La institucionalización del salafismo marroquí

El Movimiento 20-F ha desvelado un hecho inédito: la apertura del diálogo con el ala moderada del salafismo y una llamada hacia la reconciliación entre este sector y el Estado.

Beatriz Mesa

Qué duda cabe que la Primavera Árabe ha impactado de forma profunda sobre los escenarios nacionales de los países magrebíes, y uno de los “efectos contagio” tiene que ver con la reorganización de los salafistas. En un contexto regional e internacional marcado por el cambio político, los procesos de liberalización política y por el impulso por la defensa de los derechos humanos, los salafistas persiguen un nuevo sistema de organización que les conceda cierta visibilidad y legitimidad política y pública. En el caso de Marruecos, el movimiento de protesta 20 de Febrero ha contribuido a la normalización del salafismo.

Y más concretamente, el aura de libertad creada a raíz de los levantamientos populares ha permitido la integración del lenguaje salafista, siempre y cuando este respete los principales pilares sobre los que se asientan el sistema: monarquía, islam e integridad territorial. De hecho, las autoridades marroquíes se prestan a poner en marcha una revisión del pensamiento impregnado de las ideas preconizadas por los seguidores de la salafiya.

De la alianza con el poder a la amenaza

Desde que la ideología comunista no significa una amenaza mundial y, en su lugar, la nueva cabeza de turco lleva el cartel de “islamismo”, los integrantes de la corriente salafista marroquí se han visto sometidos a un sistemático seguimiento, marginados y negados por la sociedad y el Estado. Los primeros signos e intimidaciones contra el sector más conservador del país se iniciaron en 2002, cuando los actores de la corriente salafista cuestionaron la política exterior de Estados Unidos en los países árabe-musulmanes y criticaron la llamada “lucha contra el terror”.

Entonces, solo dos tendencias afloraban en el paisaje religioso: la primera, normalizada, encarnada en la figura de Mohamed Magraui, una autoridad religiosa instalada en Marraquech que, lejos de buscar el enfrentamiento directo con el sistema, mostraba una vocación integradora. Y la segunda, identificada con salafistas de renombre como Omar Haduchi, Hassan el Kettani, Mohamed Fizazi y Abu Hafs, que han predicado un doble discurso. Hacia el exterior proyectaban ideas moderadas, basadas en el convencimiento de que el islam es una ideología no solo religiosa sino también política. Pero, dentro de casa, hostigaban la práctica de la yihad como una forma de materializar el pensamiento político de liberación de tierras musulmanas en casos concretos como Irak o Afganistán. Por sus manos pasaron además discípulos de la franquicia de Osama bin Laden que emprendieron el viaje de la guerrilla.

Tanto unos como otros acabaron en el exilio o en prisión, justo después del cruento atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York. Dos años después, los ataques de Casablanca acentuaron el sentimiento de amenaza que despertaban los movimientos islamistas próximos a la ideología saudí wahabí, que sostiene que los textos religiosos solo tienen un significado y la palabra de Dios no contempla la interpretación. La barbarie marcó para siempre la corriente religiosa a la que, paradójicamente, había recurrido durante los años de plomo el rey, Hassan II, para sacar músculo contra la ola de comunistas que hizo peligrar su sistema.

Miles de musulmanes de diferentes tendencias moderadas y más extremistas fueron arrestados. Declararse públicamente devoto de la salafiya conllevaba el control y el seguimiento de las autoridades y cualquier manifestación que se saliera de los márgenes del discurso oficial –un claro reconocimiento del rey alauí como Comendador de los Creyentes– significaba purgar cárcel.

Rehabilitación del salafismo

Sin embargo, el fenómeno de la Primavera Árabe transformó de un plumazo el campo político tunecino y egipcio con unos efectos irremediables sobre la sociedad marroquí. Los hombres, despectivamente denominados barbudos, que representaban un peligro para la sociedad por preconizar –a veces utilizando métodos violentos– ideas de recuperación de la identidad árabe-musulmana, la islamización de la sociedad o el retorno a los tiempos del califato, no solo aparecen en la actual escena política, sino que además ostentan poder y empiezan a escribir el futuro de sus sociedades.

Precisamente, la liberalización del campo político en Túnez y Egipto ha repercutido en Marruecos, donde el Movimiento 20-F ha desvelado un hecho inédito: la apertura del diálogo con el ala moderada del salafismo marroquí y una llamada hacia la reconciliación entre este sector, aún minoritario de la sociedad, y el Estado. No cabe duda de que sobre el tapete se asientan las primeras negociaciones entre el Majzen y los salafistas “reconvertidos”, es decir, aquellos que se disponen a realizar una revisión del pensamiento y a intervenir en el proceso democrático de Marruecos aceptando una primera premisa: que el rey es el Comendador de los Creyentes y su figura encarna el islam suní. Los aires revolucionarios de 2011 han provocado, además, que la sociedad comience a integrar el lenguaje salafista no violento y lo naturalice.

Dicho esto, ¿se reforma el salafismo en Marruecos o el sistema cambia en aras de “normalizar” el salafismo? Existen elementos de los dos planteamientos. Históricos salafistas como Mohamed Fizazi, un piadoso hombre condenado a años de cárcel por hacer apología a favor del terrorismo, tras salir de la cárcel por una medida de gracia real asegura haberse “reformado” y aceptado las reglas del juego democrático de las que había renegado porque las únicas leyes aceptadas por islamistas de esta naturaleza provenían solo y exclusivamente de Dios.

Su prioridad es continuar con la predicación a favor de la islamización de la sociedad “pervertida por el trabajo de los movimientos laicos emergentes”, aseguró, y colaborar con el sistema contra los actores de la sociedad que buscan un cambio de régimen o que hagan tambalear el sistema, del que se beneficia una pequeña élite política. La perversión –señala el islamista– procede también de los partidos políticos no islamistas que han gobernado en los últimos años, siendo los responsables directos de la fiebre social, la marginación del mundo rural, la pobreza, la ignorancia, el libertinaje y la ausencia de valores morales.

Vocación integradora

El islamista Fizazi es de los que mantiene una agenda doble. Consciente de que la única forma de alcanzar un Estado impregnado en los valores islámicos es integrando el sistema y aceptando el discurso político, se arroja a la arena electoral dispuesto a formar un partido político: el Partido del Saber y del Trabajo (PST). Al calor de la Primavera Árabe no es el único salafista que ha salido de su madriguera y ha comenzado a urdir una estrategia moralista que le haga alcanzar visibilidad en las próximas elecciones legislativas.

Hay otras figuras de la corriente salafista y antiguos integrantes de la Chabiba Islamiya (juventud islámica, considerada como la primera expresión de islamismo en Marruecos), como Hassan el Kettani y Abu Hafs –dos halcones del salafismo no violento y con una legión de seguidores– que tras haber recibido la gracia real del rey Mohamed VI y la libertad en vísperas del movimiento 20 de Febrero, aspiran a importar el proyecto de sociedad de Al Nur en Egipto.

Entre sus prioridades, ambos islamistas buscan continuar con la predicación y la defensa de los derechos humanos de los presos políticos que han mostrado su disposición a cooperar con el Estado, garantizando su apoyo a las reformas emprendidas por el país y a la estabilidad, a cambio de obtener visibilidad y liderazgo en el actual campo político marroquí. Recientemente, Haduchi, Hafs y El Kettani, una vez prometida su conversión, puramente estratégica y haber depurado sus cerebros de las ideas de las cruzadas, han fundado en la ciudad de Casablanca la asociación “Al Bassira por la educación y la predicación”. Un primer paso en un largo recorrido hacia la institucionalización de esta corriente controlada por el régimen, y el primer cimiento en aras de entrar en el ruedo político. “El gobierno debe actuar de forma inteligente con respecto a la diversidad. Mucho mejor que se expresen a que funcionen de forma violenta”, manifestó Yussef Blal, politólogo y especialista en los movimientos islamistas.

Como conclusión, Rabat ha desplegado varias líneas estratégicas para normalizar la corriente salafista con el fin de recuperarla y utilizarla para proteger el sistema. Los salafistas, por su parte, ganan en visibilidad y consiguen impunidad para el trabajo de campo, donde se sirven del tejido social con mensajes de la lucha a favor de la paz y la justicia social y el islam como telón de fondo. Una vez legitimada la tendencia salafista alejada del discurso violento, el siguiente paso es enfrentarla a la radical, provocando una fractura en el seno de este movimiento no uniforme. “Claro que aunque la frontera entre unos y otros se encuentra en el carácter violento del combate, ideológicamente tanto los salafistas moderados como los extremistas piensan igual. Lo difícil es reformar el pensamiento”, reconoció el salafista y exmiembro de la Chabiba, Abderrahim Muhtad, presidente de la asociación Annasir por la defensa de los detenidos salafistas, para quien el “Estado necesita a estos actores por su capacidad de influencia en la sociedad. La solución de este expediente tiene solo un nombre: la reconciliación”.

Desafíos

En primer lugar, las estrategias del sistema marroquí pasan por moderar las voces salafistas, muy divergentes y divididas entre ellas. Precisamente la debilidad de este movimiento a la hora de unificarse en una misma estructura, facilita el trabajo al Estado para fraccionarlo y dividirlo. Hasta el momento se conocen tres categorías de simpatizantes de la salafiya en el interior de la prisión, una estructura que es extrapolable al exterior: en primer lugar la radical, que rechaza frontalmente la compatibilidad de la defensa de los derechos humanos y el islam. Sus integrantes son ideólogos más tradicionalistas y basan su discurso en la aplicación de la sharía. En ella se sitúan los muyahidines (“marroquíes afganos”) que han combatido en los diferentes frentes abiertos.

La segunda categoría es la centrista, que hace alusión a la defensa de los derechos humanos pero con referencias islámicas. Y, por último, los moderados, que excluyen el discurso religioso y permanecen en el ámbito de los derechos humanos. Teniendo en cuenta la diversidad del movimiento, el Estado cree que acaparando a los moderados se puede conseguir diversificar el voto del Partido de Justicia y Desarrollo (PJD), ganador de las elecciones por primera vez en la historia política de Marruecos, y cuyo brazo ideológico trabaja en el tejido social haciendo una fuerte labor humana, especialmente en los sectores más castigados.

Sus expectativas de renovar en el gobierno son altas, salvo que la falta de independencia, los estragos de la crisis económica y la estrategia estatal responsabilizándole de los “males” del país provoquen un efecto contrario y le resten votos en las urnas. Por esta razón, la baza de la autorización de los partidos salafistas con proyecto político dentro de los márgenes de la Constitución podría debilitar al PJD. El Estado, por su parte, necesita la garantía de que los salafistas aceptarán acceder a la esfera pública adoptando un discurso político desvinculado de la violencia. Hasta el momento, sus primeros pasos van encaminados a su participación política. La gradual victoria de unos y otros hará que el Estado gane nuevos apoyos y que los islamistas avancen en su sueño y camino de levantar un Estado islámico.