Turquía y la Unión Europea ¿vecinos o familiares?

Ankara parece más dispuesta que nunca a emprender reformas pro europeas. Pero la propia Europa nunca se ha mostrado tan poco receptiva.

Hugh Pope

Ala Unión Europea se le presenta una gran paradoja en el futuro de sus relaciones con Turquía, y esta paradoja puede proyectar una larga sombra sobre sus relaciones con los vecinos de la cuenca mediterránea y del mundo musulmán situado más al Este. La aplastante victoria del Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP) del primer ministro, Recep Tayip Erdogan, y la posterior elección del ex ministro de Asuntos Exteriores, Abdulá Gül, como presidente, hacen que Turquía parezca más dispuesta que nunca a instaurar una serie de reformas pro europeas. Pero la propia Europa nunca se ha mostrado tan poco receptiva.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, está liderando los esfuerzos para degradar el procedimiento de acceso de Turquía a la UE y limitarlo a una “alianza privilegiada”. Los cristianodemócratas alemanes y los gobiernos de Holanda, Dinamarca, Luxemburgo y Austria no le van muy a la zaga. Por ello, la relación de Turquía con Europa actualmente se encuentra en territorio desconocido. Los anteriores escollos en medio siglo de convergencia siempre han sido temporales, y nadie cambió la suposición de que Turquía era, al menos en teoría, candidata a formar parte de la UE.

La más reciente de esas rupturas entre la UE y Turquía se produjo en 1997, lo cual llevó a los turcos a reagruparse y avanzar de nuevo. En aquella ocasión, la UE, como es habitual, llegó a una solución intermedia en 1999, declarándolos candidatos a la adhesión. El resultado fue un revolucionario periodo de reforma en Turquía. No todo ha sido fácil: la turbulencia política interna vivida entre abril y agosto, que enfrentó al reformista AKP, con los líderes kemalistas laicistas, incluidas las fuerzas armadas turcas, demuestra lo profundas que pueden ser las divisiones en el país.

Pero el 22 de julio, agradecido por el periodo de estabilidad política más fructífero en muchos años, el electorado turco dio un impresionante voto de confianza del 46,7% al AKP. Ahora le toca a Europa decidirse. Y, sin embargo, está dando bandazos. Los europeos ven la ampliación como una amena, temen la inmigración y confunden a algunos turcos no integrados en la UE con la propia Turquía. Malinterpretando las encuestas de opinión –que de hecho muestran que a los europeos les preocupa más la ampliación en general que Turquía en particular– y basándose en siglos de prejuicios antiturcos y antimusulmanes, políticos populistas europeos de derechas han convertido a la distante Turquía en chivo expiatorio de lo que en realidad son preocupaciones más internas.

Sin embargo, Europa no tiene por qué temer la adhesión de Turquía. Los propios turcos reconocen que el país dista mucho de estar preparado; la fecha más temprana para integrarse a la UE está prevista para dentro de una década, y probablemente se retrase más. Turquía tiene que cumplir las condiciones más estrictas aplicadas a todos los candidatos. Cualquier miembro de la UE puede vetar su entrada, y los franceses pueden rechazarla en un referéndum.

En el caso de que Turquía se convierta en un país aceptable para la UE, los turcos, apegados a su soberanía, no ocultan que también tendrían que pensarse muy seriamente si dan el paso definitivo. Y tampoco debe temerse la concepción mayoritariamente pragmática del Islam por parte de los turcos. Es cierto que el liderazgo del AKP tiene sus raíces en el Islam político, y las fuerzas armadas turcas y otros organismos oficiales abrigan temores profundos de que éstas puedan revivir en cualquier momento. Pero la cúpula del AKP afirma repetidamente que ha cambiado y, en el gobierno, no han hecho gran cosa que pueda interpretarse como un deseo de obligar a los turcos a adoptar un sistema teocrático similar a los de Oriente Próximo.

El afable nuevo presidente Gül ha subrayado su compromiso de preservar el laicismo en el sistema político de Turquía. Su esposa luce el elegante velo que utilizan las nuevas conservadoras musulmanas de Turquía, pero es probable que, con el tiempo, este símbolo sea tan corriente como el que lleva la esposa de Erdogan, también muy controvertido cuando se convirtió en primer ministro hace cuatro años. Y en caso de que el AKP intentase traspasar la raya, las masivas manifestaciones laicistas de abril y mayo demostraron que el todavía poderoso sector kemalista y la sociedad vigilante serán los primeros en bloquear cualquier intento real de instaurar un régimen teocrático. La política económica de Turquía, diversificada y plural, es muy distinta de las autocracias petrolíferas de Irán o Arabia Saudí, haciendo aún más improbable que se pueda instaurar una dictadura islamista. De hecho, los objetivos de Turquía y el AKP han sido casi opuestos.

El objetivo de la UE proporcionó el estímulo y la motivación para la edad de oro de la reforma turca en el periodo de 1999 a 2005. Irónicamente, esto provocó avances en los mismos ámbitos que los detractores derechistas de Europa esgrimen tradicionalmente como argumentos contra la adhesión turca. La economía, el sistema de gobierno y las libertades religiosas y civiles mejoraron durante esos años. Además, los avances beneficiaron visiblemente a los intereses comerciales y estratégicos europeos, en especial alemanes, a medida que las marcas internacionales se hacían con los supermercados, las tiendas de lujo, los bancos e incluso el yogur turco. Esto impulsó el crecimiento anual medio de Turquía en los últimos cinco años hasta el 7,5%.

La renta per cápita se ha duplicado desde 2003 y, sobre todo en los últimos dos años, la inversión extranjera se ha disparado. Desde la unión aduanera con Europa en 1995, el volumen total de comercio turco se ha cuadruplicado, y la mitad es con la UE. La confianza política generada por este proceso tuvo repercusiones para la seguridad europea. Turquía por lo general adopta la mayoría de las políticas de seguridad y asuntos exteriores de Europa, arraigadas en una alianza de 40 años con la OTAN durante la guerra fría. Las tropas, los comandantes y los administradores civiles turcos desempeñan funciones importantes en Afganistán.

El traslado de fuerzas francesas a Congo habría llevado mucho más tiempo sin la oferta de transporte aéreo turco. El país ofreció fuerzas para la misión de Naciones Unidas en Líbano y mantiene su prolongado y diversificado apoyo a las misiones occidentales en la ex Yugoslavia. Al permitir el establecimiento de rutas que, según la UE, algún día podrían transportar el 15% del suministro de petróleo y gas a Europa, ya está mejorando la seguridad energética europea. Las reformas de la UE ayudaron a transformar y democratizar la sociedad turca, hecho que ilustra el poder blando de la UE para apaciguar a los países fronterizos más agitados del sureste. Los nuevos códigos penal y civil, nueve paquetes de reformas jurídicas y toda una batería de leyes nuevas constituyen una modernización sin precedentes en la historia legislativa turca.

La creciente supervisión jurídica de Europa proporcionó un periodo de calma en la insurgencia étnica kurda, activa desde hace mucho tiempo. En 2004, la reconciliación turco-europea incluso abrió, aunque fugazmente, la posibilidad de solucionar el enquistado conflicto de Chipre. Quienes piensan que Chipre sigue siendo un obstáculo insuperable deberían recordar que la UE fue fundamental para aligerar el resentimiento entre Turquía y Grecia, un conflicto que antes se consideraba insuperable.

En términos más generales, el hecho de que la UE restara importancia al proceso de negociación afectaría enormemente al prestigio de Turquía en el mundo islámico. Esto es importante porque fue sobre todo la bendición de la UE la que hizo pensar a los reformadores de Oriente Próximo que el moderado y ex islamista AKP había encontrado un nuevo modelo de prosperidad interna, progreso y, en último término, igualdad de un país musulmán con Occidente. Un rechazo de la UE fomentaría los argumentos islamistas de que Occidente está irredimiblemente sesgado y decidido a mantener un choque de civilizaciones, sobre todo si parece basarse en criterios subjetivos como la geografía o la cultura.

Sentimientos anti-occidentales

Desde 2005, la pérdida de fuerza de la UE, provocada por las políticas internas, los errores de todas las partes acerca de Chipre y los prejuicios equivocados acerca del Islam progresista de Turquía, ha sometido a presión el proceso. La guerra liderada por Estados Unidos en Irak ha contribuido aún más a exacerbar sentimientos anti occidentales en Turquía. Dichos sentimientos han desencadenado acciones nerviosas por parte de fiscales turcos nacionalistas, que han acosado a algunos intelectuales, y de generales autoritarios, que este año fomentaban las tensiones políticas al advertir que intervendrían si consideraban que la herencia laicista de la República estaba en peligro.

Esto a su vez provocó nuevas críticas europeas. Los políticos turcos ahora evitan las actitudes favorables a la UE. Una encuesta de opinión publicada en septiembre de este año por el US German Marshall Fund (GMFUS) muestra que la idea entre los turcos de que la pertenencia a la UE es algo bueno ha caído al 40% de la población, un 14% menos que el año pasado. El ejército ha reducido las compras a Europa; las empresas francesas en particular han sufrido pérdidas. Las minorías religiosas y étnicas de Turquía se ven ahora sometidas a una presión renovada.

Las disputas sobre Chipre perjudican cada vez más a la diplomacia de la UE y la OTAN. Ankara se cuestiona sus aportaciones a la nueva estructura de defensa europea y da síntomas de una actitud individualista en asuntos militares, en especial respecto al norte de Irak, donde tienen bases los rebeldes kurdos de Turquía. A puerta cerrada, la idea de estar estratégicamente solo en un vecindario problemático está haciendo que en Ankara haya quien sopese si también Turquía debería plantearse la opción nuclear. No es demasiado tarde para invertir esta tendencia. En Europa, como dice Joost Lagendijk, presidente de la Comisión Parlamentaria Mixta UE-Turquía, los europeos “no saben qué pensar. En torno al 25% se muestra firmemente contrario a la adhesión turca, el 25% aprueba la idea, y el otro 50% duda. Esos votos pueden ganarse”.

En Turquía, a pesar de la creciente atmósfera negativa desde 2005, el trabajo técnico sobre las reformas de la UE se mantiene.En abril, el AKP elaboró el plan de acción para la convergencia con los criterios de la UE más exhaustivo del país. El primer ministro Erdogan no destacó en la campaña electoral sus credenciales pro europeas, pero tampoco se subió al carro neonacionalista surgido en reacción a las decepciones de la UE. En su primer discurso después de la victoria electoral, prometió utilizar su nuevo y sólido mandato para relanzar las reformas de la UE. Para reconstruir un consenso favorable a la UE –vital para aplicar y aprobar las nuevas leyes– es necesario atraer a los kemalistas además de apoyar al gobierno del AKP.

Un modo es incluir las voces contrarias a la UE como interlocutores con las autoridades y los diplomáticos europeos. Otro es evitar el uso de expresiones que susciten en la mente turca imágenes distintas de las percibidas en Europa. Aplicar la palabra “minoría” a los kurdos, por ejemplo, sugiere a los kemalistas que la UE está intentando crear un nuevo grupo con derechos especiales que acabe dividiendo al país. Cuando los occidentales describen a Turquía como un “Estado islámico moderado”, los kemalistas creen que se concibe al país como parte de Oriente Próximo y que se rechazan 80 años de esfuerzo por construir un Estado laico europeo.

En lugar de centrarse en criterios geográficos subjetivos, es más eficaz criticar cualquier incumplimiento de las normas europeas sobre Derechos Humanos, prácticas empresariales o libertad de expresión, que son fácilmente evaluables y están apoyadas por un amplio conjunto de la opinión turca. Por último, la UE debería tomarse en serio las quejas turcas si quiere que se escuchen las suyas propias. A menudo hacen referencia a asuntos raramente mencionados en los medios de comunicación o en los círculos políticos europeos. La reputación de Europa en Turquía se vio perjudicada en 1996 por la repetición de las imágenes del presunto asesino de un importante empresario turco haciendo repetidamente el signo de la victoria en un tribunal belga. El sospechoso fue absuelto de la acusación de llevar armas en Bélgica, y después de que se rechazase la solicitud de extradición a Turquía, desapareció del arresto domiciliario.

Recientemente, Austria se negaba a detener a un sospechoso de pertenecer a la red europea de financiación del PKK. Obligado a comparecer ante un tribunal francés por acusaciones relacionadas con el terrorismo, le permitieron embarcar en un avión rumbo a Irak. Tal suceso se interpreta como una validación de las sospechas de que la UE intenta desestabilizar Turquía. En julio de 2006, la ofensiva lanzada en Francia contra un gran grupo de financiación del PKK ayudó, pero hace falta una mejor coordinación para convencer a Turquía de la buena voluntad de la UE. Ésta debería tratar las preocupaciones de Turquía sobre el terrorismo con el mismo respeto que esperaría si sus terroristas se hubieran asentado en Turquía.

En resumen, Europa debe tender una mano, de manera seria y sincera, con el objetivo de la adhesión bien afianzado. La “alianza privilegiada” es solo una versión edulcorada de la política europea de vecindad, respaldada en 2003 por el Consejo Europeo para países como Rusia o Libia que no tienen historia de convergencia con la UE. Lo mismo puede decirse de otra idea presentada por Francia y rechazada por Ankara: la de una Unión Mediterránea en la que pudiera anclarse la relación de Turquía con la UE. Ésta parece ser una reformulación del Proceso de Barcelona de 1995 para los 12 vecinos de la UE que comparten la cuenca del Mediterráneo.

Pero Barcelona también carece de un objetivo motivador, y por el momento sus avances en la mejora de los Derechos Humanos o en la convergencia comercial han sido modestos. Las negociaciones de adhesión entre Turquía y la UE no son, como ha dicho un político francés, un coqueteo o un compromiso frágil. Como dos ciudades que han acabado juntándose, Turquía y Europa, en otro tiempo separadas, se superponen ahora hasta tal punto que ya no hay vuelta atrás.