‘Tyrant’ o como luchar contra los estereotipos

En un intento por contrarrestar los tópicos sobre los árabes, productores y guionistas americanos terminan por reforzar involuntariamente los estereotipos.

Evelyn Alsultany

En mi libro Arabs and Muslims in the Media: Race and Representation after 9/11 hablo de mi sorpresa al comprobar que, tras el 11-S, existe una tendencia a dar una imagen positiva de los árabes y los musulmanes. Más concretamente, lo que descubrí en mi investigación fue una nueva forma de representación que denomino “representaciones complejas simplificadas”. Se trata de estrategias empleadas por los productores, guionistas y directores de televisión para dar la impresión de que ofrecen representaciones complejas y polifacéticas que, sin embargo, siguen presentando a los árabes y a los musulmanes de un modo simplificado.

Es un enfoque que intenta compensar una representación negativa con otra positiva con el fin de evitar los estereotipos. Por ejemplo, si un programa de televisión o una película gira en torno a las acciones terroristas perpetradas por árabes o musulmanes, para contrarrestar el tópico que asocia a esos grupos con el terrorismo, el equipo de producción suele incluir una representación positiva de un árabe o de un musulmán, generalmente en forma de un ciudadano estadounidense patriótico o de una víctima inocente de un crimen de odio. Si bien dichas estrategias suponen, sin duda, un avance con respecto a las anteriores caracterizaciones de los malos sin matices, sostengo que la forma de representación que ofrecen sigue estando lejos de ser la ideal. Las imágenes positivas a menudo dan la impresión de ser algo innecesario que se agrega solo para apaciguar a los grupos de control como el Consejo de Relaciones Islámicas-Estadounidenses y la Comisión Antidiscriminación Araboestadounidense.

Es más, aunque su intención sea restar fuerza a las ideas preconcebidas, esas estrategias se contrarrestan a su vez con líneas argumentales de mayor alcance que se basan en esos mismos estereotipos, al tiempo que los refuerzan. Con este texto no pretendo subestimar los esfuerzos de diversos guionistas y productores por crear historias y personajes más matizados, sino más bien poner de relieve los significados que producen las imágenes y los argumentos sobre árabes y musulmanes en la era posterior al 11-S. La serie de televisión Tyrant ofrece un caso práctico de este paradójico proceso a través del cual guionistas y productores intentan modificar los estereotipos, pero acaban reproduciéndolos. Tyrant se estrenó en el canal FX en 2014 y se ha renovado para una segunda temporada.

El argumento gira en torno a la relación entre dos hermanos árabes, hijos del dictador de Abbudin, un país imaginario. Yamal al Fayeed, interpretado de manera brillante por Ashraf Barhom, probablemente sea el primer actor árabe con un papel protagonista en un programa de televisión estadounidense en horario de máxima audiencia. Es un personaje complejo y también un brutal dictador. Su hermano Basam, conocido como Barry e interpretado por Adam Rayner, vuelve a Abbudin con su mujer estadounidense y sus dos hijos adolescentes después de haber vivido 20 años en Estados Unidos. Barry, que ahora es un prestigioso pediatra, ha vivido en un exilio autoimpuesto de su país de origen.

Es reacio a regresar a Abbudin y proyecta un viaje muy breve con el único objetivo de asistir a la boda de su sobrino. Sin embargo, durante la visita, su padre muere, su hermano se convierte en el nuevo presidente-dictador del país en medio de una revolución popular cada vez más extendida, y Barry se siente obligado a quedarse para ayudar a su hermano a salir de la crisis. Como es de esperar, los hermanos de Tyrant discrepan sobre cómo dirigir el imaginario Abbudin. Barry quiere introducir la democracia en su dividido país. Intenta razonar con Yamal para que tome en consideración una nueva forma de gobernar, escuche a la oposición y atienda los deseos de la gente. Pero Yamal parece incapaz de hacer nada que no sea reprimir sin piedad, abordar los problemas mediante la violencia y, sencillamente, matar a los adversarios o a cualquiera que exprese su disidencia. Después del 11-S, muchos programas con personajes árabes o musulmanes han tratado directa o indirectamente la guerra contra el terrorismo.

Tyrant se aparta de esta tendencia al hacerse eco de otros acontecimientos mundiales, en particular la Primavera Árabe. No centra su atención en la lucha contra el terrorismo de la Administración americana, sino más bien en una dictadura árabe que se enfrenta a manifestaciones exigiendo democracia. Su punto de partida da cabida a numerosos personajes y puntos de vista árabes y, de este modo, posee un mayor potencial para representar la complejidad que otras series de televisión centradas en el terrorismo.

Y, de hecho, a primera vista la serie presenta un abanico aparentemente diverso de personajes árabes. Está Fauzi Nadal (interpretado por Fares Fares), el amigo de la infancia de Barry, que ahora es periodista y apoya la revolución contra la dictadura de Al Fayeed. Fauzi es una combinación curiosa: un personaje árabe encarnado por un actor árabe al que se presenta como una persona íntegra que cree en la democracia. Entre los demás personajes árabes están un joven homosexual (no declarado, por supuesto), un cruel general y las víctimas inocentes del régimen de Al Fayeed. El desarrollo de estos personajes podría indagar temas complejos, pero su potencial queda eclipsado por la relación y la narración más importantes de la serie: la interacción entre los dos hermanos.

Esencia estadounidense y esencia árabe

También en este caso existen múltiples oportunidades de desarrollar los personajes, pero cada vez que se hace un esfuerzo por explorar su potencial, se repiten en cambio las oposiciones lamentablemente familiares entre la esencia estadounidense y la esencia árabe. Los hermanos no se han visto en 20 años, y la serie destaca las dinámicas entre ellos, haciendo hincapié en el hecho de que ambos se criaron en la misma familia, pero con resultados radicalmente diferentes. En su condición de hermano mayor, Yamal carga con el peso de las expectativas y la responsabilidad de suceder a su padre en el gobierno.

Los saltos atrás a la infancia de ambos revelan un acontecimiento traumático en el que el padre de un joven Yamal le da un arma y le ordena matar a un hombre como parte de su formación. Como Yamal no se atreve, Basam, o Barry, lo hace por él. La escena retrospectiva proporciona un atisbo de un Yamal joven y vulnerable y da al público la oportunidad de desarrollar una comprensión más rica del personaje y de los hechos que hicieron que sea quien es en el presente. Antes había sido inocente; no es un dictador violento, porque sea algo innato en él o lo lleve en la sangre. Por un lado, la serie muestra que Yamal fue educado para ser violento y, por tanto, que la violencia no está en su naturaleza; pero, por otro, insinúa que presumiblemente sea parte de las expectativas culturales en las que fue educado.

Se trata de un mecanismo típico de las representaciones complejas simplificadas, en las que un estereotipo se cuestiona y a continuación se refuerza involuntariamente. Pero, sea cual sea la profundidad añadida por estas escenas retrospectivas de la infancia, queda contrarrestada por la relación dicotómica que opone a los dos hermanos como el árabe por naturaleza frente al estadounidense. Barry vuelve a Abbudin sin rastro de acento árabe. Su manera de hablar es estadounidense, mientras que Yamal lo hace en un inglés con inconfundible acento árabe. Es más, Barry es interpretado por un actor británico (Adam Rayner), que no es de ascendencia árabe, mientras que Yamal, como se ha dicho antes, está encarnado por el actor árabe Ashraf Barhom. En la serie, el hecho de que Barry no parezca árabe se atribuye a que la madre de los chicos era una británica blanca.

Podemos suponer que uno de los hermanos mestizos acabó teniendo la piel más clara que el otro, y que uno de ellos puede pasar por estadounidense o británico blanco, mientas que el otro no. En última instancia, Barry ni siquiera da la impresión de ser un árabe o un estadounidense de origen árabe. La forma en que él mismo se presenta, transmite a la audiencia que es un estadounidense blanco. Y no solo eso: está casado con una estadounidense blanca, y sus dos hijos adolescentes, a pesar de ser “mestizos”, también son percibidos como estadounidenses blancos. Nada los identifica como araboestadounidenses, y son representados como estadounidenses blancos de visita en un país extranjero.

Las relaciones de los hermanos con sus respectivas mujeres no hacen sino reforzar la oposición entre árabes y estadounidenses. Molly (Jennifer Finnigan), la mujer de Barry, también es médica, y ambos aparecen como una pareja que mantiene una relación igualitaria en la que actúan como amigos íntimos y compañeros leales. En contraste, Yamal y su bella Leila (Moran Atias) están unidos para gobernar Abbudin por la fuerza con el fin de mantener su posición de poder, pero el suyo no es un matrimonio en el que reinen ni el amor ni la fidelidad. Yamal es un mujeriego violador. Viola a las mujeres y agrede sexualmente a su nuera el día de su boda. Paga a una prostituta estadounidense para que esté disponible para él, con la que mantiene una relación amorosa hasta que la hace partícipe de sus sentimientos más vulnerables y entonces decide que tiene que matarla para evitar que nadie más lo sepa.

El mensaje está claro: los hombres árabes no son capaces de mantener relaciones igualitarias con las mujeres; los estadounidenses, sí. Pero, al mismo tiempo, Barry vive en el umbral que separa sus condiciones de árabe y de estadounidense, de manera que hay momentos en los que él también pone al descubierto su naturaleza árabe “esencial” y se vuelve más despótico con su esposa y sus hijos. La representación de ese duelo interno entre las identidades árabe y estadounidense es algo conocido. En la película de 1921 El Sheik, el personaje de Rodolfo Valentino exhibe una capacidad parecida para pensar racionalmente como europeo y actuar brutalmente como occidental “convertido en árabe”.

Si damos un salto hasta No sin mi hija, una película de 1991, vemos a un médico iraní-americano que en Michigan es un marido y un padre afectuoso, pero al llegar a Irán se convierte en un maltratador, en una especie de vuelta a sus “verdaderas” raíces que entonces deja al descubierto. Los conflictos de esta clase de personajes son de un convincente dramatismo, pero cuando se trata de Oriente Medio, también refuerzan las persistentes dicotomías entre Oriente y Occidente. Por consiguiente, a pesar de los atisbos ocasionales de complejidad y su potencial para abordarla, Tyrant cae en las oposiciones estereotipadas entre las identidades árabes y estadounidenses: los hombres árabes son narcisistas violentos incapaces de mantener relaciones igualitarias con las mujeres o con cualquier otra persona sobre la que tengan poder, mientras que los estadounidenses (o los que se han convertido) son razonables y creen en la libertad, la democracia y la igualdad, tanto en sus relaciones privadas como en las esferas pública y política.

Las representaciones de los árabes en Tyrant concuerdan con otras tendencias más extendidas en la televisión después del 11-S, que se caracterizan por un alejamiento sorprendente de los tópicos más flagrantes de las décadas anteriores. Las cosas van mejorando, pero aun estamos lejos de poder proclamar que hemos llegado a una época posracista. Series como Tyrant nos recuerdan que debemos ir más allá de si una imagen es “buena” o “mala” para plantearnos cómo las imágenes producen significados y lógicas que justifican la exclusión, y cómo la auténtica complejidad exige algo más que contrastes marcados entre oposiciones dicotómicas.