Que nos una todo lo que nos separa

Frente a la ‘diabolización’ del Otro, es necesario la contraofensiva del NO: no a la guerra, no a la aristocracia del dinero, no a un sistema económico que divide…

Ramón Villanueva

Comienzo estas líneas un 14 de julio que me retrotrae al recuerdo de otro 14 de julio medio siglo atrás (1958) en que fui uno de los pocos occidentales en vivir, en las calles de Bagdad, la revolución que acabó con la monarquía iraquí, la Unión Árabe y la hegemonía británica sobre su antiguo mandato. La Revolución parecía el triunfo apoteósico de Nasser. Uno más, del campeón de la unidad de los árabes apenas dos años después de haber salido vencedor político de la disparatada agresión, por Suez, de franceses, ingleses e israelíes. Innumerables imágenes suyas agitadas por centenares de miles de manifestantes y su nombre coreado con pasión y esperanza por otras tantas gargantas testimoniaban en su favor en contraste con la desatada condena de la propaganda occidental que para diabolizarlo mejor, pretendía hacer creer que era un nuevo Hitler (Eden Dixit).

Junto al jolgorio popular contemplé también la suerte horrenda del antiguo régimen vencido: miembros y cabezas llevados en procesión, por exaltados en trance, ante las masas de espectadores alumbrados por una alegría libertadora, meciéndose al son de la Internacional o de la Marsellesa interpretadas con ritmo oriental. Como miembro de un Occidente que yo creía impecablemente civilizado juzgué entonces a aquellas masas como la gente más cruel y desalmada de la tierra. Hoy sé –todos sabemos– que los occidentales que han invadido sus tierras son gente mucho más cruel que ellos.

Pero entonces yo era muy joven y creía que no había nada más justo y civilizado que Occidente. Las turbas, tras arrojar al Tigris las simbólicas estatuas de Feisal I y del General Maude, la emprendieron con la embajada británica. El complejo de edificios –Residencia, cancillería y archivos– fue asaltado, en parte incendiado y su personal aparcado en los jardines, donde tuvo que pasar la primera noche, rescatados de posibles ultrajes, por los blindados del ejército golpista que impuso finalmente orden en el interior y exterior de la Misión.

El embajador Wright, su mujer y una de sus secretarias fueron autorizados a instalarse en una suite del Hotel Bagdad inaugurado pocos días antes. Muy impresionado por las tribulaciones de nuestros colegas británicos estimé que debía manifestarles personalmente mi solidaridad en su desgracia. Yo era entonces un encargado de negocios de España harto peculiar, pues la víspera de la revolución, el 13 de julio por la tarde, había llegado el nuevo embajador ante la Unión Árabe, el profesor García Gómez. A él le correspondían las decisiones internas de jefe de misión, pero hacia el exterior yo era el que representaba a la Embajada de España. Sin embargo, no estoy seguro de que le pidiese autorización para violar el toque de queda y visitar, al atardecer, a Sir Michael que me recibió en su suite acompañado por Lady Wright. En esas circunstancias tan penosas para ambos no pude dejar de admirar su entereza.

De sus labios no salió ningún exceso de lenguaje para calificar lo que les había sucedido. Su preocupación se centraba en la suerte que podían correr los ministros y autoridades del gobierno derrocado. Dos ministros jordanos de la recién creada Unión Árabe habían sido arrastrados por la multitud tras sacarlos de ese mismo “Hotel Bagdad” donde estaban ellos ahora alojados. Focalizaban sus temores en Fadhel Jamali, el conceptor de la Unión Árabe –disuelta en las primeras horas por los revolucionarios– considerado uno de los mayores amigos y colaboracionistas de los occidentales.

El primer día del golpe se le había dado por muerto y las turbas pasearon el que decían era su cadáver. Falsa alarma: el segundo día “resucitó” y fue mostrado en la televisión “disfrazado de beduino”, con un aire totalmente desamparado, con las gafas, con una patilla rota, colgando de una oreja. Jamali me contó, muchos años después, que el 14 de julio se había refugiado en la finca de un amigo suyo, a las afueras de Bagdad. Pero quiso su mala suerte que el hijo de su amigo fuese un militar secretamente comprometido con los oficiales revolucionarios que no dudó en denunciarlo. Me pareció lógico que el embajador Wright me insistiese en que lo más urgente era realizar una primera gestión para salvar a Jamali de una posible muerte a manos de las turbas. Una larga amistad unía desde hacía tiempo a Wright y a Jamali.

En 1947 habían colaborado en la negociación del tratado anglo-iraquí de Portsmouth y habían participado en un “Plan Bevin” para mantener unida una “Palestina árabe”, a pesar de que ya las Naciones Unidas habían votado su partición, propiciada por Truman. El rechazo por el pueblo iraquí del Tratado de Portsmouth provocó la dimisión del primer ministro Salih Jaber en enero de 1948 y se vinieron abajo el tratado y el Plan Bevin. No sabemos si hubiese podido evitar la tragedia que produjo el plan respaldado por Truman: un conjunto de guerras en el Medio Oriente, de torturas, de humillaciones del pueblo palestino. Un horror que dura 60 años. No olvidaré relatar que con la mayor seriedad e insistencia procuré incitar a los jefes de misión occidentales a realizar una gestión en favor de Jamali y de los restantes encarcelados.

Una actuación colectiva se estimó contraproducente. Cada país, tras instrucciones de su gobierno, acabó realizando gestiones humanitarias por su cuenta. No creo que mis desvelos tuviesen gran eficacia. Los propios revolucionarios moderaron sus excesos y evitaron muy pronto ejecuciones como las del Rey, el heredero Abdul Illah y el primer ministro, Nuri al Said. Los ministros del Antiguo Régimen fueron juzgados por un tribunal popular militar. La mayor parte de los condenados a muerte fueron indultados muy pocos años después.

El derrumbe de la Unión Árabe

La Unión Árabe, tinglado montado por los monarcas hachemíes de Irak y Jordania, aliados de Gran Bretaña, se había derrumbado como un castillo de naipes, frente a la República árabe unida de Nasser, a los pocos días de nacer. Su liquidación –la Revolución iraquí– se había hecho en nombre de Nasser y, sin embargo….

Esa “inocentona” y poco popular unión de Irak y Jordania, con su trasnochada propaganda buscando fuerzas y entusiasmo en la Big Arab Revolt de los tiempos de Lawrence (Tawfiq al Suwaidi y Nuri al Said, entre sus valedores son de esa época) que no había servido de dique a la ola nasserista, entrañaba un tremendo riesgo que un vecino quizás hizo todo por alejar. Con la Unión Árabe –que incluía Cisjordania– Irak extendería a través de ella su frontera hasta Israel. La última vez que visité a Jamali en Túnez me hizo ver esta faceta tan relevante para que la Unión Árabe se fuese a pique casi sin nacer. En Europa, la alteración de la estabilidad que supuso la revolución iraquí –reciente aún la crisis de Suez– levantó temores sobre su abastecimiento de petróleo.

Se habló de riesgos a corto plazo de los oleoductos y, en todo caso, a más largo plazo de una revisión drástica de las condiciones de los contratos de las compañías del cártel con el gobierno iraquí que encareciese el precio del petróleo y sirviese de ejemplo a otros gobiernos productores de la zona. En esos años las compañías europeas, aparte del Medio Oriente, tenían tan sólo como fuente de abastecimiento EE UU y Venezuela. Se tardarían aún varios años para que el petróleo del Sáhara tomase un posible relevo.

El cártel de las compañías occidentales veían también con muy malos ojos los esfuerzos de Enrico Mattei, presidente del ENI (Ente Nazionale de Idrocarburi) por asegurar a Italia el suministro de petróleo a los precios más bajos posibles, llegando a acuerdos con países independientes como Irán, Libia, y otros a punto de llegar a serlo como Argelia. El primer choque con las compañías americanas se produjo en marzo de 1957 cuando el ENI firmó un acuerdo con el gobierno libio, en el que se incluían cláusulas muy favorables al país productor: 75% sobre los beneficios en vez del 50% de la práctica habitual y, lo más interesante, la transferencia de tecnología y de la experiencia que se fuese acumulando a lo largo de la explotación.

La reacción americana fue inmediata, provocando la dimisión del primer ministro libio que había suscrito el acuerdo y la anulación de la concesión al ENI, que fue atribuida a American Overseas Petroleum, del grupo Texaco. La segunda vez que los americanos alejaron del petróleo sahariano a los italianos fue en Argelia y se estimó que fue como represalia a la política independiente del cártel que se empeñaba en realizar Mattei. Estaba a punto de llegar a una colaboración tripartita con Francia y Argelia cuando se produjo su muerte en lo que se concluyó no era claramente un accidente. Desaparecido Mattei, el ENI no volvió a representar obstáculo alguno para el cártel.

Cuatro años después de la revolución iraquí, al filo de la independencia de Argelia, tuve una larga charla con él en una recepción que ofreció en el Hotel Dar Zarouk en Sidi Bu Said. No puedo olvidarla pues a parte de aclararme su política con respecto al petróleo argelino, cuando nos despedíamos me dijo: “Me ha recordado usted a Aldo Moro, no por el parecido físico sino porque los dos tienen un mechón de pelo blanco que destaca en su cabellera negra”. A veces he pensado que la desaparición de personalidades atrevidas como Moro y Mattei es el verdadero ejemplo de un “terrorismo” de los poderosos cuando aparece un obstáculo en su camino.

El rechazo a Occidente

La lectura de El Mundo y Occidente de Toynbee, me había preparado a ver a los occidentales como agresores universales, pero a pesar de ello tardé en comprender –quizá por las formas de la revolución en la calle– el rechazo mayoritario del pueblo hacia los países occidentales. Esperaban que la URSS y los países socialistas les ayudasen en todo, como amigos y sin condiciones. El prestigio de la tecnología soviética era inmenso desde que el SPUTNIK satelitizado giraba alrededor de la tierra desafiante y descarado.

La obsesión de la guerra fría era parar una posible infiltración del comunismo en Oriente Próximo y, por ello, la doctrina Eisenhower ponía condiciones a su ayuda y cooperación. En el caso de Irak, la presencia de la URSS y los países socialistas –con los que inmediatamente establecieron relaciones diplomáticas– se hizo, no por infiltración no deseada, sino porque acudieron a ellos los revolucionarios para liberarse política y económicamente de los países coloniales. La Unión Soviética jugó limpio y sus vínculos de cooperación con el nuevo régimen republicano se establecieron sobre el principio de un altruismo recíproco.

La hostilidad hacia los países colonialistas, Gran Bretaña y Francia (sobre todo por la guerra de Argelia), y en cierta medida EE UU, no se extendía a sus nacionales. En el caso de los españoles, a través de Al Andalus y de siete siglos de coexistencia en la península, nos consideraban casi como de la familia. Además no habíamos reconocido a Israel, prueba de esa especial cercanía a los árabes. Los iraquíes no padecían normalmente, como otros países del entorno, fiebres de xenofobias. Por el contrario, eran profundamente xenófilos y aún en plena crisis revolucionaria dejaban claro que una cosa eran los gobiernos y otra los hombres.

Lo resume el dicho que se oía repetir a la gente en las calles: “British government very bad,British people very nice”. Dos siglos antes nuestro Espronceda venía a decir lo mismo: “¡Pueblos sois hermanos, sólo los opresores son extranjeros”. La Revolución iraquí nada tuvo que ver con el islamismo. Convivían en su territorio musulmanes (la gran mayoría, 50% chiíes y 50% suníes contando a los kurdos), cristianos caldeos, armenios, asirios-nestorianos, yazidis, discípulos de San Juan Bautista, católicos romanos e incluso unos pocos judíos cuya presencia se remontaba a la cautividad de Babilonia.

Los oficiales jóvenes del Ejército, los partidos políticos, nacionalistas partidarios de la Unidad Árabe como el Istiqlal y el Baaz, nacionalistas iraquíes como el Partido Nacional Demócrata y el Partido Comunista y nacionalistas kurdos como el Partido Kurdo y los sindicatos agrarios y los de influencia comunista, buscaban pasar de un régimen tribal-feudal de unos pocos a otro dirigido por las nuevas clases burguesas revolucionarias, capaces de dar mayor protagonismo al pueblo y a las mujeres, y conseguir un desarrollo que favoreciese sobre todo a una población que tenía aún seis enfermedades y media graves por habitante. El reparto de poder quedaba reflejado en el Consejo de Soberanía formado por tres miembros: un suní, presidente, un chií y un kurdo y el nuevo régimen se definía como una República de árabes y kurdos.

En años sucesivos, ya en el Mediterráneo, presencié cómo ribereños árabes seguían un modelo kemalista considerando que la fórmula del progreso era la de los países occidentales. Habib Burguiba imponía un Estado prácticamente laico y su código del Estatuto personal “liberaba” a las mujeres. La revolución argelina aspiraba a un socialismo árabe y las luchas por la descolonización, lejos de constituir un choque de civilizaciones –o de religiones– eran de liberación nacional, recuperación de la dignidad y aspiración de una transformación social de sus pueblos. Metas todas comprensibles para nuestras mentes occidentales ya que podíamos compartir sus ideales y motivaciones que, en el fondo, eran los nuestros.

Los nuevos enemigos

Qué queda de aquellos esperanzadores años, 50 después? El Mare Nostrum ha pasado a ser el Mare Aliorum, el mar de los otros, de los no ribereños. La guerra ha escogido una y otra vez este escenario, pegado al mar o en su Hinterland de lagos de petróleo. Desde otros mares se impulsaron fanatismos para debilitar al demonizado comunismo. Luego empujaron al Irak laico contra el Irán islamizado; Palestina ocupada quedó como una herida abierta y también se jugó a contrarrestar la OLP con Hamás; Islam contra los laicos; guerra Irak-Kuwait; primera guerra del Golfo; Torres gemelas; guerra de Afganistán; invasión de Irak.

Y ahora se extiende la guerra del Mediterráneo al Ponte Euxino. El Estado que debía ser cobijo de genocidados se convirtió en agresor casi permanente y nuevo colonizado de abolidas colonias. Líbano una y otra vez descuartizado y ocupado. Libia bombardeada. Y tras el harakiri de la Unión Soviética, el Imperio del destino manifiesto y su colonia mediterránea tuvieron que inventar un nuevo enemigo que reuniese condiciones idóneas para justificar cualquier acción en beneficio propio y cargársela a cuenta de la amenaza del otro. Y este nuevo enemigo debía ser “exótico”, irracional, cruel, inhumano y prácticamente incomprensible para que nuestras poblaciones no pudiesen sentir ni empatía ni compasión.

A un talibán se le mata como a una alimaña. Ya no hay combatientes, sólo terroristas. Tampoco guerras. Sólo operaciones de liberación y de pacificación. La autoliquidación del sistema comunista despertó la bulimia de la Unión Europea que se amplió hasta los 27 miembros. Sus gobiernos han desarrollado políticas de complicidad con la furia guerrera americana. La “vieja Europa”, a pesar de la resistencia de sus ciudadanos que se alzaron en gigantescas manifestaciones contra la guerra de Irak, se ha contagiado del ardor guerrero de la “joven América” a través de la OTAN. Hoy podrían decir de nuestros países como los bagdadíes de los años cincuenta: “European governments very bad,European people very nice”.

Son las dos caras de la política de la UE: ejercer un poder de seducción despertando la esperanza de que exportarían su democracia y su prosperidad a los que voluntariamente “se unan” a ella y cuando esto no baste, a través de la OTAN cambiar, como hizo el Condestable de Borbón preparado para saquear Roma, su divisa de SPES por la de “Omnis spes in ferrum” (en inglés diríamos, soft power por hard power). Los que vivíamos en 1945 estábamos convencidos del “nunca más” a la “guerra” de las declaraciones de todos los países . No se había ahorcado a los alemanes, japoneses y otros “responsables” por haber desencadenado la última.

Hoy se repite el hecho de que poco han aprendido de la historia muchos gobiernos y que a través del miedo que despierta un enemigo terrorista, que además de irracional e implacable está en todas partes, hacen compartir a bastantes de sus ciudadanos su aceptación de la guerra. “C’è sempre un motivo per tornare a capire” (Celentano) y ése es el miedo que, sin casi oposición, aceptan no sólo el mal total que es la guerra con el sacrificio inútil de seres humanos, si no la humanidad cercenada por ficheros, detenciones faciales y étnicas, torturas y “guantánamos” diseminados por el mundo, saqueos de los países ocupados, desaparición del Derecho Internacional. Porque, además un nuevo vocabulario ha derribado todas las barreras jurídicas y morales que se construyeron trabajosamente… a lo largo de los siglos.

Las guerras de Irak y de Afganistán no son sólo un trágico error. Son centenares de seres humanos injustamente asesinados, cientos de miles de familias destrozadas, cientos de miles de heridos, física y psíquicamente, víctimas de odio despertado de unos contra otros, instrumentalizado por los invasores, por el poder y el petróleo. Si los gobiernos no han aprendido la lección de la historia, los hombres de la “Vieja Europa” lo tenemos más claro: no a la guerra. Quizás los hombres de la Joven América sigan aún más belicosos porque no han padecido la guerra moderna en su casa, la de los bombardeos, la de las víctimas civiles más numerosas que las de los combatientes.

No saben lo que es un Dresde, un Conventry, un Nagasaki, un Hiroshima. A domicilio, sólo las Torres Gemelas y ahora incluso les engañan a ellos y a nosotros ocultándonos las verdaderas imágenes de la guerra. ¡Qué polvareda levantó el reportaje de Paris Match sobre los 10 militares franceses muertos en la guerra de Afganistán!. El siglo XX fue para la Humanidad el más sangriento desde su existencia. El XXI lleva camino de igualarlo. Gobiernos y políticos andan a su aire y no parece que tengan una panoplia de medidas dispuestas para evitar masacres como las de la antigua Yugoslavia, las permanentes de Palestina, Irak, Afganistán y países africanos y latinoamericanos.

Frente a la diabolización del Otro debemos, los ciudadanos de todos los países, llevar a cabo la gran contraofensiva transversal de los NOES. No a la guerra, no a la libertad definida como el derecho que cada uno tiene de hacer lo que permita la ley (no la justa si no la hecha por los poderosos). No al hambre de millones de semejantes, no a una nueva aristocracia del dinero, no a un sistema económico que separa a los hombres en vez de unirlos, creador de inmensas bolsas de desesperación y violencia. Creo que al gran NO a la guerra debemos añadir, por razones de fraternidad y espíritu benéfico otro gran NO al nuevo tráfico de “esclavos” que representa la inmigración clandestina. Como en el juego del rescate, una vez en nuestro suelo, haya las leyes que haya, debemos tratarlos como hermanos, iguales en dignidad y derechos.

La alternativa que todos los hombres de bien podemos practicar desde ahora en nuestras relaciones con el Otro es aplicar el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. A los desesperanzados o violentos nos les vencerán las bombas sino la justicia y la sociedad. En el Mediterráneo no vemos horizontes de paz más que muy lejanos y sólo cuando el pueblo palestino goce de todos sus derechos. Y África seguirá mandándonos a sus hijos como nosotros mandábamos a los nuestros cuando el hambre y el deseo de una vida mejor parecía poderse aplacar en Eldorados. Tolerancia, aceptación de los otros diferentes, respeto a sus costumbres.

Por cierto, ¿cómo querer dar ejemplo en el trato a la mujer cuando propiciamos el masivo trato de blancas en nuestras libres sociedades? ¿Encontramos más moral que el tapar el cabello femenino el destape y el tráfico más o menos forzado de su cuerpo? En estas reflexiones que he ido dejando para el recuerdo histórico me han acompañado los 18 años pasados en tierras musulmanas donde jamás tuve un problema originado por mis creencias o costumbres. Con la cita de un escritor, Karel Kapek, inventor de la palabra robot que desde mi juventud me ayudó a comportarme en el mundo moderno y posmoderno, cierro estos comentarios: “Hay gente que sería capaz de amar el mundo siempre que éste aceptase ocultarse en un solo rostro, es decir el de la ‘civilización’. Pero como hasta ahora no hemos llegado muy lejos con este amor, intentémoslo de otro modo.”

Da mayor alegría querer al mundo entero porque tiene mil caras y en cada lugar es distinto… unas naciones de las cuales todos formen parte, cada uno con su pelo y lengua, con sus costumbres y cultura y si hace falta, con su Dios, porque toda diferencia es digna de amor por el simple hecho de multiplicar la vida. ¡Que nos una todo lo que nos separa!