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Co-edition with Estudios de Política Exterior
Los Juegos del Mediterráneo, entre el diálogo y el olvido
Aunque su repercusión es limitada, la idea de unión entre culturas de los Juegos es hoy tan necesaria como antes.
F. Xavier Medina, investigador y responsable de proyectos de Culturas Mediterráneas del IEMed, Barcelona
Estamos acostumbrados a entender históricamente el Mediterráneo como un mar de conflicto. A favor de esta visión, basta consultar la información ofrecida por cualquier medio de comunicación para recordarnos que, por mucho que los años pasen, muchos de los conflictos permanecen. Los intentos de diálogo, de entendimiento entre los diferentes pueblos de la cuenca, sin embargo han continuado a lo largo del tiempo. Y, entre ellos, aquéllos relacionados con el deporte han jugado un papel relevante. No en vano, el espíritu olímpico pretende contribuir a la construcción de un mundo mejor y más pacífico, educando a la juventud por medio del deporte. Los orígenes de los Juegos del Mediterráneo se vinculan, precisamente, a paz y deporte.
Nos situamos en 1948, pocos años después del fin de la Segunda Guerra mundial y en un momento difícil a nivel diplomático, con el enfriamiento en las relaciones entre Estados Unidos y la URSS, vivido con fuerte intensidad en Europa y también en el Mediterráneo. En este contexto, un politólogo egipcio miembro de la casa real, Taher Pacha, perteneciente asimismo al Comité Olímpico Internacional (COI), propuso tras los Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 1948, que se organizaran unos Juegos del Mediterráneo, utilizando la competición deportiva como un elemento de diálogo, entendimiento y unión de las diferentes culturas –siguiendo el ideario olímpico– del área mediterránea.
Desde ese momento, y también cada cuatro años –con tan sólo una excepción en 1993–, los Juegos del Mediterráneo han pasado por 14 ciudades: desde Alejandría en 1951, hasta Almería en 2005. De todas ellas, Túnez es la única que ha albergado la competición en dos ocasiones (1967 y 2001).
Un largo y particular camino
Hasta la celebración de su última edición, en Almería 2005, los Juegos del Mediterráneo han recorrido un largo camino lleno de altibajos y olvidos, y sin poder jamás desprenderse del estigma de ser considerados –incluso desde el mismo Mediterráneo– como el “hermano pequeño” de los Juegos Olímpicos, con un papel tristemente secundario y limitado en comparación con sus correspondientes mundiales. Ello no quiere decir, sin embargo, que los Juegos del Mediterráneo no hayan tenido también sus momentos de gloria.
Desde España, por ejemplo, cualquier aficionado al deporte tendrá en mente a la gimnasta Laura Muñoz, quien será recordada, tras su paso por los Juegos de Casablanca en 1983, como “La reina de Casablanca”. La joven gimnasta, con sólo 15 años, se convirtió en la deportista más laureada, con un total de nueve medallas, de las cuales ocho fueron de oro. En aquel momento, este hecho tuvo una repercusión sin precedentes en la prensa española y mediterránea del momento, y además supuso un importante impulso para la práctica de este deporte en un país como España que, aun habiendo organizado el Mundial de Fútbol de 1982, tenía lejos sus fechas más carismáticas, con la organización de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 (no hay que olvidar tampoco, en este sentido, que fue también Barcelona la primera ciudad española en organizar unos Juegos del Mediterráneo, ya en su segunda edición, en 1955).
Algunas características pueden destacarse de los Juegos del Mediterráneo. En primer lugar, que ninguna ciudad no ribereña del Mare Nostrum ha albergado jamás los Juegos. Ello ha implicado, en algunos casos, una ventaja para determinadas ciudades no capitales de Estado que, de otro modo, difícilmente hubiesen organizado un evento de estas características: Barcelona en 1955 (en plena dictadura franquista); Nápoles en 1963 (tras los Juegos Olímpicos de Roma 1960) o Latakia (Siria) en 1987. Otro hecho a destacar es que hasta los Juegos de Túnez en 1967, la competición fue exclusivamente masculina (mientras que los Juegos Olímpicos, y a pesar de la negativa inicial de Pierre de Coubertin, comenzaron a admitir de forma limitada la participación de mujeres ya en 1900).
Un hecho relativamente extraño en relación a los Juegos del Mediterráneo tuvo lugar, por otro lado, en 1993, al concederse a la región francesa de Languedoc-Roussillon la organización de unos Juegos del Mediterráneo, siendo la primera y única vez en su historia que no se celebraban en una ciudad, sino en una región.
Deporte y política en el Mediterráneo
Como es lógico, los Juegos del Mediterráneo han sufrido hasta el presente la difícil situación política de esta zona. Por un lado, la eterna ausencia del Estado de Israel –no reconocido por alguno de los países árabes participantes– no parece tener visos de cambio por el momento, mientras que en los Juegos Olímpicos unos y otros compiten pacíficamente desde hace décadas. Por otro lado, entre 1958 y 1961, Egipto y Siria se unieron políticamente en la República Árabe Unida (RAU), y de este modo participaron con una única representación en los Juegos del Mediterráneo de Beirut en 1959.
Un Beirut que, una década más tarde se convertiría en triste escenario de una cruenta guerra. Por su parte, la hoy ciudad croata de Split fue sede yugoslava en 1979. Tras la guerra de los Balcanes y la configuración de un nuevo mapa político en la región, la representación yugoslava unida participó por última vez en los juegos de Atenas de 1991, mientras que en los siguientes, dos años más tarde en Languedoc-Roussillon en 1993, participaron por separado las delegaciones de Yugoslavia (Serbia y Montenegro), Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina.
Unos juegos útiles
Los Juegos del Mediterráneo han recorrido, en su más de medio siglo de existencia, casi todos los países del Mediterráneo. En este sentido, se han convertido para algunos de ellos en un importante bagaje con el que reforzar sus candidaturas para la organización de otras citas deportivas internacionales, como es el caso de Marruecos, que exponía el éxito de los Juegos que organizó en Casablanca en 1983 al presentar sus candidaturas para la organización de los mundiales de Fútbol de 2006 y de 2010; o de Túnez en relación con sus propuestas para organizar la Copa de África de Naciones de fútbol en 2004, o el Mundial FIFA 2010, en candidatura conjunta con Argelia.
A pesar del menor eco internacional e incluso local de estos Juegos, parece que tanto su utilidad como la necesidad de su organización se encuentran hoy día claramente justificadas. Su continuidad no peligra: Almería 2005 ha cedido el testigo a la ciudad italiana de Pescara 2009, que se impuso finalmente a Rijeka (Croacia). Y habrá más candidaturas en el futuro. Italia organizará sus terceros Juegos del Mediterráneo casi 60 años después de la primera cita.
Sin embargo, todavía quedan pendientes grandes retos; sin ir más lejos, la participación futura de Israel y Palestina, el malestar turco-greco-chipriota con la perspectiva de la incorporación de Turquía a la Unión Europea como telón de fondo, o una eventual colaboración con Albania, que la futura organizadora, Pescara, está tramitando para 2009. El ideario de paz y diálogo de los Juegos sigue siendo hoy tan necesario como en el pasado. Su repercusión internacional es, sin embargo, limitada; sigue encontrándose entre la necesidad de diálogo y el olvido.