Túnez: la transición democrática

El país vive un proceso de cambio político real que, a pesar de las críticas, ya ha logrado resultados significativos.

Taïeb Zahar, director de Réalités

En opinión de la mayoría de los observadores, Túnez ha emprendido un proceso de cambio político cuyos efectos y consecuencias sobre la vida pública se pueden ver ya: representación parlamentaria, juego de las instituciones, derechos humanos y Estado de Derecho. Ese proceso comenzó el 7 de noviembre de 1987, el día en que el presidente Zin el Abidin Ben Ali, entonces primer ministro, accedió a la magistratura suprema en virtud de las disposiciones de la Constitución, ya que el presidente Habib Burguiba fue declarado, por razones de salud, incapaz de asumir sus funciones al frente del Estado.

En la declaración hecha con ese motivo, el nuevo presidente trazó los grandes ejes de su política, especialmente en materia de democracia y respeto de la voluntad popular. De esa manera fue abolida la presidencia vitalicia y el ascenso automático del primer ministro a la presidencia de la república en caso de vacante. Asimismo definió las orientaciones de futuro en el sentido de la rehabilitación de las instituciones, del Estado de Derecho y de respeto de los derechos del hombre. La opción democrática y republicana fue claramente reafirmada. Nació un nuevo orden, aunque la continuidad se veía confirmada en cuanto a los logros realizados por el presidente Burguiba, que además la Declaración del 7 de noviembre ensalza, así como los servicios prestados al país durante la lucha por la liberación nacional y la construcción del Estado nacional.

Algunos datos históricos

Para comprender el alcance de esas nuevas perspectivas que se abrían ante Túnez, es necesario recordar algunos datos históricos. Túnez está gobernado desde su independencia en 1956, por el Partido desturiano, o Neo-Destur por referencia a sus orígenes. En efecto, nació en 1934 de una escisión del Destur, partido nacionalista creado después de la Primera Guerra mundial en aquel impulso de despertar de los pueblos colonizados. El Neo-Destur se convirtió en 1964 en el Partido Socialista Desturiano (PSD) y ha llevado la impronta de su jefe, Burguiba, un hombre de fuerte personalidad cuyo carácter no admitía ninguna contestación a menos que él mismo no la quisiese y se integrase en su propio juego político. Instituyó un régimen fuerte, centralizado alrededor de sí mismo, un Estado omnipresente, que regentaba todos los aspectos de la vida de los tunecinos –la monarquía beylical, ya despojada de atributos de poder, fue abolida en 1957– y de un partido convertido en partido único, aunque ningún texto lo hubiese dispuesto jamás.

Ese régimen realizó importantes reformas, entre ellas la liberación de la mujer, la democratización de la educación, la promoción del desarrollo económico y del progreso social que, a pesar de algunos fracasos, permitió a Túnez evolucionar a un ritmo más rápido que otros países, a pesar de ser más ricos. Esos progresos crearon, inevitablemente, un nuevo Túnez, más moderno, abierto al progreso, pero igualmente ávido de libertad y que cada vez se sentía menos identificado, sobre todo, la juventud, con un régimen que había envejecido y no había sabido adaptarse a las nuevas exigencias ni a las consecuencias de sus realizaciones.

La protesta llegó a la Universidad, al mundo del trabajo, y se extendió hasta el PSD donde numerosos cuadros y militantes reivindicaban más democracia interna. Frente a esa situación, que no llegaba a controlar, Burguiba utilizó alternativamente mano dura y represión, conciliación y promesas de apertura, algunas de las cuales se concretaron en particular en la legalización de los partidos de la oposición, la creación de la Liga Tunecina de los Derechos Humanos, y la aparición de diarios independientes. Pero se tenía la impresión de que ese movimiento acabaría por alcanzar sus límites.

Burguiba se hundía en la senilidad y la enfermedad, la guerra de sucesión se recrudecía y bloqueaba al Estado, y la economía se hundía. Para resumir, el Estado en vía decadente y el final del régimen auguraban los escenarios más sombríos, tanto más por cuanto desde hacía unos años, el integrismo islamista se había impuesto en el panorama político como una fuerza importante que ponía en tela de juicio los fundamentos mismos de la república y de la modernidad a los cuales se sentían apegados, no obstante, la mayoría de los tunecinos. En medio de este clima de riesgos y amenazas, Ben Ali llegó al poder.

Frente a esa situación había dos caminos posibles. El del endurecimiento: los problemas eran tan complejos y graves que no se podía permitir una experiencia democrática. La segunda vía, más valiente, era intentar, a pesar de todo, la opción democrática con todos los riesgos que conllevaba. Éste fue el camino que escogió el 7 de noviembre de 1987. No era, ciertamente, el más fácil. El 7 de noviembre no formaba parte de un movimiento de ruptura total con el antiguo régimen. Era también un riesgo a los ojos de algunos que habrían preferido una desburguibización para levantar todas las hipotecas y pasar definitivamente la página.

Según éstos, mantener el partido desturiano sería un peligro para las reformas fundamentales contenidas en la declaración. Se planteaba la cuestión de mantener al PSD o disolverlo. Para dar una idea del debate que se abrió después del Cambio del 7 de noviembre, sería útil citar algunos pasajes de un artículo publicado en el periódico La Presse de Tunisie de 3 de diciembre de 1987 por dos intelectuales tunecinos, Mohsen Tumi y Kamel Sammari, quienes después de haber afirmado la necesidad de que Ben Ali dispusiese de un partido, se planteaban la cuestión de “¿Qué partido?”. Otros consideraron esta pregunta como una provocación. Para ellos la respuesta era evidente. Pero está claro que existían dos evidencias y que éstas estaban enfrentadas. Unos decían “¿Qué partido?”, el PSD, naturalmente.

Los otros replicaban “¿Qué partido?, pues un partido nuevo, para una nueva era, en cuyo nombre no figure el vocablo Destur. Obstinado durante décadas en permanecer único, el Destur ha bloqueado y empobrecido la vida política tunecina y al mismo tiempo se ha privado él mismo de varios hombres de calidad y se ha debilitado. A fin de cuentas ha sido devorado por tecnócratas sin pasado político que lo han separado de la nación. ¿Significa esto que el nuevo equipo en el poder debería romper con el movimiento desturiano como corriente histórica si quiere avanzar? ¿Debería deburguibizarse sistemáticamente? El interés supremo de la nación (y el simple sentido común) dictan que el movimiento desturiano debe librarse de las prácticas y de los hombres que lo han pervertido y han estado a punto de perdernos a todos”.

El Destur sigue siendo el partido del poder. Cambia de nombre, se convierte en la Reagrupación Constitucional Democrática (RCD). Esta nueva denominación es significativa y simbólica. Confirma la continuidad –“constitucional” se traduce en árabe “desturiano”– y de ahí la afirmación de que la herencia de la historia queda asumida, incluso reivindicada. El calificativo democrático indica el cambio: el partido es democrático. Además, Ben Ali le ha concedido la “misión de conducir el cambio”. Lo que implica para él estar a la vanguardia del movimiento de reforma tendente a instaurar la democracia en el país.

Para conseguirlo, el RCD tuvo que cambiar de métodos, del concepto de poder que hasta entonces tenía y abrirse a la sociedad tunecina para responder a sus expectativas. Desde su primer congreso en 1988 las cosas han empezado a cambiar en el seno del partido. Un nuevo tono, un discurso diferente y hombres nuevos, llegados de horizontes políticos e incluso ideológicos distintos. Si nos hemos detenido en estas cuestiones referentes al partido desturiano es debido, por una parte, a que desempeña, en función de su historia, de su peso sociológico y político y con su presencia en el poder desde hace casi medio siglo, un papel capital en la vida pública tunecina de la que se ocupa en todos los terrenos.

Por otro lado, los que consideran que el ritmo de la democratización es lento responsabilizan al partido desturiano de esta situación. Consideran incluso que es incapaz, por su cultura y sus tendencias hegemónicas, de asumir las exigencias del cambio. Es verdad que el partido desturiano ha cambiado, pero algunos restos de la cultura del partido único subsisten aún y se expresan, sobre todo en el transcurso de las elecciones y porque hay cierta confusión en las relaciones entre Estado y partido.

Reformas tendentes a la democratización

Desde los primeros meses que siguieron al Cambio, Ben Ali puso en marcha un vasto programa de reformas que afectan a todos los sectores de la vida política, económica, social y cultural, y que han contribuido de forma significativa, a cambiar las cosas, aunque la acción en ese nivel deba ser continuada y consolidada para que pueda responder a las expectativas y a las ambiciones legítimas de los tunecinos y tunecinas.

La Constitución fue enmendada en el sentido de un mejor equilibrio de poderes; la reforma ha alcanzado a la mayoría de las leyes que rigen la vida pública, sobre todo a la ley electoral, a fin de permitir una más amplia representatividad de cada corriente de pensamiento en el Parlamento y en todas las demás instancias electivas, y la ley de prensa que ha aportado nuevas garantías al ejercicio de la libertad de información.

Las instituciones han sido rehabilitadas y dotadas con los medios necesarios para ejercer su misión (Tribunal administrativo, Consejo Constitucional, Tribunal de Cuentas…). Se han tomado medidas para garantizar y reforzar los derechos humanos, sobre todo gracias a la creación de estructuras independientes cuyo objetivo es velar porque las autoridades los respeten, y de medidas que garanticen los derechos de la defensa y de los procesados. En abril de 1989 se celebraron elecciones legislativas. La mayoría de las fuerzas políticas del país participó y aunque la totalidad de los escaños de la Cámara de Diputados fue ocupada por los candidatos del RCD, los tunecinos pudieron asistir en el transcurso de la campaña electoral a una confrontación libre entre las listas rivales, desde islamistas a comunistas.

Era un estreno y el principio de un proceso que conduciría en las siguientes elecciones a una Asamblea pluralista. Una enmienda de la ley electoral estipuló, en efecto, que ningún otro partido político puede disponer de más del 80% de los escaños del Parlamento y de las instancias locales y regionales. Lo que deja a la oposición la quinta parte, al menos, de la totalidad de los escaños. A pesar de esos comienzos tímidos que desgraciadamente no tuvieron eco en los medios de información oficiales, especialmente en la televisión, los debates parlamentarios empiezan a salirse de lo habitual. ¡El aprendizaje de la democracia es largo y difícil! Otro dato que conviene subrayar: la existencia de siete partidos políticos en la oposición, legalmente reconocidos, de los cuales cinco están representados en la Cámara de Diputados.

En el terreno social se ha adoptado la misma gestión. A lo largo de su larga historia común, el Destur y la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) han mantenido relaciones tumultuosas. La central sindical por querer salvaguardar su autonomía frente a un Destur que pretendía extender su hegemonía a toda la vida política y social del país. Esta historia se ha visto salpicada con enfrentamientos a veces sangrientos. Desde el Cambio, las relaciones se han apaciguado y la UGTT ha recuperado su independencia y asume su papel sindical en el marco de una política contractual de diálogo social. Éstos son, brevemente resumidos, los puntos más significativos del cambio democrático que vive Túnez desde 1987. Estos logros son a menudo subrayados para afirmar su carácter positivo y citados como éxitos del “modelo” tunecino. Sin embargo, a veces, se oyen críticas y reservas de tunecinos y observadores extranjeros.

De ellas excluimos las campañas sistemáticas de denigración llevadas a cabo por ciertos medios de información y políticos contra el régimen tunecino, y que responden a motivaciones subjetivas y partidistas que no tienen en cuenta las realidades objetivas. Una de las quejas dirigidas al proceso es su lentitud. Para algunos, la evolución está desfasada en cuanto a lo que los tunecinos esperan y a las posibilidades reales del país en materia de democracia pluralista. A estas quejas, el presidente –que reafirma en cada una de sus declaraciones, con fuerza y convicción, que la opción a favor de la democracia es irreversible– responde que Túnez evoluciona al ritmo que ha escogido, lejos de toda precipitación e improvisación. Es cierto que cuanto se hace en Túnez en materia de democracia no reviste la dimensión espectacular que encontramos en otros países –que no es la mejor garantía de eficacia– pero los logros son reales.

Queda mucho por hacer, pero las tareas actuales y las del futuro no dependen solamente del poder, que nunca ha renegado de sus opciones en este sentido. Estas tareas implican la participación y la responsabilidad de toda la clase política, la sociedad civil y los ciudadanos que deben dar pruebas de un mayor espíritu de iniciativa para asumir de forma más activa su contribución al proceso democrático. Otro reproche repetido por los partidos de la oposición concierne al “carácter hegemónico” del RCD y la permanencia de los lazos orgánicos entre el Estado y el partido en el poder.

En cuanto al primer punto, su razonamiento se basa en el hecho de que en las elecciones legislativas, el RCD utiliza los medios de que dispone y de los que carecen los demás partidos para asegurarse una victoria “sorprendente”, lo que demostraría que no entra en el juego y que sin la regla del 20% introducida en la ley electoral, la oposición jamás habría logrado estar en el Parlamento. Este papel predominante del RCD se debería, según los propios medios, al hecho de que el Estado está al servicio de este partido y de que los lazos orgánicos que los unen desde la independencia del país son todavía una realidad concreta. Es un hecho que un partido, acostumbrado desde hace décadas a gobernar solo, no pueda convertirse de la noche a la mañana al juego de la democracia y al respeto de la alternancia. Es toda una cultura que sólo la voluntad política y el tiempo pueden llegar a alcanzar.

La voluntad existe, Ben Ali lo ha afirmado siempre y ha tomado medidas para garantizar la neutralidad de la administración frente a los diferentes partidos políticos. En cuanto al tiempo, se toma el que necesita, y las cosas evolucionan. Frente al RCD, los partidos de la oposición no consiguen afirmarse, menos aún imponerse. No sólo en el transcurso de las elecciones, sino también en su audiencia. Se constata que sus actividades, incluso en las ciudades, más politizadas, no atraen a las masas. Los dirigentes imputan la debilidad de sus partidos a la responsabilidad del poder que, al no darles los medios para actuar, sobre todo privándoles de televisión y de radio, y favoreciendo al RCD, los condena de hecho a la marginación. La realidad tiene más matices ya que si el partido en el poder defiende sus posiciones, está en su derecho, no habría que ocultar las medidas que se han tomado a favor de la oposición.

Los partidos tendrían que hacer su autocrítica preguntándose si su falta de audiencia no se debe también a la ausencia de programa, a la idea que tienen de su papel y de sus relaciones con el poder, a sus divisiones que les impiden alcanzar un mínimo acuerdo. Uno de los puntos débiles de la oposición es el desfase que se aprecia a menudo tanto en sus análisis y la realidad política como del nivel de sus posiciones. Sin una línea directriz clara y un proyecto coherente, pasan del apoyo casi incondicional a la protesta, lo que no ayuda a darles credibilidad ni aumentar su audiencia. Del lado del poder, ciertas supervivencias de la cultura del partido único deben combatirse ya que entorpecen la evolución del proceso de cambio democrático y reducen la credibilidad del proyecto, que es esencial para el futuro de Túnez.

Habría igualmente que cortar los lazos orgánicos que unen el Estado al partido en el poder y que tienen efectos negativos. No obstante, la crítica más repetida, y que está fuera del marco de los partidos políticos, se refiere a la situación de la información y a su papel en el proceso del cambio democrático. Desde los primeros días que siguieron al Cambio, Ben Ali no dejó de afirmar la importancia de la información y la necesidad de reformarla. Se tomaron medidas en ese sentido, pero paradójicamente el sentimiento que prevalece, tanto por lo que refiere a los poderes públicos y profesionales como entre los ciudadanos, es que la información –y especialmente los medios oficiales– está desfasada con respecto a la evolución general del país y que no responde a las expectativas de los tunecinos que prefieren dirigirse a los medios extranjeros, en especial a las cadenas de satélites árabes, que no transmiten siempre un mensaje y un discurso de modernidad. Éste es el principal desafío del proceso de cambio democrático.

La responsabilidad de los poderes públicos es primordial. También la de los periodistas. La conjugación de los efectos de esa doble responsabilidad puede hacer evolucionar este sector vital. Los poderes públicos detentan los medios que pueden contribuir en gran medida a la promoción de una información creíble y moderna mediante una política de apoyo a la prensa independiente y haciendo que los medios oficiales tomen el camino de una información que todos los tunecinos esperan y que ahora están condenados a buscar fuera de sus propios medios.

Túnez vive un cambio político real cuyos efectos son indicativos de una profunda evolución. Podríamos, ciertamente, deplorar el ritmo, todavía lento en opinión de algunos, la supervivencia de algunas manifestaciones de la cultura de partido único, la debilidad de los partidos de la oposición, y el estado de la información que no logra liberarse del pasado. Pero hay un hecho que debe subrayarse: en Túnez está ya en marcha una dinámica en ese sentido. Esa dinámica ha permitido alcanzar objetivos significativos en la vía de la democratización y de las reformas. Y no hay que ocultar un dato importante: Túnez vive un periodo de transición que tiene sus propias reglas, sus exigencias y sus limitaciones (política, sociedad civil, ciudadanos…) donde todo hace creer que ese cambio tendrá éxito.