Magreb, inquietudes frente a un futuro incierto

El marco actual es propicio para establecer reglas democráticas, pero habrá que inyectar visiones, proyectos de sociedad, de las organizaciones y de las fuerzas vivas.

Fouad Abdelmoumni

Asu llegada a Marruecos el 9 de febrero de 2012, el presidente tunecino, Moncef Marzuki, expresó su deseo de que este año, posterior al de la Primavera Árabe, sea el de la Unión magrebí. Sin embargo, de momento, el Magreb es tanto una simple quimera como un imperativo insoslayable para la estabilidad y la prosperidad de los pueblos de la región. El nuevo e importantísimo factor que supone el fuerte arranque de la democracia electoral en los países magrebíes y la posición destacada alcanzada por las corrientes denominadas “islamistas” despiertan sueños o pesadillas, en función de la persona y el momento.

No obstante, se diría que la religiosidad va para largo, que las fuerzas que se benefician de un anclaje religioso serán durante mucho tiempo ineludibles en la arena política. Estas fuerzas ven mermadas, sin embargo, sus aspiraciones hegemónicas por la banalización que de ellas se hace en el juego democrático. Los riesgos de empeoramiento de la situación política a raíz del terrorismo u otros factores son reales, pero se pueden gestionar, y la respuesta que exigen las expectativas de la población impondrá progresos significativos y rápidos en la construcción magrebí, más allá de la orientación de las élites en el poder y de sus cálculos más o menos belicosos. Cabe recordar que el Magreb lo forman cinco países soberanos de realidades contrastadas (además del territorio disputado del Sáhara occidental).

Tanto en Argelia como en Marruecos, la población es relativamente numerosa (más de 30 millones), pero muy reducida en Mauritania (3,5 millones) y Libia (6,5). Libia y Argelia cuentan con importantes recursos petrolíferos, mientras que Mauritania es uno de los “países menos avanzados” del planeta. Argelia quiso tomar la vía del socialismo; Marruecos, en cambio, reivindica una orientación económica liberal. La secularización de la sociedad ha conllevado avances significativos en los tres países del Magreb central, mientras que la referencia religiosa sigue teniendo una gran penetración en Mauritania y Libia. Estos países comparten un buen número de características y desafíos que los acercan unos a otros.

Cuentan con los mismos ascendentes amazighs, árabes e islámicos, así como las mismas aportaciones significativas judías, negro-africanas y euromediterráneas. Vivieron la decadencia a partir del siglo XV y la colonización en los siglos XIX y XX. Luego, con más o menos fortuna, todos ellos despertaron a la independencia y al Estado nacional, incluso a la modernización y la ciudadanía. Gran parte de sus habitantes fueron escolarizados y urbanizados. El espacio público se feminizó considerablemente. Su mundo se globalizó, sus referencias se universalizaron.

La necesidad de Magreb

El desarrollo de los países del Magreb ha sido mediocre desde su independencia, hace cinco décadas o más, como muestran periódicamente los informes comparativos de calidad reconocida (Informe de Desarrollo Humano, Doing Business, Democracy Index, Reporteros sin Fronteras…). No es que no hayan evolucionado en absoluto en cuanto a estructuras y resultados sociales, económicos, culturales y políticos; pero su evolución ha sido claramente inferior a la de otros países comparables.

Además, está muy por debajo de las expectativas de la población, desatadas por las seductoras promesas brindadas por la independencia, la escolarización y la urbanización, y la adopción del modelo consumista occidental. La competitividad de sus economías ha ido retrocediendo, y el desarrollo de los “dragones” del sudeste asiático (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) y los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) han sacado ventaja en los mercados exteriores tradicionales de los países magrebíes, sobre todo en la industria textil. Ante esta situación, una entidad relativamente integrada permitiría mejorar las capacidades para los mercados y las inversiones, las sinergias para la productividad, los costes de la seguridad, la racionalización de los costes de estructuras, el atractivo para los capitales extranjeros, la capacidad para las negociaciones internacionales…

Sigue habiendo un amplio consenso sobre la idea que surgió del Instituto Peterson en 2008, retomada y desarrollada ampliamente tanto por investigadores (Francis Ghilès, por ejemplo) como por actores públicos (entre ellos el exdirector general del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn): ¡el no Magreb costaría una media de dos puntos del PIB a cada uno de los países directamente afectados! Así, un artículo del 17 de febrero de 2009 de Jeuneafrique.com titulado “Magreb: los millones perdidos de la desunión” afirma que “… De aquí a 2015, las economías del Magreb ganarían 100.000 millones de dólares adicionales al año si sus países dejaran de enseñarse los dientes y decidieran colaborar de una vez…”.

Al coste económico de la desunión debe añadirse el coste humano, político, ético, diplomático y de seguridad que conlleva el conflicto del Sáhara. Un contencioso que enfrenta la legitimidad de la integridad territorial por parte de Marruecos a la del derecho de los pueblos a regirse por sí mismos por parte de argelinos e independentistas saharauis. La población desplazada y las familias divididas a ambos lados de las fronteras marroco-argelinas no son más que víctimas colaterales del conflicto. Para Marruecos, el coste neto del conflicto supone aproximadamente el 7,6% de su PIB. Evidentemente, ni los responsables políticos de Argelia ni los de Marruecos, los Estados implicados, han tenido en cuenta consideraciones económicas y humanitarias para alcanzar términos más gratos.

La imagen del vecino-enemigo ha sido como agua de mayo para el chovinismo nacionalista, al tiempo que inhibía los cuestionamientos internos. Por suerte, ya no basta con perseguir el statu quo, ni siquiera es posible hacerlo, pues las expectativas de la población crecen de manera exponencial, la competencia internacional se vuelve feroz, los recursos primarios se agotan y se ha venido abajo gran parte de la capacidad de la propaganda oficial de condicionar la opinión pública nacional, a través del monopolio de la información y la represión de las voces discordantes. En este contexto, los progresos democráticos más o menos marcados en la región hacen prever que los poderes actuales serán más voluntaristas en sus programas. A los nuevos dirigentes de Libia no les interesa proseguir la política gadafista consistente en incordiar sistemáticamente a los vecinos. Y los recién llegados al gobierno tunecino y marroquí, con su nota dominante islamista, saben que no pueden permitirse el lujo de desaprovechar factores obvios de crecimiento económico y creación de empleo y riqueza.

Temor al retroceso

Por supuesto, el ascenso islamista inspira cierto temor, más o menos comprensible o legítimo. Gran parte de las élites occidentalizadas del Magreb se habían acostumbrado a tolerar, e incluso a depositar las esperanzas, en el autoritarismo violento de sus dirigentes, para protegerlos de la toma del poder (ya fuera violenta o democrática) por parte de los islamistas. Ahora bien, no parece que la democracia deje entrever una alternativa a la presencia islamista en la esfera del poder de modo significativo, y hasta dominante, en un plazo previsible. Todo se reduce a saber lo que augura la participación de esos islamistas en el poder.

Porque, tanto podrían negar la democracia y los derechos humanos como adaptarse a ellos. Olivier Roy, autor de L’échec de l’islam politique (Le Seuil, París, 1992), declaraba al respecto en febrero de 2011 que “…en todas esas revoluciones (la ‘primavera democrática’), los islamistas están ausentes. Eso no significa que no vayan a volver. El islamismo está acabado, como solución política y como ideología. No obstante, los islamistas están ahí, y esa es la gran incógnita…”. Una de las cuestiones clave que surge acerca de la influencia de los islamistas es la inscripción en las leyes fundamentales de la sharia como principal fuente de derecho. Esta referencia parece tener que instalarse en Libia y Mauritania; en cambio, en el Magreb central no tiene cabida, ni tan siquiera la reivindican los principales partidos islamistas.

En Egipto, cuenta con la aceptación de la comunidad copta y los partidos laicos, probablemente con el deseo de no convertir el tema en una batalla gratuita o contraproducente, y con la idea de que la sharia es un referente lo bastante amplio, vago y abierto como para que la labor de legislación pueda encontrar en ella material que legitime todo lo que sea socialmente admisible. Hay más interrogantes que se vuelven a plantear periódicamente: ¿qué política tendrían con respecto a la libertad sobre el propio cuerpo? (¿Impondrían el velo a la mujer, la segregación en el espacio público, condenarían de forma extrema el alcoho o la homosexualidad?) ¿Recuperarían actos inhumanos y degradantes como amputar la mano del ladrón? ¿Tendrían una actitud radical frente al funcionamiento de las finanzas clásicas y a las exigencias libertarias del turismo?

Razones para la esperanza

En la actualidad, vemos que los islamistas de los países del Magreb central (Argelia, Marruecos, Túnez) tienden a secularizar sus discursos y prácticas. Evidentemente, ello acarrea fricciones y retrocesos. Y también prejuicios y temores más o menos legítimos entre los no islamistas y los socios extranjeros. Parece, no obstante, que los islamistas se han percatado de la vacuidad de su argumento de que “el islam es LA solución”, y se han rendido a la evidencia de que la dirección de los asuntos públicos conlleva responsabilidades y compromisos que no puede pretenderse asumir en nombre de una religión, menos aun cuando esa pretensión permita una demagogia enfermiza o el paso a una radicalización extrema.

Asimismo, se han dado cuenta de lo pernicioso de las prácticas violentas, puesto que no han contribuido en nada al progreso de su causa, a pesar de su enorme coste. Por último, se han dado cuenta que la democracia puede aportarles importantes dividendos a un coste menor, en vista de la facilidad con que cosechan los sufragios de la población. Así que, como norma general, han aceptado asumir los principios democráticos. Entre ellos, la soberanía del pueblo, la prevalencia del Estado de derecho, la separación de poderes, la eligibilidad, la rendición de cuentas y la revocabilidad de los responsables, la garantía de los derechos y libertades fundamentales (como la libertad de conciencia, que igualmente amordazan por otras convicciones ajenas al islam, al prohibir el derecho al proselitismo y, de hecho, a la manifestación pública de rituales no musulmanes), el no dar marcha atrás respecto a las conquistas civiles anteriores (sobre todo en materia de derechos de la mujer).

Se trata, desde luego, de conceptos que no pueden medirse de forma concreta si no es con la vara de la práctica histórica. Eso sí, lo esencial lo determinará probablemente la evolución de la opinión pública y la carrera por sus votos. En este sentido, hay razones para el optimismo. Los estudios demográficos e históricos de Emmanuel Todd y Youssef Courbage muestran el vínculo universal existente entre evoluciones sociales y democratización. Las sociedades más urbanas, con más estudios, más individualizadas, más abiertas al mundo… son más proclives a reconocer los derechos individuales más allá de la tutela de la comunidad, y las sociedades magrebíes están, globalmente, en el punto de inflexión que predispone a la democratización.

De todos modos, hay que señalar que Mauritania y Libia no se hallan al mismo nivel de secularización que los tres países del Magreb central. Sus sociedades son aún ampliamente tribales, pero los vectores principales de la modernidad (urbanización, escolarización, globalización, feminización y nuclearización de las familias) también están ahí y es de donde parten las tendencias de secularización actuales.

El camino hacia la democracia

Sean cuales sean las condiciones objetivas, no bastan para cambiar el mundo. Aún queda por construir alternativas, transmitirlas, nutrirlas, organizarlas y que inspiren los sueños y las acciones de forma masiva. Hoy la “primavera de la democracia” aporta el marco propicio al establecimiento de ciertas reglas democráticas. Ahora bien, la democracia no es solo maquinaria electoral. También son principios por los que deberán batallar fuerzas consecuentes. Aún se libra un combate en el que habrá que inyectar visiones, proyectos de sociedad, de las organizaciones y de las fuerzas vivas.

Una hermosa juventud se despierta hoy a la democracia, a la res publica y a la responsabilidad de la ciudad. Se expresa mediante el rechazo al despotismo y al abuso. Para desempeñar plenamente su papel, no obstante, deberá adquirir roles positivos, inscribiéndose en proyectos de largo recorrido, que permitirían cristalizar proyectos de sociedad competitivos y evolutivos. Para lograrlo, hay que evitar enrocarse en posturas de rechazo mutuo y erradicación. Es el precio de la democratización de la región. La promesa es entrar en el siglo XXI.