Retos de la seguridad: ¿novedades?

El nuevo terrorismo no tiene nada de reivindicativo, es de ruptura total, cerrado a cualquier argumento alternativo, que no aspira a ningún diálogo ni acuerdo.

Ahmed Driss

Ya no cabe duda de que, desde el Proceso de Barcelona en 1995, la preocupación por la seguridad ha sido uno de los elementos centrales del Partenariado Euromediterráneo. En efecto, su principal objetivo es establecer una zona de paz y estabilidad donde reine asimismo la prosperidad. Según una mayoría de autores especialistas de la zona, la preocupación por la seguridad era incluso la razón de ser del Partenariado, el motor de la política europea con respecto al Mediterráneo. Así, Europa buscaría dotar de seguridad la frontera meridional y tomar precauciones frente a cualquier amenaza eventual procedente de su vecindario meridional. Dar prioridad a la “securización” tenía que ver, sobre todo, con una determinada percepción de la amenaza, cuya pertinencia o veracidad no nos corresponde analizar ni comprobar. De todos modos, aun siendo discutible el puesto que ocupan los retos relativos a la seguridad en la arquitectura general de las relaciones euromediterráneas, sería un error negar o menoscabar su importancia en el territorio mediterráneo, que la disparidad entre ambas orillas y el terrorismo han convertido en un espacio cargado de tensión y favorable a la radicalización.

La disparidad entre ambas riberas

La riqueza y la prosperidad de los vecinos del Norte ejercen indudablemente un poder de atracción sobre un buen número de ciudadanos del Sur. Ello convierte la inmigración en un fenómeno que inspira temor, contra el que a menudo se combate, equiparándolo con una amenaza grave para la seguridad. Desde luego, esta equiparación es discutible desde muchos puntos de vista, pero cuando se trata de inmigración ilegal su validez se mantiene intacta. A ambas orillas del Mediterráneo, este tipo de inmigración da pie a múltiples textos legislativos y normativos, tanto nacionales como comunitarios, en el caso de la Unión Europea (UE). Se trata de documentos partidarios del endurecimiento, que permitiría intensificar el control de las fronteras, abrir más diligencias y expulsar a más inmigrantes de los que, a pesar de todo, logran cruzar las fronteras clandestinamente.

Suelen ser textos muy criticados, pues no garantizan la dignidad ni los derechos humanos básicos de los clandestinos. Otros, sin embargo, argumentarán que, al menos, garantizan la seguridad de las personas, al liberarlas de las redes de tráfico de seres humanos y trata de personas. En este sentido, es absolutamente necesario que las políticas de seguridad y los medios dedicados a la lucha contra la inmigración ilegal se concentren más en esas redes de delincuentes que en las personas inmigradas. Y es que, como tantas veces recuerdan las voces del Sur, tratar el problema de la inmigración ilegal desde el punto de vista de la seguridad no es ni será lo bastante eficaz para detener ni incluso limitar el fenómeno. Se pide a los países mediterráneos meridionales que ejerzan de guardianes de las fronteras del Viejo Continente.

Sin embargo, no cuentan con los medios para interrumpir su transformación en un territorio de tránsito de miles de clandestinos subsaharianos que vienen a sumarse a sus propios ciudadanos candidatos a la inmigración ilegal. En principio, la mejor estrategia defendible, que satisfaría las expectativas de todos, sería una política común y global que abordara el problema en toda su complejidad.

La violencia asociada al fenómeno del terrorismo

La amenaza terrorista sigue en cabeza en cuanto a preocupaciones por la seguridad. Actualmente, dicha amenaza preocupa por igual a todos los gobiernos de todo el Mediterráneo, sin distinción entre Norte y Sur. Ahora bien, ¿de qué terrorismo se trata? El uso de la violencia, legítima o no, no es nuevo en el Mediterráneo. El recurso a la fuerza siempre ha estado presente, a ambas orillas, en nombre de la ideología, de la religión, por motivos políticos o reivindicaciones nacionalistas, separatistas. Son varios los movimientos que se han enfrentado al orden vigente. No obstante, la forma de violencia que parece plantear más problemas hoy es el terrorismo yihadista. Un terrorismo sin reivindicaciones territoriales concretas ni objetivo político territorialmente delimitado. El terrorismo yihadista apunta a todo el mundo occidental y a todo el mundo musulmán: lo han sufrido desde Marruecos hasta Indonesia.

El terrorismo yihadista es una evolución relativamente reciente del terrorismo, una forma nueva, fundamentalmente distinta del resto de manifestaciones de violencia que emanan de organizaciones islamistas. Esta evolución se inicia en el momento en que varios movimientos decidieron ir a combatir a territorios más allá de los suyos. La lucha contra el Ejército Rojo en Afganistán fue el punto de partida. Posteriormente, varias guerras contribuyeron a la formación de grupos militares islamistas transfronterizos, con combatientes que van de un conflicto a otro.

La guerra civil en Afganistán, la guerra de Bosnia, las guerras de Chechenia y la invasión de Irak fueron también terrenos de acción para esos grupos. Está claro que en esos movimientos hay una predisposición a combatir “al infiel”, sea quien sea. La presencia de efectivos militares, sobre todo americanos, en suelo saudí ofrecía un móvil con suficiente poder de convocatoria como para desencadenar una ola de atentados contra los occidentales y sus intereses dondequiera que estén; y contra países musulmanes, ejercitándose en echar a las tropas occidentales destacadas en sus territorios, o intentando desestabilizarlas; o debilitar sus economías atacando al turismo, que en ocasiones es una de las principales bazas para su desarrollo.

Raíces de este nuevo terrorismo

La cuestión, pues, es saber cuáles son los motivos de la aparición de este tipo de terrorismo, y cuál es su verdadera naturaleza. Hay quien sostiene que es fruto del apoyo indefectible a Israel de una mayoría de occidentales, los americanos en particular, y parte de la opinión pública occidental en general. Ello ha llevado a determinados musulmanes a emprender la guerra contra ese mundo “judeocristiano” hostil. Esta yihad se vive como una guerra total, que persigue causar víctimas, no sólo como un medio, sino también como un fin en sí (Lebas; Bouillon, 2005). Para otros, el nuevo terrorismo de Al Qaeda habría nacido de la confluencia entre una radicalización violenta de una fracción minoritaria y marginal de islamistas y de una contestación antiimperialista, deslocalizada en el marco de la globalización, esto es, lejos de Oriente Próximo y sus conflictos, y víctima de una profunda desesperación (B. Khader, 2005).

El nuevo terrorismo, pues, sería cosa de extremistas radicales que han roto con el modo de practicar el Islam en sus sociedades y que, por ende, han roto con sus realidades. Este terrorismo, por tanto, no tiene nada de reivindicativo. Es un terrorismo de ruptura total, cerrado a cualquier argumento alternativo, que no aspira a ningún diálogo ni acuerdo (E. Husain, 2007). Y ésa es la novedad de este terrorismo. En realidad, este terrorismo yihadista mundial “en lucha por la restauración de un gran Estado islamista que abarque todo el planeta, borre todas las fronteras nacionales actuales, barra todas las entidades políticas corruptas y derribe a las potencias occidentales que impiden el advenimiento de un gran Estados islamista” aspira a un objetivo irrealizable y utópico. Al ser consciente de la inaccesibilidad de dicho objetivo, ansioso por ver alcanzado su propósito, el yihadista se convence de que la salvación está en el martirio, “con el paraíso como recompensa”. Sin embargo, a pesar de estas convicciones surrealistas, ese terrorismo se alimenta a base de razones más concretas, como las políticas de las potencias mundiales frente a determinados problemas y sus actitudes en la lucha contra el terrorismo.

Más concretamente, la política americana en Oriente Próximo y su estrategia durante los dos mandatos del ex presidente George W. Bush, que convirtió la lucha contra el terrorismo en una cruzada del bien contra el mal. Todo ello no hace sino aportar justificaciones complementarias para el reclutamiento de más candidatos desesperados y más operaciones suicidas, no sólo contra el “Gran Satán”, sino también contra sus “vasallos” en el mundo árabe y en el mundo musulmán que apoyan su política. Ese juego en que cada cual va a la suya y todos pierden, en que ambas partes hacen, cada una a su manera y con sus propias justificaciones, un uso asimétrico de la violencia, no parece regirse por ninguna regla.

En la mayoría de Estados, la prioridad suele ser más bien de tipo técnico: dotarse de un arsenal jurídico preventivo y represivo, reforzar las capacidades de control transfronterizo y organizar o participar en operaciones militares, sin detenerse en las razones profundas de este terrorismo de la desesperación y abordarlo seriamente, para resolverlo de raíz. No pretendemos en absoluto dar por buenas las justificaciones del terrorismo por esas causas; sólo que puede ser útil recordar que, muy probablemente, toda cooperación internacional que no tenga en cuenta esos factores tiene muchas posibilidades de fracasar.