Túnez, memoria de la humanidad

Francisco Carrillo

Cuando el presidente-director general de Ediciones Simpact, de Túnez, Naceur Jeljeli, me pidió que hiciera la introducción del libro de Guillemette Mansour, Tunisia, Memory of the Humanity, en complicidad con la autora, no dudé un solo instante en comunicarle mi respuesta afirmativa. Por dos razones: una, porque se trataba de la primera vez que se presentaba de una forma sistemática, docta, con ilustraciones originales, los siete sitios culturales de Túnez inscritos en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad; y dos, porque el conjunto de esos sitios formaban parte de mi vida cotidiana en mi calidad de representante/embajador de la Unesco en el país.

Eran un trozo de mi quehacer. Si mis compromisos me lo permitían, los sábados por la mañana paseaba junto a Abdelmajib Ennabli, uno de los grandes especialistas de las épocas púnicas y romanas en África, ex director del Museo de Cartago, por todos los atajos arqueológicos de la colina de Byrsa. Solía pasearme por las medinas de Túnez o de Susa, para realimentar mi imaginario con ancestrales tejidos urbanos que dejaron estructuras imprescindibles para comprender el latir de las sociedades pre-estatales de un pasado que se revivifica.

Incitación a penetrar en el mundo del comercio fenicio solo con entrar en el recinto de la ciudad costera de Kerkuán con una sorprendente racionalidad de su trazado y de las bañeras que se instalaron en sus habitaciones unifamiliares. El encuentro con la Ciudad Sagrada de Kairuán, presidido por la simplicidad de concepción (¿minimalismo primitivo de la arquitectura islámica?) y por la aparente fragilidad de su contorno lineal de la primera mezquita musulmana en el norte de África, con tanta retroalimentación con Fez y la Córdoba califal, y el “misterio” que duerme entre las callejuelas de la vieja ciudad, es tema de sortilegio.

Irrumpe Roma y funda Dugga monumental, extensa, amplia, refinada, civil y panteísta. Defensiva, militar, referencia inexcusable de las artes del imperio, situada en los caminos transversales de la Pax Romana que atraviesa el Atlas. Hoy duerme enterrada, y así protegida, en sus tres cuartas partes sobre las que nacen cada año bellísimos campos de amapolas. Y más al Sur, en el llamado puerto del desierto a apenas 40 kilómetros del mar, el majestuoso coliseo de El Jem que podía dar cabida a 35.000 asistentes a juegos de paz o a juegos de muerte con la muerte, y en donde la bereber La Kahena, un día, se convirtió en leyenda de mujer guerrera que defiende la dignidad de un pueblo.

Situado en una de las zonas fértiles, que fue granero de Roma, en cuyo subsuelo yacen numerosas casas de patricios en las que se han encontrado esculturas y mosaicos de particular refinamiento. Cartago, las medinas de Túnez y Susa, Kerkuán, Kairuán, Dugga y El Jem son la punta del iceberg, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, de los más de 6.000 sitios arqueológicos descubiertos en Túnez.

Las piedras vivas, capaces de reflejar los matices mutantes del sol o de las penumbras, nos llevan irremediablemente a vislumbrar, entre la realidad y la fantasía, la imaginación y el trabajo de hombres y mujeres que se esconden tras ellas en la historia y que, en condiciones nada fáciles con la esclavitud legalmente reconocida, fueron capaces de recrear inconmensurable belleza de la que ellos son, sin duda, la piedra angular. A tales vivencias y sensaciones, guiados por una rigurosa investigación, nos desafía el libro escrito por Guillemette Mansour.