Los ‘manitas’ del tiempo

En Argelia, el ocio es problemático, provocador de fracturas, que interroga al Estado sobre su legitimidad para definirlo y a la sociedad sobre su deseo de compartirlo.

Ghania Mouffok

Cuando el Jardin d’Essai abre sus puertas tras 10 largos años de renovación, se produce la avalancha, centenares de familias, de enamorados que llegan con toda la inocencia y el deseo de llenar su tiempo libre, toman al asalto las verjas. “Nos ha sorprendido”, reconocieron hipócritamente los gestores, presas del pánico ante esa multitud sedienta de ocio. Ninguna autoridad responsable de la ciudad había previsto semejante marea humana dirigiéndose a lo que, en definitiva, no es más que un jardín, legado colonial en el corazón de Argel. Y ello a pesar de sus magníficos árboles centenarios y de su zoo en miniatura, adornado con fieras de pelo lustroso, como leones o, más raro aún, una pareja de panteras negras. Nadie se había planteado ni tan siquiera el aparcamiento para todos los coches, llegados de todos los municipios cercanos, que acabaron provocando un buen desorden, un atasco brutal. Desbordados por la demanda, los gestores del Jardin d’Essai tuvieron la iniciativa de cerrar las verjas al público.

Los más temerarios, indignados, al creerse privados de ese tiempo de ocio, intentaron tomarlas al asalto, escalarlas, saltarlas, como uno se libera de un exceso de energía, destruyendo ramas a su paso, haciendo caso omiso de los parterres adornados. Al día siguiente, el episodio es objeto de debate en las emisoras de radio públicas, las únicas existentes en Argelia y en los rotativos privados. A grandes rasgos, la conclusión que se desprende es que los argelinos son unos incívicos, que los padres son los responsables de la mala educación de sus hijos. Una locutora matinal llegará a decir que “no se hizo la miel para la boca del asno”. Poco faltaba para llamar a la represión, y ésta no se hizo esperar. El precio de la entrada, irrisorio hasta entonces, se multiplica por cuatro, unas repugnantes alambradas coronan las rejas y se limitan los días de apertura. A partir de ahora, el lunes por la tarde, el día en que los escolares, siete millones en todo el territorio, tienen el día libre, el Jardín estará cerrado al gran público. Esta segregación social a través del dinero señala a los culpables: los pobres, “esos marranos”.

Asimismo, saca a la luz las diferencias sociales entre los estratos acomodados, que aspiran a cierta urbanidad, a un modelo de consumo de ocio similar al europeo, y su rechazo a las capas modestas de la sociedad, consideradas obstáculos para esta aspiración, “Son tan maleducados”. En argot argelino los llaman, con desprecio, “le’raya”, literalmente “los desnudos”. Y precisamente por estar desnudos incordian a la administración, que consideran incapaz de responder a sus muchas demandas, entre ellas la de ocio, tiempo para ellos, evasión. Frente a esta evasión imposible, limitada, en Argelia hasta el tiempo del ocio decididamente popular, en masa y bien de precio, siempre está al borde del motín. Son motines alegres que transforman el tiempo de descanso en tiempo de guerra social y de contestación. Los desnudos se resisten a que los confinen en sus barrios sin árboles, que rezuman aburrimiento, el dégotage, el hastío de uno mismo, al alargarse tanto el tiempo desocupado, cada día igual al anterior.

Este aburrimiento indecible es como una respiración en suspenso, un enorme aliento contenido que sólo espera una excusa para liberarse, darse a la fuga, salirse de sus casillas. Un partido de fútbol viene que ni pintado como pretexto para abandonar ese cara a cara con la ociosidad popular condenada a arresto domiciliario. Cuando los verdes, el equipo nacional, ganan el encuentro contra Zambia, por dos goles a cero, toda Argelia se echa a la calle en una indescriptible fiesta popular improvisada. Por una noche, hombres, mujeres (con o sin hiyab), niños, jóvenes y viejos, sin tener en cuenta el estado de excepción en vigor legalmente desde 1991, recorren incansables las calles del país. Van en coche, a pie, ondeando banderas y derribando las barreras invisibles del confinamiento de las clases peligrosas.

En Argelia, los más que abundantes cordones policiales que peinan la ciudad son alegremente derribados por ese tiovivo incesante de cortejos de vehículos que, de repente, no respetan ni el código de circulación ni el tan preciado mundo aburguesado que, oculto tras los barrotes de sus ventanas, observa cómo discurre esa ola en una ciudad normalmente cerrada a partir de las nueve de la noche. La guerra civil que ensombreció por mucho tiempo nuestra historia aún habita las memorias silenciosas, a quienes la ley prohíbe expresarse. Por esos caminos dolorosos de miedo y terror hemos olvidado cómo se transita por la noche, por los barrios de los demás, los que no conocemos y tras los cuales se esconde, tal vez, un asesino, un homicida. Esa noche, puede que los argelinos conjuraran así ese mismo temor, convertido en excusa para preservar la atomización de los gestos solidarios, de los encuentros sociales, de la contestación.

Y cuando pregunto, con falsa ingenuidad, a un hincha de cierta edad cuyo tronco, pies y cabeza asoman peligrosamente por la ventanilla del coche que lo lleva a la fiesta, me responde con una carcajada viril: “Celebramos la boda de Buteflika”. Abdelaziz Buteflika, presidente de la República, jefe de las fuerzas armadas, mantiene el misterio sobre su estado civil, aunque la Constitución obliga al jefe de Estado a estar casado. ¿Cómo no leer en esta respuesta, en esta celebración burlesca de la boda del primer hombre del Estado, tras la ironía, los recovecos por los que se expresa la crítica de estas instituciones que se mantienen al margen de la ley, el deseo de devolver el golpe? La multitud en los estadios, incluso antes de ocupar la calle, utiliza esta pasión, el fútbol, para pitorrearse, mofarse de un sistema político sofocante, corrupto y corruptor.

Así, el tiempo para uno mismo se convierte en tiempo para todos, el tiempo de una manifestación salvaje que prescinde de permisos, muchas veces denegados a los partidos legales, a las asociaciones no gubernamentales. En Argelia, hasta el tiempo libre está invadido por la política. Es un tiempo muerto que revela los decorados de cartón piedra, cuando baja el telón sobre las instituciones debilitadas, consideradas ilegítimas tras décadas de tráfico de elecciones, cuando no las anulan porque los resultados amenazan un viejo sistema político enganchado a sus poderes, pero que se revela del todo incapaz de gestionar las nuevas complejidades de la ciudad, que reclama ciudadanía, nuevas urbanidades. Para hacerse una idea de los estragos, baste decir que hoy en toda Argelia no hay más que 10 salas de cine dignas de ese nombre. El resto, patrimonio público en liquidación, son hoy pasto de las ratas, abandonadas a la mala especulación privada, tras haber sido gobernadas con mano de hierro por los organismos públicos de los tiempos del partido único.

Del unipartidismo a la democracia, del socialismo a la economía de mercado, la oferta de ocio se confunde con el despilfarro de dinero público por parte de los gobernantes, que reparten generosamente las migajas de la renta petrolífera entre productores privados de ocio convertidos en simples subcontratistas de su política cultural, nunca lejos de la propaganda, como en la época del partido único. Los demás se verán condenados al silencio, sin subvenciones públicas, sin publicidad en los grandes medios de comunicación, en manos de los aparatos policiales de siempre, privados de salas de proyección, de lugares de encuentro, obligados a disponer de autorización, salvo en el caso de las salas de fiestas familiares.

Es aquello de “yo me lo guiso y yo me lo como”. Y mientras el público bosteza tras las barreras de hierro y el dispositivo policial, los ministros se divierten inaugurando festivales… internacionales, necesariamente. Y mientras miles de lectores empobrecidos ya no pueden comprarse el libro que desean, miles de otros libros, editados para la ocasión, se pudrirán en los sótanos del absurdo, sin lector.

Problemas para adaptar el calendario nacional

En este divorcio consumado, el único lenguaje común es el de la violencia, violencia de Estado contra la sociedad, simbólica y policial, contra la resistencia al borde de la revuelta. Cualquier excusa es buena para ese cuerpo a cuerpo… incluyendo los días festivos. ¿Cuáles son los días de descanso semanal en Argelia, los días que se desconectan de la producción y alrededor de los cuales una nación se sincroniza y reúne en torno a un calendario? Hace un mes, la respuesta hubiera sido sencilla: el jueves por la tarde y el domingo. Y si nos cuesta acordarnos de que el viernes es fiesta desde 1975, por decisión del coronel Bumedián, por entonces presidente, como un síntoma fuerte de recuperación de nuestra identidad árabe y musulmana, es obligado constatar que, en 33 años, el yumua, que en árabe significa a la vez viernes y encuentro de la comunidad, se ha convertido en una institución importante en torno a las mezquitas.

El viernes, día de reposo, toda Argelia se adapta a la gran oración, practicantes y no practicantes, la hora de lo divino se impone a toda la comunidad nacional. El tiempo profano se ve relegado al silencio: los comercios cierran a la hora de la plegaria en una precipitación de devotos, los no practicantes pasan desapercibidos mientras los altavoces llaman a la oración y las mezquitas se desbordan en las aceras, si no en las calzadas. Y aunque uno quiera dedicar su tiempo libre a otra cosa, la policía social está bien dispuesta a imponerle su calendario. Esta policía bien puede ocultarse tras un camarero sonriente pero seguro de su legitimidad que, en el restaurante, se negará a servir a la hora de la plegaria, pues trabajar a esa hora casi se ha vuelto tabú.

Asimismo, cuando el 4 de agosto el gobierno de Uyahia, reunido en Consejo de ministros, decidió desplazar el fin de semana, y que fuera del viernes por la tarde al sábado, lo hizo con cautela, sin ley ni decretos de aplicación, como se sondean las opiniones. Desde hace unos años, éste es el deseo de la patronal argelina, del gran sindicato progubernamental UGTA, pero también de las grandes instituciones financieras, las entidades financieras extranjeras y las multinacionales instaladas en Argelia. Algunas como Arcelor Mittal no habían esperado a adaptarse al fin de semana universal. No obstante, a juzgar por la marcha atrás del gobierno, el sondeo es desfavorable. Imposible tocar el viernes. Todo un quebradero de cabeza: si el fin de semana no puede empezar el viernes por la tarde, ¿a qué hora se acabará?

Respuesta valiente del gobierno: que cada cual se las arregle, que cada institución, pública o privada, planifique su fin de semana en esta cuadratura del círculo. La escuela pública tendrá vacaciones todo el viernes y el sábado, incluidos; correos jueves y sábado… Un fin de semana a la carta, como miniestados del tiempo libre. ¿Cuál prevalecerá: el tiempo del mercado o el tiempo de la fe? Las apuestas están sobre la mesa y huelen a pólvora, a batallas futuras, como la mecha a punto de prender. Nuestro tiempo libre sabe a malestar, a los malestares que nos pueblan, síntomas de una búsqueda insatisfecha. Nuestras negociaciones del calendario se declinan hasta el infinito, así que nos apañamos con el tiempo, lo ajustamos sobre la marcha para hacerlo avanzar, retroceder y hasta desaparecer. El 19 de junio, por ejemplo, fecha en que se conmemoraba el golpe de Estado de 1965 que llevó al poder al coronel Bumedián, se tachó de nuestro calendario de días festivos.

A cambio, ahora tenemos permiso para celebrar el Yennayer, el año nuevo bereber. ¿En qué año estamos? ¿2009, 1500 o…? Dime cuál es tu calendario y te diré quién eres. ¿Calendario juliano, hegiriano o bereber? ¿Hay que celebrar el año nuevo o el Yennayer, o bien no celebrar nada de nada, porque es pecado estar fuera de la hégira? Entre tanto, a la espera de sincronizar nuestro calendario nacional, nos exiliamos en masa cada noche. Al primer minuto libre, haciendo gala de un magnífico consenso nacional, hacemos zapeo con Argelia. Mando en ristre, tomamos el camino de la parabólica. Así nos gusta llamar a esos millones de grandes platos blancos que reinan en nuestras ventanas, y que por obra y gracia digital nos permiten captar montones de programas televisivos. Cual piratas, pescamos esos programas desde el último rincón del aburrimiento, de nuestros problemas. Y entre dos éxodos, tiramos de móvil, de chat.

A punto estamos de convertirnos en los amos del ocio virtual. Los cibercafés abren toda la noche, llenos a reventar. Y cada cual, tras su pantalla, se conecta y chatea, ligamos, flirteamos, nos masturbamos vía Internet, que no es caro y es de acceso libre. Lo bueno sería que las autoridades no se metieran. En cuanto los pobres se inventan un placer, ya están ellas inventándose un decreto. Ahora hay que tener un permiso especial del Ministerio del Interior para tener abierto el cíber más allá de las doce. En Argelia, el tiempo de ocio es la hora del aburrimiento. Una tierra en barbecho que aguarda, que espera la lluvia, la siembra, sus frutos. Tiempo de uno, tiempo para uno, tiempo libre, evasión. El tiempo del ocio es también un tiempo problemático, en debate, desencadenante de nuevas fracturas, que interroga al Estado sobre su legitimidad para definirlo y a la sociedad sobre su deseo de compartirlo.

Entre policía social y policía a secas: ¿qué es el tiempo libre, cuando los Hombres no lo son? Incluso el tiempo en que cada uno por sí mismo es libre de cultivar su jardín se renegocia, en busca del consenso entre un Estado que falla y una sociedad que aprovecha esos fallos para protestar, para rebatirle su legitimidad. Esa fusión que es la urbanidad, eso es lo que constituye el proceso por el que se forma una sociedad. ¿El calendario se pone al servicio de la producción o de lo simbólico, lo sagrado?