Madagascar, 50 años de independencia

Tras más de 15 meses de crisis política, el país sólo tiene una aspiración: el restablecimiento del Estado de derecho que favorecerá el reconocimiento internacional, la seguridad y el desarrollo económico.

ENTREVISTA con Raymond Ranjeva por José Ribeaud

El 26 de junio, Madagascar conmemoró medio siglo de independencia sumido en la tristeza y la exasperación. Las autoridades de la transición realizaron un llamamiento a la población de Madagascar para que celebre con alegría los 50 años de independencia, pero no está de humor para ello. La decepción predomina, la discordia se agrava, la miseria perdura y la ira popular amenaza con estallar. Tras más de 15 meses de crisis política, los malgaches sólo tienen una aspiración: el restablecimiento del Estado de derecho que favorecerá el regreso de la paz interior, el reconocimiento internacional, la seguridad, el desarrollo económico, el progreso social y el ejercicio de las libertades ciudadanas.

Todo aquello que Andry Rajoelina, quien dirige el país desde hace más de 500 días sin ninguna legitimidad democrática, se ha mostrado incapaz de conseguir. Este antiguo pinchadiscos, relaciones públicas y alcalde de Antananarivo se proclamó presidente de la Alta Autoridad de la Transición (AAT) el 17 de marzo de 2009, tras un golpe que obligó a su predecesor, Marc Ravalomanana, también empresario, a dimitir y a exiliarse. “Andry TGV”, como le gusta que le llamen, prometió que se restablecerían las instituciones democráticas mediante la celebración de unas elecciones libres, un gobierno más transparente, menos corrupción y más bienestar. Pero ha ocurrido lo contrario.

A excepción de Francia que, según afirma, sigue creyendo en las promesas de su protegido, la comunidad internacional ya no concede ninguna credibilidad ni apoyo a su régimen. Con ocasión de la Fiesta nacional del 26 de junio y de las celebraciones del 50º aniversario de la independencia de Madagascar, el regalo más generoso que Rajoelina le podría hacer al pueblo malgache sería el de abandonar la nave y poner el timón de la AAT en manos de una personalidad ajena a las rencillas políticas. Alguien competente, respetado e íntegro. Un unificador capaz de aglutinar a las fuerzas vivas del país, de recuperar la confianza de la población, de los inversores y de las cancillerías extranjeras y de hacer que se aplique el derecho constitucional. Uno de los posibles candidatos sería Raymond Ranjeva, ciudadano emérito, ex vicepresidente de la Corte Internacional de Justicia y ex rector de la Universidad de Antananarivo.

En esta entrevista, el eminente jurista y profesor realiza un balance contrastado de medio siglo de independencia. Sin que se considere llamado a ello, no excluye la posibilidad de responder a la llamada que pudiera recibir del país para llevar a cabo una transición tranquila, serena y transparente.

AFKAR/IDEAS: ¡50 años de independencia en Madagascar! En 1960, ¿había preparado Francia el terreno institucional y el relevo político y administrativo malgache para realizar una transición sin dificultades?

RAYMOND RANJEVA: Las bases constitucionales de la República Malgache se establecieron en 1957 a raíz de la Ley-Marco Defferre, mientras que la República autónoma miembro de la Comunidad francesa data del 14 de octubre de 1958. El Congreso de las Asambleas Provinciales proclamó la República, nombró la Asamblea Constituyente que eligió al primer presidente de la República el 1 de mayo de 1959 y a continuación ratificó los acuerdos de cooperación cuando el presidente Tsiranana logró la independencia. En un plano simbólico, la República francesa no derogó la ley de anexión de 1896 que convertía a Madagascar en una colonia francesa. La Constitución del 29 de abril de 1959 era una réplica adaptada de la Vª República francesa. Pero la ambigüedad residía en la transposición de un modelo sin tener en cuenta las bases que presidieron la adopción de dicho modelo.

En 1958, la parálisis y la inestabilidad del ejecutivo preocupaban al general De Gaulle, pero no afectaban a los otros pilares del Estado que seguían regidos por la Constitución de 1946. Desde la caída del presidente Tsiranana en 1972, parece que las crisis malgaches siguen un esquema pre establecido: mismos temas de reivindicación (abusos de poder, soberanismo económico, mejora de las condiciones sociales), mismos dirigentes de partidos políticos, mismo lugar (la Plaza del 13 de mayo) y el mismo recurso a lo religioso. Parece que se trata de una sociedad bloqueada en lo político. Esta situación se explica, en parte, debido a la falta de una ruptura jurídica y política con el orden anterior a la independencia. En resumen, la preparación se efectuó en una dirección que no se enmarcaba dentro de una perspectiva de independencia. La responsabilidad incumbía tanto a los franceses como a los malgaches.

A/I: Usted fue uno de los artífices de los acuerdos de 1973; ¿qué avances representaban en relación con las instituciones y la fase de preparación de 1960?

R.R.: La revisión de los acuerdos franco-malgaches en 1973 se basaba en un análisis de la dicotomía que resultaba de los acuerdos de 1960, entre, por una parte, el reconocimiento de la soberanía, y por otra, el disfrute y ejercicio de dicha soberanía. El problema se debía a la ausencia de cláusulas de revisión de esos acuerdos. Los acuerdos de 1973 pusieron fin a esta distinción y Madagascar recuperó la plena soberanía. De este modo, el país pudo lanzarse a una política en todos los niveles, a pesar de que no se hayan obtenido los resultados previstos. En 1973, el presidente Georges Pompidou reorientó las políticas industrial y económica francesas dentro de una perspectiva eurocentrista que provocó la ruptura progresiva de la cooperación francesa.

A/I: Después de cada alternancia en el poder, los dirigentes se apresuran a instaurar una nueva República. ¿Ha mejorado la situación de la población malgache, hay más bienestar y justicia social?

R.R.: En 2009 el país sufrió el único golpe de Estado, una toma ilegal del poder mediante medios inconstitucionales y brutales. En otros casos, se han producido crisis que terminaban con la caída de los regímenes en el poder. La fecunda creatividad en materia constitucional queda puesta de manifiesto por 12 revisiones en 50 años. Cada nueva Constitución ha servido simplemente para justificar a posteriori los acontecimientos que han dado lugar a un cambio político, sin ruptura política. En lo que se refiere al derecho constitucional, el malentendido proviene de la traducción de ese concepto en malgache. Para unos, se refiere a mecanismos de conquista, de transmisión y de ejercicio del poder. Para otros, define las bases de la nación, es decir, el pacto social: voluntad de vivir en común, justicia y diálogo social, así como la organización institucional del poder.

La elección de la traducción (lalam-panorenana o lalan’ny Fitondram-panjakana) trae consecuencias. Si se tiene en cuenta básicamente el poder, las crisis relacionadas con las elecciones o con el ejercicio de ese poder socavan los fundamentos del Estado. La adopción de una Constitución sin debate político sólo constituye un arreglo del poder. Sataniza al régimen anterior sin romper con las prácticas políticas que pretende abolir. Las crisis vuelven entonces como una eterna cantinela. El coste económico y social de estas crisis que se repiten es evidente: el retroceso continúa y el principio del desarrollo rural se detiene. Hay una economía secuestrada por la política. Ante el comportamiento de los dirigentes, debemos preguntarnos si al político no lo secuestró la economía. En nombre de la necesidad de desarrollo, se imponen sacrificios, sobre todo en materia de libertades públicas, mientras que el desarrollo sigue siendo una ilusión 50 años después.

A/I: La crisis actual dura un año y medio. ¿Ve usted alguna salida?

R.R.: La crisis perdura. Todo lo que se imaginó no fue pertinente. Los distintos actores se sienten impotentes y hastiados. En lo sucesivo, evitemos transponer o imponer soluciones externas. No se quiso confiar en los valores malgaches, ni reconocer que los malgaches reivindicaban el reconocimiento y el respeto. Sería atrevido pretender una solución milagrosa. Teniendo en cuenta la manera de salir de las crisis en Madagascar, las experiencias foráneas, los recursos humanos y las competencias disponibles, no se debe descartar la búsqueda de una solución razonable. Por el momento, la salida de la crisis es la primera prioridad; luego habrá que abordar, entre otros, los problemas de seguridad, de progreso económico, de justicia social.

A/I: ¿Son necesarias nuevas instituciones como las que prevé la “hoja de ruta” de la AAT? ¿No sería más partidario de constituir un gobierno de unión nacional formado por personalidades ajenas a las rencillas políticas para restablecer el buen gobierno y organizar unas elecciones libres, transparentes y creíbles?

R.R.: Para ser franco, no creo que, a nivel técnico, tras la negativa de Andry Rajoelina a presentarse como candidato en las próximas elecciones presidenciales, la creación de nuevas instituciones sea una prioridad absoluta. El país sólo puede llegar a resolver sus dificultades si toma conciencia de sus males: la peste del clientelismo, la rapacidad financiera, la política partidista y el cáncer de la impunidad para los que ejercen el poder. Es preciso un verdadero tratamiento para poder esperar una solución. En mi opinión, ésta consiste en evitar que las fuerzas partidistas acaparen el poder y en instaurar un gobierno neutro cuyos miembros solo tengan que rendir cuentas ante el pueblo y la nación malgache; un gobierno integrado cuyo poder de propuesta no dependerá de una elección arbitraria unilateral. Tiene que ser fuerte para lograr los objetivos que se le asignen, y dentro de un tiempo y de un margen, según un programa y un calendario bien definidos.

A/I: ¿Estaría usted de acuerdo en asumir provisionalmente la presidencia de la República y designar un gobierno de unión nacional para este periodo de transición?

R.R.: La respuesta a esta pregunta es evidente: no se puede hablar de la presidencia de la República ya que las elecciones son ineludibles. Sin embargo, una cuestión distinta es el problema del ejercicio de la responsabilidad durante el periodo de transición. Evitemos personalizar la cuestión refiriéndonos sólo a mi persona, pero si el marco consensual e integrado lo permite, cualquier persona empujada por un respeto profundo hacia su país y su pueblo, por el deseo de tratar de curarlo y por una fe rayana en la inconsciencia, podría embarcarse en esta aventura.

A/I: ¿Existe alguna otra manera de sacar a Madagascar de la crisis, de su aislamiento internacional y de las sanciones impuestas al país por la comunidad internacional?

R.R.: El estado de pobreza en el que se encuentra la población –y que contrasta escandalosamente con el espectáculo que ofrecen los nuevos ricos quienes, ya desde hace años, monopolizan el poder y sus atributos– así como el auge del individualismo esconden la magnitud de la crisis. A esto hay que añadir las maniobras para intentar hacer creer que se había instaurado nuevamente una vida normal: ferias, espectáculos, etc. Tras realizar un análisis, nos damos cuenta de que son unos golpes de efecto y de que se deben a iniciativas no malgaches. El anuncio de las sanciones de la Unión Europea nos abrió los ojos y algunos especularon con el veto de Francia. Después de que Rajoelina haya anunciado unilateralmente la ejecución de lo estipulado por el proyecto de acuerdo de Pretoria I, predominó la confusión, especialmente después de que la Comisión del Océano Índico (COI: Francia con- Lla Reunión, además de Mauricio, Comores y Seychelles) ratificara ese proyecto. En estas condiciones, ¿qué posibilidades le podemos dar todavía a Pretoria II? Sinceramente, creo que la comunidad internacional haría bien en apoyar el proceso malgache de recuperación en vez de presionar en favor de una buena solución equivocada: la organización apresurada de elecciones cuando el país todavía no está apaciguado.

A/I: ¿Es el bloqueo étnico un factor que retrasa o impide la salida de la crisis?

R.R.: La cuestión del bloqueo étnico es sempiterna. Al presidente Tsiranana le gustaba recordar a sus ministros un hecho histórico: el “Reino de Madagascar”, dirigido por un soberano del reino merina, fue el último que opuso resistencia a la penetración francesa y los colonizadores necesitaban satanizarlo para legitimar la colonización. ¡Son propósitos de sentido común y de verdad! Permítame insistir sobre dos hechos: primero, la guerra civil entre las Mesetas y la Costa nunca tuvo lugar, y además, en Antananarivo o en las Mesetas nunca se apoyó la expulsión de los costeros a sus regiones de origen. Como ya tuve oportunidad de decir hace un tiempo, cuando se creó la Universidad de Antananarivo y partiendo de las otras cinco universidades, “el desarrollo de la unidad nacional no significa ni la merinización de la isla ni la exclusión de los merina”.

Partiendo de esta base, el bloqueo invocando la rivalidad étnica está fuera de toda discusión en la situación actual. Es un pretexto obsesivo, utilizado por una rama reaccionaria, muy apegada a un enfoque nostálgico del conocimiento de la población, a la clasificación de los malgaches según su religión, su pertenencia familiar y su “idioma”, que de hecho no es más que una variante regional de un idioma único. La debilidad de la densificación de las relaciones sociales está muy generalizada y se debe a unas causas que nada tienen que ver con la situación geográfica en las Mesetas o en la Costa. El bloqueo étnico no se produjo en las salidas anteriores de las crisis: los merinas dirigieron la transición. Las crisis surgieron cuando algunos pretendieron poner en tela de juicio los privilegios de otros grupos étnicos en el proceso de elegibilidad para dirigir el Estado.