¿Es posible la paz en Oriente Próximo?

Editorial

Al cierre de este número, principios de abril, el conflicto de Gaza parecía dar un cambio de rumbo, pero incierto. Israel, cada vez más aislado en la arena internacional y con una fuerte presión interna, retiraba sus tropas en el sur de la Franja de Gaza, aunque al mismo tiempo declaraba su intención de seguir adelante con la ofensiva en Rafah. Mientras, las partes volvían a la mesa de negociaciones en Egipto, con la mediación de Catar, pero con pocas perspectivas de acuerdo.

¿A qué responde esta maniobra militar israelí? Tras seis meses de apoyo casi incondicional, reconociendo el derecho legítimo de Israel a defenderse tras el ataque del 7 de octubre, Estados Unidos aumentaba la presión sobre su aliado, poniendo de manifiesto su creciente impaciencia con la conducción israelí de la guerra y las tensiones entre Joe Biden y Benjamin Netanyahu, a medida que el número de muertos en Gaza aumenta, superando los 32.000.

Por su propria naturaleza y por ser Oriente Medio una región estratégica para la comunidad internacional, el conflicto entre Israel y Palestina ha tenido, siempre, una dimensión regional y global. Estados Unidos celebra elecciones presidenciales en noviembre de 2024 y hasta entonces, el presidente Biden estará inmerso en una intensa campaña electoral. La base electoral más joven del Partido Democrático, insatisfecha con la gestión de Biden en lo que concierne el conflicto, probablemente haya influido en el cambio de rumbo del presidente, preocupado por unas encuestas que no descartan una vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca.

Por otro lado, el ataque israelí al consulado iraní en Damasco, que se saldó con 13 víctimas, entre ellas un alto mando de la fuerza Al Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC), ilustra la naturaleza regional del conflicto. Con estos ataques, Israel trata de disminuir y disuadir a los aliados y sustitutos de Irán que amenazan su seguridad. Los grupos y fuerzas regionales que forman el “eje de la resistencia”, patrocinado por Irán, como Hezbolá en Líbano, los hutíes de Yemen, las milicias de Irak y Siria o Hamás representan, por el momento, la verdadera resistencia a Israel.

Sin embargo, en esta “guerra entre guerras”, en la que Israel e Irán son los principales adversarios, ninguno de los dos parece querer que el conflicto vaya más allá. Mientras Irán promete grandes represalias para no dar muestras de debilidad, también ha buscado la distensión, presionando a las milicias iraquíes para que frenen sus ataques contra las fuerzas estadounidenses, y manteniendo negociaciones indirectas con Washington, cuando ambas partes trataban de aliviar las tensiones. La capacidad de Irán para mantener un enfrentamiento indirecto y de baja intensidad, proyectando al mismo tiempo una imagen de poder, determinará en gran medida la reconfiguración del orden regional tras la guerra.

Asimismo, movidos por el pragmatismo, los gobiernos de los países árabes en general, no solo los que normalizaron sus relaciones con Israel gracias a los Acuerdos de Abraham, mantienen un apoyo discreto a los palestinos. El temor a que la solución al conflicto se haga a sus expensas, con un auge de los movimientos islamistas como Hamás o a un gran éxodo de refugiados hacia los países vecinos, explicaría que no hayan adoptado ninguna medida concreta en contra de Israel. Y eso a pesar de la indignación de sus opiniones públicas que, sin embargo, tienen escasas posibilidades de incidir en sistemas políticos más bien autoritarios.

Lo que sí ha hecho la guerra de Israel en Gaza es agravar la brecha que separa a estos gobiernos árabes de la Unión Europea. Considerada durante mucho tiempo como un “pagador” y no como un “jugador” en la región de Oriente Medio y Norte de África, la UE es percibida como un actor favorable al statu quo y acusada de utilizar un doble rasero. A pesar de los reiterados esfuerzos del jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, mientras la UE carezca de cohesión política entre sus Estados miembros y no ofrezca un plan diplomático concreto para el día después del conflicto actual, será vista como un actor con poca influencia, dejando vía libre a Rusia y China que miran cómo ocupar el espacio, político y económico, del que un día fuera el gran aliado de la región./

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