Un diálogo Magreb-Washington

El ex gobernador del Banco de Argelia y la presidenta de la fundación americana Stimson, conversan sobre las influencias cruzadas Estados Unidos-Europa-Magreb.

CONVERSACIÓN entre Ellen Laipson y Abderrahmane Hadj Nacer por Francis Ghilès

Abderrahmane Hadj Nacer es el autor de Cahiers de la Réforme, una constatación del fracaso de la política económica aplicada por Argelia desde 1962. Este documento, elaborado desde la Presidencia de la República, se publicó en 1989. Hadj Nacer fue nombrado gobernador del Banco de Argelia (central) que obtuvo la autonomía en noviembre de ese mismo año. Arquitecto clave de las reformas económicas junto al ministro de Finanzas, Ghazi Hiduci, se vio obligado a dimitir en 1993. Tras ser asesor del consejero delegado del banco de negocios Lazard, Michel David Weils, en París, fue nombrado consejero delegado de varios bancos de negocios parisienses, nombramientos que requerían el visto bueno del director del Banco de Francia, el actual presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet. En la actualidad Hadj Nacer es banquero.

Está al mando del IM Bank, que fundó en Túnez en 1994. Ellen Laipson es presidenta del centro Henry L. Stimson desde 2002, donde es la responsable directa de los estudios sobre la región del Golfo. Ha ocupado diferentes cargos durante sus 25 años de trabajo para el Estado federal, entre las que se incluyen la de vicepresidenta del National Intelligence Council (1997- 2002), asesora especial de la delegación americana ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (1995-1997) y directora del departamento de Oriente Próximo y el sureste asiático en el National Intelligence Council. Es miembro del Council of Foreign Relations y del International Institute of Strategic Studies. En esta conversación entre Ellen Laipison y Abderrahmane Hadj Nacer, celebrada entre bastidores durante el seminario Del Coste del no Magreb al tigre norteafricano, el 26 de mayo de 2006 en Madrid, intervino como moderado Francis Ghilès,

FRANCIS GHILÈS: ¿Cómo ven respectivamente la influencia de Europa y Estados Unidos en la evolución de los países del Magreb?

ELLEN LAIPSON: Por el momento, pienso que Europa tiene mucha más influencia sobre el Magreb que EE UU. A éste le interesan aspectos concretos y, actualmente, sobre todo una buena cooperación bilateral en la lucha contra el terrorismo. No tiene el más mínimo interés por los problemas internos de los países magrebíes. A lo largo de este seminario hemos hablado de cómo promover la idea de la necesidad de integración económica en el Magreb. Hasta ahora la administración de Bush no ha dicho gran cosa. No están en contra de ello, pero tampoco les interesa especialmente. A esta administración le preocupa sobre todo la situación en Irak y los problemas del terrorismo en general. Desde el 11 de septiembre de 2001, hay que decir que EE UU analiza sus relaciones con los países musulmanes a través del prisma de su cooperación con Washington en la lucha contra el terrorismo. Es prácticamente insensible a los intereses locales.

ABDERRAHMANE HADJ NACER: Estoy de acuerdo en lo que se refiere a las apariencias, pero pienso que en el fondo EE UU no es solo la administración del momento. Representa un verdadero país, con una verdadera estrategia, aunque no se esté de acuerdo con ella. Incluso cuando adopta una medida menor, se integra en un esquema bien organizado. En Europa no existe actualmente una política exterior común, no existe una política europea. Existe un antiguo reparto de tareas, que se corresponde con ideas como que “el Magreb es una antigua colonia francesa, por lo tanto son los franceses los que deben decir lo que hay que hacer”. En la actualidad, en lo que concierne al Magreb, ni siquiera en Francia existe una política en el sentido estratégico, con intenciones definidas. Existen costumbres en lo relativo a la gestión del Magreb, y España, que desea desempeñar un papel político, no se atreve a enfrentarse a Francia. En ello reside toda la complejidad de la política europea, algo que no se da en EE UU, donde las cosas parecen bastante más sencillas.

E.L.: En Washington pensamos que los europeos tienen un programa bastante preciso que guía sus relaciones con el Magreb y un compromiso fuerte para encauzar y prevenir la inmigración. Los actos del poder americanos no siempre transmiten una imagen de gran coherencia en política exterior. Tenemos objetivos bastante ambiciosos para el mundo musulmán, pero en la práctica somos un poco torpes, no tenemos a dirigentes capaces de usar el lenguaje apropiado ni contamos con los recursos necesarios allí donde más falta hacen. La ejecución de nuestras políticas resulta muy problemática. La administración Bush tiene una agenda que parece clara y ambiciosa, mientras que Europa sigue estando un poco dividida. Pero en lo que respecta a África del Norte, pienso que los europeos saben bastante bien cuáles son sus intereses principales.

A.H.N.: Soy un economista magrebí y me da la impresión de que EE UU sabe lo que quiere en el plano económico, sobre todo en lo que concierne a los recursos petrolíferos. Se puede mencionar por ejemplo que en Argelia los franceses han sido excluidos para beneficio de las empresas americanas. Si los franceses hubiesen tenido una verdadera estrategia, esto no habría sido tan fácil ni habría ido tan en detrimento suyo. Sin lugar a dudas es una prueba de que la política europea actual sobre esta cuestión no es coherente. Los españoles llegaron a Argelia por accidente, los ingleses llegaron pero los riesgos se volvieron demasiado grandes para ellos y se vieron obligados a compartirlos precipitadamente con los noruegos. Este ejemplo muestra la atomización de estrategias y la falta de una política europea sobre una cuestión que hoy en día se considera la más crucial, es decir la seguridad del abastecimiento energético de Europa.

Los americanos no tienen este tipo de problemas. Controlan sectores clave, como la ingeniería de gas y petróleo. De hecho, transfieren tecnología a los argelinos, pero es un proceso controlado por gabinetes de ingenieros americanos presentes sobre el terreno. Se puede mencionar el caso de Brown Root Condor. En realidad el centro de gravedad de las decisiones relativas a la energía está situado en Houston. Se sigue creyendo, y se parte de esa premisa, que todo resulta fácil con los europeos, que existe una gran proximidad entre el Magreb y Europa, en particular si tenemos en cuenta los hábitos lingüísticos. Pero éstos sirven sobre todo para comprar bienes de consumo ordinarios, no para elaborar decisiones estratégicas. Esta proximidad, este lenguaje común, lleva a ambigüedades, a malentendidos profundos tanto en el plano económico como en el político, por ejemplo en la doble retórica sobre la democracia.

E.L.: El caso de Argelia es especial porque los inversores americanos están muy interesados; creo que las inversiones rondan los 3.000 millones de euros. Tenemos relaciones un poco más cálidas con Marruecos y Túnez, relaciones culturales y políticas un poco más amigables, pero el interés de los inversores privados se reduce a unas pocas cosas. A los embajadores americanos les resulta complicado hacer que las grandes empresas americanas se interesen por estos países.

A.H.N.: Pienso que la gestión americana en Túnez y Maruecos se parece a la gestión europea, francesa, digamos, en el Magreb. No se trata de una decisión estratégica, de quedarse o de irse. El caso más interesante es el argelino, porque se trata de un nuevo modelo en el que por lo tanto hay que tomar una decisión estratégica, lo que permite evaluar mejor la falta de visión estratégica de los europeos. ¿A qué se reduce Argelia en la actualidad? No es más que un montón de tuberías de gas en dirección a Europa. El que controle estas tuberías de gas en realidad controla el abastecimiento energético de Europa, en un contexto marcado por su dependencia de Rusia, que sigue siendo una potencia con una visión estratégica mundial y cuya ambición se ha visto renovada desde la llegada de Vladimir Putin.

E.L.: Lo que me interesa es comprender mejor los sentimientos del pueblo magrebí ante lo que podría ser un acercamiento en las relaciones con los americanos. En otras regiones del mundo árabe existe una verdadera resistencia a cooperar con EE UU. La guerra en Irak ha abierto una brecha en las relaciones entre EE UU y el mundo árabe. ¿Es esta brecha igual de profunda en el Magreb?

A.H.N.: Palestina e Irak son percibidas como una injusticia fuera de lo normal; la idea de que Israel siempre tiene razón se percibe como una profunda injusticia. Es un sentimiento que yo mismo comparto, no es algo que quiera endosarle a alguien que me he cruzado en la calle. Por lo que si yo, intelectual multicultural, siento esto, imagino que será algo mucho más fuerte en una población en su mayor parte marginada y aislada por los sistemas de visados y los regímenes dictatoriales de la región. Dicho esto, hay que corregirlo.

Da la impresión de que la administración ha creado, para solucionar sus necesidades energéticas, a un enemigo provisional, que es el enemigo musulmán. Hay que recordar lo que dijo un responsable soviético, en los últimos días del imperio soviético, cuando habló con sus homólogos americanos: “Voy a hacerles el más flaco de los favores, vamos a desaparecer como enemigos”. Parece que el mundo musulmán ha sustituido al mundo soviético como Imperio del Mal al que combatir. Esta actitud podría dar a entender que el mundo musulmán está unificado, que tiene una estrategia, la de la lucha contra Occidente, a la cual se han sumado el conjunto de sus miembros, desde China hasta el África negra, pasando por el mundo árabe. En realidad, tenemos la sensación de que el futuro enemigo es China, o a lo mejor India. En cinco o 10 años, los musulmanes le cederán el puesto como Imperio del Mal a China.

Hoy en día se establecen relaciones con el mundo musulmán para someterlo, para inscribirlo en una estrategia futura, porque en cualquier caso el arco musulmán, que atraviesa el mundo entero, tendrá que estar en un bando o en otro. Si se consideran los recursos energéticos y demográficos de estos pueblos, Occidente preferirá tenerlos de su lado a que se pasen al bando chino. De modo que pienso que EE UU, que es un gran imperio, está teniendo el mismo reflejo que el imperio romano. Dirige el centro y todos los países periféricos: eligiendo a sus enemigos, eligiendo a sus amigos, arreglándoselas para que Europa no se vuelva demasiado autónoma, para que siga perteneciendo al cono occidental y que, a ser posible, en el futuro el mundo musulmán sea una frontera, pero una frontera positiva y no negativa. En el fondo todo esto no es contradictorio, la transformación de enemigo en amigo no es tan compleja, ya que básicamente estas áreas de civilizaciones tienen fundamentos comunes, lo cual explica el fuerte sentimiento de atracción-repulsión. Me da la impresión de que la población magrebí comparte mis sentimientos. Es decir que si se le pregunta a un magrebí si quiere irse a vivir a EE UU, no creo que diga que no. Personalmente soy reacio a desplazarme a EE UU desde el 11-S, porque no aguanto esa culpabilidad colectiva que se me obliga a soportar.

E.L.: Es interesante comprobar que desde el 11-S los intelectuales árabes que tienen relaciones con EE UU temen los trámites para conseguir un visado: les da la impresión de que se les criminaliza al hacerles tantas preguntas. Algunos intelectuales a los que he invitado a Washington desde el 11-S se han negado a ir, pero los que han hecho el viaje se han visto obligados a reconocer que se trata del mismo país que conocieron en los años setenta. No ha cambiado. Una vez que se ha obtenido el visado, se vive con normalidad. Desde lejos, el mundo, y especialmente el mundo árabe, admira la concentración de riqueza de tecnología, de poder militar y de ambición política que representa EE UU. Sin embargo, la clase política americana se hace muchas preguntas. ¿Es sostenible nuestro poder actual? ¿De qué le sirve a EE UU sustituir a las instituciones internacionales? ¿Es el poder americano el sistema internacional? La administración Bush intentó defender la idea de que esta convergencia era la realidad del momento, a raíz de la caída de la Unión Soviética.

EE UU disfrutaba de un poder preponderante en todos los aspectos, económico, político… Para los ideólogos de la administración Bush, este poder americano es el sistema internacional y hay que reforzarlo. Para ellos, la ONU es un lugar agradable en el que debatir, pero no donde decidir sobre acciones concretas. Esta política incomoda a muchos países, es un factor de división. En un contexto semejante, ¿qué papel pueden tener estas instituciones internacionales, que fueron creadas por EE UU después de la Segunda Guerra mundial? ¿Se da cuenta el mundo de que tras esta política se oculta una ideología? Usted ha mencionado al “imperio americano”, no sé yo si es un imperio o una nueva forma de entender el equilibrio en el sistema político internacional. Y además, ¿es sostenible y deseable?

A.H.N.: Una reacción personal: yo no creo en la sostenibilidad de esta manera de hacer las cosas. Porque es como si la administración Bush no hubiese hecho los estudios estratégicos necesarios para hacer que evolucione el sistema internacional. Hubo una ventana de oportunidades a principios de los años noventa, que se echó a perder por la mala gestión de la primera guerra del Golfo. Este episodio no permitió mostrar la posición de la nueva potencia en relación con las potencias en decadencia y con las futuras potencias que se perfilan. Si se hubiesen tenido en cuenta estas realidades futuras, se habría manifestado en un cambio en el funcionamiento de las organizaciones internacionales.

Fue un fallo político, no se supo anticipar. Lo más notable de este periodo fue la administración del presidente Bill Clinton. Era una persona muy inteligente pero que no se atrevió a realizar cambios decisivos en ningún ámbito. Se agotó en Oriente Próximo, sin conseguir lo que quería, echándole la culpa a un Arafat ya debilitado en el fondo, de un fracaso que fue suyo. No tuvo el valor necesario para impulsar cambios fundamentales en la organización del mundo, como ocurrió en 1945. Es lo que se esperaba de EE UU, que a pesar de todo es un país democrático. No existe la democracia en el funcionamiento de las organizaciones internacionales, que no reflejan ni siquiera la situación del mundo actual. La administración Bush sencillamente vino a decir que “finalmente, no me hace falta todo esto, somos tan poderosos que lo vamos a hacer solos”.

E.L.: Lo que está claro es que hemos comprobado que India podría ser nuestro socio, posiblemente estratégico, contra China, pero los indios no quieren desempeñar ese papel, no han indicado que quieran jugar a ese juego. Por eso fue un poco delicado cuando Bush fue a Delhi a firmar ese nuevo Tratado de Cooperación entre los dos países, sobre todo en lo relativo a la cuestión nuclear, porque en lo que están pensando los estrategas americanos es en una alianza indo-americana en caso de que aumente el poder de China y ésta diera muestras de agresividad. Pero para los indios resulta un poco problemático, quieren mantener su independencia en el sistema internacional y no quieren arriesgarse a tener un conflicto con su gran vecino.

Por ahora, en el plano económico, China está bastante por delante de India. A India le harán falta 30 años para alcanzar el nivel de éxito económico de China. Entonces ésta se convertirá quizá en un verdadero competidor económico para EE UU, no en un competidor militar o estratégico. Económicamente hablando, creo que China estará a nuestro nivel en esta generación. Hoy por hoy, a los expertos militares no les consuela nada ver en China una gran amenaza militar. Hay que pensar que la amenaza china no se puede resolver con acciones militares. Es una amenaza completamente existencial; la cuestión consiste en saber quién dirige el sistema internacional. Pienso que China, si es ésa su ambición y su intención, es perfectamente capaz de convertirse en una superpotencia mundial.

A.H.N.: Por eso creo que las relaciones de EE UU y de China con el mundo musulmán son muy importantes. Porque en el mundo musulmán ocurre algo excepcional, y es el famoso peregrinaje. El peregrinaje es como el seminario de hoy, una especie de escuela de reciclaje. Cada año todos los musulmanes, de todos los orígenes, vuelven a encontrarse, y es increíble ver lo que ocurre. Uno se olvida de Dios, porque en estos momentos no hay muchos creyentes, pero es el momento en el que todos se hablan, en árabe, pero a menudo en inglés. Por lo tanto es en ese momento cuando soviéticos y ex soviéticos comparten información sobre China, información sobre Rusia, información sobre todo. Resulta extraordinario. Y el resto de los musulmanes, que no han ido a La Meca, un mes después saben lo que ha pasado en el resto del mundo.

Por lo tanto, en la actualidad existe una especie de acuerdo para agredir a los musulmanes, estigmatizarlos, porque incluso en China o en India hay represión contra los musulmanes. Es el único elemento en común entre las potencias pasadas, presentes y futuras. Sin embargo, con una perspectiva a cinco o 10 años vista, teniendo en cuenta lo que se van a jugar chinos y americanos, nos parece evidente que tenemos una función que desempeñar, que no se limita a la del pelele al que se puede pegar. Y ahí es donde se puede ver toda la importancia de la crisis iraní. Se tiene la impresión de que se está jugando con el tema nuclear iraní, cuando en realidad se ha llegado a un acuerdo. Una aceptación, posiblemente forzada, de la nuclearización de Irán, a la que deberá seguir la de Turquía, porque habrá que compensar el posible poder iraní. Finalmente, no se trata de un problema musulmán, es simplemente un problema árabe. Y eso es mucho más grave. A los argelinos se les habrá dicho: “Tenéis potencial nuclear (aunque todavía no existiese realmente)”. El desarrollo del programa se ha visto severamente reducido por las amenazas. El que Argelia aceptara esta presión, vista bajo la luz de los acontecimientos actuales, parece un error. La consideración del caso iraní refuerza el sentimiento colectivo de que “somos verdaderamente estúpidos por hacer lo que nos piden”, lo cual no es un sentimiento colectivo positivo ni gratificante.

E.L.: No creo que en la actualidad EE UU acepte la idea de que Irán pueda convertirse en una potencia nuclear. EE UU no tiene ni idea de qué hacer, qué política aplicar. Nuestra norma desde hace casi una generación ha sido no comprometernos en Irán. Hemos aplicado una política de sanciones, de contención, y no sabemos cómo comunicarnos con los iraníes. Si su presidente nos envía una carta es inmediatamente rechazada, pero ni siquiera sabemos interpretar cuál era su intención al escribirla. Y nuestra clase política, la gente que está en el poder actualmente, no quiere concederle el más mínimo crédito –en el sentido financiero– a Irán. Hemos perdido la capacidad de dialogar, de negociar, a todos los niveles con Irán. Estoy convencida de que pensamos sinceramente que el mundo sería peligroso si Irán fuese una potencia nuclear. Creo que tienen razón en que los árabes piensan que Pakistán tiene la bomba atómica, y que Irán, y posiblemente Turquía, se darán prisa en conseguirla. En semejante contexto, resulta inevitable que un país árabe la consiga también, porque lo contrario se percibiría como una humillación.

A.H.N.: La única bomba que puede lanzar EE UU es empujar verdaderamente a los Estados árabes hacia la democratización, no con una bomba en el sentido militar, sino a través de incentivos positivos. Lo único que nos hace falta hoy en día en el mundo árabe y en el mundo musulmán es acceder a las normas occidentales en lo que se refiere a pluralismo político y a libertades. Muchos parecen pensar que la democracia es un invento occidental, pero los griegos eran orientales, bueno, mediterráneos como nosotros, y orientales como nosotros. Al contrario de lo que se suele decir, comprendemos en qué consiste es la democracia.