Petróleo y política en Libia

El sector hidrocarburos representa cuatro quintas partes del PIB y genera cerca del 95% de los ingresos fiscales y el 98% de los procedentes de las exportaciones.

Gawdat Bahgat

Durante décadas, Libia ha atraído especial atención de sus vecinos y de las potencias mundiales por sus enormes recursos petrolíferos y su agresiva política exterior, y, más recientemente, por su inestabilidad económica y política. Este país norteafricano está situado en la orilla del Mediterráneo opuesta al continente europeo. Durante varios siglos formó parte del Imperio otomano, hasta que los italianos lo invadieron y ocuparon en 1911. Tras la derrota de Italia en la Segunda Guerra mundial, Libia fue puesta bajo la administración de Naciones Unidas y, más tarde, en 1951, se convirtió en un país independiente gobernado por el rey Idris al Sanusi.

En septiembre de 1969 dio comienzo un nuevo capítulo de la historia del país cuando el coronel Muamar Gadafi derrocó al monarca y se impuso como líder absoluto de este territorio estratégicamente situado. Tras un primer momento en el que aspiraba a emular el nacionalismo y socialismo árabes del fallecido presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, el liderazgo de Gadafi se volvió cada vez más excéntrico. Su ideario, expuesto en el llamado Libro Verde, pretendía formular una alternativa tanto al comunismo como al capitalismo. Gadafi llamó al nuevo sistema la Yamahiriya, traducido libremente como “Estado de masas”.

En teoría, el poder lo detentaban los comités populares en un sistema de democracia directa sin partidos políticos ni instituciones. En la práctica, sin embargo, el poder de Gadafi era absoluto y el país estaba gobernado por “comités revolucionarios” formados por leales al régimen. La gestión de la política exterior de Libia era igualmente desastrosa. Gadafi estuvo implicado en el apoyo a numerosos atentados y organizaciones terroristas, e intentó producir y adquirir armas de destrucción masiva (químicas, biológicas y nucleares). La comunidad internacional respondió imponiendo sanciones económicas y diplomáticas bilaterales y multilaterales. Estados Unidos y la Unión Europea (tanto la institución como sus miembros de forma individual) llevaron la iniciativa.

En consecuencia, desde mediados de la década de los ochenta hasta principios de la de 2000, Libia estuvo considerada en gran parte del mundo como un Estado paria. Los intentos de Gadafi por reinventarse a sí mismo y a su régimen demostraron ser “demasiado limitados y demasiado tardíos”, además de poco convincentes tanto en el plano nacional como internacional. En 2011, la comunidad internacional se volvió de nuevo contra el régimen libio por utilizar la violencia contra el levantamiento popular contra Gadafi inspirado en las protestas antiautoritarias que tuvieron su origen en los vecinos Túnez y Egipto, y que se propagaron por el mundo árabe.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución autorizando los ataques aéreos de la OTAN para proteger a la población civil. Europa, con el apoyo de EE UU, asumió el liderazgo, y después de un breve periodo de impasse, los rebeldes entraron al asalto en Trípoli en agosto de 2011, y meses más tarde, capturaron y mataron a Gadafi. Un gobierno de transición se hizo cargo y se enfrentó al reto de imponer el orden, disolver las antiguas fuerzas rebeldes (milicias), reorganizar la economía, crear instituciones políticas operativas y dirigir la prometida transición a la democracia, la transparencia y el Estado de Derecho. En julio de 2012 se celebraron elecciones al Congreso General de la Nación (CGN). El CGN, el poder legislativo libio, está formado por 200 representantes, 80 de ellos miembros de partidos políticos y 120 independientes. Unos meses después, Ali Zeidan fue nombrado primer ministro y formó un gobierno provisional encargado de sentar las bases de una nueva Constitución y de las primeras elecciones parlamentarias.

La economía y el sector de la energía

Según un reciente informe publicado por el Banco Mundial, el sector de los hidrocarburos sigue dominando la economía libia y, según datos de 2011-2012, representa cuatro quintas partes del Producto Interior Bruto (PIB) y genera alrededor del 95% del total de ingresos fiscales y el 98% de los procedentes de las exportaciones (Libya Overview, www.worldbank.org/en/country/Libya/ overview). Un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) refleja una visión similar.

El estudio concluye que si bien la economía de Libia se está recuperando rápidamente de la paralización de la actividad económica provocada por el conflicto, “el alto grado de dependencia de los inestables ingresos relacionados con los hidrocarburos hace que los resultados económicos sean sensibles a las crisis del petróleo y dificulta la gestión macroeconómica”( Libya-2013 Article IV Consultation Concluding Statement: Preliminary Conclusions of the IMF Mission. http://www.imf.org/external/ np/ms/2013/030613.htm). Los retos a corto plazo son dirigir la transición política, normalizar la situación de la seguridad, hacer frente a las severas limitaciones de la capacidad institucional e instaurar la recopilación y divulgación periódica de estadísticas clave, y practicar la disciplina presupuestaria al tiempo que se mantiene la estabilidad macroeconómica. El impacto de la Primavera Árabe en el sector energético de Libia ha sido mucho mayor y ha presentado muchas más facetas que en los países vecinos.

El país fue testigo de intensos combates entre las fuerzas favorables y contrarias a Gadafi que se prolongaron a lo largo de varios meses. Además, la ayuda militar extranjera y la campaña aérea de la OTAN desempeñaron un papel importante en la derrota de los leales a Gadafi. Como era de esperar, la industria petrolera quedó prácticamente paralizada y se produjeron ataques contra algunos campos petrolíferos, refinerías y terminales. Según el último Anuario Estadístico de la Energía Mundial de British Petroleum, Libia posee aproximadamente 48.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo (alrededor del 2,9% del total mundial), el mayor volumen de África. Además, se calcula que posee 1,5 billones de metros cúbicos (bmc) de reservas probadas de gas (0,8% del total mundial), el cuarto mayor volumen de África (después de Nigeria, Argelia y Egipto, por este orden) (BP Statistical review of World Energy, Londres, junio de 2013). Además de estas inmensas reservas de hidrocarburos, el sector petrolero de Libia goza de dos importantes ventajas.

En primer lugar, el país se ubica en el extremo opuesto del mercado europeo. A pesar de los auténticos esfuerzos de Europa por diversificar su mix energético, la mayoría de países del continente sigue dependiendo en gran medida del petróleo importado. La proximidad geográfica significa que el petróleo libio es más fácil y barato de importar. En segundo lugar, a diferencia de lo que ocurre con un elevado porcentaje del petróleo de la región del golfo Pérsico y de otros lugares, Libia produce uno de los crudos de mejor calidad y más bajo contenido en azufre, ligero y dulce.

Por lo general, este tipo de crudo es el más fácil de procesar y se puede tratar en refinerías relativamente sencillas que no estarían en condiciones de hacerlo con sustitutos más pesados o agrios. Es más difícil afrontar la disminución del volumen de un crudo ligero y dulce que la de crudos más pesados y agrios. Esto se debe no solo a que las refinerías que procesan graduaciones ligeras y dulces tienen una flexibilidad limitada en cuanto a la materia prima, sino también a que la mayor parte de la capacidad de reserva de producción de crudo suele encontrarse en la parte final, pesada y agria, del barril. En resumen, la importancia de Libia en el mercado del petróleo no solo estriba en sus voluminosas reservas probadas, sino también en las graduaciones ligeras y dulces de sus crudos.

A diferencia de los productores del Golfo, como Irán, Irak, Kuwait y Arabia Saudí, donde el petróleo se encontró a comienzos del siglo XX, en Libia fue descubierto a finales de la década de los cincuenta. La producción se puso en marcha en poco tiempo, sobre todo la de la cuenca de Sirte y, a finales de los años sesenta, el país se había convertido en un gran productor y exportador. No obstante, el gran volumen de producción y exportación menguó drásticamente durante las cuatro décadas siguientes. El declive fue consecuencia de la política errónea que siguió el régimen de Gadafi. En comparación con otros productores de petróleo, Libia ofrecía pocos incentivos para atraer a las empresas petroleras internacionales. Además, al país le fueron impuestas sanciones internacionales de gran alcance en respuesta a su apoyo a los ataques terroristas y a sus intentos de desarrollar armas de destrucción masiva.

Después de que, a principios de la década de los 2000, se levantasen las sanciones, las perspectivas de Libia de recuperar su protagonismo como gran productor y consumidor de petróleo parecían prometedoras. Se firmaron acuerdos históricos con petroleras internacionales como la británica BP o la italiana Eni, entre otras. Sin embargo, estas halagüeñas perspectivas no duraron mucho. Las autoridades libias no mostraban entusiasmo por estimular la inversión extranjera. Las petroleras operaban sometidas a una aplastante burocracia que incluía la condición que obligaba a contratar a libios para los puestos de más alto nivel a pesar del escaso número de nacionales con las aptitudes técnicas y de gestión adecuadas (“For West’s Oil Firms, No Love Lost in Libya”, Guy Chazan, Wall Street Journal, 15 de abril 2011).

De este modo, las duras cargas fiscales unidas a las deficiencias institucionales y administrativas desembocaron en un progresivo debilitamiento del interés de las empresas petroleras extranjeras por Libia. La falta de expertos locales y las restricciones a las inversiones del exterior han supuesto que gran parte de las inmensas reservas de petróleo del país hayan permanecido sin explorar. Su pleno potencial productivo aún no se ha alcanzado. Aparte de la exploración y producción del petróleo, Libia posee enormes recursos de gas natural sin explotar. El país se convirtió en exportador de gas en 1971, cuando se puso en funcionamiento una planta de licuefacción en Marsa el Brega. Tras unas disputas iniciales por los precios, las exportaciones crecieron hasta alcanzar un máximo de 3.600 millones de metros cúbicos (mmc) en 1977.

Pero en 1980 el gobierno nacionalizó las instalaciones de Esso (actualmente ExxonMobil) e impuso precios más altos (“Gas Exports Set to Escalate,” Petroleum Economist, Vol.71, No.3, Martin Quinlan, marzo 2004). Los principales compradores del gas natural licuado (GNL) de la instalación, o bien cancelaron sus contratos, o bien disminuyeron sus adquisiciones. Durante las dos décadas siguientes el desarrollo del sector ha sido lento debido en parte a las sanciones económicas y, en parte, a la falta de interés oficial. Sin embargo, a comienzos de la década de 2000 la industria del gas resurgió. El gasoducto submarino Greenstream , que conecta Libia con Italia, se inauguró en octubre de 2004.

Empieza en Melitah, donde el gas natural canalizado desde los campos de Wafa, en la costa, y Bahr Essalam, en el mar, es procesado para su exportación. Corre bajo el agua hasta Gela, en Sicilia, y desde allí el gas natural fluye hasta Italia continental (Libya: Overview, Energy Information Administration, http://www.eia.gov). El gasoducto es una joint venture de Eni y la Corporación Nacional del Petróleo de Libia. Eni lo cerró en febrero de 2011, cuando estalló la violencia, pero lo reabrió a finales de ese mismo año. La reanudación de las exportaciones de gas es un gran avance. Más importante aún es la recuperación de la plena producción y exportación de petróleo de Libia. Grandes compañías internacionales, como Eni, la española Repsol, la francesa Total, la alemana Wintershall, así como Occidental Petroleum, ConocoPhillips, Hess y Marathon, con sede en EE UU, ya han manifestado su interés por emprender de nuevo su actividad en Libia, y algunas han enviado a representantes para negociar su regreso.

¿Y ahora qué?

Oficialmente, la revolución libia acabó el 23 de octubre de 2011, tres días después de que se localizase a Gadafi y se le diese muerte en su ciudad natal de Sirte. Se suponía que el país tenía un brillante y prometedor futuro gracias a sus gigantescas reservas de hidrocarburos, a su localización estratégica en el patio trasero de Europa y a su escasa población. Más de dos años después de la caída de Gadafi, la violencia de las milicias sigue azotando el país, y la economía se encuentra en un estado agónico (“Libya: Fragile Security, Fragmented Politics”, IISS Strategic Comments, Vol.19, No.10, marzo 2013).

La combinación de una débil identidad nacional con las rivalidades étnicas, la hostilidad histórica entre los diferentes centros regionales y la falta generalizada de confianza en el gobierno de Trípoli ha tenido un impacto negativo en el ámbito de la seguridad y ha abierto la puerta a la posible desintegración y fragmentación de la autoridad central. Tras un prometedor comienzo de la era pos-Gadafi, las milicias de la zona oriental han intensificado cada vez más sus reclamaciones de autonomía del gobierno central.

En el Sur, las tensiones entre los grupos árabes, tubu y tuareg se han vuelto violentas, agravadas por la propagación de armas por todo el país que siguió a la caída del régimen de Gadafi. El conflicto tiene tintes raciales; los tubu y los tuareg, de piel más oscura y raíces en el África subsahariana, acusan a las élites árabes que habitan a lo largo de la costa del Mediterráneo de acumular recursos y poder (“Tripoli Declares State of Emergency in Libya’s South”, Borzou Daragahi, Financial Times, 19 de enero de 2014). En consecuencia, la producción de petróleo del país, que en 2012 casi había recuperado por completo los 1,6 millones de barriles diarios alcanzados antes de la guerra, cayó en 2013 en más de un millón de barriles diarios a medida que aumentaba la inestabilidad (“Libya Warns Oil Tankers Against Dealing with Militias”, Clifford Krauss, New York Times, 8 de enero de 2014).

Mejorar el clima de seguridad, reforzar la legitimidad de la autoridad central y extender la estabilidad política son los objetivos tanto del gobierno libio como de la comunidad internacional. Otros retos importantes incluyen reforzar la capacidad institucional, mejorar la calidad de la educación, reconstruir las infraestructuras económicas, incluyendo el desarrollo de un mercado financiero, y reducir la dependencia de los hidrocarburos mediante un crecimiento liderado por el sector privado y respaldado por las inversiones extranjeras. Dada la localización estratégica de Libia en el “patio trasero” de Europa, la Unión Europea ha emprendido diversas iniciativas de ayuda al recientemente instaurado gobierno de Trípoli.

A través del comercio, el intercambio cultural y una estrategia basada en la cooperación, los líderes de la UE esperan mantener el impulso y apoyar la transición hacia la democracia y la transparencia. A comienzos de 2014, la UE está llevando a cabo en el país un programa de 30 millones de euros para encauzar algunas de las necesidades más acuciantes. Entre ellas se encuentran la reconciliación de las diferentes regiones y grupos, el respeto a los derechos humanos, la capacidad administrativa pública, la sociedad civil y de la información, la participación de la mujer en la vida pública, la emigración, la salud y la educación. En resumen, la UE y otras potencias mundiales han manifestado un gran interés en fomentar la estabilidad, la democracia y la transparencia en Libia. Al pueblo libio le corresponde tomar las difíciles decisiones que conduzcan a su país a un futuro brillante y entierren la herencia del pasado.