Los escritores de origen magrebí en Francia

Gracias a la escritura, los “beurs” consiguen salir de un gueto, legitimarse y acercarse al centro y al Otro conservando a la vez su identidad.

Armelle Crouzières-Ingenthron

En la década de los setenta, los jóvenes de los suburbios inventaron un lenguaje llamado verlanque les permitía hablar entre ellos al revés, invirtiendo las sílabas de las palabras (de ahí el nombre de verlan/l’envers [al revés]). No era una lengua que, en principio, estuviera reservada a los jóvenes de origen africano y magrebí – los beurs – porque todos los jóvenes, incluidos los de origen francés, lo utilizaron. Así nació la palabra beur, un término doblemente inverso que deriva de la inversión fonética de rebeu, invertido a su vez de la palabra arabe. Para Nacer Kettane “beur remite a la vez a un espacio geográfico y cultural, el Magreb, y a un espacio social, la periferia y el proletariado de Francia” (1986).

¿Por qué hablar verlan? Está claro que no era solo por diversión. Como la lengua está ligada a la identidad, el verlan permitía a los jóvenes desmarcarse y sentir que existían (aunque ese lenguaje les separaba de la mayoría y, de alguna manera, los convertía en un gueto) y sentir sobre todo la tensión que había entre el tradicionalismo de casa, procedente de unos padres que no siempre hablaban bien francés, y la vida en un gran suburbio moderno donde ya predominaban el racismo y la segregación. Los beurs son los hijos de segunda generación cuyos padres, magrebíes, llegaron de Norte de África para trabajar en Francia en los años cincuenta y sesenta. Ellos nacieron o se criaron en Francia, y forman parte de la población francesa. Así pues, estos jóvenes que crecieron en los años setenta, al usar un lenguaje propio, el verlan, desean afirmar su presencia en una sociedad bastante hostil, donde los inmigrantes, en un principio, debían permanecer solo temporalmente. Pero también desean expresar su rabia ante la sensación de fragmentación, o desintegración, de su identidad y respecto a su aparente falta de raíces. Aunque este lenguaje una al grupo, es decir, a los jóvenes de las ciudades y de los suburbios, el uso del verlan acabó por marginarlos, debido a la ruptura con el lenguaje “convencional”, es decir, el francés cotidiano y el francés culto.

La palabra beur se empezó a oír regularmente y en público en Radio Beur en 1981, cuando la pronunció Harlem Désir de SOS Racismo. En 1983, el término se hizo cada vez más popular durante la campaña “A mi colega, ni tocarlo” y durante la “Marcha de los Beurs”, manifestación contra el racismo y reivindicación de la igualdad. Así, la repentina visibilidad política, social y cultural de los beurs fue aumentando y estos últimos empezaron a destacar también en el ámbito literario.

La primera novela beur data de 1981: L’Amour quand mêmede Hocine Touabti, publicada por Belfondo, que tuvo de hecho muy poco éxito. Es más, en 1993, Tuabti juzgó con gran dureza la literatura beur, cuyo nivel encontraba “muy mediocre, incluso desolador”. Sin embargo, al escribir, estos jóvenes autores testimonian, comparten, justifican y, sobre todo, reclaman, un lugar en el seno de la urbanidad, pero también un lugar en una sociedad hostil, a la vez que emprenden el proyecto de dar prestigio a una identidad que se basa en la diversidad. Será en 1983, el año de la campaña de SOS Racismo y de la célebre Marcha, con la publicación de Té en el harén de Arquímedes, de Mehdi Charef, un texto de carácter autobiográfico, cuando la novela beur empieza a destacar.

Entran en escena otros muchos autores, como por ejemplo Azuz Begag con El niño del chaaba (1986); Akli Tadjer con Les ANI du “Tassili” (1984); Farida Belghul con Georgette (1986); Mehdi Lallaui con Les Beurs de Seine (1986); Karim Sarrub con A l’ombre de soi (1998), Rachid Djaïdani con Boumkoeur (1999); y Faïza Guene con Mañana será otro día (2004), por no citar más. Hay que destacar que, tras publicar uno o dos textos, Lallaui, Charef, Tadjer y Guene se orientaron más bien hacia el rodaje de documentales y películas o a la televisión. En los años ochenta, los escritores centraron toda su atención en los barrios de chabolas, las ciudades de tránsito, las viviendas de protección oficial, las escuelas llenas de prejuicios, pero también a veces tabla de salvación, en las condiciones de trabajo en la fábrica, en el rechazo y la exclusión social, en la relación dominante/dominado construida sobre el antiguo modelo colonial y en la represión policial y la falta de representación política, entre otras cosas. El deseo incesante de los padres de volver a su país (simbo-lizado por la maleta siempre a la vista en la minúscula vivienda), deseo que no se realizará nunca, se opone a menudo al deseo de integración social y reconciliación identitaria de los hijos, para quienes la escritura se convierte también en un medio para expresar sus frustraciones.

Algunos personajes parecen vivir, aparentemente, en una cultura de la ambigüedad y la ambivalencia, e incluso en la cultura del “entre dos”, como por ejemplo Omar, el personaje principal de Les ANI du “Tassili” (ANI significa Árabes No Identificados), que durante toda la novela se encuentra simbólicamente en un barco entre Marsella y Argel, en el Mediterráneo, espacio intermedio entre los dos países. Para hacer frente a la dualidad, otros personajes (se) construyen un mundo imaginario, como en Georgette, de Belghul, novela en la que la joven narradora de siete años inventa todo tipo de situaciones posibles para enfrentarse a la figura autoritaria de la maestra, símbolo de la rigidez cartesiana. Si bien en muchas novelas beur, la escuela parece encarnar el lugar mismo de la integración apreciado por la República laica es, sin embargo, en este lugar de asimilación donde se borran las raíces y los orígenes a través del proceso de afrancesamiento y del aprendizaje de la escritura.

Articular a la vez diferencia y semejanza

Después, a lo largo de las décadas de los noventa y 2000, la expresión “beur” comienza a ser “utilizada […] entre comillas y con las mayores precauciones”, ya que “esta palabra refleja más bien un aspecto adicional de exclusión y marginación [de los beurs] en las sociedades”, lo que no impedirá ni ralentizará la irrupción de imaginarios diferentes ni la aparición de una gran variedad de enfoques en textos cada vez más inconformistas. De hecho, “al apropiarse de nuevo de su historia, multiplicando los géneros y las formas estilísticas, [los escritores] pretenden ser reconocidos por lo que hacen y no por lo que son”. Por tanto, una de las principales funciones de la novela beur sería la de articular a la vez la diferencia y la semejanza del beur en relación al otro. “Si hay que saber estar consigo mismo para estar con los demás, estos autores, al romper con los clichés, traducen en palabras su singularidad, pero también la universalidad de su existencia, tan rica como aquella a la que por pereza, ignorancia o mala intención, este Otro les remite. Liberados de la preocupación por parecer integrados, pueden hablar íntegramente de sí mismos, liberar su vena creativa y poética, dar rienda suelta a su imaginación y mostrar que sus emociones, su sufrimiento y sus alegrías, no tienen nada de prosaicas o vagamente exóticas”. Recuperar su historia es una manera de reintegrar su yo para desafiar, enfrentarse y, finalmente, derrotar al desasosiego. Por tanto, al negarse a que le definan los demás, el beur que escribe toma las riendas de su destino, sigue un sistema propio y coge el camino que más le conviene.

Sin embargo, parece que desde Les ANI du “Tassili” de Tadjer (1984) hasta Boumkoeur de Djaïdani (1999), el desarraigo ha evolucionado. La atmósfera de las novelas parece sombría y la integración considerablemente difícil: en efecto, se pasa del atraco a una joyería en Les ANI al secuestro de uno de los suyos para tratar de sobrevivir en Boumkoeur. Ésta, que termina con el rechazo extremo del padre hacia el hijo cuya muerte desea, no deja de resaltar, al igual que otras novelas beur, la mutua incomprensión de dos generaciones, la violencia verbal y física y la condena a la exclusión de los beurs/ANI en el seno del núcleo familiar.

A l’ombre de soi de Serrub (1998) está algo alejada de otros textos en los que generalmente los diálogos predominan sobre la narración. Esta novela, que constituye más bien una narrativa compartimentada desde dentro, no contiene ninguna explicación. Se diferencia particularmente de Les ANI du “Tassili’” e incluso, en su mayor parte, de Boomkoeur, novelas en las que, a pesar de su tono, a veces inquietante, prevalece el humor, como en Begag. El humor, en efecto, elemento esencial de la novela beur, permite burlarse de uno mismo y, sobre todo, establece una forma de comunicación con ayuda de un código cultural común a los personajes y los lectores, beurs o no beurs.

Es vital que los escritores surgidos de la segunda y tercera generación escriban y hablen por sí mismos, y no sean contados por los demás, con el fin de no ser convertidos en objetos y de no ser observados sin ser vistos. Hablar de sí mismo, de los suburbios, del grupo, de su lenguaje, es fundamental para evitar estancarse en la periferia y el margen, para legitimarse y moverse hacia el centro y hacia los demás, conservando a la vez su identidad, aun siendo “culturalmente híbrido” (Alec Hargreaves, 1997), porque escribir es “el único acto de resistencia capaz de afirmar [su] identidad: la de un niño del ‘Magreb periférico’” (Munsi, 1995). Escribir y, por supuesto, dar que leer, es reconocer a los beurs, sacarlos de un gueto, durante el tiempo de una novela o más, y quizá hacer que vislumbren otras posibilidades. Después de todo, el espacio de la escritura pertenece a todo el mundo. Basta con cogerlo, explotarlo, buscar un camino y, tal vez, encontrar y hacer que surja una voz que se afanará obstinadamente por ser oída.

Este tipo de espacio recuerda el tercer espacio de Homi K. Bhabha en El lugar de la cultura (1994). Los beurs se asocian quizá con “un tercer término en un sistema bipolar” mientras buscan un (tercer) espacio. Aún así, lo cierto es que los beurs no han permanecido atrapados entre Francia y Argelia. Lejos de extraviarse, esos escritores que están en busca de una tercera voz/vía son especialmente activos en el campo de la escritura. Ahora bien, en sus textos, logran superar este espacio manipulando hábilmente la lengua con ayuda de una escritura opaca, simbiótica y, sobre todo, dialéctica en el sentido hegeliano del término. Es decir, que si la identidad francesa y la árabe son contradictorias, su principio de unión reposa en la escritura que las trasciende y las supera.