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Diálogos

Deporte en el golfo, ¿una potencia basada en la circulación hoy amenazada?

Raphaël Le Magoariec
Doctor en Geografia por la Universidad de Tours (CITERES/EMAM) ; autor de Géopolitique des pays du Golfe (Bréal, 2026).

La noche del 28 de febrero, mientras los misiles iraníes caen sobre Dubái en respuesta a los ataques israelíes y estadounidenses, Mohamed bin Rashid al Maktum permanece de pie en el hipódromo de Meydan. El emir sigue las carreras en el recinto que él mismo ha convertido en un referente mundial de la hípica. La escena lo dice casi todo sobre el hombre y sobre el emirato que ha modelado a su medida, y sobre su capacidad para encarnar, incluso bajo las bombas, la continuidad de un proyecto.

Ese proyecto viene de lejos. Heredero de una dinastía que supo leer su topografía mejor que nadie, Mohamed bin Rashid gobierna una ensenada convertida en puerto franco ya en 1904 y ampliada poco a poco a partir de los años sesenta. Fueron sus modestos ingresos petroleros, el apoyo financiero de Kuwait –que dragó el Creek e invirtió en él 400.000 libras– y la contribución del emir de Catar ofrecida como muestra de alianza con motivo de su matrimonio con Maryam, hija del emir de Dubái, Rashid, en 1961, lo que permitió la construcción de puerto Rashid, inaugurado en 1972. Todo ello antes de que el emirato continuara su impulso con el puerto de Yebel Ali, en 1979, destinado a convertirse en uno de los principales puertos de contenedores del mundo. Pero es jeque Mohamed quien entiende, al filo de los años noventa, que esa infraestructura logística ya no basta y que Dubái debe subirse al tren de la globalización en plena posguerra fría, ese momento irrepetible en que la globalización, la liberalización de los flujos y el auge del transporte aéreo abrían la puerta del estatus de hub planetario a quien supiera atravesarla. Sobre esa convicción levanta los pilares de un modelo inédito: Emirates Airlines para el transporte aéreo, DP World para la gestión de los puertos, Emaar Properties para el desarrollo inmobiliario, Dubai Duty Free para aprovechar comercialmente los millones de pasajeros en tránsito. Dubái se convierte así en un nudo global cuya fuerza no descansa en el petróleo, sino en su capacidad de atraer y de hacer circular.

Esa misma noche de febrero, ante la respuesta iraní, sin embargo, la navegación por el estrecho de Ormuz queda casi paralizada. Lo que tiembla no es solo una ciudad ni una economía, sino el principio mismo que sostiene a Dubái como potencia, la circulación. Personas, mercancías, capitales, imágenes y deseos, todo ese torrente que hizo de Dubái una marca planetaria queda de pronto a la merced de una guerra que estas monarquías no buscaron y que no pueden domar.

Porque Dubái no es una excepción. Todas las monarquías del Golfo, basen su poder en los hidrocarburos o en el comercio, comparten esa dependencia estructural de la libre circulación que sus protectores occidentales llevan décadas garantizando. Ahí cobra todo su sentido su apuesta deportiva. Lejos de reducirse al sportswashing que les reprochan sus críticos, el recurso masivo al deporte representa la prolongación coherente de una política basada en el movimiento. Sin embargo, estas monarquías, tantas veces vistas como un bloque uniforme, esconden estructuras económicas y políticas muy distintas, que deciden su resistencia a los golpes geopolíticos. Es esa diversidad, así como su común vulnerabilidad, lo que esa noche de febrero saca brutalmente a la luz.

DE BOMBAY A YEDA, EL BALÓN VIAJA COMO UNA MERCANCÍA

El deporte en el Golfo nace de la circulación imperial británica. Donde fondeaban las flotillas británicas –en Kuwait, Dubái, Baréin, Mascate o Yeda–, el fútbol se practicó por primera vez a principios del siglo XX. Pero quienes lo arraigan de veras son los comerciantes.

El deporte en el Golfo nunca ha sido una forma de ‘sportswashing’, sino el resultado de una política de circulación tan vulnerable como los estrechos, las rutas aéreas y los flujos financieros en los que se sustenta.

Son ellos los verdaderos precursores. En Dubái, un comerciante de perlas trajo de Bombay en 1928 el primer balón tras haber vendido toda su cosecha de la temporada de pesca. En Kuwait, negociantes acostumbrados a cruzar hasta India lo introducen ya en 1917. En Yeda, representantes del comerciante Mohamed Ali Rida Zaynal, formados en el Raj, se lo enseñan a sus compañeros. De puerto en puerto, el fútbol circula como un género más, llevado por esas redes transnacionales que tejen el contorno del océano Índico. Nada lo resume mejor que el amarillo y negro del primer club de Yeda, Al Ittihad, unos colores que no proceden de la ciudad, sino de Puerto Sudán, al otro lado del mar Rojo, donde los fundadores se habían abastecido de camisetas a través de sus contactos comerciales. Esas familias fundan los clubes, los financian, los presiden y comprenden enseguida que el deporte sirve también para tejer lazos y para brillar.

La irrupción del petróleo transforma esa dinámica sin romperla. En la ciudad saudí de Al Hasa, los primeros clubes se estructuran alrededor de las instalaciones de CASOC (California Arabian Standard Oil Company), la futura Aramco a finales de los años treinta, levantados por obreros llegados de Yeda, del Cuerno de África y del mundo árabe, que a veces marcan las líneas del campo con el crudo recién bombeado. En Catar, los equipos surgen entre los trabajadores inmigrantes sudaneses, sirios, libaneses y del conjunto del Golfo, atraídos por la naciente industria. En Abu Dabi, todo se desbloquea en 1966, cuando Zayed destrona a su conservador hermano Shakhbut y emplea la renta petrolera para lanzar un gran proyecto de modernización sostenido por docentes bareiníes y sudaneses. La renta petrolera no inventa el deporte en el Golfo, pero le da estructura, instituciones y, poco a poco, los medios de una ambición que terminará por desbordar las fronteras de cada emirato.

DEL CAMPO POLVORIENTO AL ESTADIO NACIONAL, EL ESTADO SE QUEDA CON EL BALÓN

Esa circulación cultural acaba produciendo sus propios frutos. En los años setenta, las monarquías del Golfo aprovechan la renta de los hidrocarburos para dar un salto decisivo e institucionalizar sus sistemas deportivos. El deporte deja de ser una práctica espontánea de mercaderes e inmigrantes para convertirse en una extensión deliberada del Estado del bienestar, una herramienta de construcción nacional alrededor de la figura del soberano. En el fondo, un instrumento de control. Con el impulso de unas independencias, en su mayoría recién adquiridas, emires, reyes y sultanes buscan cimentar su legitimidad en algo más que la tradición beduina o la renta del petróleo. El deporte les ofrece esa posibilidad, la de dar forma a una identidad nacional recién nacida, reunir a poblaciones dispares bajo una misma camiseta, un mismo orgullo, un mismo relato. Lo que había sido producto del comercio se vuelve palanca de poder.

El jeque Mohamed Bin Rashid al Maktoum asiste a la 30ª edición de la Dubai World Cup 2026 en el hipódromo de Meydan. Dubái, 28 de marzo de 2026. (FBM media, Getty Images)

La señal la lanza Catar en 1972, cuando un decreto real fusiona los clubes existentes en estructuras nuevas. La misma corriente recorre la región, y las autoridades se apoyan en las redes que habían difundido el fútbol una generación antes: entrenadores sudaneses en Catar, técnicos egipcios en las primeras selecciones emiratíes. Pero las ambiciones pronto traspasan el ámbito regional. En febrero de 1973, Pelé y el Santos F.C. hacen escala en Doha, Manama, Dubái, Riad y Kuwait durante su última gran gira, prueba de lo que persiguen estas monarquías: conectarse a los circuitos de la globalización deportiva. En Arabia Saudí, el príncipe Faysal bin Fahd ficha en 1976 al inglés Jimmy Hill, antes de traer a grandes figuras del fútbol brasileño al banquillo y a la plantilla del Al Hilal: primero a Mário Zagallo y luego al campeón del mundo Roberto Rivelino. La inversión rinde. En 1981, la selección sub-20 catarí alcanza la final del Mundial juvenil de Australia tras eliminar a Brasil y a Inglaterra, antes de caer ante la RFA. Kuwait llegó a la fase final del Mundial de 1982, Arabia Saudí se proclamó campeona de Asia en 1984 y 1988, y los Emiratos Árabes Unidos escribieron su única página en la historia mundialista durante el Mundial de Italia de 1990. La renta petrolera ha permitido convertir la circulación cultural en potencia deportiva, y el deporte se ha vuelto uno de los pilares del proyecto nacional de unas monarquías sedientas de legitimidad.

UNA PLURALIDAD DE MODELOS PARA GEOPOLÍTICAS DISTINTAS

Los flujos de personas, así como los mediáticos y de capital, se convierten en los nuevos vectores de este poder. Al filo de los años noventa, las monarquías del Golfo ya no se conforman solo con invertir en sus sistemas deportivos internos. La región vive entonces una sucesión de sobresaltos, de la guerra entre Irán e Irak a la invasión de Kuwait por un Bagdad exhausto, hasta los choques fronterizos de 1992 entre militares saudíes y guardacostas cataríes en Khafous, que dejan al descubierto las grietas de una solidaridad regional pocas veces puesta a prueba. Todo ello en un clima económico enrarecido, con un contrachoque petrolero que golpea a economías cuyo modelo rentista enseña sus costuras. La diversificación, ya intuida en Dubái y en Baréin, se impone como necesidad de fondo.

Esa década coincide con la financiarización galopante del deporte mundial. Apoyándose en sus rentas de hidrocarburos y en sus ingresos del comercio, las monarquías del Golfo se cuelan en ella con cálculo. Un nuevo escalón se añade a su proyecto: instalarse en los sectores e instituciones que mandan en el deporte, acoger grandes competiciones, comprar clubes de ciudades emblemáticas para extender su influencia. Catar y Abu Dabi, que se perciben potencias regionales de alcance mundial, dan este paso con determinación durante la década de 2000. El Paris Saint-Germain para uno, el Manchester City para otro, se convierten en instrumentos de presencia en ciudades emblemáticas cuyo impacto mediático mundial contribuye a sus ambiciones.

La renta petrolera ha permitido convertir la circulación cultural en potencia deportiva, y el deporte se ha vuelto uno de los pilares del proyecto nacional de unas monarquías sedientas de legitimidad

Arabia Saudí va por otro camino. Convencida de ser la potencia regional por derecho propio, arrastra las inercias de su propio sistema. La toma de rehenes en La Meca en 1979 por parte de un grupo milenarista puso de manifiesto la profundidad de las tensiones internas surgidas a raíz de la modernización acelerada de los años setenta, lo que obligó a los Al Saud a actuar con una prudencia que retrasó su entrada en la competición deportiva mundial. Hubo que esperar a un rey poderoso —gracias a su red de contactos, a su cargo de antiguo gobernador de Riad y a su condición de hijo más influyente del fundador del reino, Abdelaziz Ibn Saúd, aún con vida— para que cambiara la estructura del poder. Bajo Salmán, y sobre todo bajo su hijo predilecto Mohamed bin Salmán, la apertura se acelera. A golpe de miles de millones, el reino vuelve a la mesa.
La compra del Newcastle United en 2021 por su fondo soberano PIF (Public Investment Fund) resume la jugada. Al inyectar dinero en la Premier League, la liga más vista del planeta, Riad reafirma su voluntad de influir allí donde se decide la distribución de los grandes acontecimientos deportivos. El Mundial de 2034, logrado poco después, no es fruto del azar, sino el resultado de una estrategia de seducción minuciosa de los organismos mundiales, desarrollada en paralelo a los fichajes de Cristiano Ronaldo y Karim Benzema, a las veladas de boxeo de prestigio, al circuito LIV Golf y al contrato de patrocinio que Aramco firmó con la FIFA en abril de 2024. Cada movimiento apunta al mismo objetivo: la legitimidad internacional necesaria para un día organizar los Juegos Olímpicos y el Mundial.

Desde la perspectiva geopolítica se perfilan así tres modelos. El primero, el de las monarquías ricas en hidrocarburos que usan el deporte para ganar centralidad mundial. Catar busca dominar las instituciones deportivas y hacer de ellas un engranaje de la red de interdependencias que teje por el mundo. Abu Dabi, para quien la fuerza económica es el motor de su visión geopolítica, lo convierte en pilar de su poder federal y regional, con el City Football Group y el Gran Premio de Fórmula 1 como instrumentos estrella. El segundo modelo es mercantil y utiliza el deporte como herramienta para atraer a expatriados y turistas, como en Dubái, Omán y Baréin. Arabia Saudí ocupa una posición especial. Como principal exportador mundial de petróleo, el reino obtiene aproximadamente el 90% de sus ingresos públicos únicamente de esta fuente. Pero el desplome de los precios, de 110 a 30 dólares entre 2014 y 2016, supuso un déficit descomunal, del 15% del PIB en 2015, que precipita la presentación de Visión 2030 y le da su razón de ser. Con una población que nada tiene que ver con la de sus vecinos, el reino concibe el deporte a la vez como un motor de atracción y como un mercado interno, cuya principal clientela está formada por una numerosa juventud privada de ocio durante demasiado tiempo.

TRES MODELOS A PRUEBA DE LA GUERRA

Esos tres modelos, entre proyección y atracción, revelan vulnerabilidades muy distintas ante el caos de la guerra. El modelo catarí despliega aquí toda su sofisticación. Mientras el emirato es bombardeado y el yacimiento gasístico de Ras Laffan es blanco directo de los ataques, gracias a un Paris Saint-Germain de su propiedad, Catar sigue reinando en Europa y, liberado ya del peso del Mundial 2022, gana unos meses después su segunda Liga de Campeones consecutiva. Al mismo tiempo, Doha se ve obligada a aplazar la Finalissima entre España y Argentina que, sin embargo, había conseguido como símbolo de su influencia. Las limitaciones confirman la solidez del modelo. Sus piezas deslocalizadas, clubs, los derechos televisivos, las redes institucionales, siguen funcionando al margen de lo que ocurra en el Golfo. Cuando el territorio peligra, el poder proyectado aguanta.

Abu Dabi domina ese mismo arte de la deslocalización, pero pone el territorio en el centro, decidido a explotar Dubái como corazón del hub regional que pretende desarrollar bajo su control. De ahí que su aparato militar, sostenido por tecnología israelí, esté pensado para preservar esa imagen de plaza segura para los negocios. Igual que en Dubái, que en caso de crisis puede apoyarse en el soporte financiero de Abu Dabi, lo urgente es no romper el calendario internacional. Por eso Dubái mantiene sus grandes citas de marzo, empezando por la Dubai World Cup, el segundo encuentro hípico mejor dotado del mundo, aunque el número de caballos inscritos este año, el más bajo de su historia, delate el miedo que pesa sobre la movilidad.

Arabia Saudí queda menos expuesta, gracias a una profundidad estratégica de la que carecen sus vecinos costeros. Aparece incluso como refugio, al acoger ya desde los octavos la fase final de la Liga de Campeones asiática, que solo debía albergar a partir de los cuartos. Pero el conflicto acelera fragilidades que venían de antes, desde 2024, entre la caída del crudo y el encarecimiento de los proyectos de Visión 2030. En abril de 2026, al presentar la estrategia del PIF para 2026-2030, Yasir Al Rumayyan anuncia un repliegue del fondo sobre dos ejes: reforzar los ecosistemas internos competitivos y maximizar la rentabilidad atrayendo capital privado. La Expo de Riad 2030 y el Mundial de 2034 quedan blindados, pero el LIV Golf, que no figura entre las prioridades, verá cómo se agota su financiación al término de la temporada de 2026, tras haber absorbido más de 5.000 millones de dólares. Concebido para hacer olvidar la ventaja de las monarquías vecinas, ese circuito se convierte en un lujo que el contexto ya no permite. El pequeño reino de Baréin, finalmente, demasiado exiguo para evitar la cancelación de su Gran Premio de Fórmula 1, solo cuenta con una débil estrategia de desterritorialización basada principalmente en el patrocinio, en la que apenas puede apoyarse, lo que pone de manifiesto la vulnerabilidad de un modelo sacudido de lleno por los avatares geopolíticos.

EL DEPORTE DEL GOLFO FRENTE AL ESPEJO

Esa noche de febrero, Mohamed bin Rashid al Maktum sigue en Meydan. Las carreras continúan. Pero la circulación por el estrecho se ralentiza, los misiles han caído y la Dubai World Cup se correrá con el plantel más pobre de su historia. La continuidad exhibida habla menos de la solidez del modelo que de la necesidad de mantenerlo a la vista. Porque en el Golfo, cortar la circulación equivale a confesar la debilidad, y confesar la debilidad es minar el propio poder.

En el Golfo, cortar la circulación equivale a confesar la debilidad, y confesar la debilidad es minar el propio poder

El deporte en el Golfo no es una estrategia más. Es el reflejo de una geografía del poder basada en el movimiento, heredada de los comerciantes y negociantes del océano Índico, amplificada por los petrodólares, financiarizada y en constante adaptación a la evolución de la globalización. Catar, cuyas propiedades deslocalizadas siguen teniendo peso mientras arde Ras Laffan, ha llevado esta lógica a su máxima expresión. Abu Dabi y Dubái, por su parte, deben mantener la imagen de un espacio seguro para los negocios. Arabia Saudí se repliega sobre lo esencial y sacrifica todo lo que ya no sirve para su proyecto principesco en favor del futuro real que encarna el hombre fuerte del reino, Mohamed bin Salmán. Baréin, sin reservas ni profundidad, cancela y aguanta el golpe.

Lo que la guerra revela, al fin y al cabo, es que el deporte en el Golfo nunca fue sportswashing, sino que fue siempre, desde aquel balón traído de Bombay en 1928, el resultado de una política de la circulación. Y, como toda política de circulación, este soporte del poder es tan vulnerable como los estrechos, las rutas aéreas y los flujos financieros en los que se sustenta./

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