Las corrientes laicas, entre el poder y la oposición

La raíz de la revolución no está en el islamismo moderado, sino en el éxito del movimiento de oposición social e intelectual, laico, a pesar de las restricciones del gobierno.

Gennaro Gervasio

Las “revoluciones árabes”, también conocidas en Occidente como Primavera Árabe, que comenzaron a finales de 2010, han llevado al centro de atención de los medios y de la opinión pública internacional las corrientes políticas laicas o en todo caso no islamistas, cuyo papel se ha visto por mucho tiempo ensombrecido, incluso completamente ignorado por periodistas, analistas y expertos de toda condición. Este artículo pretende trazar los rasgos esenciales de la evolución de estas corrientes, considerando las diferencias internas, pero sobre todo su relación con el poder, con la contraparte islámica y con posibles futuras trayectorias. Por motivos de espacio y por la relevancia del país, el análisis se centra en el caso de Egipto.

Reconstruir la historia de la corriente laica, ya sea como pensamiento o como praxis política, parece más que nunca necesario para refutar el viejo mito en boga estos días, según el cual la única verdadera oposición en el mundo árabe es el islam político. Este mito se debe, por una parte, a su popularidad y, por otra, a la supuesta incapacidad de los movimientos laicos de ofrecer una alternativa válida a los regímenes en el poder. La rápida evolución de lo ocurrido los últimos tres años, especialmente en Egipto, pero también en Túnez, invita a la prudencia en la formulación de hipótesis sobre futuros acontecimientos. Sin embargo, es demostrable que las raíces de las revoluciones árabes, independientemente de las trayectorias actuales y futuras, deben rastrearse en el activismo de matriz esencialmente laica y, en particular, de izquierda.

Este activismo nunca se apagó –a pesar de la poca o nula atención de los medios internacionales y locales– y se reavivó al final de la década de los 2000, en Egipto y también en otros países protagonistas de la Primavera Árabe, como Yemen, Bahréin, Siria, Marruecos y, en menor medida, Túnez. No obstante, antes de analizar el papel de los movimientos laicos en el periodo prerrevolucionario y desde 2011, quizás sea apropiado reconstruir, aunque muy sucintamente, el origen de estas importantes corrientes árabes de pensamiento y praxis política que, sin embargo, son poco conocidas.

El laicismo en las raíces del pensamiento árabe moderno

Contrariamente a lo que muchos piensan y escriben sobre “la primacía religiosa” entre las corrientes políticas modernas del mundo árabe, fueron las tendencias secular-liberal, nacionalista y después socialista las que aparecieron en la escena política del norte de África y Oriente Próximo, mucho antes del islam político. Aun así, son necesarias algunas precisiones. Si bien es cierto que la corriente secular llegó al mundo árabe a través de Europa impulsada por los aires de la Revolución Francesa (Ilustración, liberalismo), de los movimientos nacionalistas de 1848 y de la historia de la Comuna de París (1871, para el socialismo), también es cierto que solo una pequeña parte de esta transmisión es atribuible a la agresión colonial.

De hecho, Oriente Próximo cayó en manos del colonialismo europeo después de la Primera Guerra mundial, mientras que el laicismo ya había echado raíces en el Levante árabe en el último cuarto del siglo XIX, o incluso antes. Esta observación es importante porque los intelectuales del Renacimiento árabe, Al Nahda, se asomaron a los principales debates de la modernidad europea esforzándose desde el inicio para filtrar las ideas de Europa. Este trabajo de interpretación se realizó a pesar de la incesante propaganda islamista que siempre ha querido ver en el pensamiento laico uno de los instrumentos del colonizador para someter las tierras conquistadas. En realidad, no se puede hablar de una “colonización” de las mentes y las conciencias árabes, porque eso significaría abogar por un sustancial inmovilismo de la “Razón árabe”, destinada a la repetición eterna de los cánones tradicionales islámicos.

También cabe mencionar que, siguiendo el rastro del recién fallecido filósofo marroquí Muhammad Abed al Yabri, muchos intelectuales árabes desafían incluso la “autoría” de la laicidad europea, entendida como la separación entre religión y política, o entre “cosas de Dios” y “asuntos de los hombres”, atribuyéndosela al gran filosofo de Al Andalus, Averroes (Ibn Rushd), que vivió en la corte del califa de Córdoba en el siglo XII. Averroes habría sido, de hecho, el primero en postular la posibilidad racional del laicismo, y a él se refirieron, según Al Yabri, los pioneros del Renacimiento europeo para salir del oscurantismo medieval. Más allá de estas interesantes disputas filosóficas, lo cierto es que en el último cuarto del siglo XIX, mientras las potencias europeas se preparaban para llevar a cabo sus planes coloniales en el Mediterráneo sudoriental (la colonización ya había comenzado en Argelia en 1830), los intelectuales en el Levante árabe, todavía bajo el dominio del Imperio otomano, empezaron a incorporar, traducir y reinterpretar las teorías provenientes de Europa.

Escritores y teóricos como Adib Ishaq (m. 1885) y Farah Antun (m. 1922) se encuentran entre los precursores de la laicidad en tierras árabes, y aunque eran originarios de la Gran Siria, encontraron en Egipto el humus apto para enriquecer sus pensamientos, también gracias a la presencia de intelectuales como Salama Musa (m. 1958), considerado el padre del socialismo árabe. En El Cairo, de hecho, confluían escritores y artistas provenientes de todo Oriente, sobre todo desde el Imperio otomano. Esta nueva clase intelectual representa una “vanguardia dirigente” del Estado moderno egipcio fundado por el virrey Muhammad Ali, cuya intención era hacer de Egipto “un apéndice de Europa en África”. Paralelamente a los trabajos de modernización, es importante mencionar el papel que desempeñan los intelectuales egipcios en la creación del sentimiento nacional, forjado especialmente con la llegada de la colonización británica (1882).

En el mismo año coinciden tanto el nacimiento del movimiento nacional egipcio, con la revuelta de Ahmad Urabi (1841-1911), y el comienzo del movimiento obrero con huelgas de miles de trabajadores del carbón en Port Said. Gran parte de la nueva intelligentsia egipcia, de tendencia liberal y secular, se alineó con el incipiente movimiento de liberación nacional, dando lugar a un debate político y social fructífero que encontró espacio en una prensa incipiente, a la vez que vivaz. Destaca el papel del diario Al Liwa, fundado en 1900 por el abogado Mustafa Kamil (1874-1908), considerado el portavoz del ala más radical del movimiento nacionalista egipcio, alrededor del cual se agruparon los grandes intelectuales de la época.

De este grupo nació en 1906, Al Hizb al Watani (Partido Nacional), que tomó el nombre y parte de la agenda política del movimiento de Urabi. Aunque al principio no fue mucho más que un club de intelectuales interesados en los problemas de masas, debe considerarse el primer partido político fundado en Egipto y fue, como es evidente, esencialmente laico-nacionalista. En esta línea nacionalista liberal tuvo lugar la revolución de 1919 contra la ocupación británica y de ese movimiento de masas nacería el partido liberal Wafd, destinado a dominar, no sin dificultad, con contrastes y contradicciones, la vida política egipcia hasta la revolución de los Oficiales Libres en julio de 1952.

Las corrientes laicas entre el poder y la oposición

Al nacionalismo burgués del Wafd, expresión de la naciente burguesía, se sumó pronto otra corriente principal del secularismo egipcio y árabe: la izquierda. A decir verdad, las ideas socialistas habían penetrado en Egipto y en el mundo árabe al mismo tiempo que el nacionalismo liberal, gracias a los intelectuales que veían en el socialismo no solo una esperanza contra el yugo colonial, sino también una emancipación de las clases trabajadoras de las aristocracias locales. No es casual que Musa escribiera su tratado El Socialismo en 1913, y que los trabajadores de origen europeo, que se habían trasladado a Alejandría y el Canal de Suez, difundiesen entre la mano de obra local las ideas de la izquierda europea que se empezaba a organizar.

En los años veinte, tras el éxito de la revolución rusa, tuvo lugar el primer choque entre estas fuerzas emergentes de la izquierda, ya fuera contra el condominio anglomonárquico o contra los partidos burgueses laicos liderados por el Wafd. Todo esto sirve para demostrar que, sin negar la importancia de la experiencia de la política islámica, hasta finales de los años treinta las políticas hegemónicas en el país árabe más poblado e importante eran esencialmente de matriz laica. Paradójicamente, a pesar del carácter burgués y elitista del Wafd, fue este último quien consiguió una base real de militantes y votantes, en parte porque la izquierda carecía de la conexión entre la élite intelectual y las masas mayormente analfabetas, que habían comenzado a migrar del campo a las ciudades. En el movimiento de masas de los años cuarenta contra la monarquía, los partidos burgueses y la ocupación británica, la izquierda desempeñó un papel clave junto con los ya influyentes Hermanos Musulmanes (nacidos en 1928).

Este hecho demuestra cómo una oposición laica popular, contrapuesta al laicismo burgués del Wafd, había echado raíces en Egipto y estaba compitiendo con el islam político y con el poder. Sin embargo, a pesar de su influencia intelectual, su presencia en la calle y en las zonas rurales, no fue ni este movimiento de izquierdas, ni su rival islamista (Hermanos Musulmanes), ni los ultranacionalistas quienes derrocaron al régimen monárquico, aliado con los partidos burgueses y custodiado por Gran Bretaña. Fueron los militares los que tomaron el poder en julio de 1952, bajo la dirección de Gamal Abdel Nasser.

‘Divide et impera’

A partir de 1952, con la idea de que el nuevo régimen guiara a Egipto hacia la modernización, se reprimió a los miembros del antiguo régimen liberal, así como a la oposición islamista. Por esta razón, la corriente opositora laica fue representada casi en su totalidad por la izquierda, que se encontró en una situación difícil, tanto en la teoría como en la praxis política. Desde el punto de vista teórico, los Oficiales Libres adoptaron, aunque de un modo incierto, una agenda populista basada en la justicia social, que incluía un programa tradicionalmente “de izquierdas”.

Desde el punto de vista organizativo, las organizaciones de la izquierda –partidos, sindicatos, grupos de jóvenes y universitarios– fueron prohibidos oficialmente por el régimen, por lo que la actividad política se volvió cada vez más difícil sino imposible, después de las detenciones masivas entre 1959 y 1964. En los años sesenta, nació a la sombra de Nasser una nueva oposición laica, que añadía a las consignas de justicia social, usadas y abusadas por el nasserismo, la demanda de un sistema democrático y un Estado civil, no solo en oposición al Estado religioso evocado por la propaganda islamista, sino también como un antídoto contra el Estado militar construido por Nasser y perfeccionado por su sucesor, Anuar al Sadat (1970-1981). Es precisamente al periodo de Sadat al que se debe volver la mirada para reconstruir las dinámicas actuales.

De hecho, con el debido respeto a quienes lo ven como una “víctima del terrorismo islámico”, fue el propio rais quien se empeñó en aplastar la renacida oposición laica. Después de la derrota en la guerra de los Seis Días (1967) y la muerte del “déspota” Nasser (1970), la oposición laica empezó a cuestionar abiertamente la figura de Sadat, pidiendo una reforma democrática y la apertura en las universidades, fábricas y calles, de nuevos espacios para la acción política, después de más de una década de propaganda asfixiante y de “pensamiento único”.

Además de la represión policial, Sadat utilizó el islam político para contrarrestar la izquierda y los otros laicos, mediante la concesión de amnistía a los líderes de los Hermanos Musulmanes en el exilio y dando vía libre a los jóvenes islamistas en las universidades. Esta dinámica del palo y la zanahoria, por la que el propio Sadat pagó con su vida, se repitió en los años de Hosni Mubarak, un periodo en el cual el régimen se sirvió de la oposición islámica y secular para reafirmarse y erigirse en defensor del orden público y del Estado “laico”.

El camino hacia la revolución de 2011

Los años de Mubarak, sobre todo a partir de la década de los 2000, estuvieron marcados por los intentos del régimen de ocupar todo el espacio político, a través de una mezcla de clientelismo, cooptación y represión brutal de la disidencia. Como consecuencia, emergió una nueva y activa oposición expresada fuera de la política formal, en la llamada street politics, después de una década de huelgas, sentadas, manifestaciones que politizaron desde abajo a un número cada vez mayor de egipcios, gracias también al acceso a los nuevos medios de comunicación.

Este tipo de activismo, simbolizado por las famosas huelgas de las fábricas de Mahalla (iniciadas en 2006) y por la experiencia del movimiento secular Kifaya (¡Basta ya!), activo desde 2004 en contra de la reelección de Mubarak, era de matriz antisistema, en oposición a la corriente islámica que intentó cooptarse en el sistema del poder, incluso aceptando el papel de oposición “sistémica” en el Parlamento entre 2005 y 2010. Por tanto, no es en el activismo islámico, moderado, y que a menudo apoyó al régimen en materia económica, exterior y social, donde hay que buscar la raíz de las revoluciones en curso, sino en el éxito de este nuevo movimiento de oposición social e intelectual, de matriz esencialmente laica, a pesar de las fuertes restricciones impuestas por el gobierno y la competencia islamista.

El nacimiento de un movimiento obrero independiente para hacer frente a las consecuencias sociales de la aplicación salvaje de las reformas neoliberales, la recuperación del activismo estudiantil, el surgimiento de una prensa independiente, libre del control del poder, la aparición de una sociedad civil autónoma y “globalizada”, que no se separó de su tejido social local, son los antecedentes de los ya históricos “18 días” en los que casi 30 años de gobierno de Mubarak fueron derribados por el pueblo egipcio, por una vez unido. Sin embargo, no debemos olvidar que esta oposición social, nacida del descontento de abajo y de la asfixia de las élites, no ha sido capaz de formarse como clase política revolucionaria y de tomar el poder. Al contrario, se ha tenido que apoyar en el ejército y en la oposición islamista, ambos sorprendidos por las manifestaciones, pero dispuestos a aprovechar la revuelta para sus propios fines.

Casi tres años después de la caída de Mubarak, después del primer periodo de cohabitación entre los militares y los Hermanos Musulmanes, la brevedad del gobierno del partido islamista y, finalmente, el reciente “golpe de Estado revolucionario” (Inqilab Thawri) de julio de 2013, la oposición secular –empezando por la izquierda y las fuerzas progresistas– se encuentra una vez más en una posición difícil, justamente cuando las fuerzas poco interesadas en el cambio sociopolítico parecen haber perdido el control de la Revolución. Al igual que en años anteriores de Nasser, el gobierno provisional, que depende del ejército, se ha otorgado el derecho a representar el “laicismo de Estado” en contraposición a la recurrente “amenaza islamista” de la Hermandad.

En esta coyuntura, el principal desafío de las fuerzas verdaderamente laicas y, sobre todo, de la izquierda, será convencer a la opinión pública de que el objetivo del cambio político y social no se puede abandonar en nombre de una supuesta “amenaza terrorista” y también recordar que la laicidad no significa la exclusión de los partidos religiosos de la esfera pública. Más bien, esta laicidad debería caracterizarse por la creación de un “Estado civil” (y por tanto sin protección militar) inspirado en los ideales de democracia y justicia social que son la base de la Primavera Árabe.