Sáhara Occidental: es hora de replanteamientos

Sólo el diálogo directo entre las partes, sin mediadores ni restricciones, permitiría abordar todos los asuntos en juego y alcanzar algún tipo de solución.

Hugh Roberts

Veremos en 2009 evolucionar la largamente estancada disputa por el Sáhara Occidental? En el actual estado de cosas, nada parece menos probable, pero si nos ahorráramos una repetición de la farsa diplomática de los últimos dos años, habría motivos para considerar que la inmovilidad sincera constituye un progreso. Y es que, en esta coyuntura, precisamente lo que se necesita es un periodo de evaluación y replanteamiento sin prisas de las opciones, si queremos avanzar de un modo genuino. Las conversaciones entre el gobierno de Marruecos y el Frente Polisario que tuvieron lugar en Manhasset, cerca de Nueva York, en enero y agosto de 2007, y se repitieron en enero y marzo de 2008 supusieron un ejercicio de inutilidad insólitamente prolongado.

En las reuniones –“facilitadas” por Peter van Walsum, enviado personal del secretario general de la ONU–, y a las que asistieron representantes de Argelia y Mauritania, en calidad de vecinos afectados, se presentó el plan de “autonomía” propuesto por Marruecos como solución final al contencioso del Sáhara Occidental. La iniciativa marroquí, respaldada por el Departamento de Estado norteamericano y el Quai d’Orsay, parece contar con que el Frente Polisario y Argelia acabarán por perder fuelle, abandonar su proverbial insistencia en la celebración de un referéndum de autodeterminación y se dejarán intimidar, consintiendo tardíamente el hecho consumado. Sin duda, el error de cálculo ha sido mayúsculo.

Tal como advertía el International Crisis Group (ICG) en su informe Sáhara Occidental: superar el estancamiento publicado en junio de 2007, el plan marroquí estaba muy lejos de lo requerido para garantizar que el Polisario y Argelia aceptaran la reclamación marroquí de soberanía sobre el territorio (Véase también el informe: Sáhara Occidental: el coste del conflicto, junio de 2007). La adopción de esta postura no sólo descartaba la convocatoria de un verdadero referéndum de autodeterminación (que exige ofrecer a los votantes la opción de la independencia), sino que, además, no dejaba nada claro que la disputada región autónoma correspondería de hecho al histórico Sáhara Occidental.

Pero sobre todo, no brindaba ningún reconocimiento ni asignaba ningún papel futuro al Polisario (y mucho menos ninguna satisfacción de los intereses argelinos). La complicidad tácita de la ONU en esta maniobra fallida ya se vio en la declaración de van Walsum de abril, cuando afirmó que el Polisario debería renunciar a su objetivo de independencia, por irrealista. Dicha afirmación conllevaba que el enviado de Ban Ki-moon había intervenido con el objeto de facilitar la aceptación del plan de Marruecos, en vez de ejercer de mediador imparcial entre ambas partes y ayudarlas a llegar a un acuerdo. A raíz de esta metedura de pata, el Polisario (y Argelia) se anotaron un punto, logrando la destitución de van Walsum en agosto.

La designación como sustituto de un antiguo embajador de Estados Unidos en Argelia, Christopher Ross, parecía una concesión a Argel. Se confirmó el 7 de enero, tras meses de resistencia por parte de Marruecos. Los comentarios de la entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, en Rabat en septiembre parecían sugerir –haciendo una interpretación optimista– que Washington había empezado a perder entusiasmo por el plan marroquí. No obstante, no está claro si Ross y, tras él, la nueva administración americana, el secretariado de Naciones Unidas y, sobre todo, el Consejo de Seguridad han empezado realmente a extraer la moraleja del fracaso de Manhasset. Como poco, sigue siendo improbable. La primera razón del descalabro es que las conversaciones se basaron en una contradicción insalvable.

Para convencer al Polisario y Argelia de que asistieran, fue necesario permitir al Polisario que presentara su propuesta de autodeterminación rival con el mismo orden formal de importancia en la agenda que el plan sugerido por Marruecos. Sin embargo, ambas propuestas se excluían mutuamente, apenas tenían nada en común y ninguna de las partes estaba realmente interesada en negociar la propuesta de la otra. Rabat seguía reticente ante la insistencia del Polisario en una verdadera autodeterminación y el plan marroquí no ofrecía nada al Polisario, salvo una derrota camuflada, e incluso menos a Argelia. Estaba claro que si el Polisario y Argelia proseguían con las negociaciones, no era más que para demostrar buena disposición en el terreno de las relaciones públicas y que no los pusieran en la picota a la hora de repartir culpa.

El auténtico interrogante es de qué se creía capaz la ONU y por qué el Consejo de Seguridad dio luz verde a esta farsa. La actitud de Naciones Unidas revela una contradicción de una profundidad que no se veía desde 1991, e incluso más. Según la doctrina de la ONU, el conflicto del Sáhara Occidental es una cuestión de descolonización y, por tanto, la autodeterminación es obligatoria. Así que la doctrina de la ONU favorece, sin duda, las posturas del Polisario y Argelia. De ahí que ambos no dejen de apelar a la ONU para que asuma sus responsabilidades. Pero, ésta también ha insistido en abordar el contencioso en virtud del capítulo VI de la Carta de Naciones Unidas, que sólo permite una solución consensuada (en vez del capítulo VII, que la autoriza a imponer el arbitraje vinculante y obviar el punto de vista de un Estado miembro).

Se deduce que la ONU acepta –por no decir que insiste– que debe haber autodeterminación y al mismo tiempo otorga a Marruecos el derecho a vetar todo procedimiento que permita el ejercicio del derecho a la autodeterminación. He aquí la clave. Aquí, y en ningún otro lugar, es donde reside la causa principal de este callejón sin salida tan deplorado. Y es que, mientras la ONU pretenda ejercer de árbitro o mediador en la pugna y mantenga (pues no puede dejar de hacerlo) su compromiso verbal con la autodeterminación, es imposible que el Polisario o Argelia modifiquen sus posturas; la lógica del esquema de Naciones Unidas les fuerza a actuar como hasta ahora. Mientras Rabat pueda seguir vetando la autodeterminación impunemente en la práctica, tiene plenos motivos para hacerlo, puesto que al reclamar un Sáhara marroquí resulta imposible reconocer que los saharauis son un pueblo distinto que goza de sus propios derechos políticos colectivos.

A favor de la ONU, tal vez cabe decir que, sabedora de la existencia de este punto muerto, intentó trazar una salida por medio de algún tipo de acuerdo mutuo. Sin embargo, a la hora de acometerlo, se cometió un error fundamental: suponer que una fórmula de compromiso –como la autonomía bajo soberanía marroquí– podría funcionar si se concebía como una solución final al conflicto. Nunca bastaría para llevar al Polisario a renunciar a su insistencia en el principio de la autodeterminación o su objetivo final de independencia. Por tanto, el error de van Walsum no residía tanto en insinuar que la independencia no es un objetivo realista en el actual estado de las cosas –pues, en vista de la situación militar en el terreno, no hay duda de ello–, sino en su exigencia de que el Polisario renunciara públicamente a su principal propósito.

Y es que el Polisario no puede hacer algo así sin autodestruirse y, además, no hay ninguna necesidad de que reniegue de su ideal para llegar a un acuerdo mutuo funcional, siempre que éste se conciba como un camino para salir del callejón, y no una solución final definitiva. El esfuerzo de la ONU por lograr un acuerdo tenía otras dos características negativas importantes. Su intento de evitar el principio de autodeterminación (y por tanto la doctrina de la ONU) mediante artimañas diplomáticas fue una maniobra que tendía a todas luces a degradar el propio principio. En consecuencia, todo aquel que sea fiel a los principios democráticos deberá alegrarse de que semejante ardid poco meditado se viera frustrado.

Al mismo tiempo, tratando de prescindir del principio, la ONU ha insistido, con bastante poco acierto, en orquestar las conversaciones entre las partes en conflicto. Pero sobre todo, si de algo no se ha dado cuenta la ONU es del hecho fundamental de que, en vista de su incapacidad para garantizar la autodeterminación, la única alternativa para avanzar que les quedaba a las partes en conflicto era empezar a hablar las unas con las otras, sin ninguna interferencia por parte de Naciones Unidas ni de ningún organismo exterior, y sin que las agobiaran con el bagaje doctrinal de terceros. Sólo mediante un diálogo directo, sin mediadores, sería posible que Marruecos y el Polisario abandonaran la táctica que la mediación de la ONU les obliga a adoptar de complacer a la comunidad internacional, acordaran sus discrepancias, al menos en algunas cuestiones de principio y estudiaran los elementos de consenso que, de hecho, ya existen pero que la torpeza reiterada de la ONU al manejar el asunto impide.

Como subrayaba el informe del ICG, la autodeterminación y, en el caso de Marruecos la soberanía, no son, ni mucho menos, las únicas cuestiones de principio en juego en este conflicto. Ahora bien, son las únicas que pueden abordarse en el marco de la mediación de la ONU. Y es que el resto de cuestiones de principio (incluyendo los intereses argelinos históricos) quedan inevitablemente descartadas, debido a los términos en que la ONU concibe y define el problema. Por tanto, no se acometen, aunque sin dejar de ejercer una influencia subterránea en los acontecimientos. Lo único que permitiría abordar todos los asuntos y alcanzar algún tipo de solución sería el diálogo directo entre las partes, sin mediadores ni restricciones.

En vista de su fracaso patente a la hora de resolver el conflicto partiendo de la autodeterminación, es hora de que la ONU abandone su pretensión de dirigir los debates y convenza a las partes de que emprendan unas negociaciones verdaderamente directas, sin condiciones previas. Para lograrlo, los amigos de Marruecos en el Consejo de Seguridad deberían inducir a Rabat a dar el primer paso, con una nueva iniciativa destinada a sus adversarios históricos y no al público internacional. Concretamente, una propuesta, dirigida en primer lugar al Polisario y, después a Argel, que les ofrezca razones concretas para plantearse en serio la posibilidad de un compromiso. Los observadores externos no pueden determinar por adelantado cómo podría ser ese acuerdo común, aunque el ICG ha formulado varias propuestas constructivas que podrían constituir el punto de partida de un debate serio.

Y si, en lugar de tratar de ser un segundo van Walsum, Christopher Ross reconociera que su misión debería consistir en encabezar la búsqueda de nuevas ideas sobre el asunto, tal vez la ONU podría por fin ser parte de la solución en lugar de una parte importante del problema. Por último, si la nueva administración americana pudiera convencer a París y a otros amigos europeos de Marruecos de aceptar la necesidad de un nuevo ejercicio de ese estilo, puede que el presidente, Barack Obama, coseche un éxito alentador antes de concluir su primer mandato, éxito que hasta podría servir de pauta para abordar conflictos aparentemente insolubles en otros territorios. Y los saharauis de Tinduf por fin podrían volver a casa.