África del Norte sin fronteras o cómo responder al desafío de la globalización

Sin integración, el Magreb se verá privado de toda capacidad de influir en los acontecimientos, en Europa y más allá.

Francis Ghilès

Soñar no está prohibido: más que realizar diagnósticos a posteriori, el seminario internacional “Del coste del no Magreb al tigre norteafricano” deseaba proponer una gestión que centrara la atención sobre los medios que hay que poner en práctica y los procesos que hay que seguir para que África del Norte pueda mantener en 2020 su posición en el Mediterráneo y convertirse en un interlocutor cuya voz se oiga en los países de la orilla norte, de la Unión Europea (UE) y más allá. Por estas razones, he dedicado este artículo a la presentación de escenarios de ficción económica; en otras palabras, a realizar prospectivas.

Soñemos despiertos

Supongamos que, en esta hipótesis, gracias a su espíritu visionario y a su coraje político, los dirigentes de los países de África del Norte han conseguido, en este año 2020, ponerse de acuerdo y poner en marcha un modelo de desarrollo consensuado, suprimir los obstáculos tradicionales que frenan el crecimiento económico y crear sinergias tanto económicas como políticas y sociales. Estas sinergias permiten a esta región integrarse en la economía del nuevo mundo. La puesta en marcha de reglas de buen gobierno de las organizaciones, los mercados y el Estado ha llevado a los países de África del Norte hacia el porvenir brillante que prometían los estrategas internacionales del desarrollo.

El Proceso de Barcelona, lanzado en 1995, ha desempeñado un papel nada desdeñable en la toma de conciencia regional de un destino unido. La adhesión de los países de África del Norte a la Organización Mundial del Comercio se ha completado con una apertura comercial escalonada de Este a Oeste y se ha traducido en un solo mercado de bienes, capitales y trabajo. La federación de las organizaciones de seguridad social ha sido el eje del sistema económico y del mercado de trabajo en África del Norte. Las intensas reuniones mantenidas entre 2010 y 2015 han permitido la integración de los sistemas de pago y de crédito y la formación de una moneda única magrebí. El renovado Proceso de Barcelona ha ayudado en gran medida a la modernización de los dispositivos fiscales y los procedimientos para elaborar presupuestos que, llevados a cabo entre 2008 y 2015, han permitido llegar a un acuerdo sobre la gestión de los déficit y la deuda pública.

Todos los Estados tienen asegurado un mercado interior que funciona según las normas de la competencia leal. Durante todo el periodo de 2008 a 2015, las inversiones en infraestructura y las reformas del marco institucional indispensable para la armonización del espacio económico magrebí se han llevado a cabo a un ritmo sostenido. El objetivo común – conseguido de forma coordinada y con un gran apoyo técnico y político de la UE– ha sido lograr atraer a los inversores privados internacionales, que ya incluyen a la región en sus consideraciones. El flujo neto de inversiones extranjeras, que en 2006 era del orden de los 10 millones de euros del Sur hacia el Norte, se ha invertido, lo cual constituye toda una revolución.

El atractivo de los países del Magreb se ha convertido en un dato estratégico que ha permitido que se introduzcan en las cadenas de mercancías globalizadas a través de la inversión extranjera directa, la formación de empresas grandes magrebíes con un fuerte anclaje territorial, gracias sobre todo a las relaciones establecidas con los institutos nacionales de enseñanza, de formación, investigación e innovación. Gracias entre otras cosas a la cooperación con instituciones europeas en el marco del renovado Proceso de Barcelona, las universidades y las instituciones de gestión se han administrado como empresas abiertas al entorno local, nacional e internacional. Sus dirigentes han puesto sus recursos al servicio del desarrollo local.

Han actuado para preparar la apertura internacional de cada región, valorando sus recursos específicos y ofreciendo sus servicios a empresas de dimensión internacional. Todos estos factores han contribuido a facilitar la movilización y la movilidad de los activos y las competencias. Los motores del éxito han sido, por una parte, las economías de escala y una mejor gestión de los espacios; por otra parte, la flexibilidad de las estructuras y una mejor gestión del tiempo.

Hoy, en 2020…

Los resultados están a la altura de las esperanzas: el índice de crecimiento aumenta, impulsado por una confianza en el futuro que parecía perdida. Los intercambios de mercancías y personas experimentan un crecimiento impresionante que empuja a la creación de empresas de dimensiones óptimas, de navegación, transportes por carretera y aviación, impensables hasta entonces. La compra conjunta de numerosos bienes de capital por parte de cinco países reduce los costes y, por lo general, conduce a economías de escala importantes.

Un turismo sahariano a escala regional goza de un entusiasmo considerable por parte de los europeos y contribuye así a poner fin al aislamiento de las regiones pobres y alejadas de las costas. Un mercado de 100 millones de habitantes atrae a los inversores extranjeros y devuelve la confianza a los inversores magrebíes que incluso repatrían en parte los fondos que desde hacía tiempo habían puesto a cubierto en Europa. Otro signo de confianza: numerosos franceses, belgas y españoles cuyo origen es magrebí trabajan ahora para transmitir su saber –o el de empresas privadas occidentales en las que desempeñan funciones de ejecutivo– a los países del Sur. En lugar de estar marginalizada en el comercio mundial, África del Norte encuentra de nuevo el lugar que había perdido hacía tiempo.

Lo que ha ocurrido en África del Norte ha permitido a los agentes económicos y de otro tipo hacer previsiones, porque su percepción general de la estabilidad y la credibilidad del entorno en el que operan han influido en su decisión de invertir tanto como las estrictas condiciones de competitividad y precio. Hoy, en 2020, la reactivación de los intercambios económicos entre los países de África del Norte ha dado un nuevo impulso al comercio y a la inversión entre las dos orillas del Mediterráneo occidental. Las normas internacionales se han aceptado más fácilmente en África del Norte al demostrarse que conllevan debates libres que han permitido destacar los considerables recursos humanos de los que sin duda dispone la región y crear así riqueza y empleo.

Un Magreb durante mucho tiempo imposible

Frente a esta tercera revolución mundial, la era de la tecnología, la actitud de las elites del Mediterráneo occidental se caracteriza demasiado a menudo por el temor. Estos nuevos desafíos que son hoy fuente de angustia pueden ofrecer un formidable incentivo para modernizar sistemas de producción y gobierno que se han vuelto obsoletos, y para construir un mundo nuevo, es decir productos, servicios y maneras de trabajar nuevas que ofrezcan a las mujeres y los hombres que hoy no tienen trabajo o tienen empleos subalternos la oportunidad de descubrir ideas y mundos que desconocen. África del Norte está a una hora de vuelo de Europa, pero los debates entre las dos orillas y en cada orilla parecen desarrollarse fuera del tiempo actual. En el Sur existe un desfase cada vez mayor entre la juventud magrebí y los modelos europeos de sociedad que se les propone.

El indescifrable porvenir del Magreb es consecuencia, entre otras cosas, de una falta de libertad de circulación de las personas y los capitales entre los países que empuja a los jóvenes a abandonar la región; los países del Sur apenas tienen estrategias para sus diásporas a la altura de lo que está en juego, y a los países del Norte les cuesta trabajo integrar a los trabajadores que proceden del Sur. Estamos lejos de las relaciones que mantienen India y China con sus diásporas, aunque es cierto que éstas suelen estar mejor integradas económicamente en Occidente que las que proceden del Magreb. El retraso en la modernización de la economía y el papel aún limitado de la empresa, sobre todo privada, explican muchas cosas.

El Proceso de Barcelona es el único marco que permite reunir a todos los países del perímetro mediterráneo. Pero los países que rodean el Mare Nostrum son tan distintos que requieren quizá políticas o iniciativas más regionalizadas. Lo que le falta a África del Norte, en los albores del siglo XXI, es una ambición común. En la base de toda ambición hay un sueño. Hay también una cultura y quien dice cultura dice memoria de una historia, memoria de una lengua, memoria de una cocina, de unas vivencias comunes. La política de construcción de los Estados nacionales era inevitable al salir de la colonización, pero 50 años después de las independencias y en vista del mundo en que vivimos, se ha vuelto obsoleta. Ha conocido sus días buenos, sobre todo en esta tierra Ifriqiya donde el Estado creyó, durante un tiempo, que podía regentarlo todo, en especial en el plano económico.

El peso del Magreb hoy y mañana

El Magreb real está hecho de lazos seculares, de relaciones comerciales, familiares y políticas que solo piden ser renovadas; lazos de arquitectura, de cocina y de actitudes, que si tuvieran la posibilidad de expresarse libremente, darían a esta región la capacidad de hacerse cargo de sí misma y asumir su destino capacidad de la que hoy cruelmente carece. África del Norte no tiene ningún peso intrínseco en la escena económica y política regional, y aún menos en la mundial, si no es para discutir sobre seguridad y terrorismo, lo que es, desde luego, necesario, pero acaba por dejar huella en todo diálogo útil, sobre todo en el ámbito de las relaciones económicas, culturales y humanas.

La indeterminación y la inestabilidad de las relaciones de fuerza intramagrebíes han constituido un obstáculo para la expresión de la ambición magrebí. Las continuas oscilaciones del precio de la energía han actuado como una de las condiciones activas de la falta de decisión de la región. La geopolítica intramagrebí se ha decidido durante mucho tiempo fuera del Magreb. Europa puede conformarse con gestionar tuberías cuando piensa en África del Norte. Después de todo, el gas y el petróleo son los únicos recursos estratégicos que el Magreb puede ofrecer a sus vecinos del Norte. En el Sur, cada uno puede gestionar sus relaciones bilaterales intentando, con ayuda de estadísticas y coloquios, demostrar que es el más educado, el más liberal (económicamente), el que ha emancipado antes a las mujeres o ha consentido los mayores sacrificios para liberarse del yugo colonial, y que se considera el socio que más tiene que ofrecer.

Una verdadera Unión de África del Norte tendría más oportunidades de hacerse oír, por poco que fuera. Las fronteras abiertas ofrecerían a los jóvenes empresarios, algunos de los cuales luchan sin cesar en África del Norte y otros que ejercen su talento en Europa y África del Norte, a menudo con responsabilidades muy elevadas en las grandes empresas, un desafío que sabrían aceptar. El factor que hoy frena las inversiones, tanto nacionales como extranjeras, en todos los países de esta región es claramente la falta de legibilidad, de confianza en el futuro: es la que anima la exportación de un capital de 10.000 millones de euros cada año. Esta ausencia no es grave de aguda en todas partes, pero no se construyen fábricas, empresas, centros de servicios cuando una niebla normativa y jurídica a menudo espesa se arrastra al ras del suelo. La sensación de que los países de África del Norte están a punto de unirse, de plantar cara a los desafíos a los que se enfrentan, ayudaría a restaurar la confianza, animaría a quienes por su actividad de empresarios, y a menudo por su educación, si no por sus lazos familiares, son ya portadores de varias culturas magrebíes, si no europeas. Esta confianza reencontrada debe construirse sobre la conciencia y la aceptación de una historia, de una cultura común –bereber, fenicia, romana, árabe, otomana y europea–, una cultura que centra su estrategia en la diversidad, la creación de riqueza, la innovación y el valor de emprender.

Esta diversidad deben sacarla los norteafricanos de su historia y hacer de ella un arma para conquistar el porvenir. El mundo en el que vivimos es plural: es cierto en el caso de la industria o los servicios, en la arquitectura, la farmacia o los servicios financieros, el turismo o la química, la decoración de interiores o la investigación científica. Es su fuerza y su debilidad. Estos 3.000 años de historia ofrecen a los países de África del Norte todo lo necesario para ser plurales. Pero este pluralismo debe estar respaldado por una identidad sólida para lanzarse a la conquista del mundo. Abriéndose los unos a los otros, uniendo sus fuerzas, los cinco países que constituyen el corazón histórico de la región pueden ofrecer la base sobre la que construir un proyecto ambicioso. Si esta región no se inventa un sueño, su futuro será banal. Pensemos en el sueño de unidad de donde sacaron sus fuerzas quienes lucharon contra el antiguo colonizador.

¿Qué sectores podrían ser especialmente eficaces en el ámbito de la empresa para conseguir un sueño magrebí? Estaríamos tentados de responder que todos, pues las posibilidades son infinitas. No hay más que pensar en las industrias que podrían lanzarse, más allá del petróleo y del gas; en las numerosas complementariedades en materia agroalimentaria; en lo que podrían ofrecer unos circuitos turísticos saharianos transmagrebíes; en una compañía aérea transregional con capital privado. Mientras tanto, se puede calcular en unos 150.000 millones de euros la suma de los capitales norteafricanos privados que se depositan fuera de las fronteras de la región, que proceden de todos los países sin excepción y que trabajan para crear riqueza y empleo en otros lugares fuera del Magreb. El sueño de África del Norte está más de actualidad que nunca: si este sueño no se convierte en realidad en los años venideros, esta región será, como mucho, una tierra periférica de Europa más o menos agradable, una costa en la que extranjeros medianamente afortunados vendrán a broncearse y donde las empresas multinacionales trabajarán a la carta. De lo que no hay ninguna duda es de que se verá privada de la más mínima capacidad de influir en el curso de los acontecimientos, en Europa o más allá.

Las condiciones del éxito

En el Magreb se están produciendo conflictos abiertos o latentes que dan lugar a erupciones episódicas internas en cada Estado o entre Estados. Los trabajosos compromisos no permiten prácticamente el desarrollo de la autonomía de los partidos políticos, de los sindicatos y de las regiones. Es difícil descifrar el referente jurídico de los actores. La fuerte presión migratoria exprime a una sociedad que no consigue revalorizar sus fuerzas vivas. El proteccionismo atormentado y los cotos reservados al inversor extranjero reflejan un funcionamiento, que une el norte con el sur del Mediterráneo, en el que prevalece un capitalismo de iniciados.

La crisis de legitimidad de los Estados, igual que la falta de adhesión y de confianza de los ciudadanos en la “palabra” del Estado, no se puede compensar de forma duradera con los todopoderosos aparatos políticos. Estrategias de acumulación exclusivamente por parte de las elites, estrategias de supervivencia de masas en un contexto de fuerte movilidad social, reglas sociales elásticas, violencia, rechazo relativo o absoluto del otro, todo ello permitido por instituciones que no respetan las individualidades.

La construcción de los Estados pasa por el despertar de una sociedad civil, la aparición de la actividad asociativa, de las iniciativas locales y regionales, la formación de nuevas instituciones de solidaridad y la consolidación del Estado de Derecho. La dificultad consiste en combinar el proceso democrático con la aceleración y la acumulación de los capitales y la puesta en marcha de un auténtico dispositivo de crecimiento y movilidad social.