Palestinos buenos y malos

Israel y Occidente han puesto en marcha una estrategia de acoso a la población para que se vuelva contra Hamás, electo democráticamente, y apoye a Abbas, también electo.

Enrique Vázquez

El 14 de junio de este año la milicia de Hamás (técnicamente la “Fuerza Ejecutiva”, cuerpo policial rival de la Seguridad Preventiva) resolvió con un gran éxito sobre el terreno la situación de enfrentamiento civil en Gaza entre el movimiento islamista y Al Fatah: derrotó en dos días a la policía y las tropas controladas por la Autoridad Palestina (AP) con una contundencia y solvencia táctica que llamó la atención de los observadores. Como era inevitable, esto abrió una crisis con el gobierno de la AP y el primer ministro palestino.

El islamista Ismail Haniyeh fue destituido y, enseguida, el presidente Mahmud Abbas tomó medidas conocidas y constitucionalmente muy discutidas: disolvió el Parlamento y formó un gobierno de emergencia bajo la dirección de Salam Fayad, hasta entonces ministro de Hacienda, cartera que conservó, conocido como un competente administrador y muy apreciado en Estados Unidos e Israel. Estos hechos, muy divulgados, merecen algunas consideraciones iniciales porque es útil, si no esencial, entender qué sucedió realmente en Gaza a mediados de junio, a falta de lo cual se podría acreditar sin más la tesis que Abbas y los servicios de la AP presentaron enseguida y defienden desde entonces: a saber, se habría producido un golpe de Estado a cargo de Hamás, culpable, además, de graves crímenes y violencias (….) por los que deberá pedir perdón para devolver la situación al statu quo ante.

Tal situación previa distaba mucho de ser la normalidad que el nuevo ejecutivo palestino exige recuperar y, en el registro de los cuerpos de seguridad, acusaba una anomalía nacida de una decisión clave –ésta más propia de iniciados y que, con toda probabilidad, el lector tampoco recordará: la de imponer, a cualquier precio, a Mohamed Dahlan, como el jefe policial y de Inteligencia en la franja desde el puesto, creado ad hoc, de secretario de un “Consejo de Seguridad Nacional” presidido por el propio Abbas.

El acuerdo de La Meca

Para situar estos hechos hay que retroceder a febrero cuando, en lo que se vio entonces como un brillante movimiento político y táctico de la resistencia y bajo fuerte presión y patrocinio de Arabia Saudí, Al Fatah y Hamás accedieron a formar un gobierno de unidad nacional con poderes compartidos, mecanismos de control suficientes y, lo que era decisivo, una plataforma política de mínimos suficiente para permitir al presidente Abbas, reconocido como tal por los islamistas –como aún lo es hoy– como presidente de todos los palestinos y darle la única voz en las eventuales negociaciones con los israelíes.

Hamás no se veía obligado a reconocer de jure a Israel, pero asumía los acuerdos firmados por los gobiernos palestinos anteriores (también, por tanto, los de Yasir Arafat y, de facto, el corpus diplomático de la Organización para la Liberación de Palestina, OLP, a la que –no se debe olvidar– no pertenece) y proponía, en la línea descrita en su día por el jeque Yassin, su mentor espiritual, asesinado por Israel, la llamada tesis del armisticio (la hudna) que abandonaría la lucha armada por un largo periodo de tiempo. Para el Ministerio del Interior se encontró a un hombre de consenso, con poco peso político y buena reputación, Hani al-Kawasmeh.

Pero a los pocos días Abbas, aleccionado al respecto y rompiendo el pacto, decidió recuperar a Mohamed Dahlan, el insoslayable hombre de la Seguridad en Gaza, cuyas relaciones con Washington e Israel son bien conocidas: Hamás le había vetado literalmente para estar en el gobierno y él había hecho saber que no estaba personalmente interesado en entrar en el gabinete… porque ya conocía el “plan B”: Abbas se sacó de la manga el Consejo y le nombró con el rango de asesor presidencial para dirigirlo. Todo volvía a ser igual en la Franja.

Es difícil para un lector de fuera de Gaza entender hasta qué punto había llegado el rechazo que suscitaba este hombre allí: sus comandos habían liquidado a muchos militantes islamistas y organizado redadas implacables que alcanzaron niveles sin precedentes desde la muerte de Arafat, el único que, de un modo u otro, podía limitar su autoridad y atenuar sus desmanes. En estas circunstancias, el nombramiento de Dahlan fue considerado una provocación que, además, vaciaba de contenido el acuerdo de La Meca. Los medios más perspicaces vieron enseguida el peligro y el tiempo les dio la razón.

Hamás había puesto en pie una fuerza de seguridad propia y leal, la “Fuerza Ejecutiva” y cuando consideró que las exacciones de la Seguridad dahlaniana sobrepasaban lo soportable reaccionó: desmanteló la policía oficial y acabó, desde luego (y eso lo asumió Al Fatah y hasta lo recibió con alivio) con la carrera del impetuoso coronel. Este dejó el país alegando problemas de salud y probablemente no se volverá a oír hablar de él en mucho tiempo.

La reacción del presidente Abbas

Inmediatamente varios de los actores del drama en curso vieron los graves hechos como una oportunidad. Abbas, en primer lugar, sabiéndose arropado por americanos, israelíes y europeos (éstos con matices diversos y sugestivos que no hay espacio para ver ahora) dio su contra-golpe: ignoró la ley palestina, que exige el aval parlamentario para investir a un gobierno, disolvió la Asamblea y formó un gabinete de emergencia nacional.

Aunque hubo alguna controversia, una mayoría clara de juristas estableció la completa ilegalidad de estas medidas, pero también la mayoría juzgó, en un registro más político, que la situación era inédita, excepcional y portadora de novedades potencialmente decisivas por lo que los liderazgos respectivos (y eso vale para los factores palestinos, Israel y EE UU) la manejarían con criterios puramente políticos y prácticos. Y así fue: los islamistas, cuyo modelo organizativo podía ser el Hezbolá libanés, un partidomilicia con una base territorial oficiosamente en su poder y gran adhesión popular en la misma, vieron su mini-Estado fáctico, una entidad islámica que, además, sería patriótica y tomaría la antorcha de la resistencia contra la capitulación presuntamente en curso; israelíes y americanos vieron emerger, por fin, el anhelado interlocutor moderado y fiable: el dúo Abbas-Fayad se avendría a razones y con un poco de suerte podría firmar un arreglo sobre el status final conforme a los criterios israelo-americanos que, a estos efectos, son idénticos.

En ese momento emergieron, con una especie de certificado, los palestinos malos (Hamás y, accesoriamente, por su implantación mucho menor, la Yihad, aunque el primero se abstenía escrupulosamente de cometer atentados en Israel y observaba la tregua de hecho y la Yihad no). Lo notable en términos políticos es que su acuerdo de La Meca con Al Fatah y sus decisiones realistas con las concesiones inherentes al mismo incluyendo el virtual reconocimiento de Israel en las fronteras de 1967, no les habían absuelto.

Es útil recordar aquí la oposición estricta, instantánea y frontal del gobierno israelí a considerar al gobierno mestizo Abbas- Haniyeh como un socio para la negociación. De hecho su constitución, vista por el campo palestino y sus aliados como una excelente maniobra táctica y un logro sin precedentes, fue percibida en Israel como una pésima noticia en la medida en que la presencia de Hamás, en auge en los territorios, además, debilitaba al ala posibilista permeable a la influencia determinante de Washington.

En ese sentido, y visto como una especie de war game en un escenario político de gran sustrato histórico (es el conflicto más viejo del mundo) los defensores de la causa palestina vieron a Israel como el beneficiario instantáneo de la acción de Hamás en Gaza: los islamistas cambiaron su control sobre la Franja y el prestigio, perecedero, de su exhibición militar en junio, contra la aparición inevitable en Ramala de un gobierno moderado bajo la férula norteamericana y más o menos dispuesto a aceptar lo que enseguida sería una proposición de mínimos que, en efecto, surgió: el presidente George W. Bush anunció súbitamente en julio que convocaría una conferencia internacional (esta modalidad fue enseguida cambiada por la de reunión internacional, a petición de Israel, donde se sigue la línea inalterable de evitar toda internacionalización de la crisis), se dotaría así de la pretendida condición de honest broker, se atendría a una de las peticiones del Informe Baker-Hamilton de diciembre que (aunque centrado en Irak, regionalizó el problema y pidió un esfuerzo claro en la resolución del conflicto) y pondría a salvo su legado y su promesa de 2003: acabar con la llamada two state solution.

Entre tanto, como un solo hombre, se puso en marcha un estricto boicot económico y político de Hamás, convertido en un paria. Solo la decisión de la UE de dar asistencia económica tasada bajo control propio (por ejemplo para hacer funcionar la única central eléctrica en Gaza) marca la excepción. Pero llega algún dinero, iraní y, sobre todo, de organizaciones de solidaridad en el Golfo, y si se añade la legendaria sobriedad y disciplina de Hamás no parece probable un hundimiento rápido de su administración sobre el poblado territorio que, entre tanto, y en eso hay unanimidad, ha recuperado del todo el orden público y del que ha desaparecido la violencia.

¿Y ahora qué?

Desde que se produjeron los acontecimientos someramente descritos, Abbas y el presidente israelí, Ehud Olmert, ejecutan la partitura que ha escrito y entiende dirigir la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Es la del discurso de Bush (junio de 2003) sobre los dos Estados viviendo uno al lado del otro en libertad y seguridad, pero también la de las garantías dadas por escrito al general Ariel Sharon sobre mantenimiento de las colonias de población judía en suelo palestino.

Los detalles conocidos sin sorpresa (hace años que las líneas de todo acuerdo son las mismas con ligeras variantes y eso vale para Oslo, la Iniciativa de Ginebra o los parámetros de Clinton): Israel aceptará alguna clase de responsabilidad moral por la tragedia palestina de 1948 (pero se negará en redondo a ejecutar el derecho de los refugiados al retorno, cubierto por una explícita resolución de la ONU); abandonará entre el 90% y el 96% de Cisjordania (ojo al hecho de que Jerusalén- este no es considerada parte de Cisjordania) y compensará por la tierra así tomada con un intercambio de territorios sin precisar cuántos o cuáles, (ofreciendo incluso la posibilidad de que sean territorios de Israel de mayoría árabe); cederá buena parte de los barrios árabes de Jerusalén al Estado palestino (tal vez casi todos), y dejará la administración de la explanada de las Mezquitas en manos de las autoridades religiosas de cada una de las tres religiones allí representadas.

La ausencia, provisional, es decir, cuando se escribe este artículo, de precisiones autoriza a creer ahora que Israel no devolverá la soberanía de Jerusalén oriental a los palestinos. A los criterios conocidos y esperables añadió el acreditado periodista israelí Akiva Eldar uno nuevo en su artículo de Haaretz de 24 de agosto: en el paquete de territorio israelí compensatorio de la anexión de las colonias entraría la carretera que uniría Cisjordania con Gaza, aunque Israel no cedería la soberanía, sino la administración y mantenimiento de la vía y, claro está, solo haría esto cuando Gaza haya vuelto a estar bajo el control del presente liderazgo palestino.

Este vocabulario confirma indirectamente hasta qué punto tal liderazgo es de confianza y goza de buenos avales. La oficina de Abbas negó que el presidente hubiera aceptado eso, pero el desmentido no era contundente y es seguro que la oferta estará sobre la mesa cuando la reunión se celebre, en noviembre y, casi seguro, en Washington. En este tiempo de preparación y tanteo, los norteamericanos están haciendo un esfuerzo supremo para obtener como sea la presencia de algún factor árabe de peso, además de los obedientes egipcios y jordanos de rigor.

Para eso cortejan a Riad cómo no se había visto nunca y han sacado el talonario para convencer a las partes: Israel verá llegar a 30.000 millones de dólares (sí, el lector ha leído bien) la ayuda militar americana para los próximos 10 años y eso será compatible con la venta a los saudíes de armas por valor de 26.000 millones de dólares (bajo ciertas condiciones técnicas y, de hecho, políticas). Se trata de asegurar la presencia saudí para que parezca que la reunión cubre las expectativas de la llamada Iniciativa saudí, endosada por la Liga Árabe y que es la oferta árabe de conjunto: contra completa evacuación de los territorios ocupados en el 67 y una justa solución al problema de los refugiados, completo reconocimiento de Israel.

Eso, entre otras cosas, pone a Siria y su Golán en la balanza. Se asiste, pues, a otro intento, siempre de inspiración americana, de alcanzar un arreglo. Pero es dudoso que funcione y pueda ser lo que la parte israelí llama el fin del conflicto, que deberán firmar los palestinos y renunciar a revisarlo eventualmente. El lector debe saber que si se ejecutara la Iniciativa saudí, los palestinos tendrían el 22% de la Palestina histórica, cuando la partición de 1947 les atribuyó el 43% del total.

Por razones en realidad misteriosas Washington no impone ese desenlace que, al menos, le daría el marchamo de honrado mediador y, sobre todo, de perspicaz gestor de la lucha contra el terrorismo yihadista. Nadie parece valorar que Al Qaeda no ha puesto los pies en Gaza o que acabar con el régimen saudí, odiado por Osama Bin Laden, es uno de sus objetivos. Eso debería ayudar a dar una satisfacción clara y, por cierto, acorde con las resoluciones de la ONU, al nacionalismo palestino. Pero se prefiere el cerco por hambre a los palestinos que ganaron las elecciones y a quienes se desea imponer una conducta.

El error se reproduce y se agranda porque añade a la injusticia la miopía de seguir trabajando mientras se ignora el hecho central: el auge del Islam político. Se advierte otra vez una anomalía inexplicable en la toma de decisión de todos los gobiernos americanos que no cabe en este artículo. Y que es, sin duda, el eje de la cuestión.