Túnez: el modelo y sus límites

El país debe acelerar las reformas que en su día le situaron como ejemplo en la región, con el fin de revitalizar su economía y atraer a los inversores.

Ridha Kéfi, periodista y escritor, Túnez

El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD) suelen poner como ejemplo –para los países del Sur– el modelo tunecino de desarrollo económico y social, que ha dado probados resultados en cuestiones de crecimiento, distribución de la renta y conquistas sociales.

Orígenes de una historia exitosa

Pese a la lentitud de su desarrollo democrático, Túnez es, en efecto, uno de los países mejor administrados de África y del mundo árabe. El proceso de liberalización económica emprendido a mediados de los años ochenta, junto con políticas macroeconómicas bien concebidas (razonable déficit presupuestario, gestión prudente del dinero y de las tasas de cambio, déficit corriente bajo control) y una progresiva apertura a la economía mundial le han permitido pasar del estado de subdesarrollo al de país pre-emergente, es decir, emergente, en menos de una generación.

Un muestra de esta apertura es que Túnez ocupa actualmente el sexto lugar entre los países del continente africano por volumen de intercambios con el resto del mundo. Sus exportaciones representan el 33% de su PIB –45% si se tiene en cuenta el sector servicios– y el 45% y 50% respectivamente de sus importaciones. Con sus 11 millones de dólares en importaciones facturados en 2003, el mercado tunecino es superior en un 20%, pese a tener una población tres veces inferior, al de Marruecos, lo que hace que sea un mercado comercial nada desdeñable para los operadores extranjeros. Los compromisos internacionales de Túnez, especialmente su adhesión a la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el acuerdo de asociación firmado con la Unión Europea (UE) para la creación de una zona de libre comercio para 2010, suscitaron en su momento mucho temor entre los actores económicos locales.

No obstante, esto ha permitido –u obligado– a Túnez a poner en marcha un amplio programa de puesta a punto de sus empresas, a dinamizar su tejido económico y a diversificar a fin de hacerlo más resistente a los azares de la coyuntura y a los choques externos. Lejos de cuestionar las conquistas sociales de la población, estas reformas, por el contrario, las han consolidado. Como consecuencia de ello este país magrebí de 10 millones de habitantes, carente de importantes recursos naturales, goza en la actualidad de buena salud.

A lo largo de los últimos 30 años, su crecimiento económico rara vez ha sido inferior al 5%, incluso cuando la situación era desfavorable (sequías, disminución de los ingresos del turismo). Su economía, profundamente transformada, se ha vuelto menos dependiente de los precios de las materias primas –sus principales producciones son el petróleo, el gas y los fosfatos– y de los azares climáticos –su producción agrícola la constituyen principalmente el olivo, los dátiles y los cítricos. Reestructurada, modernizada y diversificada, la economía tunecina se sustenta desde entonces en la producción industrial y en la exportación de bienes y servicios. Los salarios son en la actualidad cinco veces más altos que en Egipto y más del doble que en Marruecos, dos países con un nivel de desarrollo comparable.

Además, esta exitosa historia está apuntalada por las cifras: un crecimiento demográfico entre los más bajos de África (1,2% actual frente al 3% en 1960); un aumento continuado de la renta per cápita, que de los 700 dólares anuales en 1970 ha pasado a más de 2.500 (2.100 euros) en 2004; un descenso de la tasa de pobreza que, durante el mismo periodo cayó, según el PNUD, del 40% al 4,2% en 2000. Otros indicadores positivos: más de la mitad de los universitarios son mujeres y, según las estadísticas, tres de cada cuatro ciudadanos son propietarios de su vivienda. Con una tasa de alfabetización del 72,1%, una tasa de urbanización del 66,1%, una esperanza de vida de 72,7 años, una disparidad entre hombres y mujeres entre las más bajas de la región y una clase media, cuyo nivel de vida está en constante mejora –y que manifiesta crecientes necesidades de consumo– estimada en un 70% de la población, Túnez ha sido clasificado en 2005 por el PNUD en el puesto 91 entre 175 países con un índice de desarrollo humano (IDH) establecido en 0,74. Este logro económico y social es el resultado de antiguas decisiones.

A partir de 1956, año en que Túnez obtuvo su independencia, el nuevo Estado-nación adoptó dos medidas estratégicas. Primera, la generalización de la enseñanza –la tasa de escolarización actual es del 76%–, con el fin de formar los cuadros que el país necesitaba para sus programas de desarrollo. Segunda, fomentar la emancipación de la mujer con el fin de emplear a la mitad de la población, que hasta entonces había sido mantenida fuera del aparato de producción, en el mercado laboral.

A partir de 1970, el Estado impulsó también un vasto programa de infraestructuras (puertos, aeropuertos, carreteras, telecomunicaciones) y alentó el desarrollo de las industrias de exportación (en especial textiles, mecánicas, químicas, eléctricas y electrónicas), actividades de servicios y, de forma particular, del turismo, que en la actualidad sitúa a Túnez –con unos seis millones de visitantes al año– en el primer puesto de los destinos al sur del Mediterráneo. Un logro como éste se explica también por la apertura económica que hizo posible la progresiva inserción de este país en el flujo de los intercambios mundiales.

La estabilidad y la paz social han atraído a los inversores extranjeros que Túnez necesitaba para compensar su falta de recursos naturales y su débil mercado interior. En consecuencia, este país magrebí es hoy, con poco más de mil milliones de dinares en 2003, una de las primeras carteras de los inversores internacionales. El Foro económico mundial de Davos situó a Túnez –entre 102 países– en el puesto 38º en cuanto a competitividad económica general y en el puesto 33º –entre 95 países– en la clasificación de competitividad de las empresas.

Estímulo para los inversores extranjeros

Túnez se beneficia de una situación geográfica próxima a los grandes mercados europeos. Dispone de recursos humanos con calidad y un coste de mano de obra todavía competitivos. Desde principios de los años setenta, se ha dotado de una legislación atractiva, que reposa sobre todo en sus incentivos fiscales, con el fin de valorar el interés para instalarse de las industrias creadoras de empleos. Las inversiones extranjeras directas (IED) suponen actualmente el principal apoyo para el desarrollo del país. Financian más del 10% de las inversiones productivas, producen más del 34% de las exportaciones, generan el 17% del total de empleos y colaboran en el control del endeudamiento externo.

El acuerdo de libre comercio firmado con la UE el 17 de julio de 1995 ha tenido innegables efectos beneficiosos. De hecho, el desmantelamiento tarifario, que facilita la importación de productos industriales de origen europeo en territorio tunecino, crea un contexto de producción favorable y beneficia, además, a los operadores con el libre acceso que ofrece el mercado europeo. Por sus ventajas comparativas (recursos humanos cualificados, abundantes y baratos, procedimientos administrativos simplificados, legislación favorable y asistencia personalizada a los operadores, infraestructuras funcionales y mejoras constantes), Túnez constituye un atractivo contexto para la IED.

Estos logros han permitido el desarrollo del sector manufacturero tradicional (textil, confección, cuero y calzado) que paulatinamente se ha extendido a las industrias mecánicas y eléctricas, a la industria de repuestos para automotores y, más recientemente, a las nuevas tecnologías. La apertura del país magrebí a la IED, que se remonta a principios de los años setenta, se basa actualmente en el “Código de estímulo a las inversiones”, que entró en vigor el 1 de enero de 1994. Este texto abarca todos los sectores de actividad, excepto la minería, la energía, el comercio interior, los monopolios del Estado (electricidad, distribución del agua, correos, tabaco) y el sector financiero, que se rigen por leyes específicas.

El “Código de estímulo a las inversiones” consagra la libertad de invertir y permite a los operadores extranjeros tener el 100% del capital de las empresas creadas y transferir los beneficios y el capital afectado a la realización de proyectos. En resumen, establece un simple procedimiento de declaración (para las actividades que interesan a la agricultura, las industrias manufactureras y algunos servicios vinculados a la industria o destinados directamente a la exportación) o la obtención de un consentimiento previo (respecto a las actividades que presentan un carácter “sensible”, como el turismo, los transportes, las comunicaciones, la salud, la formación profesional, la educación, el reciclaje y la transformación de desechos).

Los flujos netos de IED en Túnez ascendieron a 588 millones de dólares de media anual entre 1997 y 2002. Esta aportación de capitales ha permitido cubrir en dicho periodo más del 80% del déficit por cuenta corriente (710 millones de dólares al año.) El reparto sectorial de IED indica una estabilidad en los compromisos manufactureros (34,5% en 2002 frente al 36% de 2001), un crecimiento de los compromisos en el sector energético (58% frente al 47%) y una neta disminución de las IED en turismo y en el sector inmobiliario (3% frente al 14%). Subsisten, sin embargo, ciertos obstáculos a la inversión extranjera, en especial en el campo de los servicios y del comercio.

Por otra parte, las actividades establecidas localmente pueden padecer imperfecciones que afectan a la transparencia del campo jurídico, la estabilidad del entorno y la práctica cotidiana de los negocios. Para seguir siendo tierra de acogida para las inversiones, Túnez tiene hoy que diversificar su economía orientándose hacia actividades industriales que, al mismo tiempo que utilicen mano de obra (para absorber el desempleo), posean un valor añadido, como, por ejemplo:

– la implantación de sociedades industriales de subcontratación (talleres de confección o de manufacturas establecidos en el territorio local que siguen órdenes dictadas por extranjeros) o la instalación de filiales cuyo objetivo sea re-exportar a Europa los productos finales de operaciones de perfeccionamiento pasivo (actividades vinculadas al sector textil, al de la confección y al del cuero, así como a la producción de tarjetas electrónicas);

– un acercamiento entre empresas extranjeras, en especial del sector de equipamientos para el automóvil y de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y subcontratistas locales.

Túnez, que bajo la égida de las Naciones Unidas, debe organizar, los días 16 al 18 de noviembre de 2005, la Segunda Cumbre mundial de la sociedad de la información( SCMSI) quiere aprovechar la ocasión para hacer una mejor presentación de su oferta en este campo a los operadores internacionales presentes.

Fuerzas y debilidades de una economía emergente

Los puntos fuertes de la economía tunecina son bien conocidos: liberalización y apertura progresivas, estabilidad macroeconómica, diversificación de las actividades productivas, progreso social, aumento continuado del nivel de vida de la población y una gran capacidad de resistencia ante las crisis internas y externas.

Sus carencias estructurales no son menos conocidas: un agobiante intervencionismo administrativo (aduanas, controles técnicos, controles de cambio); una función pública que absorbe las dos terceras partes de los gastos de gestión (74,4%); insuficiente inversión privada (25%), una elevada tasa de desempleo (15% de la población activa y 30% de los jóvenes), endeudamiento de las empresas y de las familias, un sistema financiero insuficientemente modernizado. Mientras el acuerdo de asociación con la UE entra en una fase decisiva con la completa liberalización en 2010 de los intercambios comerciales, el país se enfrenta, desde el 1 de enero de 2005, a los efectos negativos del desmantelamiento de los acuerdos multifibras que concedían a determinados países, Túnez entre ellos, un acceso privilegiado a los mercados europeos.

¿Podrán los empresarios de la industria textil local, que garantizaban la mitad de las exportaciones manufactureras y de los empleos industriales, resistir la competencia directa de sus homólogos de Europa del Este y, sobre todo, de Asia (China, India y Vietnam), cuyos costes de producción son sensiblemente más bajos? Seguramente no.

Con el nombramiento el 10 de noviembre de 2004 de un especialista en industria textil, Afif Chelbi, como ministro de Industria, Energía y Pequeñas y Medianas Empresas, el presidente Zin el Abidin Ben Alí –reelegido el 24 de octubre de 2004 para un cuarto mandato de cinco años– espera que su país logre superar este momento crucial con el menor desgaste posible. En este contexto poco propicio, el gobierno tunecino debe crear empleo para los 35.000 titulados que cada año la universidad coloca en el mercado laboral.

El único medio para lograrlo consiste en relanzar las IED, que, a excepción del sector de la energía, siguen estando alejados de la capacidad de absorción del país; sanear el sistema bancario, fragmentario y con fondos insuficientes; dinamizar el sector financiero cuya participación en la financiación de la inversión privada apenas alcanza el 5%, y modernizar la administración. En una palabra, Túnez deberá acelerar las reformas tendentes a mejorar el clima para los negocios, tanto más cuando, de ahora en adelante, los inversores internacionales, que siempre han confiado en este país, han de condicionar sus inversiones a los avances logrados en este campo.