El mundo rural: el gran olvidado de las políticas mediterráneas de la UE

Bichara Khader

Aunque no fueran las principales causas de los movimientos de revuelta en el mundo árabe de 2011, las vulnerabilidades del mundo rural en el Sur del Mediterráneo han sido un elemento importante. Nadie puede negar que la inseguridad alimentaria, el aumento de los precios de los productos de primera necesidad, los efectos devastadores del cambio climático y el deterioro del medio ambiente han desempeñado un papel, si no decisivo, cuando menos significativo, en su origen. Incluso en Europa se han visto manifestaciones de campesinos y de granjeros que cortaban las carreteras y expresaban su enfado frente a la codicia de las grandes superficies que obtienen importantes beneficios a su costa. Es decir, los mundos rurales, tanto al Sur como al Norte del Mediterráneo, se enfrentan a graves problemas, aunque de naturaleza e intensidad diferentes.

Naturalmente, es en el Sur donde las vulnerabilidades y las limitaciones son más importantes. Es ahí, de hecho, donde el mundo rural se encuentra muy abandonado por las autoridades públicas locales y olvidado en las políticas mediterráneas de la Unión Europea (UE). Recientemente, se aprecia una mayor concienciación con los planes de desarrollo regional y rural adoptados por los países mediterráneos y con la mayor atención que presta la UE al mundo rural. Pero no parece que esta nueva orientación haya dado lugar a un círculo virtuoso para sacar a la población rural de la pobreza, el analfabetismo y el abandono.

Sin embargo, el mundo rural desempeña un papel fundamental en los equilibrios sociales y territoriales, y es incluso un vector de identidad, como realidad social y paisajística. ¿Cuál sería, de hecho, el futuro de un país si sus campos quedasen abandonados por la marcha de una población que “ya está harta de trabajar por cuatro duros” al no existir un desarrollo rural sostenible, una agricultura dinámica y rentable y seguridad alimentaria? ¿Cuál sería el futuro de un país sin arraigo en el espacio? Estas preguntas llevan a la reflexión especialmente en el Sur y Este del Mediterráneo, donde las dinámicas existentes hacen que la cuestión rural y agrícola tenga una importancia especial.

En primer lugar, y por encima de todo, tenemos la dinámica demográfica. La población mediterránea ha pasado de 290 millones en 1970 a 480 millones en 2015, y va a superar la barrera de los 530 millones hacia 2030. Pero los causantes de este crecimiento son, y serán, los países del Sur, en los que entre el 40% y el 50% de la población, y más de un tercio de la población activa, vive en el medio rural.

Esta evolución demográfica, junto con unas políticas económicas desequilibradas y aleatorias, produce varios efectos negativos.

En primer lugar, la fragmentación de la superficie agrícola, lo que obstaculiza el aumento de la productividad y la modernización de la agricultura. A continuación, una inseguridad alimentaria preocupante. En 1965, Argelia cubría el 143% de sus necesidades alimentarias gracias a la producción local. Hoy en día, apenas cubre entre el 25% y el 30% de sus necesidades. Es cierto que su población ha pasado entre 1965 y 2015 de ocho millones a cerca de 39 millones de habitantes.

Los países árabes en su conjunto, que contaban con 385 millones de habitantes en 2015, es decir el 4% de la población mundial, absorben entre el 15% y el 18% de las importaciones mundiales de cereales, y cada año desembolsan entre 40.000 y 45.000 millones de dólares para comprar alimentos. Egipto, un gran consumidor de pan, como el resto de países árabes, es hoy el mayor importador de cereales del mundo. De ahí a hablar de la pareja pan y libertad, solo hay un paso. Sébastien Abis (CIHEAM) cuenta, a título anecdótico, la historia del partido de fútbol en la Plaza Tahrir en El Cairo en el que se enfrentan dos equipos: el equipo del pan y el equipo de la libertad.

En 1988 escribí un artículo sobre la crisis alimentaria en el mundo árabe que titulé Une calorie sur deux para señalar que una de cada dos calorías consumidas por los árabes es importada. Ya en aquella época, los árabes se gastaban 26.000 millones de dólares en sus importaciones de cereales. En menos de 30 años, la factura casi se ha duplicado, y lo peor todavía está por llegar, porque hoy se importa todo, desde la carne argentina, a la soja brasileña, el trigo canadiense, los quesos franceses o la leche holandesa. La evolución de los modelos de consumo es, en gran medida, responsable de esta dependencia.

De hecho, la rapidez de los cambios en los hábitos de consumo alimentario, derivados de la urbanización galopante, resulta sorprendente por su magnitud, y se observa no solo en los países petroleros ricos, sino en todos los países árabes. La modificación de los gustos, que algunos llaman “occidentalización de los modelos de consumo”, es un fenómeno habitual, aunque, al principio, la aparición de estos nuevos modelos de consumo era un fenómeno urbano. Las poblaciones urbanas son las que se benefician de las importaciones alimentarias y las que sufren los primeros cambios de los modos de consumo. A continuación, las ciudades se convierten en “agentes de difusión” por un simple “efecto de demostración”. Los contactos entre la ciudad y el campo y el éxodo rural han contribuido en gran medida a la difusión de estos nuevos hábitos de consumo.

La ayuda alimentaria que proporcionan algunos países occidentales refuerza la transformación de los hábitos alimentarios existentes y, a menudo, desincentiva las producciones locales por una competencia desleal en la medida en que se coloca en el mercado a bajo precio. Además, la ayuda alimentaria y las subvenciones a los productos de primera necesidad desestabilizan a las agriculturas locales al privarlas de sus mercados naturales y, sobre todo, pueden provocar un éxodo rural al aumentar el atractivo de la ciudad, que se convierte en sinónimo de “opulencia”. Es lo que algunos han llamado el “síndrome McDonald’s”.

El crecimiento demográfico provoca otro efecto negativo: el incremento de la presión sobre los recursos hídricos disponibles. Varios países mediterráneos y casi todos los países árabes ya están en una situación de estrés hídrico (menos de 1.000m3/por habitante y año), o incluso en situación de penuria (menos de 500m3) o de extrema penuria (menos de 100m3, como es el caso de la Franja de Gaza y de Jordania).

Los países del Norte del Mediterráneo cuentan con del 75% de los recursos hídricos disponibles, pero no se libran de los periodos de sequía prolongada o de episodios de tormentas y de precipitaciones devastadoras.

Ante la disminución de los recursos hídricos, ¿podemos seguir destinando entre el 75% y el 80% del agua disponible a la agricultura? ¿Es normal que las explotaciones modernas en las que se concentran los sectores exportadores acaparen el grueso de los recursos hídricos? ¿Podemos olvidar que las transferencias de agua contenidas en los productos agrícolas suponen un coste ecológico insostenible? Para darse cuenta de ello basta con ver cómo el río Jordán queda reducido a un hilo de agua en su desembocadura en el mar Muerto, cuya superficie disminuye cada año.

El crecimiento demográfico provoca una fractura entre las ciudades y el campo, y entre el litoral globalizado por el turismo y un interior empobrecido y marginado. En todos los países del Sur del Mediterráneo, estas fracturas se incrementan y se amplían.

El crecimiento demográfico hace que la población de las ciudades aumente. La urbanización del mundo mediterráneo y árabe es un hecho antiguo, pero se ha desarrollado a lo largo de las cuatro últimas décadas a un ritmo desenfrenado, porque, además del crecimiento natural de la ciudad, ésta ha recibido de forma continua un éxodo rural que ha contribuido entre un 40% y un 50% al crecimiento urbano.

Así, la ciudad árabe se ha vuelto doblemente expansiva. En primer lugar, alimentada por su propia dinámica demográfica y por el éxodo rural, la ciudad crece, apoderándose de las tierras agrícolas y de los perímetros irrigados. El hábitat se come las llanuras fértiles (la Ghuta de Damasco, el valle del Nilo, El Palmeral de Marrakech, etcétera). Y los vergeles y los huertos retroceden cada vez más, cuando no desaparecen simple y llanamente.

Luego, el crecimiento de las aglomeraciones urbanas aumenta las necesidades de suministro de agua potable. Las autoridades se enfrentan entonces a unos arbitrajes dolorosos, bien desviando una parte de los recursos destinados a la agricultura y, en este caso, disminuye la producción alimentaria de la que se nutre la ciudad, o bien yendo a buscar el agua potable más lejos (río artificial en Libia) con el riesgo de vaciar las capas no recargables y de aumentar la salinidad.

Así, la ciudad compite sin piedad con el campo por la tierra (un bien no reproducible) y el agua (bien escaso), y tiende cada vez más a transformar sus vínculos tradicionales con el campo. Hoy en día, la ciudad depende del exterior a través de las importaciones de cereales. El equilibrio ciudad-campo está roto.

Pero la ciudad no solo es expansiva en detrimento del campo, sino que se infiltra en él insidiosa e inexorablemente, cambiando algunos comportamientos, e incluso algunas tradiciones aldeanas. Pongo el ejemplo de la electricidad y sus efectos inducidos sobre la vida de los pueblos, el papel de los padres y las tradiciones orales.

El campo se toma la revancha de otra manera. Antes, el campo alimentaba a la ciudad. Hoy, tiende a “comérsela”. En primer lugar, debido al éxodo rural, el “pueblo” baja a la ciudad y la convierte en rural mediante un crecimiento espacial desmesurado, el desarrollo de la vivienda espontánea y no autorizada y la presión que se ejerce sobre las prestaciones de servicios y las infraestructuras escolares, médicas y de transporte. Esta ruralización que progresa lentamente debilita el concepto mismo de urbanita y agudiza los fenómenos de segmentación que convierten a la ciudad en una yuxtaposición de solidaridades múltiples y no coordinadas.

Si vamos un poco más lejos en la reflexión, podemos decir que el éxodo rural ha dado lugar a una verdadera “perversión del sentido de la ciudad”, porque los recién llegados de origen rural se concentran por familias, tribus o pueblos. En dichas condiciones, el individuo queda atrapado en las redes de su colectividad que controla hasta sus más mínimos gestos, reproduciendo así el “conservadurismo del campo”.

Por consiguiente, la población rural transforma la ciudad. Esta, que pensaba que encontraría un mayor bienestar en ella, se amontona en barrios de chabolas insalubres, unos caldos de cultivo del descontento magníficamente descritos por el marroquí Mahi Binbine en su novela Les étoiles de Sidi Moumen.

Y, por último, el crecimiento demográfico ejerce una presión sobre el patrimonio medioambiental. Debido a los efectos del cambio climático y de la escasez de recursos hídricos, la calidad de los suelos empeora, la desertificación avanza de forma inexorable y la biodiversidad se empobrece. El Norte del Mediterráneo tampoco se salva. Es muy probable que el cinturón del olivo progrese 200 o 300 kilómetros más en Francia y en Italia en las próximas décadas, o incluso años.

Si tenemos en cuenta todo lo anterior, ¿resulta sorprendente que la pobreza sea sobre todo un fenómeno rural y una calamidad persistente? La población rural que permanece en sus pueblos y la población rural “falsamente urbanizada” siguen sufriendo una gran falta de servicios, de infraestructuras y de apoyo público. En estas condiciones, la economía familiar y el autoconsumo predominan, lo que hace que sea casi imposible crear un sistema agroalimentario, que es el “vínculo existente entre la granja y el tenedor”.

En conclusión

Las repetidas crisis alimentarias en los países del Sur del Mediterráneo son un catalizador que pone de manifiesto la vulnerabilidad del mundo rural y agrícola. Las complementariedades entre la ciudad y el campo se ven amenazadas y a menudo se rompen. La inseguridad se instala. ¿Podemos ignorar las raíces agrícolas de las revueltas árabes de 2011?

Para invertir estas tendencias negativas hay que reinvertir en los territorios rurales porque “no hay territorios sin futuro, sino territorios sin proyecto”.

El proyecto de revitalización del mundo rural tiene que basarse en los siguientes puntos:

– reducir la vulnerabilidad alimentaria;

– atenuar los efectos del cambio climático mediante una mejor gestión de los recursos hídricos;

–mejorar el bienestar general de la población rural para disminuir el éxodo hacia unas ciudades superpobladas;

– desarrollar actividades generadoras de empleo para los jóvenes y las mujeres del medio rural, para lo cual es necesaria una diversificación de la actividad económica en los territorios rurales.

Todo esto exige una mejor coordinación de las autoridades responsables en todos los ámbitos, nacional, regional y local. La UE también tiene que movilizarse para volver a conectar las ciudades con el campo y para reducir los efectos negativos de las diferentes limitaciones y fracturas alimentarias.