Túnez: grandes proyectos, ¿resorte de una revolución cultural?

El gobierno cuenta con los megaproyectos, encabezados sobre todo por inversores del Golfo, para convertir a Túnez en un centro regional de servicios y negocios.

Moncef Mahroug

El 28 de julio de 2008, “webmanagercenter. com.tn” anunciaba la primera contratación de personal por parte de Sama Dubaï, promotor de “la Puerta del Mediterráneo”, una nueva ciudad a orillas del Lago Sur de Túnez, con una inversión prevista de 14.000 millones de dólares. Esta información, que en su día generó una verdadera avalancha de visitas en el sitio web de este periódico económico electrónico, el más visitado de Túnez, ostenta el récord de número de lecturas del año pasado. No es ninguna sorpresa. Y es que, en este país, incapaz de lograr que el índice de desempleo rebaje el umbral del 14% y que sólo satisface el 92% de las 80.000 nuevas demandas anuales de empleo, los megaproyectos, encabezados principalmente por inversores del Golfo, han despertado grandes esperanzas. Dichos proyectos se erigirán en una superficie de cerca de 2.700 hectáreas, con una inversión de 30.000 millones de euros. Las autoridades confían en que las obras aporten un suplemento de crecimiento del 0,6% durante 15 años, que aunque no resuelva el problema del desempleo, por lo menos podría atenuarlo.

Así, han pedido a los promotores que den prioridad a los tunecinos a la hora de contratar y recurran a las empresas locales. Los promotores han prometido hacerlo, en la medida de lo posible. Asimismo, el gobierno cuenta con estos proyectos para convertir a Túnez en un centro regional de servicios y negocios. Aunque nadie puede decir si esas esperanzas están fundadas o no, todo el mundo coincide en afirmar que hoy el país no está preparado para sacar el máximo provecho de ese potencial de desarrollo acelerado que se le brinda. Y el primero en declararlo de viva voz no es otro que Slim Tlatli, antiguo director de la Comisión Superior de Grandes Proyectos, dependiente de la presidencia de la República.

Tlatli, nombrado ministro de Trabajo y de Inserción Profesional de los Jóvenes el 29 de agosto de 2008, había emitido una sentencia inapelable: las competencias necesarias para la realización y la dirección de esos gigantescos proyectos son escasas, por no decir inexistentes, en Túnez. “No tenemos ingenieros especializados, expertos en entornos de construcción, ni arquitectos capaces de llevar a cabo un plan de dirección para 800 hectáreas”, especifica. Y lo mismo puede decirse de los obreros-albañiles, que actualmente no cuentan con las competencias requeridas para construir torres de más de 20 pisos.

‘Reformateo’ del sistema educativo

Consciente de estas lagunas y con afán de subsanarlas, el gobierno se ha propuesto “reformatear” el sistema de educación y formación profesional. Para empezar, se introducirán nuevos módulos en el programa de formación de los ingenieros, en la Escuela Nacional de Ingenieros de Túnez (ENIT). En segundo lugar, se reorientará la formación profesional, con el apoyo del gobierno francés. Con un donativo de 70.000 millones de dinares, financiará un programa de formación de obreros de la construcción, soldadores y el sector mobiliario, con el objetivo de dotarlos de las competencias que requieren las futuras obras faraónicas.

Sin embargo, a pesar de estas acciones, existe el peligro de que el país no esté en condiciones, al menos durante cierto tiempo, de satisfacer las tan especializadas demandas de los inversores del Golfo. Además, la lectura de los primeros anuncios de oferta de puestos de trabajo debe haber rebajado el entusiasmo de un buen número de candidatos. Y es que los promotores árabes han puesto el listón muy alto. Por ejemplo, Sama Dubaï exige a sus futuros empleados que tengan títulos de “universidades prestigiosas”, sepan “hablar y escribir con fluidez inglés, árabe y francés”, demuestren tener “gran experiencia”, estén familiarizados con “las estructuras internacionales y los equipos multiculturales”, hayan “llevado a cabo con éxito proyectos inmobiliarios de gran envergadura” y “participado en el ciclo completo de la promoción inmobiliaria: concepción, viabilidad, estructura legal y financiera, gestión del proyecto, marketing y ventas” y que cuenten con “experiencia en la promoción inmobiliaria, en la hostelería, el sector residencial o el de oficinas y comercios”. Una demanda prácticamente imposible de cubrir localmente.

Las empresas no parecen mejor preparadas que los ciudadanos para aprovechar al máximo los megaproyectos. Es verdad que algunas ya han conseguido pequeños contratos. El sector de la construcción es el que ha recibido las primeras solicitudes. Sama Dubaï ha encargado a la empresa Nouri Chaabane la construcción de la sede de su filial tunecina. Bukhatir Group, padre y artífice de “Tunis Sport City”, un complejo inmobiliario y deportivo, ha encomendado la edificación de su cuartel general comercial, a orillas del Lago de Túnez, a Bouzguenda Frères. Sin embargo, esas empresas, que se encuentran entre las mayores del sector, no tienen claro que les confíen la construcción de la totalidad o parte de los grandes conjuntos inmobiliarios proyectados. De hecho, “todo dependerá de lo que los inversores quieran hacer. Si de lo que se trata es de levantar inmuebles de PB+18, sabemos hacerlo. Ahora bien, si se trata de bloques de 30 pisos o más, ninguna empresa de Túnez está en condiciones de satisfacer semejante demanda”, reconoce Ahmed Bouzguenda, presidente director general de Bouzguenda Frères.

Tener una parte del pastel

Sin embargo, incluso en este supuesto, las empresas locales esperan llevarse una parte del pastel, pues “las firmas extranjeras nunca podrían llevar a cabo este tipo de proyectos por sí solas. Siempre les hará falta el saber hacer de un socio local”, considera nuestro interlocutor. Además, “al haber declarado los inversores del Golfo, en especial los de los Emiratos, su deseo de dar prioridad a las corporaciones formadas por empresas extranjeras y locales –con el fin de cumplir sus promesas a las autoridades de dar trabajo a los tunecinos–, esta opción aún resulta más plausible”. Sin embargo, para estar en condiciones de competir, “las empresas deben comprender que tienen mucho que invertir, no sólo en equipos, sino también en activos inmateriales, sobre todo en la formación de mano de obra”, subraya Bouzguenda.

Los promotores de los megaproyectos también dan trabajo a los gabinetes de proyectos locales, a quienes han confiado la ejecución de cientos de sus estudios preliminares. Los afortunados escogidos son Comete Engineering, STUDI y SCET. Estos gabinetes de proyectos, los más importantes de Túnez, ya han demostrado, desde hace tiempo, su eficacia en el extranjero: África, Oriente Próximo, pero también Europa, donde más trabajan. El 70 % de la actividad de Comete Engineering, por ejemplo, se concentra en el Viejo Continente. De momento, los arquitectos, ineludibles en todo proyecto inmobiliario, se plantean interrogantes.

A pesar de compartir la opinión sobre su gremio del ex presidente de la Comisión Superior de Grandes Proyectos, Amir Turki, joven arquitecto en ascenso, no cree que sea una prueba de la incompetencia de sus compañeros tunecinos. “Si no contamos con un arquitecto capaz de preparar un plan director para 800 hectáreas, es porque Túnez nunca ha llevado a cabo proyectos de esa envergadura”, aclara. Turki, al igual que muchos miembros del colectivo, se está internacionalizando. En efecto, en enero de 2008, Turki creó Internacional Consortium of Architecture, Urban Design and Engineering (InterCAUDE), un grupo de tres despachos de arquitectos-urbanistas y de dos oficinas multidisciplinares de estudios técnicos y de dirección, para estar mejor preparados a la hora de competir por los grandes proyectos inmobiliarios y de infraestructuras, también de ámbito internacional.

“Un electrón individual ya no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. Para poder posicionarse ante los megaproyectos, sobre todo en el extranjero, hay que agruparse”. De todos modos, Amir Turki se muestra escéptico ante la posibilidad de que él y sus compañeros puedan participar en los megaproyectos anunciados. Como todos, ha observado que “los inversores han llegado a Túnez con unas maquetas muy bonitas”. Si éstas representan los proyectos tal como se llevarán a cabo, la intervención de los arquitectos tunecinos “se reducirá, por medio de una remuneración de 20, 30 o 100.000 dinares (1 dinar = 0,6 euros), a estampar su sello”, sin el cual los promotores extranjeros no pueden poner en marcha legalmente sus proyectos.

Aparición de nuevas actividades

Los megaproyectos también podrían favorecer la aparición de nuevas actividades, sobre todo en el sector de los servicios. Ahmed Bouzguenda vislumbra, por ejemplo, el nacimiento de empresas “que se ocupen del mantenimiento de las propiedades de los extranjeros en su ausencia”. Kamel Landoulsi, uno de los promotores inmobiliarios más antiguos de Túnez, no excluye la posibilidad de convertirse algún día en agente inmobiliario, para capear la ola de proyectos faraónicos.

Entretanto, este empresario, artífice del Salón Inmobiliario Tunecino en París (SITAP), organizado en junio de 2008, se contentaría con lograr convencer a los promotores árabes de que participaran en la segunda edición de este acontecimiento, prevista para junio de 2009. Finalmente, más allá de las consecuencias inmediatas de los megaproyectos, el mayor beneficio para Túnez podría ser esta revolución cultural que ya se está gestando y que llevaría al mundo económico a adoptar nuevos modos de organización y trabajo. En definitiva, proseguir el proceso de modernización iniciado en 1995, tras concluir el acuerdo de asociación que establece una zona de libre comercio con la Unión Europea, para adentrarse en igualdad de condiciones en el siglo XXI.