¿Un Magreb de las regiones?

El futuro del Magreb pasa por la formación de un regionalismo abierto al mundo mediterráneo y que supere el marco estricto de las actuales fronteras nacionales.

Benjamin Stora, profesor de Historia del Magreb contemporánea en el Inalco, París

En los albores del siglo XXI, la sensación de aislamiento se incrementa entre las poblaciones del Magreb. Este vasto territorio parece encajonado entre la barrera sahariana, tras la cual se encuentra un continente africano que a todas luces no consigue escapar del subdesarrollo, y las torres de vigilancia construidas en la otra orilla del Mediterráneo por la Europa de Schengen. Las dificultades parecen grandes debido a la política seguida por los gobiernos que se han sucedido tras la descolonización: mala gestión económica, corrupción, ausencia de democracia, todo ello agravado por las transformaciones rápidas surgidas de la globalización económica.

Sin embargo, frente a una Europa que envejece, el Magreb cuenta con bazas importantes: una población joven, una alfabetización que progresa y unos recursos naturales considerables. Pero este último punto debe matizarse. Algunos hablan hoy, respecto al gas y al petróleo, de una “maldición” de las materias primas que no ha traído consigo el desarrollo, por ejemplo, de la agricultura (es el caso de Argelia). También existe el problema de la corrupción multiforme y que sigue unos circuitos diferentes en Marruecos, Argelia y Túnez. Existe una relación estrecha entre la ausencia de democracia política, la burocracia y la corrupción.

En el conjunto de los países de la región, la búsqueda de unas formas de remuneración complementarias y ocultas ha frenado considerablemente el desarrollo económico y político. En los tres principales países del Magreb, Argelia, Túnez y Marruecos, la necesidad de “modernidad” y el paso al Estado de Derecho ya no son simples consignas, sino reivindicaciones activas que afectan al conjunto de las sociedades. Así, gracias a la alfabetización de las masas, la urbanización y la industrialización, y al mayor conocimiento del mundo exterior mediante el desarrollo de las imágenes por satélite, los Estados ya no pueden frenar el proceso de voluntad ciudadana.

Este movimiento relativiza la noción del “modelo específico occidental” y coloca al Magreb dentro de un movimiento global en el que la democracia y los derechos humanos se han convertido en fundamentos esenciales de legitimidad, sea cual sea el pasado, el patrimonio cultural o el entorno religioso. También hay que decir que la larga historia colonial, que es un punto en común entre los tres países del Magreb, ha traído consigo un falso modelo de democracia, en nombre de unos principios republicanos que han devaluado durante largo tiempo el principio universalista de la democracia. Esta situación favoreció los fuertes repliegues de identidad, basados en comunidades religiosas, desde la construcción de los movimientos nacionalistas anticoloniales.

Más tarde, fueron estos movimientos los que se instalaron durante largo tiempo en el poder, como el Frente de Liberación Nacional (FLN) en Argelia o el Neo Destur en Túnez. En su seno se desarrollaron las ideas del diferencialismo cultural opuestas a las del universalismo occidental. Mucho más tarde, los islamistas se encargaron de llevar esta lógica lo más lejos posible.

La caída de los movimientos nacionalistas

Pero, a finales del siglo XX, asistimos en los tres países al agotamiento de los nacionalismos políticos creados para la independencia. Estos movimientos independentistas, con un fuerte tono populista, supieron movilizar masas considerables para la reapropiación de la identidad humillada o perdida. Hoy, esta dimensión de la reapropiación de la identidad sólo provoca repliegues nacionalistas y aislamientos. Sin embargo, las jóvenes generaciones del Magreb están a la escucha de los ruidos de la “cultura global” y quieren salir de los excesos de una historia exclusivamente nacionalista. Difíciles relaciones entre una memoria nacionalista demasiado llena y un imposible olvido de la historia.

Los países del Magreb deben hacer frente igualmente a movimientos democráticos que, a su vez, replantean y cuestionan la historia reciente: ¿hay que juzgar a los autores de actos reprensibles que han obstaculizado el funcionamiento democrático de los Estados y las sociedades? La multiplicación de asociaciones de “familias de desaparecidos”, de “víctimas del terrorismo” en Argelia, de “verdades sobre las personas secuestradas” en Marruecos (con el caso del secuestro de Mehdi Ben Barka en 1965 que sigue siendo un elemento central en la búsqueda de la verdad), surge como síntoma de una futura judicialización de la vida política en el Magreb. Frente a esta voluntad, los Estados responden con iniciativas de “arriba”, como el referéndum sobre la reconciliación nacional en Argelia de septiembre de 2005 o, en Marruecos, la puesta en marcha de la Instancia de Equidad y Reconciliación (IER), sin referencia a los movimientos de la sociedad civil.

Los movimientos islamistas

Por su parte, el islamismo o, más bien, el islam político, que tuvo su apogeo en el momento en que las ideologías tercermundistas estaban en crisis, en los años ochenta, parece estar en un callejón sin salida en su voluntad de tomar el poder. El islamismo se presentaba entonces como un arma de crítica y de distancia en relación con Occidente, sobre todo porque se desarrollaba la sensación de una dependencia de los Estados del mundo musulmán en relación con ese mismo Occidente.

En el Magreb, los movimientos islamistas insistían en la persistencia de los fenómenos de aculturación en los ámbitos de la lengua, la educación, la formación de las elites en el extranjero y aquellas que dirigen el país. Para los islamistas, el islam era como una contracultura frente a la supremacía cultural de Occidente. La religión no era sólo una fe, sino que, mediante una especie de inversión “antiorientalista”, los militantes islamistas insistían en la “misión civilizadora” del islam. Tras haber conocido un éxito real en una parte importante de la juventud sumida en el paro, el islamismo político chocó con el movimiento de secularización que afecta a las sociedades magrebíes. Si en la globalización actual, la “islamidad” puede presentarse como fundamento esencial de una redefinición de la identidad nacional, ¿qué puede decirse frente a la afirmación de la primacía del individuo-consumidor? El individualismo y la huida personal, la crisis de las células familiares y comunitarias afectan en profundidad al Magreb en el nuevo siglo.

Quien emigra ya no parte hacia el Norte en beneficio del colectivo de su pueblo, su familia o su tribu… Parte por su propio interés, desligándose de su comunidad de origen. La securalización aparece con el proceso del individualismo- nihilista. La fe religiosa ya no puede depender del Estado o ser defendida por él, al ser considerado demasiado alejado y altivo, sino que se convierte cada vez más en una cuestión personal. La religión ya no sirve para legitimar el poder político, sino que está relacionada con la espiritualidad interior del creyente.

En este sentido, el islamismo radical que se orientaba hacia la toma inmediata y rápida del poder político en los años noventa, en especial en Argelia, no ha sabido mantenerse en sintonía con la individualidad de lo sagrado y la liberación comunitaria. Por otro lado, la crueldad, el salvajismo y la barbarie del drama argelino han provocado un efecto de rechazo en las sociedades. Pero el activismo islamista no desaparece en las sociedades del Magreb. Así, el arraigo del movimiento islámico en Marruecos alrededor de la figura del jeque Yassín expresa esta búsqueda de una revolución cultural y de identidad; sobre todo porque los efectos de la globalización siguen ahí, así como el paro endémico y las manifestaciones invasoras de dominación cultural de Occidente.

La llegada de los nuevos tecnócratas

En estos comienzos de siglo, en Marruecos, Argelia y Túnez, se asiste a la llegada a puestos clave de “tecnócratas” muy diferentes de los equipos políticos surgidos de la independencia, quienes sustituyen. Esta evolución parece acompañarse de una especie de desafecto hacia la política entre las jóvenes élites. La llegada de generaciones políticas que no han conocido la guerra de independencia contra la presencia colonial francesa será uno de los principales desafíos. La desaparición de la solidaridad arraigada en la memoria nacida de los combates nacionalistas produce unas elites que funcionan de una forma básicamente tecnocrática.

Debemos poner esto en relación con la modificación de la idea de un gobierno encargado de todas las cuestiones públicas. Esta noción de gobierno, omnipresente y que lo dirige todo, parece cada vez más inadaptada. La aparición de un sector privado relativamente fuerte, de una clase de empresarios, intelectuales y periodistas que se orientan hacia una autonomía de pensamiento, la existencia antigua de movimientos sindicales, el incremento y la complejidad de los sistemas económicos, hacen dudar de la legitimidad de la centralización autoritaria de un Estado. Por otro lado, tenemos la multiplicación de las disfunciones estatales con, sobre todo, la corrupción, la utilización de los poderes atribuidos en nombre del interés general para servir intereses privados y el aumento de la desconfianza de los pueblos hacia unos responsables considerados, en ocasiones injustamente, incompetentes o impotentes.

Por tanto, lo que se impone como criterio básico para las nuevas opiniones públicas magrebíes no es tanto el criterio de juventud o de competencia tecnocrática, sino la integridad y la honradez. Las reivindicaciones de moralización de la vida pública y el rechazo al desprecio practicado desde arriba, la voluntad de abandonar el secreto político y la puesta en marcha de la transparencia nacen de forma progresiva en el espacio político magrebí. En esta batalla democrática se puede superar el obstáculo de la división profunda entre los países. Porque la Unión del Magreb Árabe (UMA), fundada en 1989, es, a todas luces, un cascarón vacío.

El Magreb es una de las regiones del mundo donde la cooperación política y económica está menos desarrollada. Los tres países tienen la mirada puesta en Europa y se ignoran entre sí, cuando no se enfrentan. Y si la UMA está en efecto enferma es a consecuencia de la crisis profunda del importante dúo argelino- marroquí. Pero el Magreb es mucho más que una simple situación geopolítica: los pueblos de este territorio comparten el mismo idioma, la misma cultura y la misma fe. La historia también ha forjado unos vínculos poderosos en las luchas anticoloniales. Pero el Magreb político sólo puede construirse pese a las resistencias y los retrasos. Sin embargo, no será un Magreb surgido de la suma de tres Estados.

El futuro pasa, en estos comienzos de siglo, por la formación de un “regionalismo” abierto a la vez al mundo mediterráneo y que supere el marco estricto de las actuales fronteras nacionales. Las unidades regionales en el interior del Magreb político, como el Rif (el oriental) en Marruecos, Cabilia (con la gran cuestión bereber) en Argelia o el Sáhara Occidental (con la solución de la cuestión saharaui) serán las nuevas realidades geopolíticas y económicas, superponiéndose a las líneas de separación radicales entre los Estados.

Si el concepto de soberanía nacional no desaparece enseguida, estos mismos Estados deberán hacer frente cada vez más a las voluntades regionalistas en el conjunto del Magreb. Será entonces el fin de la idea según la cual el ejercicio de la fuerza física de los Estados puede, por sí sola, controlar el conjunto de los recursos económicos, culturales y políticos. Más que el “Magreb de los pueblos”, que se ha vuelto una fórmula hueca, en el siglo XXI nos dirigiremos hacia el “Magreb de las regiones”.