposibilidad del cambio en Argelia: las élites piden una transición suave (para evitar el regreso de los islamistas), pero las clases medias y populares piden una integración en las rentas.

La esfera de influencia del islamismo argelino: entre el declive y la fragmentación

Y los islamistas? Si bien provocan una fascinación política en el mundo y representan unos desafíos estratégicos en los países árabes, en Argelia los islamistas traen más bien malos recuerdos: vinieron, fueron vencidos y se dispersaron. El cuadro argelino es curioso ya que el pluralismo político es exiguo (los partidos son escasos y débiles), pero el pluralismo islamista goza de buena salud. En este sentido, a diferencia de los demás países árabes, en Argelia los islamistas pierden terreno político desde hace dos décadas. Se les reprocha, ante todo, la pesadilla de la guerra civil de los años noventa, el radicalismo asesino, la ingenuidad política (el proyecto de califato) y, sobre todo, su complicidad con el régimen desde la década de 2000.

Poco después de la guerra civil, los islamistas se dividieron en varias familias. Algunos se echaron al monte y luego se fueron al Sáhara para tratar de realizar el sueño del Sahelistán y de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI); otros emprendieron la senda de las urnas y optaron por la participación crítica con el poder. Y, finalmente, una tercera vía va a dedicarse a “convertir” al pueblo y a preparar la aparición del califato “a través de la predicación” y no de los atentados. De estas escisiones nacieron unos líderes islamistas que luchan entre sí por el liderazgo sacando sus trapos sucios, por lo que se desacreditan ante la opinión pública.

La base del antiguo Frente Islámico de Salvación (FIS, el gran partido islamista de la década de los noventa), manipulada, “comprada”, clientelizada o bien reducida al silencio, se convertirá en un recuerdo: su base ha sido excomulgada, sus líderes están en Catar o en arresto domiciliario y sus militantes han envejecido. No son una fuente de “cambio”, pero pueden beneficiarse de él en el futuro. Con la Primavera Árabe, un escalofrió repentino recorrió el cuerpo de los “teo-militantes”, pero sin resultado. Durante su mediatizada visita a Argelia, el líder tunecino Rachid Ghanuchi se reunió con el presidente del MPS (Movimiento de la Sociedad por la Paz, un movimiento islamista que nació de la descomposición del FIS y de la disidencia con respecto al FIS) para obtener una especie de bendición anticipada del Padrino, ya que era justo después de la revolución del Jazmín, que pensaban exportar.

Pero sin resultado: en las elecciones legislativas de 2012, a pesar de sus alianzas, los islamistas no fueron los grandes vencedores porque “viven en una especie de burbuja especulativa de la década de los noventa y creen que todavía dominan la calle argelina”, explicaba un politólogo. En términos reales, es una paradoja extraña, porque el islamismo vertical, que trata de conquistar el poder, ha fracasado en Argelia, mientras que el islamismo horizontal, que trata de conquistar la ropa, la televisión, la calle, los cuerpos y los espíritus, va bien.

En el transcurso de su V Congreso, organizado el 2 de mayo de 2013, el MSP “destituyó” a su secretario general, Buguerra Soltani, un partidario de la participación desacreditado, para sustituirlo por un “radical” moderado, Abderrazak Mokri, cuyo objetivo no es reconquistar el poder, sino recuperar una cierta virginidad. Y crear una nueva imagen con una barba más larga que la de los partidarios de la participación, entre los que se incluyen sobre todo dos ministros de este movimiento quienes, como muestra de la infiltración que sufre esta formación, prefirieron abandonar el partido en vez de dejar sus cargos. Este nuevo secretario general ya promete una revolución “suave”.

Por tanto, en Argelia ya existe un multi-islamismo que fragmenta el electorado y reduce su impacto. Este multi-islamismo va desde los yihadistas en el Sáhara y el Sahelistán hasta los partidarios de la participación del MSP, pasando por los radicales salafistas (discretos y a la espera), los islamistas “a la turca” (el actual ministro de Obras Públicas ha fundado un partido según el modelo del AKP de Erdogan), los islamistas de la cofradía (sin ambiciones políticas) y los antiguos del FIS.

El miedo externo al islamismo y el miedo interno al vacío impiden el cambio

Hay dos últimos factores que dificultan cualquier intento de cambio. En primer lugar, es evidente que el mundo ya no sueña con unas revoluciones árabes que acaban con los dictadores para sustituirlos por unos “califas” y por los Hermanos Musulmanes. Por consiguiente, el régimen argelino se salva por el momento actual: Occidente prefiere hoy en día un Buteflika a un Morsi. Y la razón de ello es el caos, la seguridad del suministro energético, los flujos migratorios posrevolucionarios y los imperativos de la seguridad.

Los elogios no dejan de llover sobre Argelia –que “coopera” contra el terrorismo, tiene un mercado más o menos estable e importantes divisas y controla a sus islamistas– y sobre su régimen feliz. A esto se suma la falta de alternativa. Este elemento obstaculiza la petición interna de cambio ya que el régimen ha conseguido implantar una idea duradera según la cual “si no somos mis hombres y yo, ¿quién podrá gobernar este país ingobernable?”. Así, aunque Buteflika está enfermo desde hace años y actualmente se encuentra hospitalizado en Francia, nadie se perfila como candidato serio. Todo lo contrario: esta ausencia asusta e inquieta a la base del electorado, mayoritariamente rural. Además, el régimen ha logrado crear un vacío a su alrededor y ese vacío es preocupante. En Argelia, ninguna institución creíble –ni los sindicatos, ni el ejército, ni la universidad, ni los medios de comunicación, ni tampoco la patronal– consiguen producir líderes.

Los líderes en ciernes proceden de la parte no integrada de la sociedad como los sindicatos autónomos, los movimientos tribales y, sobre todo, los movimientos sociales de desempleados en el sur que imponen actualmente al régimen un nuevo escenario y el pago de una nueva contribución, es decir, el empleo a cambio de la estabilidad en los lugares donde se encuentran las multinacionales petroleras del Sáhara. En este sentido, el movimiento del Sur es la amenaza más seria a la que se enfrenta el régimen desde hace décadas, pero este mismo movimiento inquieta al Norte. Esta preocupación se debe a la propaganda del régimen (que presenta a la oposición como disidentes o como personas manipuladas por un complot extranjero), a los desafíos de la guerra en Malí, al petróleo y a la confusión entre el proyecto unitario nacional y el centralismo “policial”. De repente, el norte de Argelia descubre que el sur no es un Sáhara vacío.

Los líderes de los comités de desempleados son acusados de ser secesionistas y de querer dividir Argelia. Ellos contestan que, precisamente, quieren volver a integrarse en Argelia, su dinero, su petróleo y sus rentas. Es un movimiento aislado, infiltrado y recuperado, pero todavía logra mantener la relativa autonomía de su núcleo. El miedo al vacío es, por tanto, una de las razones que impiden el cambio en Argelia. Este vacío nubla la esperanza y paraliza al régimen que, al haber manipulado tanto el vivero del pluralismo, se encuentra hoy en día sin un protegido creíble y sólido, sin posibilidad de realizar una transición suave y sin ideas. Y al haber desacreditado tanto a los partidos, ahora ya no los puede utilizar.

El cambio es un deseo del régimen que el propio régimen ya no puede cumplir. En definitiva, lo que impide el cambio es el fracaso de las revoluciones árabes en el resto del mundo, el trauma colonial (el regreso de Francia y de la OTAN), un nuevo episodio parecido al de los años noventa, la dictadura difusa que vuelve difusa la petición de cambio, el petróleo que compra a todo el mundo pero que no compra la paz y los islamistas que ya solo sueñan con su utopía. Así, el país se encuentra ante un dilema sin respuesta: el cambio da miedo. A los argelinos y al régimen. Pero el cambio es necesario, tanto para los argelinos que lo piden como también para el régimen que tiene que cambiar para sobrevivir. Y por el momento, no hay una solución, excepto la que se ha probado desde siempre: ganar tiempo. Perdiendo dinero y…tiempo.