‘Tente Festival’: la juventud alternativa sorprende

Este encuentro artístico ofrece a los jóvenes tunecinos, y magrebíes, un modelo a seguir, una muestra de creatividad y de proyectos.

Zeineb Farhat

En Hammam Ghezaz, a 140 kilómetros de Túnez y a 45 minutos del extremo sur de Italia, se encuentra una de las más bellas playas de la región de Cabo Bueno de Túnez. ¡Y también se celebra uno de los mejores festivales del Túnez joven y alternativo! Del 23 al 27 de julio, este paraje acogió la 3ª edición de una aventura poco común: el Festival del Cine y la Expresión Artística, más conocido entre los jóvenes tunecinos con el nombre de Tente Festival. En el Tente Festival, basta con escoger una de las formas de participación según cómo andemos de edad, recursos, visión de la vida y reuma: traer una tienda con sus accesorios, compartir una de las grandes tiendas colectivas que pone a disposición el Festival o vivir en casa de alguno de los vecinos, confiando en que nos aloje por un precio realmente módico.

Cuando el ‘fed up’ pasa a ser ‘stand up’

En Túnez, en verano, en las decenas de emplazamientos como los anfiteatros romanos tan prestigiosos como Cartago, El Yem o Dugga, así como en teatros y otros espacios más nuevos, se organizan cerca de 180 festivales y encuentros, de la mano tanto de las autoridades públicas, sobre todo el Ministerio de Cultura y ayuntamientos, como de las asociaciones culturales regionales. Todas esas estructuras pretenden mantener su concepto de partida de animación cultural estival y superar los problemas organizativos y financieros, demasiado aleatorios, o incluso “horteras”, a ojos de una juventud exigente.

“Y así, llega un momento en que nosotros, los jóvenes, nos rebelamos contra la preponderancia de esos problemas de organización de los festivales que tachamos de ‘protocolarios’. La idea de partida se pierde, víctima de demasiadas trabas administrativas, de demasiadas presiones financieras. ¿Un ejemplo? No hay habitaciones en los hoteles reservados, así que no hay invitaciones para los artistas, para los enamorados del arte y, cómo no, ¡sobre todo para los jóvenes! Al ser Túnez un país repleto de miles de kilómetros de bonitas playas, una de las más bellas donde yo vivo, en Hammam Ghezaz, decidimos potenciar ese espíritu de camping donde todos, jóvenes y mayores, comparten durante cuatro días nuestra perspectiva de lo que es el cine y de hacer cine.

Además de otras expresiones artísticas, como la música y las artes plásticas. Todo el mundo es bienvenido, ¡sin maquillaje y sin exclusiones!” Así es cómo se gestó, sencillamente, la idea del Tente Festival, en la mente y los ojos de Maruan Meddeb, su fundador. Ese Maruan, el Anguila, es siempre el único que no está ni moreno ni va en traje de baño por la playa de Hammam Ghezaz. Él es el Señor Tente Festival, tocado con sombrero de paja, corriendo todo el día entre invitados, artistas, autoridades públicas y organizadores, con el fin de mantener el máximo de sus promesas, ¡y sobre todo de sus sueños!

Este joven de 29 años, doblemente titulado por los Institutos Superiores de Teatro y Cine de Túnez, tiene ya en su haber varios cortometrajes. El más conocido, el más premiado en Túnez y en el extranjero, es su último mediometraje, Crocs urbains, sobre los sangrientos combates de perros del Túnez underground, el Túnez desconocido y no reconocido oficialmente. “Nuestra gran apuesta es que todos disfrutemos: los asistentes al festival, los organizadores y los vecinos de mi pueblo, Hammam Ghezaz”. En ese municipio rodeado de olivos, donde una suave pendiente conduce a la playa, todos miran con ternura a “su hijo”, que siempre vuelve “de la capital donde estudia” cargado de antojos: fundó una sección de cine amateur, una de cineclub… y ahora le toca al Tente Festival. “Hasta ha alterado el movimiento natural de los vecinos”, afirma una señora mayor, tendera de oficio.

“Hasta hace tres años, los vecinos subían del mar al pueblo sobre las siete de la tarde, llenando las cafeterías y las aceras. ¡Ahora bajan del pueblo a la playa, con los jóvenes bien peripuestos!” De modo que, gracias a ese festival, ha surgido una nueva relación con el mar: ni la sensual de los bañistas ni la mercantil de los pescadores. No, es un vínculo completamente nuevo: es para ver películas, escuchar música, asistir a talleres de fotografía, de escritura de guiones, de artes plásticas, de percusión, pasar la noche alrededor de grandes hogueras, ver interpretaciones musicales y escuchar recitales de poesía, amarse, fumar y reírse espontáneamente a carcajadas.

Nadie se queja en este pueblo, donde el índice de éxito escolar y de universitarios es de los más elevados de la región. Donde, en dos de las cafeterías públicas de la plaza, siempre hay tableros de ajedrez en torno a los cuales se reúnen en silencio, sumidos en el brouhaha circundante del mercado y la circulación, jóvenes y viejos, para presenciar y participar en una partida. No, nadie se queja. Y es que el impacto económico de los días del festival es demasiado tentador: tengamos en cuenta lo que durante una semana pueden llegar a comer, beber, comprar y alquilar como alojamiento mil asistentes al festival, sumado a su incidencia en los propios habitantes, en una dinámica de consumo de competencia.

‘Entre el mar y el arte’

La jornada empieza tarde en la playa con ocasión del Festival: a mediodía, los campistas se zambullen en el mar para lavarse y despertarse. Las barracas, donde se sirven diversos desayunos, no están lejos. Y a partir de la una de la tarde empiezan los talleres impartidos por profesionales que han huido de los ambientes rígidos para transmitir sus habilidades a los principiantes y, en definitiva, a todos los interesados. Talleres de percusión, de escritura de guiones…

Sin embargo, el más concurrido y atractivo es el de los “objetos encontrados”, impartido por el artista plástico Abdelaziz Belgaied. Este viejo artista itinerante, apenas hubo terminado su creación escultórica e interpretativa en una hermosa instalación de teatro, danza y música del famoso Centro Cultural de Hammamet, salió rumbo a Hammam Ghezaz, saqueando a su paso los vertederos del pueblo y recogiendo “todo lo que parecía inútilmente útil”, para erigir una instalación in situ en la playa. ¡Para suerte de quienes lo siguieron, acompañaron y ayudaron al alumbrar esta sorprendente instalación!

Aprender a amar la calle, embeberse de ella, adornarla y convertir sus puntos débiles –la negligencia de las autoridades públicas con respecto a su salubridad, entre otras– en una fuerza que la embellece al limpiarla, crear a partir de sus vertederos, por una forma distinta de sociedad de consumo: “No hay nada feo, no se tira nada, todo se transforma en obra de arte a partir de la mano humana”… Todo ello contribuye, poco a poco y pacíficamente, para no contrariar a las autoridades al acecho, a consolidar la cultura ciudadana. ¿Anticuado? ¡Puede que no tanto!

El sol se pone al son de las pruebas técnicas, que llegan desde el escenario situado de espaldas al mar. Los ensayos de grupos de música alternativa programados para la noche se superponen a las pruebas de sonido para las películas a proyectar, a las risas procedentes del café-bar, también en la playa. Es el preludio de las veladas del séptimo arte, sobre todo cortometrajes y documentales de los jóvenes de las escuelas de cine o de los “independientes”, para luego escuchar música contestataria de sus colegas.

Su música, su ambiente, sus éxitos: ¿quién no conoce Dima Dima (desde siempre y para siempre), del artista polivalente querido por todos Yasser Jradi? Este guitarrista-compositor, artista plástico y calígrafo participa en el Festival desde la primera edición, dando conciertos, colaborando en la organización y la animación en la playa, caligrafiando las “Cartas de amistad” en papel kraft (¡ecología obliga!), que el festival ofrece a sus artistas y amigos en la sesión de clausura, de lo más emotiva. ¡Y es que hemos perdido la costumbre de ver subido al escenario a un director de festival, en este caso Maruan el Anguila, rompiendo en lloros de emoción! Y él es quien, al filo de la noche, alrededor de una gran hoguera, toca la guitarra, ofreciendo a todos la ocasión de cantar, de recitar poemas, de acompañarlo con otros instrumentos, en un grato ambiente de simple convivencia.

¡Un logro joven que debe seguir siéndolo!

Este Tente Festival ofrece, del modo más simple y por espacio de cuatro días, la posibilidad de vivir cuerpo y mente en la más pura austeridad zen. Sin embargo, también representa un reto de cuya peligrosa importancia son conscientes los organizadores. De entrada, este festival representa la “cultura alternativa joven”. Debe seguir organizándose, aunque sólo sea para aportar a los jóvenes de otras regiones de Túnez y, en la siguiente edición, de la zona del Magreb, un modelo a seguir, una muestra de creatividad de proyectos, un encuentro escaparate de jóvenes artistas en simbiosis y una cita real con sus mayores.

“Para ello”, nos confía su director Maruan el Meddeb, “en las próximas ediciones hay que poner más empeño en ofrecer una proyección más acertada para los jóvenes ávidos del exterior, en la organización del campamento (sobre todo por lo que respecta a las instalaciones sanitarias), en el respeto a los habitantes de Hammam Ghezaz, que no están acostumbrados a ver a los asistentes comiéndose a besos en la boca y bebiendo vino a morro (¡en Hammam Ghezaz no hay bares!)”. Y, sobre todo, y esa es una ardua tarea, lograr que las autoridades políticas del pueblo que pasan del Festival, vean en él una amable bomba de oxígeno para jóvenes y comerciantes.

En vez de un peligro de conquista de su territorio. Y es que, lo mismo el Ayuntamiento, mediante su alcalde, resuelto y dinámico, participa en la organización (suministro de agua y electricidad a la playa, seguridad, financiación mediante una subvención de en torno a 4.000 euros), que como responsable político tarda en decidirse, como no sea mediante su silenciosa presencia en las fiestas de inauguración y de clausura, a acompañar este Festival, único en Túnez. Y, por último, invitar a los responsables culturales de las administraciones extranjeras a interesarse por este tipo de manifestaciones, sin duda la semilla de otras muchas, a acompañar los proyectos y encuentros artísticos nacidos de una necesidad real de jóvenes artistas del interior del país.

Espontáneamente, al final del Festival, se constituyó un círculo informal de artistas y agentes culturales de todas las edades y horizontes, con el fin de guiar el Tente Festival, aportar consejos, buscar patrocinadores, promocionarlo y contribuir para que viva y sobreviva tal como es, generoso y apacible. Sin variar el concepto, sin imponer su “viejo savoir faire”, sino asumiendo la concretización de su programa. ¡Así es cómo se consolidará siempre la cadena informal de la cultura alternativa, de la cultura ciudadana, en nuestros países!