¿Qué se juega Turquía en Kobane?

El asedio de Kobane ha puesto en riesgo el proceso de paz con el PKK, demostrado la fragilidad de la paz social y ahondado la idea de que Turquía carece de amigos internacionales.

Eduard Soler i Lecha

La ofensiva del grupo Estado Islámico (EI) sobre la ciudad de Kobane en septiembre de 2014 ha vuelto a situar “la cuestión kurda” en el centro de la agenda de Oriente Medio. En un país clave como Turquía la “cuestión kurda” es un concepto polisémico que nos traslada, como mínimo, a una agenda de desarrollo, de derechos lingüísticos, de libertades políticas, de terrorismo y de relaciones con los países vecinos.

El asedio de Kobane, y las reacciones que ha provocado, ha despertado los fantasmas del pasado, ha puesto en riesgo las negociaciones de paz entre el gobierno turco y el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), ha evidenciado que la paz social en el país es frágil y también ha ahondado la percepción que tienen muchos turcos de que carecen de amigos tanto en la región como en el conjunto de la comunidad internacional. Esta crisis ha puesto de manifiesto cuán vulnerables, frágiles y reversibles son algunos de los logros en los últimos años.

Y es que, a pesar de recibir críticas en muchos otros ámbitos, el gobierno turco podía presumir de haber conseguido avances en la lucha contra el terrorismo, en el respeto a la diversidad lingüística y cultural o en las relaciones con las autoridades kurdas del norte de Irak. ¿Está todo esto en peligro? ¿Es Kobane un punto de inflexión? ¿Hay riesgo de vuelta atrás? ¿Qué sucedería si Kobane cayese en manos del EI? ¿Y con qué consecuencias para Turquía?

Kobane es más que una ciudad asediada

Pocos en Europa, o incluso en la propia Turquía, hubieran sabido situar Kobane en el mapa antes de septiembre de 2014, cuando empezó el asedio de la organización yihadista EI. La resistencia frente a un enemigo implacable que en pocos meses había ocupado una parte significativa de Siria e Irak, se había ensañado contra los yazidíes en las montañas de Sinjar y con los chiíes y cristianos en los territorios bajo su control, que no ha vacilado en castigar a los miembros de la comunidad suní que no le prestan obediencia y que desafiaba a Occidente con la decapitación de varios rehenes, puso el foco mediático global sobre Kobane, generando así una amplia corriente de simpatía internacional. Salvar esta ciudad no era tanto un desafío estratégico como una obligación moral.

A la vez, la lucha por Kobane ha permitido aglutinar a grupos kurdos habitualmente enfrentados entre sí, mientras el PKK se esforzaba en presentar su lucha contra el EI como un argumento para que no se le considerase un grupo terrorista sino un aliado de Occidente y un referente secular en la región. Pero para el gobierno de Turquía, Kobane no es ni un tema moral ni un elemento de unión. Al revés, se ha gestionado como un desafío estratégico y la gestión de esta crisis ha dividido a la opinión pública. El gobierno turco reaccionó al asedio poniendo en marcha un impresionante operativo de acogida para los más de 100.000 nuevos refugiados provenientes de esta ciudad fronteriza. Sin embargo, Ankara se negó durante varias semanas a permitir el paso de combatientes kurdos por su territorio, algo en lo que finalmente tuvo que ceder.

Y aun estaba menos dispuesta a armar a los combatientes kurdos del PYD (Partido de la Unión Democrática), grupo que se considera la franquicia del PKK en Siria. Por ello criticó abiertamente la operación estadounidense para rearmar a la resistencia. Preguntado sobre la situación en Kobane, el propio presidente, Recep Tayyip Erdogan, no vaciló en equiparar al PKK con el EI y justo cuando recibía críticas por no haber actuado contra el EI, la aviación turca bombardeó una base del PKK en el norte de Irak. El mensaje que Turquía transmitía es que no estaba dispuesta a armar a un enemigo para derrotar a otro, sobre todo si, tras la victoria, estas armas podían acabar apuntándole. Es más, Turquía podría pensar que le conveniene que dos de sus enemigos estén enfrentados entre sí y, por tanto, se debiliten mutuamente.

El gobierno turco no ha descartado colaborar con el PYD, pero bajo unas exigencias prácticamente imposibles de satisfacer en su totalidad: disolución de las estructuras de autogobierno puestas en marcha desde 2012, integración en el Ejército Libre Sirio y ruptura del pacto de no agresión con el régimen de Damasco. Con ello Turquía pretende abortar el experimento político iniciado en Rojava (franja del norte de Siria poblada por kurdos) y diluir la autoridad kurda en un órgano político y militar que le sea leal. Una parte de la población kurda de Turquía vivió estas negociaciones, la actitud del gobierno y, más concretamente del presidente, como una traición. Siguiendo la llamada de algunos políticos kurdos, empezaron las manifestaciones y estallaron las protestas en las calles, causando más de 40 muertos entre el 6 y el 8 de octubre.

Estas protestas fueron la prueba palpable de que la cuestión kurda no es solo un tema de política exterior para Turquía sino, fundamentalmente, un tema de política interior por su naturaleza transnacional. Dicho esto, Kobane también está condicionando la política exterior turca y, muy especialmente, el conjunto de su política hacia Siria. Ankara lleva meses insistiendo en que la mejor opción es crear una zona tampón en el norte de este país que incluya una zona de exclusión aérea. Turquía solo estaría dispuesta a embarcarse en una operación de mayor calado si el enemigo a batir no es solo el EI sino también Bashar al Assad y para tal misión no encuentra compañeros de viaje. Es más, Irán y Rusia rechazaron explícitamente las intenciones de Turquía, apoyando una vez más al gobierno de Al Assad que declaró en octubre que entendería cualquier intervención turca como un acto de agresión.

En plena crisis de Kobane, Turquía recibió presiones de Estados Unidos para que tuviera una actitud más colaborativa y permitiese el uso de la base de Incirlik, a un centenar de kilómetros de las zonas de combate. Tras declaraciones norteamericanas afirmando que había acuerdo, le siguió un desmentido oficial por parte turca. Está por ver si estamos ante una crisis temporal o un síntoma de un deterioro de la confianza permanente. Kobane es, sin lugar a dudas, mucho más que una ciudad asediada. Es un desafío que genera incertidumbre sobre la viabilidad del proceso de paz con el PKK, la dirección que pueda tomar la vida política en Turquía, la relación de este país con sus vecinos y la calidad y fortaleza de la alianza con los países occidentales.

¿Hará descarrilar las negociaciones con el PKK?

No solo Turquía, sino también la Unión Europea (UE) y EE UU consideran al PKK como una organización terrorista y su líder, Abdullah Öcalan, encarcelado desde 1999 en la prisión de alta seguridad de Imrali, es visto por muchos turcos como el enemigo público número uno. No obstante, en diciembre de 2012, Erdogan reveló que el servicio de inteligencia (MIT) había mantenido contactos con Öcalan y meses después, en marzo de 2013, se hacía pública una carta suya llamando al alto al fuego y a una retirada de los integrantes del PKK del territorio turco.

El gobierno dio a los representantes políticos del nacionalismo kurdo (primero integrados en el Partido de la Democracia y la Paz-BDP y ahora en el Partido Democrático del Pueblo -HDP) un papel de interlocutor y se otorgaron más poderes al MIT para dirigir la negociación. La violencia que se vivió en las calles de Turquía en plena crisis de Kobane evidenciaron dos hechos importantes: que éste es un proceso frágil y que Öcalan tiene un claro interés en evitar que descarrile. Su llamada a que la población volviera a sus casas, reafirmándose en el proceso de paz, contribuyó a atemperar los ánimos. La voluntad de Öcalan puede ser una condición necesaria pero no suficiente. Un gran atentado en Turquía, una matanza en Kobane o un distanciamiento entre liderazgo político y militar podrían ser un torpedo en la línea de flotación del proceso de paz. Si bien Kobane no le ha puesto punto final, nos ha recordado que sobre el proceso de paz se ciernen poderosas amenazas.

¿Marcará el ciclo político en Turquía?

Es público y notorio que uno de los objetivos políticos de Erdogan es aprobar en los próximos años una nueva Constitución que sustituya a la que se aprobó bajo tutela militar y que, de paso, dé más poderes al presidente de la República. Ya lo intentó durante la anterior legislatura y los diputados nacionalistas kurdos se implicaron en las comisiones encargadas de su redacción. Es más, ante la evidencia de que Erdogan no puede apoyarse solo en su propio partido, se ha especulado en reiteradas ocasiones que el apoyo del nacionalismo kurdo a una nueva Constitución podría ser una de las contrapartidas al éxito del proceso de paz con el PKK y a medidas que permitieran una cierta descentralización del poder.

Por tanto, los planes de reforma constitucional van a estar condicionados, primero, por el apoyo que tenga el partido de Erdogan en las próximas elecciones legislativas (previstas en 2015) en el conjunto del país y también entre el electorado kurdo; segundo, por el mantenimiento de una cierta sintonía en este ámbito entre el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y el nacionalismo kurdo; tercero, por si se cumplen las expectativas de crecimiento del HDP, que con Selahattin Demirtas como candidato a las presidenciales consiguió penetrar entre electores no kurdos; finalmente, por si todo ello refuerza las posiciones del nacionalismo turco, encarnado por el Partido de Acción Nacionalista (MHP), pero presente en la mayoría de partidos políticos.

La crisis de Kobane no determinará por sí misma si se va hacer o no esta reforma constitucional, pero puede condicionar todo el proceso en la medida en que afecte a las preferencias de los electores turcos y a la voluntad de las fuerzas políticas de llegar a acuerdos. Y los efectos de esta crisis no solo dependerán del desenlace del asedio sino también de la estrategia política de Erdogan. En los próximos meses se verá si intenta mantener los puentes con el electorado kurdo o, por el contrario, emplea un discurso nacionalista que ponga énfasis en la agenda de seguridad y los referentes identitarios para fidelizar al elector más conservador.

¿Vecinos más hostiles?

Viene siendo habitual intentar arrancar una sonrisa al afirmar que una política exterior que se marcó como objetivo tener “cero problemas con los vecinos” se encuentra ahora con que apenas tiene algún vecino con el que no tenga problemas. El gobierno turco se defiende de este tipo de afirmaciones señalando que si tiene problemas es porque mantiene una política exterior basada en principios (por ejemplo no avalar golpes de Estado o denunciar la ocupación y la agresión al pueblo palestino) y porque su objetivo no es el de no tener problemas con los gobiernos, sino con las sociedades. Dicho esto, uno de los pocos amigos que le quedan a Turquía entre sus vecinos son las autoridades kurdas de Irak.

La apertura kurda de Turquía no ha sido solo respecto a las reivindicaciones de su propia población sino respecto a los kurdos de Oriente Medio, intentando configurarse en una especie de “hermano mayor”. En menos de una década, el salto en las relaciones políticas, económicas, energéticas y culturales con el norte de Irak ha sido espectacular. Este entendimiento quedó rubricado en un histórico encuentro entre Erdogan y Masud Barzani (presidente del Kurdistán iraquí y líder del Partido Democrático del Kurdistán) el 16 de noviembre de 2013, nada menos que en la ciudad de Diyarbakir, uno de los epicentros del nacionalismo kurdo en Turquía. Un año después, el asedio de Kobane ha hecho que las distintas fuerzas políticas kurdas dejaran de lado sus diferencias para luchar contra un enemigo común.

Está por ver si el desenlace de esta crisis va a alterar la buena sintonía entre Erbil (capital del Kurdistán iraquí) y Ankara. Además, es más que probable que esta unidad entre las fuerzas kurdas sea efímera y que los rivales de Barzani intenten utilizar esta carta contra él si no logra aparecer como un actor capaz de proteger al pueblo kurdo de las agresiones del EI. A ello hay que añadir dos consideraciones importantes: el posible coste reputacional que las decisiones tomadas por Turquía hayan tenido en el conjunto de la opinión pública de Oriente Medio y el riesgo de que Turquía se vea abocada a compartir centenares de kilómetros de frontera con un grupo, el EI, que precisamente quiere redibujarlas. Ambos factores alejarían todavía más a Turquía de los objetivos que se había marcado en política exterior hace apenas unos años.

¿Contaminará las relaciones con la UE y la alianza con EE UU?

La cuestión kurda siempre ha estado presente en las relaciones de Turquía con Bruselas, con las principales capitales europeas (especialmente las de países con una diáspora kurda significativa) y con Washington. Los socios occidentales y, sobre todo, las instituciones europeas han intentado persuadir al gobierno turco de que aprobara medidas que favorecieran la paz social como, por ejemplo, permitir la educación en lengua materna y emisiones en kurdo. Por parte turca, se ha exigido a los aliados un compromiso más firme en la lucha contra el PKK, incluyendo colaboración en el ámbito de la inteligencia y un mayor control de las fuentes de financiación, reclutamiento y propaganda del PKK en países europeos.

En ocasiones lo que las autoridades turcas percibieron como negligencia o, peor aun, permisividad con el PKK, provocó episodios de tensión que, en los últimos años, habían quedado aparcados. La ola de solidaridad que ha generado el asedio de Kobane entre las sociedades y las clases políticas de ambos lados del Atlántico, ha devuelto a Turquía a un terreno que creía superado. Lo que en Europa y EE UU se entiende como una ayuda necesaria para evitar que una ciudad asediada caiga en manos del EI y evitar así una nueva Srebrenica, en los círculos de poder en Turquía se ve como un error de cálculo y un síntoma de que solo se tienen a sí mismos para defenderse.

Esto podría traducirse en una política exterior menos cooperativa y en medidas de control de la población que, eventualmente, podrían limitar el ejercicio de libertades fundamentales. Solo hay una forma de evitar que la ayuda internacional que Kobane necesita para resistir se convierta en un tumor en las relaciones de Turquía con sus aliados occidentales y con sus vecinos: que se produzca un avance real en el proceso de paz con el PKK. A su vez, la caída de Kobane podría dificultar avances en el proceso negociador si se produce otra ola de protestas en las calles de Turquía o queda en entredicho la legitimidad de quienes hasta ahora han apostado por la paz o por las relaciones de buena vecindad.