Mujeres y deporte: una revolución pendiente

El deporte femenino no debería concebirse como un ‘asunto de mujeres’. Se trata de un problema básico que forma parte de un proyecto de sociedad.

Monia Lachheb

Desde su creación a mediados del siglo XIX en Inglaterra, el deporte se considera un baluarte de la masculinidad. Los juegos deportivos se adoptaron como apoyos educativos destinados a la formación del carácter del joven “varón”, “blanco”, “burgués” y “heterosexual”. Este modelo de práctica se ha mantenido a lo largo del tiempo a pesar de los múltiples cambios provocados por los movimientos sociales y las ideologías dominantes según las épocas. Incluso se ha propagado en paralelo a la difusión mundial del deporte, especialmente en el Magreb.

De esta manera, el deporte crea una cultura marcada por un modelo de masculinidad, el cual impone como referencia normativa. Si bien los hombres encuentran en el deporte un espacio propicio para la aprobación de su masculinidad, las mujeres experimentan numerosas formas de desigualdad y, con frecuencia, se encuentran infrarrepresentadas, tanto en la práctica como en las instituciones deportivas. El acceso de las mujeres al universo del deporte equivale por tanto a “la conquista de una fortaleza masculina” (Terret, 2005). Dicha realidad se completa en el Magreb por los marcos específicos del desarrollo del deporte y la importancia de las peculiaridades culturales.

Mujeres en el panorama deportivo magrebí

El Magreb es una entidad geopolítica que tiene una historia y un pasado colonial bastante parecido. Como zona geográfica y cultural que sigue los preceptos del islam, se distingue en la práctica de las sociedades de Oriente Próximo. El deporte fue introducido en el Magreb a través de la colonización francesa y experimentó un desarrollo considerable gracias a la práctica de los colonos, tanto hombres como mujeres. Algunas figuras del deporte femenino magrebí surgieron en la época colonial. En Túnez, Farida Ayub destacó como nadadora al conseguir la medalla al mérito en 1954. Mucho antes, el eminente club multideportivo Zituna Sports creó la primera sección femenina de baloncesto, en 1947 (Lachheb, 2014). Asimismo, Salima Sahraui fue una de las figuras del deporte femenino argelino musulmán de la década de los cincuenta.

Esta atleta destacada fue campeona de Argelia y del norte de África en diferentes pruebas atléticas: 80 metros vallas, salto de altura, salto de longitud y cross (Seferdjeli, 2013). Tras la independencia, Túnez, Argelia y Marruecos apostaron por el desarrollo económico y social. En el marco de esta tendencia, el deporte se utilizó como medio para dar visibilidad al país durante las citas deportivas internacionales. Asimismo, la democratización de la educación en favor de los niños y de las niñas impulsó la recuperación del país. Esto permitió que la población escolar participase en la educación física y deportiva. En este sentido, las Instrucciones Oficiales de la Educación Física Tunecina de 1968 insistían en una educación femenina que tuviese en cuenta las características específicas de las chicas jóvenes. Argelia también pudo poner en práctica en 1976 el Código de la Educación Física, que mencionaba el derecho de las chicas a la práctica física y deportiva.

La ampliación de la actividad física y deportiva a la población escolar sirvió para impulsar el descubrimiento de la práctica deportiva y la transformación progresiva de las representaciones relacionadas con lo masculino y lo femenino. Y esta actividad se ha convertido en uno de los medios para promocionar el deporte practicado por las mujeres y la mejora de su condición social. En la actualidad hay más mujeres magrebíes que practican deporte y que acceden a las estructuras administrativas del deporte. No obstante, teniendo en cuenta las particularidades de los contextos magrebíes, la preponderancia masculina sigue siendo muy considerable.

En lo que respecta a Argelia, que ha conocido un largo periodo de crisis política y social caracterizado por un movimiento “terrorista”, el índice de mujeres en todas las disciplinas deportivas era del 4,66% en 1994. A partir de la década de 2000 se observó un ligero incremento del número de deportistas federadas, lo que hizo que el total de deportistas argelinos ascendiese en 2005 a 643.474 federados. En total, hay 91.601 mujeres federadas, lo que representa un 14,23% (Nefil, 2005). En Marruecos, las deportistas marroquíes representaban en 2004 el 15,6% de los miembros de todas las federaciones deportivas. Las mujeres que participan como miembros de los comités directivos representan el 3,4% del total de los dirigentes deportivos (Mennesson y Pillaz, 2009).

Por último, Túnez, que vivió un proceso de emancipación de la mujer bastante precoz con respecto a Argelia y Marruecos (Código del Estatuto Personal promulgado el 13 de agosto de 1956), presenta una importante disparidad entre hombres y mujeres en el ámbito del deporte. Según los datos del Ministerio de Juventud, Deporte y Educación Física (2011), el índice de hombres federados es del 78,29%, mientras que el de mujeres es de solo el 21,71%. Asimismo, el número total de dirigentes deportivos en las 23 federaciones olímpicas es de 256; 234 hombres (91%) y 24 mujeres (9%) (Lachheb y Moualla, 2010).

Obstáculos culturales

Además de las disparidades relacionadas con la naturaleza masculina de la práctica deportiva, en el Magreb siguen existiendo imposiciones y obstáculos culturales. De hecho, el tema de las mujeres siempre se interpreta de acuerdo con una cultura árabomusulmana que parece dificultar la práctica deportiva de las mujeres. En primer lugar, la concepción sociocultural del cuerpo femenino está determinada por el honor, lo tabú y lo prohibido. La configuración ideal del cuerpo femenino se caracteriza por la “lentitud”, el “recato” y el “pudor” (Tlili, 2002). Resulta que en el deporte se muestra el cuerpo y se exhiben sus formas, sus posturas y sus gestos.

El atuendo deportivo, considerado indecente, muestra un cuerpo descubierto y revela unas partes que se supone deben ocultarse. El deporte es, por otra parte, un espacio de visibilidad de la mujer y un ámbito que favorece las relaciones entre los sexos, mientras que se supone que las mujeres deben ser tradicionalmente reservadas y limitarse al espacio privado. Los espacios para hacer deporte y la mezcla social que crean constituyen un obstáculo para la práctica deportiva femenina, especialmente en las zonas rurales. De hecho, la práctica deportiva de las mujeres sigue concentrada en las zonas urbanas. Conviene señalar que las competiciones deportivas femeninas siguen teniendo poco seguimiento por parte de los medios de comunicación.

De hecho, los medios que se centran en el deporte más popular en el Magreb, el fútbol, transmiten una cultura deportiva masculina poco favorable a la promoción del deporte femenino y a una mayor visibilidad de las mujeres deportistas. Reproducen así los estereotipos predominantes que contribuyen activamente al mantenimiento y al reforzamiento de un orden social y cultural establecido (Jabri, 2012).

Figuras destacadas del deporte femenino en el Magreb: una posible transgresión

A pesar de todas las imposiciones sociales y culturales, algunas mujeres magrebíes han podido obtener resultados destacados y han logrado consolidarse en la escena deportiva nacional e internacional. En los Juegos Olímpicos, que encarnan la identidad propia del deporte, se han visto atletas femeninas magrebíes excepcionales. Estas ya forman parte de la historia del deporte y del movimiento olímpico. La primera de estas eminentes deportistas es la marroquí Nawal el Mutawakil, que destacó en los Juegos Olímpicos celebrados en Los Ángeles en 1984 al conseguir la medalla de oro en los 400 metros vallas.

Además de sus logros deportivos, Nawal el Mutawakil forma parte desde 1998 del organismo supremo de gestión del deporte, el Comité Olímpico Internacional (COI). Más recientemente, el 27 de julio de 2012, Nawal el Mutawakil, también llamada La gacela del Atlas, fue elegida vicepresidenta del COI. La segunda figura destacada del deporte femenino en el Magreb es la argelina Hassiba Bulmarka, especialista en medio fondo (800 metros y 1.500 metros), que en 1992 logró la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la prueba de 1.500 metros, consiguiendo así la primera medalla olímpica para el deporte argelino.

Hay que señalar que Hassiba Bulmarka obtuvo esta medalla en un contexto sociopolítico marcado por el ascenso del dogmatismo islamista en Argelia. Sin duda, su mérito es doble por su encarnizada lucha contra el integrismo religioso, como mujer y como deportista. Bulmarka ocupó durante algunos años un cargo de responsabilidad en la comisión de atletas del COI. Y, por último, la otra deportista magrebí excepcional es la tunecina Habiba Ghribi, subcampeona en 3.000 metros obstáculos en los Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 2012. La plata de Habiba Ghribi fue, de hecho, la primera medalla olímpica femenina de Túnez. “Es una medalla para todo el pueblo tunecino, para las mujeres tunecinas y para el nuevo Túnez”, declaró Ghribi.

A pesar de ello, el nuevo movimiento islamista consideró que el atuendo deportivo de esta atleta era muy provocador y no encajaba con los preceptos del islam, lo cual dio pie a una polémica en las redes sociales, aunque con poco éxito. Hay que señalar que estas tres mujeres excepcionales del deporte femenino magrebí destacaron en las pruebas de atletismo. Salvo la joven atleta tunecina, que sigue compitiendo, la marroquí y la argelina, tras finalizar sus carreras deportivas, han mostrado su compromiso de contribuir a la mejora de las condiciones necesarias para la práctica deportiva de las mujeres. De hecho, su acceso a cargos de responsabilidad en el COI pone de manifiesto su militancia y su voluntad de mostrarse activas en el ámbito deportivo.

Por otra parte, se han convertido en símbolos para la juventud magrebí, especialmente para las chicas, y contribuyen con su notoriedad al desarrollo del deporte femenino en sus respectivos países. En definitiva, el principal impulsor del desarrollo de la práctica deportiva femenina en el Magreb ha sido la decisión política de democratizar el deporte y promover la educación física y deportiva en el colegio. Todavía hoy, la educación física y deportiva en los centros escolares, concebida sobre la base del reconocimiento de las diferencias entre niños y niñas y de la diversidad cultural, sirve para impulsar el deporte femenino en el Magreb. De hecho, el colegio como institución social que agrupa a una masa considerable de la juventud magrebí, especialmente niñas, es un lugar idóneo para el descubrimiento de la práctica deportiva y para adquirir un gusto por el deporte. Más en general, constituye un ámbito en el que experimentar la justicia social y la igualdad.

El colegio contribuye así a preparar a las niñas para desempeñar un papel activo, tanto en el movimiento deportivo como en el conjunto de la sociedad. Además del colegio, el compromiso de las mujeres y su acceso a cargos de responsabilidad en los clubes y asociaciones deportivas, y también en los órganos de gestión del deporte nacional, son factores que contribuyen a impulsar el deporte femenino. La figura de las mujeres emprendedoras y que tienen éxito en sus proyectos sirve de acicate para el cambio de las representaciones y la práctica deportiva de las jóvenes. Dicho esto, el deporte femenino, al igual que los demás sectores de la sociedad, no debería concebirse y percibirse como un “asunto de mujeres”. Se trata de un problema básico que forma parte de un proyecto de sociedad. De esta manera, la participación activa y efectiva de todas las fuerzas vivas, hombres y mujeres, será más eficaz para remediar la situación.