Rosalinda Powell Fox, ¿espía, amante, aventurera aristocrática?

Con una vida llena de misterios, esta británica cambió, según muchos, el curso de la Segunda Guerra mundial.

Domingo del Pino, periodista, consejero editorial de AFKAR/IDEAS

El presente ya no es lo que era; el futuro tampoco es lo que será. Nuestro pasado y todo lo que hacemos o somos es sistemáticamente digitalizado e incluido en bancos de datos sin alma, propiedad de empresas privadas que lo venden e intercambian como cosa propia cuando le ven algún valor. Nuestra existencia no es un secreto para nadie, excepto para nosotros mismos. Un gran hermano orwelliano sin estados de ánimo, que puede tomar la apariencia corporal de un inspector de Hacienda, de un banquero, o de cualquier vendedor telefónico, dispone ya de muchos más datos sobre nuestra vida de los que nosotros mismos somos capaces de recordar. Tenemos la ¿suerte? de vivir en plena era digital y la Red nos ha recogido en ella para bien y para mal.

El destino, la “moira” tan importante de la tragedia griega, es ahora alfanumérico, convertible a bytes, kilobytes que miden la importancia de cada individuo. Se trata de una importancia que siempre será relativa porque depende del azar. El futuro es lo que la Red recoge y esa cosecha deja fuera a grandes personajes, pueblos y naciones, que no salgan en las páginas de los periódicos o en las reseñas de libros. Rosalinda Powell Fox es un caso típico de esas injusticias alfanuméricas. Cuando quise saber de ella recurrí a la Red y sólo encontré una mención, la del libro de memorias que escribió muy avanzada ya su vida.

The Grass and the Asphalt vio la luz gracias a la generosidad de un grupo de amigos de Sotogrande (Cádiz). Rosalinda Fox murió en diciembre de 2004, a los 96 años de edad, en aquel Guadarranque gaditano donde pasó media existencia, desde un asfalto español que mira a la hierba vecina de Marruecos. Sobrevivió a todos aquellos que desde la pubertad le auguraban corta vida y le prescribían un reposo imprescindible porque había contraído en la India del imperio, British of course, una tuberculosis bovina incurable de las que, salvo contadas excepciones, llevan a la tumba.

Su vida, como todas las interesantes, suscitó pasiones y odios, elogios y vituperios. Los dos más recurrentes fueron ser espía británica y amante de Juan Luis Beigbeder quien, en el tiempo que la conoció, fue agregado militar en Berlín en 1936, alto comisario en Marruecos desde ese año, ministro de Asuntos Exteriores en 1939 y desde 1940, general sin funciones, el peor estado de un militar. A partir de 1950 –según lo describe Rosalinda Fox– era ya un “hombre roto y enfermo”. En este presente feliz, alfanumérico, democrático y universalista podemos preguntarnos qué sentido o utilidad tienen los espías de carne y hueso o en qué puede consistir espiar. Los nostálgicos dirán, parafraseando a Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor; los evolucionistas, que vivimos en el mejor de los mundos.

En cualquier caso, felices los tiempos en que espías y espiados tenían como escenario de combate restaurantes, salones alfombrados y lechos de sábanas de satén y baldaquines. En tiempos de cambio, todos compartían la emoción, la atracción irresistible de vivir la vida como si cada momento, cada palabra pudiera ser la última. Una cierta tradición machista ha dado lugar a que el espionaje sea percibido como algo de hombres y como una actividad relacionada con la guerra y los militares. La literatura y el cine han popularizado a algunas mujeres, desde Cleopatra a Mata-Hari. La última conocida, Alina de Romanones, autora de La espía de las botas rojas, como todas, se cuida de incluirse ella misma en un Gotha en el que ni están todas las que son ni son todas las que están.

Pero ¿qué fue la británica Rosalinda Fox espía, amante, o quizá la última aventurera romántica como aquéllas que desde finales del siglo XVIII y XIX recorrieron el mundo? Rosalinda Fox ¿de quién está más cerca, de Mata-Hari o de la condesa de Gasparin? ¿De Vera Chalbur o de lady Montagu? ¿De Caridad del Río, para quien la razón ideológica impregna todos sus actos y pasiones, o de las dos mujeres del relato de Los Baibares y los doce capitanes de policía, de las Mil y Una Noches? Fuese lo que fuese, Rosalinda Fox en su libro niega, página tras página, haber sido espía, aunque se adivina entre líneas una especie de secreto placer en sugerir que ha sido lo que dice que no fue.

Una vida llena de misterios y emociones

Pero qué fue? Rosalinda Powell Fox nació a principios del siglo XX en una familia inglesa acomodada de las muchas que vivían en la India en la época del imperio. La desposaron cuando tenía 16 años con un comerciante rico que vivía en Calcuta. Cuando dos años después nació su hijo Johnny, contrajo una tuberculosis bovina incurable por la que los médicos sólo le auguraban una rápida muerte. Su marido, demasiado absorto en sus negocios para ocuparse de ella, prefirió enviarla a Inglaterra primero y a Suiza después con una generosa pensión mensual de 30 libras, una pequeña fortuna en su tiempo. El resto de la vida de Rosalinda es una lucha constante contra los pronósticos, sobre los que triunfó muriendo a los 96 años, y después de haber enterrado a todos sus seres queridos.

A principios de los años cincuenta, Juan Luis Beigbeder, un hombre “roto y enfermo”, según ella misma lo describe, le pidió que comprara una casa en algún lugar de la costa sur española desde donde se pudiera ver Marruecos. Rosalinda se decidió por Guadarranque, un pueblo andaluz de la bahía de Algeciras cuya playa sólo tenía como telón de fondo el peñón de Gibraltar, una satisfacción para la propia Rosalinda, y detrás la costa norte marroquí, un último placer para Beigbeder. Último y breve porque falleció a las pocas semanas de haberse instalado allí. Los pocos que han escrito sobre la vida de Rosalinda afirman que hasta ese proyecto, convertir a Guadarranque en un apacible lugar de retiro para sus amigos y compatriotas, fue un fracaso. Su existencia, sin embargo, sugiere todo lo contrario.

Haber llegado a los 96 años padeciendo una tuberculosis bovina terminal es toda una proeza; que Winston Churchill dijera, según recuerda la señora Fox, que “la guerra hubiera seguido un curso diferente de no ser por Rosalinda Fox” supone una existencia llena de recodos misteriosos. Para juzgar sólo tenemos el libro de la propia Rosalinda, que tuvo el curioso don de los grandes personajes de la historia de encontrarse siempre en el lugar apropiado, en el momento adecuado: en Cascais (Portugal) cuando un exiliado español de categoría, el general Sanjurjo, preparaba la insurrección contra la república y se disponía a presidir el gobierno que de ella resultase; en el hotel Adler de Berlín, en los prolegómenos del nazismo, donde ve de nuevo a Sanjurjo y conoció a un joven y culto agregado militar español llamado Juan Luis Beigbeder; en Tánger, al coincidir con el nombramiento de Beigbeder como alto comisario de España en Marruecos con sede en la vecina Tetuán; en Tetuán donde se trasladó mientras Beigbeder fue alto comisario; en Madrid en 1939 junto a un Beigbeder como ministro de Asuntos Exteriores; y en 1950 en Guadarranque, de nuevo con Beigbeder, cuando ya el curso de la historia les dejó a ambos a un lado.

Para entonces Rosalinda tenía 42 años y en realidad había llenado su vida de suficientes emociones. ¿Cuáles son esas emociones? Las que su corazón le dicta seguir. Escribe Rosalinda que “no me agradaba que los nacionales considerasen a Inglaterra una potencia enemiga para España” y se propuso convencer a Beigbeder de inclinarse por Inglaterra y a Inglaterra de hacerlo por España. ¿Demasiado para una mujer sola? En cualquier caso parece haber tenido cierto éxito: “Yo preferiría que nos apoyase Gran Bretaña en vez de Alemania” le confesó Beigbeder, “pero la decisión es británica y no mía”.

Para influir en la decisión de su país Rosalinda visita en Tánger a sus amigos, el coronel Hal Durand y Mary Beynon, ambos colegas del secretario de Estado para Asuntos Exteriores, lord Halifax. Durand y Beynon viajaron a Londres como “facilitadores”. La misión tuvo resultados positivos, puesto que siendo ya Beigbeder ministro de Asuntos Exteriores, Inglaterra decidió nombrar como embajador en Madrid a sir Samuel Hoare para mejorar la falta de comunicación del anterior embajador británico con el ministro español. Antes, en 1939, Rosalinda se enteró –porque Beigbeder se traía los documentos de la Alta Comisaría a casa para trabajar y compartía sus inquietudes con ella– de que los franceses concentraban tropas en las fronteras del protectorado español con la intención de ocuparlo si España entraba en guerra del lado de Alemania. Entonces decidió averiguarlo por sí misma y en su pequeño Austin 7 se lanzó a las carreteras marroquíes y a las fronteras. Fue detenida por los franceses pero los encantos de mujer pudieron más que el deseo del general francés al mando de fusilarla por espía.

De regreso a Tetuán confirmó a Beigbeder la veracidad de la inteligencia recibida y el alto comisario, en consecuencia, decidió armar a las poblaciones fronterizas. Aquel gesto hubiera podido precipitar las hostilidades con Francia, pero Rosalinda logró que el agregado militar británico en Gibraltar mediara con los franceses, a partir de lo cual éstos retiraron la mayor parte de las fuerzas que habían concentrado en las fronteras de la zona española, y Beigbeder desarmó de nuevo a las poblaciones fronterizas. ¿A cambio de qué? El libro no lo dice pero sugiere que pudo haber sido la promesa, que Beigbeder entonces podía hacer pero no cumplir, de que España no se aliaría con el Eje.

Curiosa promesa, si existió, pues en esos mismos meses al representante alemán, barón de Langenheim, el Jalifa le concedió, a instancias de Beigbeder, la Orden de la Mendubía por haber conseguido que Alemania proporcionase los grandes junkers de transporte de tropas para trasladar al ejército de África a la Península, y que a finales de 1938 unidades de la flota alemana al mando del almirante Roeder visitaran el puerto de Ceuta y Beigbeder les agasajara en la Alta Comisaría. ¿Beigbeder era aún proalemán? Pudiera ser.

Rosalinda escribe que “me tomé como tarea personal hacer que Juan Luis viera el punto de vista de Inglaterra en la contienda”. Como todos los ingleses, siempre que discutía con Beigbeder terminaba pidiéndole que no olvidara que “Inglaterra no ha perdido ni una sola guerra en miles de años”. Sin embargo, money is money incluso o sobre todo para una nación que nunca perdió una guerra. Rosalinda, a pesar de sus esfuerzos, no logró que Inglaterra le prestara a España los cinco millones de libras que Beigbeder pretendía para saldar su deuda con Italia y poder adoptar una actitud neutral. Pero en Madrid el ministro de Asuntos Exteriores y sus aspiraciones neutralistas se quedaron solos.

El gobierno, dice Rosalinda, era unánimemente proalemán y mientras Beigbeder intentaba convencer al embajador Hoare de que podía influir para que España fuera neutral, Ramón Serrano Súñer viajó el 15 de septiembre de 1939 a Alemania para participar en un cóctel que el mismísimo Hitler ofrecía a sus íntimos aliados para celebrar la victoria sobre Inglaterra. ¿Qué victoria? Para esas fechas, Alemania aún no había atacado Inglaterra, así es que la información sobre el viaje de Serrano Súñer y sus motivos podía ser de vital importancia para Londres y Beigbeder se lo comunicó a sir Hoare.

Para entonces Rosalinda ya había pasado a encabezar una lista negra de la Gestapo en España y Beigbeder le aconsejó, preocupado por su vida, que regresara a Estoril. El 17 de octubre de 1940 Beigbeder fue destituido como ministro de Asuntos Exteriores, sustituido por Serrano Súñer, cuñado de Franco, y confinado bajo arresto domiciliario en Ronda (Málaga). De esa privación de libertad no saldrá hasta después de terminada la Segunda Guerra mundial, cuando Franco le envía en misión especial para ayudar a restablecer los lazos con Estados Unidos, deteriorados durante la guerra. Su rehabilitación será breve y pronto caerá de nuevo en las redes de la historia acusado de complotar contra el propio Franco.

Es la época en que Rosalinda Fox le verá de nuevo y dirá de él que es una “hombre roto y enfermo”. Su vida había transcurrido en el glamour de los acaudalados retirados británicos que buscaban el sol, la comodidad y el cambio favorable de la libra con las monedas locales. Cascais, Estoril, Tánger, Madrid, los grandes hoteles de lujo, el Palace y el Ritz, un piso de 44 habitaciones en Lisboa, otro igual de grande en Madrid. Cuando se instaló en Guadarranque toda la propiedad había sido puesta a su nombre y su viejo Austin 7 había dejado paso a un Rolls-Royce. Su alma aristocrática, no obstante, no le permitió ver hechos que no hubieran escapado a ninguna auténtica espía. Rosalinda era consciente de la importancia de la historia en la que participaba, pero no de la tragedia humana que ésta provocó en los dos lados.

Luchó con todos sus encantos para que España no se aliara con Alemania, pero al igual que su contemporánea Isabelle de France, duquesa de Guise, parecía simpatizar con un franquismo que ella interiorizó como la necesidad de poner de rodillas al comunismo en España para evitar ese “monopolio capitalista estatal que se denomina a sí mismo socialismo”. Su implicación no fue ideológica sino simplemente para que no se cumpliera el intercambio que Hitler ofrecía a Franco, Gibraltar, por el apoyo en la guerra. Esta misma percepción era la de los gobiernos aliados de la época y la razón última por la cual fracasaron incluso los intentos republicanos de sublevar a los marroquíes contra el ejército español de África, algo que de haberse producido hubiera podido cambiar el curso de la historia de España.

La cuestión es ¿son los otros los únicos responsables? ¿La república y el franquismo en su conjunto pueden seguir siendo tratados desde esta perspectiva acrítica que 65 años después aún prevalece en ambos bandos? ¿El fracaso de los intentos de sublevar a los marroquíes contra el ejército africano a su vez sublevado contra la república, es sólo imputable a las ingenuidades de Carlos de Baraibar? El libro de Rosalinda incluye indicios para un análisis crítico: en plena guerra civil y cuando la armada de Franco sólo disponía de dos barcos, Beigbeder le pidió y Franco lo concedió sin vacilar, que prestara uno de ellos para trasladar a los peregrinos marroquíes a La Meca. “Era”, escribe Rosalinda, “como pedirle a Whitehall la mitad de la Royal Navy en medio de una guerra”. “Juan Luis Beigbeder”, señala en otro contexto, “tenía un respeto genuino por las tradiciones y el modo de vida árabes, no calificaba de feudales a sus instituciones como hacían otros con desprecio en aras de un realismo socialista”.

La lectura de los documentos relacionados con este intento de sublevar a Marruecos de los archivos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de Amsterdam demuestra que al menos esta corriente política, tan capital en la historia de la II República española, albergaba hacia los marroquíes no sólo los prejuicios inscritos en el imaginario colectivo español, como consecuencia de la descripción de siete siglos de la historia de España como una cruzada religiosa contra el islam magrebí, sino todos aquellos de ese comunismo, estilo soviético, que consideró desde el inicio a la religión como el opio de los pueblos. Pero esto es otra historia que alguien debería reconstruir.