Marruecos, de la herencia al patrimonio

En tiempos de incertidumbre identitaria, sobre todo entre los jóvenes, es necesario salvaguardar el patrimonio e integrarlo en la vida moderna.

Ahmed Skounti

En Marruecos hay testimonios tangibles de la preservación de objetos, edificios y lugares de lo que actualmente llamamos patrimonio cultural material. La transmisión de conocimientos y de saber hacer del patrimonio inmaterial entre las comunidades y en el seno de las familias es más discreta. No obstante, este legado se recrea constantemente, de tal manera que adquiere el tinte de su tiempo en cada generación. A un nivel más modesto, hay objetos que se van legando a la familia, como cofres de madera, telas, juegos de té y joyas, entre muchos otros. Los libros encontraron, en las bibliotecas públicas y privadas de los sultanes, las zagüías y los ulemas, lugares de preservación y continuidad de la erudición de los sabios y de los conocimientos de los encuadernadores e ilustradores. Hay que reconocer, sin embargo, que los marroquíes no se preocuparon demasiado por conservar los testimonios materiales de sus sucesivas culturas y los de las culturas que han acogido o sufrido en su territorio. La mayoría de las veces, la utilidad y el valor material han pasado por delante de la función patrimonial y el valor simbólico.

El sentimiento de apropiación y de transmisión de bienes ‘patrimoniales’

La ambivalencia del sentimiento de apropiación y de transmisión entre los marroquíes parece dividida entre el apoyo y el saber, entre la materia y el espíritu. Puede verse desde tres ángulos. Una relación ambigua con los testimonios materiales de la historia y la cultura, recurriendo a ratos a la selección, al eclecticismo, al abandono o a la destrucción. En Marrakech, la transición de la dinastía de los Almorávides (siglos XI-XII) a la de los Almohades (XII-XIII) estuvo marcada, entre otros, por el derribo de la mezquita de Ben Yusef, con excepción de la cúpula almorávide y el púlpito (minbar), este último reutilizado en la mezquita Kutubia, erigida de nuevo por los Almohades sobre el palacio almorávide destruido.

La transición de la dinastía de los Saaditas (siglos XVIXVII) a los Alauitas (a partir del siglo XVII) vio al sultán Mulay Ismail (1672-1727) construir su nueva capital en Mequinez con vestigios de la ciudad romana de Volubilis y materiales del palacio saadita El Badii en Marrakech. No cabe duda de que los monumentos y vestigios del pasado estaban, en el mejor de los casos, privados de sus tesoros muebles o de sus materiales, reducidos a una cantera, y en el peor de los casos, destruidos como para deshacerse de la materialización de la despreciada ideología de los predecesores.

Y después, está el sentimiento común de que las personas cuentan más que sus testimonios materiales. En uno de sus famosos temas, el grupo marroquí Nass el Ghiwane cantaba estos versos, para los que propongo la traducción siguiente: “Solo me importan los hombres si desaparecen. Si los muros se vienen abajo, cada cual erige un hogar”. Significa que los hombres tienen más valor que las edificaciones; éstas, si se derrumban, pueden reconstruirse. Asimismo, hay un proverbio que reza: “Construye y yergue, muere y abandona”. De nada sirve erigir moradas por muy suntuosas que sean, porque estamos condenados a abandonarlas al morir. De forma más general, el texto, más que como prueba material, es importante para perpetuar el recuerdo de un acto digno de transmitirse de generación en generación. Dice el refrán amazigh: “¡No hay acontecimiento si no se celebra con un poema!”. Así, el verbo es el testimonio por excelencia que se repite, que se memoriza, que se transmite. Mejor que el monumento, se lleva encima allá donde se va.

Por último, está la relación con el tiempo histórico, que se transforma en espacio a favor de la ideología nacionalista posterior a la independencia. La ideología nacionalista de los años cincuenta a los noventa se debatió entre un sentimiento nacional exclusivo en el interior y una propensión exterior a inscribirse en un horizonte más amplio, el de la “nación árabe”, en plena expansión tras la independencia de los países total o parcialmente arabófonos. La idea de la arabidad de los marroquíes arabófonos fue así abriéndose camino, aunque estuviera claro que una mayoría abrumadora de los habitantes del país, ya fueran musulmanes o judíos, tenía raíces amazighs. Durante mucho tiempo, se privó a la propia historia de Marruecos de su antigüedad anteislámica, curiosamente reemplazada, en la mente de muchos marroquíes, por la Yahiliya árabe, la etapa de la ignorancia y el paganismo, suplantada por el islam y geográficamente ubicada en la península arábiga.

Legados inciertos

Sin duda, de un modo general –probablemente al igual que los japoneses que se apegan a la parte intangible de las herencias–, los marroquíes se interesaron más por la transmisión de los conocimientos, del saber hacer y de las representaciones que por los soportes, perecibles a sus ojos, en que se encarnan.

Las transiciones dinásticas y socioeconómicas, la movilidad de gran parte de los pueblos, las mutaciones culturales y las rupturas cultuales no favorecieron la estabilidad social propicia a la transmisión de grandes sectores de la cultura material de los marroquíes. No obstante, un buen número de edificios, objetos y formas de expresión cultural pasaron de generación en generación. Ahora bien, su transmisión estaba estrechamente vinculada a una función reconocida en la sociedad, y en absoluto a un uso de tipo patrimonial en el sentido actual. Solo la práctica de los bienes inmateriales o habous puede asimilarse a una práctica patrimonial de tintes religiosos. El libro parece ocupar un lugar central desde hace mucho tiempo; Ibn Jaldun lega, de su puño y letra, sus Prolegómenos a la biblioteca de la Qarawiyin de Fez a finales del siglo XIV. Por extensión, se preservó una gran cantidad de mezquitas, zagüías, casas, hammams, jardines frutales, vergeles y campos de cultivo, entre otros. El usufructo de estos bienes permitía en ocasiones mantener otros edificios o construcciones.

En el campo, los pastos elevados en la montaña, llamados agwdals, se pusieron bajo la protección de santos patrones, lo que garantizó su seguridad. En un sentido más general, las huellas del pasado han sido más objeto de preservación que de destrucción. Gracias a ello, han llegado a nosotros, en cierto modo por defecto, grabados y pinturas rupestres, vestigios arqueológicos, ruinas, graneros colectivos y atalayas, mausoleos y las fuentes y árboles correspondientes, objetos de la vida diaria.

En el terreno inmaterial, si hemos accedido a mitos, leyendas, poemas, proverbios, adivinanzas, conocimientos y artes, prácticas y representaciones, es por el simple traspaso de generación en generación. No nos llegaron tal cual, sino tras haberse recreado constantemente en cada época histórica, en cada región del país, por cada comunidad según su modo de vida, su historia y sus gustos. Una arqueología de las prácticas y de las representaciones podría revelar toda la profundidad insospechada de esta cultura inmaterial.

De la patrimonialización

En Marruecos, el concepto de patrimonio, en el sentido moderno del término, es, pues, muy reciente. Su origen se encuentra en el punto de vista de las autoridades del Protectorado franco-español (1912-1956) con respecto a los elementos de la naturaleza, de los testigos de la historia y de la cultura del país. Los convirtieron en un legado del pasado empleado para modelar una nueva configuración social y política que asentara su legitimidad y dominio. En la zona francesa, Lyautey es muy sensible a lo que por aquel entonces se denominaba los “monumentos históricos”, las “inscripciones” y las “antigüedades”. Se abren cuatro frentes: la conservación de las medinas rodeadas de nuevos centros urbanos modernos; el registro y la clasificación de parajes y monumentos históricos y naturales, la práctica de excavaciones arqueológicas y el desarrollo de los yacimientos, así como la creación de museos arqueológicos y etnográficos alimentados por las excavaciones y las adquisiciones de objetos ceremoniales y de la vida cotidiana.

Las medidas institucionales, jurídicas y financieras contribuyen a la aplicación de esta política ambiciosa. En 1912 se funda el Servicio de Antigüedades, Bellas Artes y Monumentos Históricos. Se adopta el dahir jerifiano (decreto real) del 26 de noviembre de 1912 sobre la conservación de los monumentos históricos y las inscripciones. El decreto, que posteriormente se enmendaría varias veces, permite promulgar muchos más relacionados con la clasificación de sitios y monumentos históricos de todo el país. Se dedican recursos económicos a las excavaciones arqueológicas en Volubilis, así como a la compra de objetos o de colecciones de objetos. De ahí nacen dos tipos de museos: los arqueológicos y los etnográficos. Para gestionar los monumentos históricos y controlar las construcciones en zonas especiales hubo que establecer inspecciones de monumentos históricos y lugares.

Tras la independencia, la gestión de todo este legado corresponderá a los ministerios de Educación nacional, ora a los de Turismo, ora a los de Artesanía, antes de que pase a ser definitivamente responsabilidad de la Secretaría de Estado de Cultura creada en 1969, antecesora del actual Ministerio de Cultura. Funciona con medios económicos muy modestos y con recursos humanos mayoritariamente formados en el puesto de trabajo. En 1985, la creación del Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y del Patrimonio (INSAP, por sus siglas en francés) y de la Dirección del Patrimonio Cultural (DPC) en 1988 ponen de manifiesto el deseo del departamento tutelar de encargarse de una vez por todas de una herencia que sigue prácticamente igual desde el fin del Protectorado. El propósito del INSAP es formar a conservadores del patrimonio de todas las disciplinas. En cuanto a la DPC, acogió en su seno los servicios de Bellas Artes y Antigüedades, que hasta entonces se hallaban dispersos tanto administrativa como espacialmente. Encargada de la protección, la conservación y la valorización del patrimonio cultural, recluta a la mayoría de los laureados del INSAP. El ministerio también puso en práctica medidas jurídicas ya existentes (Ley del patrimonio de 1980), que hoy se encuentran en proceso de revisión.

Además de los monumentos y lugares nacionales, hay varios bienes culturales marroquíes en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Un total de nueve lugares cuentan con reconocimiento internacional: las medinas de Fez, Marrakech, Meknes, Tetuán, Esauira, Mazagán y Rabat; el yacimiento arqueológico de Volubilis y el ksar de Ait Ben Haddu. Todos son lugares culturales. Hasta la fecha, Marruecos no cuenta con ningún paraje natural en la lista. Paralelamente, el país se implicó activamente en el reconocimiento internacional del patrimonio inmaterial. Con la plaza Yemaa el Fna de Marrakech se inauguró el proceso, que culminaría con la adopción por la Unesco de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, de 2003. En la lista representativa que alumbró esta convención figuran seis elementos marroquíes: además de la plaza mencionada, encontramos el mussem de Tan-Tan, la cetrería, la dieta mediterránea, la fiesta de las cerezas de Sefrou y Argán, prácticas y conocimientos relacionados con el árbol de argán.

Cada vez son más los sectores de la sociedad conscientes del valor de este patrimonio para la consolidación de la identidad nacional. Esta conciencia surge, como en otros países, en cuanto ese mismo patrimonio es objeto de presiones varias, intensas e inéditas.

A modo de conclusión

La preservación del patrimonio natural y cultural en Marruecos es hoy, más que una necesidad, una urgencia. Exige una mayor implicación de los actores públicos y privados. Se trata, a un mismo tiempo, de proteger los logros y de identificar nuevos emplazamientos naturales y culturales, elementos de la cultura inmaterial que deben salvaguardarse. El compromiso de Marruecos con un proceso de desarrollo de las infraestructuras en todos los niveles tiene un impacto innegable en los paisajes y patrimonios natural y cultural. Es importante potenciar el trabajo actual en el mapa arqueológico del país, para evitar la destrucción involuntaria de esos lugares. Asimismo, hay que aumentar las clasificaciones y lograr una mayor protección jurídica, además de consolidar la gestión transversal de los bienes patrimoniales (medinas, monumentos, edificios, conjuntos arquitectónicos…), para que no se pierdan recursos patrimoniales no renovables. Los profundos cambios que está viviendo la sociedad marroquí en las últimas décadas también requieren prestar una atención particular al patrimonio cultural inmaterial. En estos tiempos de incertidumbre identitaria, sobre todo entre los jóvenes, su conservación es más que nunca necesaria. Para ello, hace falta más imaginación, para integrar el patrimonio en la vida moderna y presentarlo tal como corresponde a la vida contemporánea. En vez de ser una reliquia vetusta, y hasta repulsiva, debe vestirse con la ropa de hoy e incluso de mañana.