Obama y el futuro del mundo árabe

El rechazo de los grupos extremistas al discurso del presidente americano da a entender que su estrategia enfocada a cambios a largo plazo podría ser correcta.

Randa Achmawi

Cuando supe de la decisión del presidente Barack Obama de venir a pronunciar un discurso dirigiéndose al mundo musulmán desde El Cairo, la ciudad donde vivo, reconozco que sentí una pizca de decepción. Al fin y al cabo, Egipto no puede realmente considerarse un modelo de ejercicio de la democracia ni de respeto incondicional de los derechos humanos. El presidente Hosni Mubarak ostenta el poder desde hace 28 años, habiendo sido confirmado dos ocasiones en la presidencia egipcia por medios bastante cuestionables. ¿Cómo es que Obama no optó por dirigirse a esos interlocutores musulmanes desde un país como Indonesia, por ejemplo? Ésa es la pregunta que se hicieron muchos observadores de mi región al anunciarse su decisión de venir a Egipto.

Indonesia ya ha dado pruebas de su capacidad de avanzar con determinación en pos de la democracia. Con ello, el presidente americano hubiera enviado sin duda un mensaje inequívoco a los dirigentes y dictadores árabes, diciéndoles que es hora de introducir reformas y cambios importantes en la escena política de esta región, empezando con la adopción de medidas claras y serias, encaminadas a una mayor apertura y democratización de esos países. En cambio, Obama no sólo escogió dirigirse al mundo árabe desde El Cairo, sino que, además, las partes de su discurso dedicadas a la defensa de los principios de la democracia y de los derechos humanos se abreviaron visiblemente. De hecho, confieso que, en cierto modo, mi escepticismo con respecto a un posible cambio de la política exterior de la Casa Blanca hacia Oriente Próximo y el mundo árabe se había visto confirmado poco después de la elección de Obama.

La razón era su silencio frente a las prácticas israelíes en Gaza, antes de su investidura el 20 de enero, cuando esgrimió como pretexto que “Estados Unidos debía tener un solo presidente a la vez”, a pesar de haberse ya pronunciado sobre muchos otros temas relacionados con la política interior e internacional americana. Es verdad que la elección de un presidente negro y de origen musulmán representaba, sin lugar a dudas, una evolución positiva en la escena política de EE UU e incluso mundial. Sin embargo, ¿cómo imaginar que semejante cambio pudiera también reflejarse con claridad y decisión en la política exterior de Washington, sobre todo en lo que respecta al conflicto israelo-palestino y sus relaciones con los países árabes?

Dicho conflicto se había visto históricamente marcado por el apoyo incondicional de la Casa Blanca a Israel y la aplicación del doble rasero. En cuanto a la relación entre EE UU y los regímenes árabes, es bien sabido que se ha caracterizado por el apoyo, también incondicional, a un gran número de dictadores árabes, como el propio Mubarak. Así que no había mucho que esperar ni intuir grandes cambios en la política exterior del país con respecto a las relaciones con Oriente Próximo y el mundo árabe. Sin perder de vista que la política exterior estaba claramente dictada por una maquinaria compleja y poderosa cuyo fin es preservar, a su manera, los intereses de ese país. Aquellos primeros indicios ya lo mostraban a las claras.

¿Por qué Egipto?

Mediante la elección por parte del presidente Obama de El Cairo como tribuna desde la que hablar al mundo árabe, los responsables políticos americanos parecían expresar unas inquietudes que no respondían al deseo de fomentar inmediatamente la democratización de la región. En un primer momento, la opción de la capital egipcia parecía reflejar otras preocupaciones más inmediatas de la Casa Blanca, como preservar la estabilidad en una zona explosiva. Egipto, un gigante de la región con cerca de 80 millones de habitantes, desempeña, evidentemente, un papel fundamental en el conflicto israelo-palestino, gracias a las relaciones diplomáticas con el Estado hebreo desde 1979. Además, su gobierno invierte esfuerzos muy importantes en la promoción del diálogo entre las distintas facciones palestinas.

Sin duda, esos factores pesaron en la decisión de Obama. No obstante, más allá de los cálculos políticos y estratégicos inmediatos de la administración americana, también había que leer entre líneas en el discurso de El Cairo. Se podía percibir que las palabras de Obama llevaban implícito un importante mensaje de esperanza y reflejaban claramente el vigor y el entusiasmo del nuevo inquilino de la Casa Blanca. De todos modos, el mundo ya lo había visto, la noche en que fue elegido, cuando pronunció su célebre discurso en Chicago, utilizando la poderosa fórmula “Yes we can”. Con ello, mostraba que los cambios (hasta los más difíciles) eran posibles, y que alguien como él podía llegar al cargo más importante del planeta.

La estrategia de Obama

Lo cierto es que, dejando aparte simplismos y lecturas rápidas, el discurso de Obama también parece contener una dimensión muy elaborada y sofisticada, que presenta una estrategia para los cambios en esa región, pero a largo plazo. Quienes conocen el mundo árabe saben bien que la democratización de esa región puede fácilmente chocar con muchos obstáculos, en particular la creciente popularidad, en los 30 últimos años, de los movimientos extremistas islámicos que muy a menudo exhiben programas bastante retrógrados, sobre todo en temas relativos a los derechos de las mujeres y las minorías. De hecho, al querer acceder al poder por vías democráticas, estos grupos representan igualmente una amenaza y un peligro para las libertades fundamentales.

Lo hemos comprobado claramente en Irán, donde el gobierno intenta mantener una democracia de cara a la galería, pero comete entre bastidores las peores atrocidades y atentados contra los derechos del hombre (y de la mujer). Los movimientos extremistas del mundo árabe encuentran en el régimen iraní la mayor fuente de inspiración para poner en práctica su ideología. Así, durante las tres últimas décadas, dichos movimientos han servido de pretexto a los regímenes totalitarios árabes para mantener el statu quo y poner trabas a cualquier reforma o democratización de esa parte del mundo. Con suma habilidad, los jefes de Estado árabes han presentado a Occidente sus políticas como la única alternativa posible a su ejercicio del poder en los países árabes.

Así, han convencido a los dirigentes de los países del mundo de que era preferible tratar con sus regímenes despóticos, con gran frecuencia totalmente corruptos, que aventurarse con los grupos islamistas, que podrían resultarles una verdadera caja de Pandora. Obama, gran conocedor del Islam y los musulmanes, no ha caído en la trampa de la disyuntiva extremistas o gobiernos corruptos. Y todo ello gracias a su propia trayectoria personal y a su capacidad para comprender los matices de la realidad de la región. El presidente americano sabía muy bien que entre los dos grupos (extremistas y gobiernos) hay una importante masa, compuesta por cientos de millones de musulmanes moderados. Éstos tienen aspiraciones sencillas, por ejemplo, tener una familia, que ésta goce de mayor calidad de vida y garantizar una mejor educación a sus hijos.

Unas aspiraciones no muy distintas, además, de las de la mayoría de ciudadanos occidentales. Fue, pues, a esta enorme masa de musulmanes del mundo a quien Obama quiso dirigirse el 4 de junio en El Cairo, en un lenguaje que, como bien sabía, sería escuchado por la gran mayoría de esas gentes. El presidente americano hizo bien apoyándose en su carisma y su capacidad de cautivar a los musulmanes, pues estaban todos ahí, sentados frente a sus televisores. Más de mil millones de seguidores del Islam escucharon con atención las palabras que pronunció en la universidad de El Cairo. Su objetivo estaba claro: no sólo pretendía tratar de mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo tras unos años marcados por la política desastrosa de la administración Bush en esa región; también quiso ganarse la confianza de los musulmanes y acercarlos a América, encarnada por su propia imagen. Así, Obama habló de los importantes roles de los americanos musulmanes en su país, donde recordó que sumaban hasta siete millones.

Con ello, invitó a los musulmanes a volverse hacia sus hermanos del otro lado del Atlántico. Con ello, estaba a todas luces tendiendo la mano a la mayoría de la comunidad islámica, pidiéndole que diera una oportunidad a EE UU, teniéndolo a él como presidente. ¿Habrá logrado sus objetivos? En parte, quizás. Los musulmanes, traumatizados por años de exclusión y marginación, no han permanecido insensibles a las palabras y la actitud del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Durante una hora de discurso en la universidad de El Cairo, fue aplaudido 23 veces por los presentes. Y en las calles, los taxistas o los comerciantes se decían que tal vez habría que combatir el escepticismo y plantearse la posibilidad de darle, a lo mejor, un voto de confianza.

Los grupos extremistas, por su parte, dirigieron inmediatamente su maquinaria ofensiva contra Obama. Tacharon su discurso de simple operación o ejercicio de relaciones públicas, con el fin de ocultar oscuros propósitos de Washington, decidido a apoyar las prácticas del Estado hebreo y proseguir la ocupación en Irak. En cuanto acabó la alocución, Hezbolá corrió a perpetrar ataques en Líbano, al igual que el gobierno iraní y los representantes de Al Qaeda, con el objeto de sembrar la desconfianza entre los musulmanes. Una reacción perfectamente previsible por parte de los grupos que, de repente, han visto su popularidad amenazada, con la posibilidad, de la noche a la mañana, de que Obama pueda ganar la guerra mediática contra figuras como Hassan Nasralá y Osama Bin Laden. Cómo analizar semejante apuesta y cuál sería su verdadero significado? Estas reacciones de aprensión y el rechazo al discurso de Obama significan probablemente que el presidente americano va, cuando menos, por buen camino.

Asimismo, dan a entender que su estrategia enfocada a cambios a largo plazo podría ser correcta. La táctica de la administración americana puede resumirse en varias medidas. Para empezar, intentar debilitar las corrientes musulmanas extremistas, primero mediante la aplicación de una buena estrategia de comunicación con los ciudadanos de esos países. En segundo lugar, proseguir los esfuerzos por la promoción del diálogo y el entendimiento entre Occidente y el mundo arabo-musulmán. Y se haría a través de la Alianza de Civilizaciones de Naciones Unidas, iniciativa a la que el presidente americano se adhirió en abril en Estambul. Por último, el elemento más importante para ayudar a Obama a ganarse definitivamente la confianza de árabes y musulmanes consistiría en actuar de modo que sus promesas públicas se vean siempre acompañadas de acciones y medidas concretas.

Por ejemplo, las medidas para resolver el conflicto de Oriente Próximo partiendo de los principios de la justicia y la legalidad internacional, y la retirada de Irak en el plazo previsto. En definitiva, que haya coherencia en la política de Washington con respecto a Oriente Próximo y todo el mundo árabe, para que puedan evitarse las situaciones creadas en los últimos años, bajo el mandato de George W. Bush. Si lo lograra, la excusa esgrimida por los déspotas árabes, esto es, la amenaza de los radicales, ya no tendría razón de ser. En paralelo a ese proceso, debería poder entablarse cualquier debate sobre la emergencia de la democracia, seguido por la instauración de una estructura de gobierno democrática. Sin embargo, todo eso exigirá tiempo, para que la transición y los cambios puedan completarse de modo apacible y organizado. Las transformaciones acontecidas en la mayoría de países de Sudamérica, en España tras la muerte de Franco o en Portugal son experiencias que podrían convertirse en referencias interesantes e importantes. El conjunto de militantes por la democracia del mundo árabe debería tenerlas en cuenta.