Los reyes de España en Marruecos:crónica de un reencuentro

El viaje de los reyes de España a Marruecos muestra el buen momento de las relaciones bilaterales.

El viaje de Estado que efectuaron SS MM los Reyes don Juan Carlos y doña Sofía los días 17, 18 y 19 de enero a Marruecos estuvo cargado de simbolismo: en el reencuentro, en las palabras y en los gestos y, sobre todo, en las promesas mutuas que se hicieron los responsables políticos de uno y otro país. Más allá del simbolismo, la visita sirvió para dar el visto bueno a la renovada confianza entre España y Marruecos.

Tras una etapa de turbulencias, como fueron calificados mayoritariamente los desencuentros entre los dos países, este viaje ponía el colofón a un proceso de reconciliación iniciado primero con la visita del ex presidente José María Aznar en diciembre de 2003, a la que siguió la del recién nombrado presidente José Luis Rodríguez Zapatero en abril de 2004, quien eligió Marruecos como destino de su primer viaje al extranjero. Fue en estos dos últimos años, 2003 y 2004, cuando los contactos entre ambos países empezaron a normalizarse, y a partir del viaje de Zapatero, se intensificaron. Por Marruecos pasaron, entre otros, Adán Martín, presidente del gobierno de Canarias, Pasqual Maragall, presidente de la Generalitat de Catalunya, Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, Bernardino León, secretario de Estado de Asuntos Exteriores o Leire Pajín, secretaria de Estado de Cooperación Internacional.

A pesar de las buenas relaciones personales y familiares que han mantenido siempre las dos monarquías mediterráneas, la desafortunada etapa 2001-03 impidió que los reyes de España devolvieran a Mohamed VI la visita que éste efectuó a España en julio de 2000, poco después de ser entronizado. Así, este viaje a Marruecos de Sus Majestades era la primera visita de Estado desde 1979 y llegaba cargado de expectativas. Con los reyes viajaron varios ministros y una delegación de parlamentarios, que reforzaron la importancia política del evento. Uno se preguntará el porqué de tanta expectativa en torno a un viaje real, que difícilmente podía aportar nada inesperado o fortuito aparte de lo ya acordado y previsto al milímetro con anterioridad. Y aún así, la expectación generada se respiraba incluso antes de empezar.

En España, la entrevista con Mohamed VI publicada en El País en la víspera del viaje, la primera concedida a un medio español desde su entronización, despertó una polémica que dejó en segundo plano algunas de las declaraciones más interesantes del monarca alauí. En Marruecos, la modificación del itinerario a última hora dejó a los tetuaníes algo decepcionados, puesto que era una de las escalas más esperadas. Este cambio disparó los rumores y especulaciones, a uno y otro lado del Mediterráneo, sobre los motivos de la cancelación de la visita a Tetuán. Las fuentes oficiales apuntaban a motivos técnicos y de agenda, mientras que la prensa española y marroquí atribuía las causas a motivos más de orden simbólico (la proximidad a Ceuta o la popularidad del monarca español en la antigua capital del Protectorado).

La visita sirvió para constatar el excelente nivel de las relaciones bilaterales y también para fijar el calendario futuro de contactos entre los dos países, en particular la Reunión de Alto Nivel (RAN) que se celebrará a finales de septiembre o principios de octubre de 2005 en España. Asimismo, proyectos comunes que habían caído en el olvido volvieron a salir a la luz con fuerza renovada, como el Comité Averroes o el Comité Mixto para el Enlace Fijo a través del Estrecho; y se sentaron las bases para iniciar nuevas aventuras conjuntas como la firma del memorando para los terrenos de la Universidad hispano-marroquí de Tetuán o el acuerdo para la restauración del Teatro Cervantes de Tánger.

La economía fue uno de los platos fuertes de la agenda. El primer ministro marroquí, Driss Yettú, prometió garantías jurídicas para los empresarios españoles, y el presidente de la CEOE, José María Cuevas, acompañado de una delegación de 100 empresarios españoles reunidos en Marraquech, llamó a incrementar el desarrollo en las provincias del norte de Marruecos, y a canalizar los flujos de capital, tecnología y bienes y servicios para que éstos lleguen a todo el país. Cuevas anunció tres objetivos prioritarios: el desarrollo del norte de Marruecos para evitar que la asimetría económica dañe la cohesión social del país; llevar adelante el proyecto del Enlace Fijo, una obligación histórica de los dos países; y lograr una emigración legal y racionalmente canalizada, por lo que la CEOE se ofreció para poner en marcha en Marruecos procesos de formación y selección de trabajadores.

Sin embargo, la expectación se centraba en torno a asuntos concretos: sobre cuestiones espinosas como el Sáhara, la inmigración, la lucha contra el terrorismo o los conflictos territoriales (léase Ceuta y Melilla) y de delimitación de espacios marítimos. En relación con estos últimos, poca o ninguna novedad puede contarse. Respecto a la iniciativa española de dar prioridad a la resolución del contencioso del Sáhara, identificado como necesario para la articulación de las relaciones entre la Unión Europea (UE) y un Magreb unido, se ha interpretado en Marruecos, a tenor de las manifestaciones en la prensa, como un acercamiento a las tesis marroquíes, una visión que ha salido reforzada por la no mención, por parte española, del Plan Baker como marco de resolución del conflicto.

Y a pesar del revuelo que suscitó entre la prensa, la carta remitida por el Frente Polisario a don Juan Carlos para que intercediera en su favor quedó únicamente en eso, en un revuelo. Entre las cuestiones donde se consiguió mayor concreción están la necesidad de cooperar en la lucha contra la inmigración clandestina y el tráfico de seres humanos. Marruecos solicitó la asistencia técnica, financiera y de operativos policiales de España y también de Europa, sobre todo para hacer frente tanto a la presión migratoria subsahariana que parte a Europa desde Marruecos como para controlar las rutas de emigración desde el sur de Marruecos hacia Canarias.

Destaca, que por parte marroquí, tanto la disponibilidad de cooperación como el proceso de regularización actualmente en marcha en España, se entiendan como un giro en la visión española de la inmigración, algo que quedó reforzado por la gratitud expresada por don Juan Carlos hacia los marroquíes residentes en España. Positivamente debemos valorar, sin embargo, que una cuestión fundamental como las migraciones se plantee como una responsabilidad conjunta que España y Marruecos deben articular en el marco de las organizaciones internacionales como la UE y de las iniciativas como el Proceso de Barcelona. Buenas palabras y homenajes sentidos suscitó el recuerdo de las víctimas del terrorismo, contra el cual ambos países se comprometieron a cooperar estrechamente.

Sólo una tímida referencia velada a la necesidad de combinar una lucha eficaz con el debido respecto a los derechos humanos despertó entre los presentes la sombra de las detenciones masivas y acusaciones de violaciones de los derechos humanos tras los atentados de Casablanca en 2003. En definitiva, el entendimiento no pudo ser mayor. Coincidencia de objetivos en la región mediterránea, en que España y Marruecos deben convertirse en núcleo y motor de dinamización del Proceso de Barcelona. Coincidencia de objetivos con la UE, ante quien España debe convertirse en abogado y defensor del “estatuto avanzado” que reclama Marruecos y que debe materializarse a través de la nueva política de vecindad.

Y a nivel internacional, coincidencia en apoyar una Alianza de Civilizaciones que conforme un consenso político global entre Occidente y el mundo árabe y musulmán. Éstos fueron, entre muchos otros, algunos de los buenos deseos que se expresaron durante el viaje, que, en gran medida, fue la puesta en escena en dimensiones Reales de la tan repetida reconciliación. Y es en este aspecto donde la visita puede ser más reveladora, puesto que el imaginario popular de las sociedades española y marroquí sigue estando dañado por los estereotipos, malentendidos y percepciones erróneas que abundan en ambas orillas. Incluso en algunos momentos, tocado de muerte por visiones turbadoras, como El Ejido o Perejil, o por episodios traumáticos como el del 11 de marzo en Madrid, en que la búsqueda de responsabilidades hace culpabilizar indiscriminadamente al árabe, al musulmán o al marroquí.

Esta escenificación al más alto nivel de la reconciliación tiene capacidad para impregnar las mentes de todos de la cordialidad y la normalidad que se espera en las relaciones entre los dos países, para que incluso cuando fracasen los políticos en sus cometidos, los ciudadanos y, en particular, la prensa, puedan continuar con la tarea de construir una historia compartida. Aun así, una vez pasada la euforia del momento, el reto consiste en que los compromisos adquiridos produzcan sus frutos en un futuro cercano. En una época en que los simbolismos están en boga, alimentados por las dinámicas globalizadoras y reforzados por las manifestaciones identitarias, se impone un esfuerzo de racionalización para digerir todo aquello que hay de simbólico en los actos y saber volver a la realidad y, si es necesario, afrontar los problemas que más distancian.

Tras esta luna de miel, la confianza renovada y las promesas de un venturoso futuro en común deberían permitir hablar con franqueza, de lo que gusta y de lo que molesta, de los aciertos y los errores. Ante la inevitabilidad histórica y geográfica de las relaciones entre España y Marruecos, debería imponerse la racionalidad de un diálogo sincero y constructivo que permita a ambos países seguir unidos en lo bueno y en lo malo, como si de un buen matrimonio se tratara.