¿Un reposicionamiento estratégico duradero?

Lejos de la imagen monolítica de los países del Golfo, la relación de fuerzas, antes inclinada a favor de Qatar, se ha reequilibrado, permitiendo que Arabia Saudí retome la iniciativa.

Nabil Ennasri

El 3 de julio de 2013, tras un movimiento de protesta que saca a la calle a millones de ciudadanos, el ejército egipcio depone a Mohamed Morsi, el primer presidente elegido democráticamente en el país. Aunque se haya exagerado la cifra real de manifestantes, no deja de ser cierto que una parte de la población expresó, a finales de junio de 2013, una exasperación que traducía su profundo rechazo al proceder del partido de los Hermanos Musulmanes, que había accedido al poder un año antes. El golpe de Estado militar, encabezado por el general Abdelfatah al Sisi, cuenta con el refrendo de las principales potencias occidentales. De Estados Unidos a la Unión Europea, las condenas son tímidas y, a pesar de algunas vacilaciones, el nuevo poder no tarda en reconocerse.

Más allá de las capitales occidentales, hay quien aplaude abiertamente el derrocamiento de un régimen dominado por los islamistas. Bashar al Assad o el gabinete del primer ministro israelí, enseguida aliviados, felicitan al ejército por su golpe de fuerza. Pero será del Golfo de donde llegará un apoyo tan contundente como inesperado. Con Riad al frente, el conjunto de las monarquías petroleras aplaudirán el cambio de régimen, brindándole directamente ayuda económica, apoyo político y mediático. A la unanimidad regional, sin embargo, se opone la postura de Qatar que, a pesar de reconocer a los nuevos amos de El Cairo, no deja de mostrar cierta distancia con respecto a la destitución de un régimen con el que mantenía lazos muy estrechos. Además, el retraso en su reconocimiento ha puesto de manifiesto simbólicamente el malestar de las autoridades cataríes, conscientes de que empieza a desmoronarse el edificio diplomático a cuya construcción habían contribuido pacientemente y en el que el Egipto de Morsi desempeñaba un papel esencial.

Esta confusión ganaba en intensidad a raíz de la casi coincidencia de la destitución del presidente egipcio con la abdicación, pocos días antes, del emir de Qatar, Hamad bin Jalifa al Thani, en su hijo Tamim. Por tanto, es en este contexto de gran agitación política donde debe resituarse el golpe militar egipcio que ha permitido sacar a la luz una brecha que atraviesa las monarquías del Golfo. Lejos de la imagen monolítica de petromonarquías unidas por una misma visión rigorista del islam, la crisis egipcia ha vuelto a posicionar un equilibrio de fuerzas que, desde el estallido de la Primavera Árabe, parecía inclinarse a favor de Qatar. En efecto, el emirato había sacado provecho de esta nueva era oscilando en una diplomacia de compromiso que convirtió momentáneamente a Doha en eje del mundo árabe.

El golpe de Estado egipcio puso fin a ese dinamismo diplomático, lo que permitió a Arabia Saudí retomar la iniciativa y escenificar su regreso a las cuestiones importantes. La división entre las dos monarquías no es más que la ilustración de un antagonismo ideológico y diplomático del que debemos identificar los resortes.

La oposición ideológica y la competencia en la afirmación del liderazgo

A nadie se le habrá escapado que el acceso al poder del jeque Hamad en junio de 1995 había irritado profundamente a la familia real saudí. Durante muchos años, Riad había mantenido relaciones amistosas y sólidas con su pequeño vecino, que aceptaba sin pestañear delegar el papel de líder regional en un Estado que se había erigido de modo natural en el peso pesado de la escena regional. Esta posición de satélite no encajaba con los sueños de grandeza del emir Hamad, que toma los mandos del país con grandes pretensiones.

Su objetivo es sacar a Qatar de la órbita saudí y encarnar un nuevo modelo. Las relaciones no tardarán en tensarse, y el fracaso del intento de contragolpe de Estado en febrero de 1996, apoyado por los saudíes, no hará más que radicalizar al joven emir, que emprende entonces una política de enfrentamiento permanente con el gran hermano enemigo. Ya sea por la proximidad con Irán, por la relación más o menos directa con Israel o bien por el uso de la cadena Al Yazira como instrumento de oposición, la escena regional del Golfo de los años 2000 estará ocupada por ese duelo del que Doha surge como actor absoluto de la relación de poder. Con la irrupción de las revueltas árabes, esta afirmación se confirma. Doha identifica un margen de maniobra que le permite navegar en una coyuntura favorable a la que brinda todo su apoyo.

En efecto, a diferencia de Arabia Saudí, la dinastía de los Al Thani no teme que las insurrecciones lleguen a su territorio, al no haber una oposición que pueda amenazar los cimientos de su poder. Todo lo contrario del gran vecino, que desde la primera guerra del Golfo se enfrenta a una dinámica de oposición que podría rebrotar si el viento de las revueltas llegara a propagarse hasta el corazón de la península. Con un movimiento histórico que en cuestión de semanas acabó con los regímenes opresores de Ben Ali y Mubarak, a Riad solo le queda constatar el fortalecimiento de Qatar, que aprovecha el vacío de poder para instalarse en el papel de líder del mundo árabe. No obstante, este momento histórico dura poco. Desde el arranque de la ofensiva en Libia, asistimos a una inversión de las percepciones, y Qatar ve que parte de la opinión árabe lo señala, censurando su papel de complemento en una campaña militar occidental que muchos consideran una nueva “cruzada”.

En Siria, el rápido apoyo a los revolucionarios, al igual que las declaraciones del emir, llamando a una intervención armada para poner fin al baño de sangre, sitúa al país en la lista de los “halcones”. En Egipto, el apoyo financiero de Qatar, que corre a auxiliar al gobierno dominado por los Hermanos Musulmanes, vencedores de las distintas consultas electorales, presenta al emirato como el proveedor de fondos de los islamistas, en detrimento del resto de fuerzas políticas. Esa misma imagen se le atribuye en Túnez, donde hay vínculos profundos entre gran parte del aparato de Ennahda y las autoridades de Doha. Frente a este activismo que relega a la familia real saudí al papel de espectador, Arabia Saudí abandona sus reservas a partir de principios de 2013.

La evolución de la crisis siria, así como el cambio de la relación de fuerzas sobre el terreno, materializada por la intrusión masiva de Hezbolá y de los Pasdarán iraníes, brinda a Riad la oportunidad de retomar su actividad a costa de Qatar. La postura diplomática de la familia real saudí está literalmente obsesionada, desde la revolución iraní, por el “peligro chií” y la posibilidad de que la experiencia iraní se exporte a otros países de la región. Tras el trauma iraquí, que contempló la caída de Bagdad en manos iraníes, las autoridades saudíes abrigaron la esperanza de que el régimen de Al Assad, piedra angular del arco chií que va de Teherán al sur de Líbano, se derrumbara bajo los embates de la oposición. No obstante, hay un punto de inflexión cuando las fuerzas iraníes asumen la actividad represora y entran las milicias chiíes libanesas e iraquíes. Riad toma conciencia del peligro que supondría la rehabilitación del régimen de Bashar, cuya única interpretación posible sería una nueva victoria del gran rival iraní.

Desde entonces, Arabia Saudí hace saber a EE UU que es imperativo entregar armas pesadas a la oposición con el fin de restablecer al menos un equilibrio militar. Washington, siempre reticente por miedo a que caigan en manos de grupos yihadistas antioccidentales, cede a las demandas de Riad, que sustituye desde 2013 a Qatar como padrino principal de la oposición siria. Es entonces cuando Ahmed Yabra, “el hombre de Riad”, toma los mandos de la Coalición de fuerzas de la oposición siria y los rebeldes reciben armas sofisticadas.

La dimensión religiosa de una rivalidad política

Este contraataque también se hace patente en el terreno egipcio. Frente a un equilibrio regional testigo de la irresistible ascensión de Irán y sus aliados, se organiza un frente de fuerzas suníes. Simbolizada por la represión del movimiento de protesta en Bahréin, donde las fuerzas cataríes y emiratíes prestan apoyo al cuerpo expedicionario saudí, esta coalición presenta en su discurso y su compromiso un tinte confesional. Llevado al paroxismo por el drama sirio y el sinfín de horrores que ese caos desencadena, el antagonismo chiísuní se convierte, por desgracia, en uno de los términos principales de la ecuación estratégica de Oriente Medio. No obstante, si en este registro se da una convergencia de puntos de vista entre todas las petromonarquías del Golfo, no es el caso en el seno del mundo suní.

El reino saudí, sede de los dos lugares santos, lleva mucho tiempo queriendo acaparar el monopolio de la representación simbólica del islam mundial. Esta pretensión adquiere su cota máxima tras la revolución iraní, cuyo discurso quiso socavar ese monopolio, en beneficio de un islam más reivindicativo de la confesión chií. En el seno del mundo suní, esta ambición se canaliza mediante el wahabismo, visión rigorista del islam. La agenda religiosa de la familia real saudí, proyectada en el exterior del reino en la versión del salafismo más literal, debe competir a partir de la guerra del Golfo de 1990, con la visión del islam que defiende la matriz de los Hermanos Musulmanes. Esta rivalidad es el actor principal del mercado del islam suní, y la instrumentalización que de ella hacen los distintos regímenes de la región traduce a un vocabulario religioso una competencia puramente política.

En este sentido, no olvidemos que, desde la guerra del Golfo, los regímenes de la zona, en especial las familiales reales saudí y emiratí, no han perdonado jamás a los Hermanos Musulmanes su posicionamiento a favor de Saddam Hussein. Esta toma de partido se consideró una gran traición, puesto que entre la década de los sesenta y la de los ochenta esas naciones habían dado asilo a miles de miembros de la cofradía expulsados de su país por la represión desencadenada, especialmente en tiempos de Nasser o de Hafez al Assad. Las durísimas condenas del príncipe Nayef, ministro del Interior saudí en 2002, acusando a los Hermanos Musulmanes de ser “la causa principal de los problemas de la región”, siguen expresando la tendencia dominante en Abu Dabi y Riad. En declaraciones a una cadena del televisión privada también disponible en Internet, el jefe de la policía de Dubai, Dhahi Jalfan, célebre por su militancia contra los Hermanos Musulmanes, llegó a situar a la cofradía a la cabeza de las amenazas contra el mundo árabe, por delante de Israel e Irán.

Al Arabiya, brazo audiovisual de los regímenes saudí y emiratí, se ha hecho muchas veces eco de esas posturas; el canal por satélite no ha dejado de acrecentar la oposición al presidente egipcio, dando la palabra a muchos opositores. En un juego de guerra mediática disputado por grupos interpuestos, Al Yazira difundía, por su parte, las movilizaciones de los partidarios de la “legalidad institucional”, invitando a los partidarios del otro bando. Temerosa de la influencia de la cadena catarí, la Junta Militar montó todo un dispositivo para minimizar su recepción en territorio egipcio. Además de detener a varios de los periodistas de Al Yazira, cerrar los locales y confiscarle el material, interfirió en la recepción de la señal de la cadena. En este contexto de enfrentamiento, Qatar cuenta con una baza destacada, en la persona del jeque Yusuf al Qardhaui. Esta personalidad controvertida, que ejerce de muftí oficioso del régimen, desempeña un papel simbólico considerable en dos ámbitos.

Por un lado, su presencia en Doha desde principios de los años sesenta permite al régimen sacar partido de su envergadura simbólica para convertirlo en el aval religioso del régimen. En una región del mundo donde el marcador religioso constituye la base de la identidad nacional, este elemento de identificación es de gran importancia. Asimismo, en la lógica de enfrentamiento político con el régimen saudí, el jeque Al Qardhaui se ha visto utilizado e incluso instrumentalizado para trasladar al registro religioso una rivalidad que ya se manifestaba en los campos político y mediático. Esta dualidad ha persistido e incluso se ha acentuado con la evolución de las revueltas árabes. En Túnez, Egipto, Libia y más aún Siria, el discurso religioso del jeque consagra sin cesar las opciones diplomáticas por las que apuesta Doha.

Hasta hoy, esta convergencia de posturas sigue ahí, en especial por lo que respecta a la guerra civil siria y a Egipto. Una visión frontalmente combatida por el establishment religioso saudí, que siempre se ha hecho eco de la prudencia y hasta la hostilidad del reino frente a las distintas insurrecciones. Con el golpe de Estado de julio pasado en Egipto, estas posturas discordes han salido a la luz, lo que ha revuelto incluso el propio seno de los clérigos saudíes, cuyas tensiones estallan –y eso es una novedad– cada vez más abiertamente.