La política turca, siempre en la encrucijada

Crisis económica, el caso Ergenekon, el latente problema kurdo y las negociaciones congeladas con la UE, desafíos inminentes del gobierno turco.

Henri J. Barkey

El gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan y su Partido Justicia y Desarrollo (AKP) se encuentran en una encrucijada. Reelegido en julio de 2007 con un 47% de los votos, un resultado sin precedentes, el partido y su primer ministro están estancados en la puesta en marcha de su programa de reformas. Esto se debe en parte al caso que el Tribunal Constitucional abrió contra el AKP con la intención de disolverlo e inhabilitar a muchos de sus dirigentes. Tras haberse defendido con éxito, la dirección del AKP decidió presentarse a las elecciones locales de marzo de 2009, para medir el apoyo nacional al partido. Tras las elecciones municipales y después de haber perdido casi dos años, el AKP debe volver a un sólido programa político de reformas. Esto es tanto más imperativo debido a la crisis económica mundial y a sus errores de cálculo electorales.

El gobierno parece haber perdido la iniciativa y en lugar de determinar la agenda nacional, ha pasado a un estado reactivo. El gobierno se enfrenta a cuatro cuestiones. La primera es la crisis económica internacional, cuya demorada onda expansiva ya está llegando a las costas de Turquía. La segunda es la investigación en curso sobre Ergenekon, que busca los presuntos vínculos entre oficiales militares jubilados o en servicio activo y una sección transversal de la clase dirigente kemalista para tratar de socavar el orden constitucional en Turquía. En tercer lugar, está latente el problema kurdo con sus extensiones en el Gobierno Regional del Kurdistán (KRG) en el norte de Irak. Por último, las negociaciones congeladas con la UE, que pueden complicarse por los acontecimientos de Chipre. Las cuatro cuestiones chocan con el telón de fondo de un gobierno que finalmente sufrió su primera gran revisión desde que llegó al poder en 2002.

Crisis económica

Cuando llegó la recesión económica mundial, Turquía en cierto modo fue más afortunada que la mayoría. Ya había pasado por una dolorosa reestructuración de su sistema bancario en 2001-02, tras una crisis económica que la había sacudido hasta la médula. Las reformas de entonces permitieron a los bancos turcos evitar los préstamos de riesgo de los que muchos bancos americanos y europeos fueron víctimas. Aunque la relativa solidez del sistema bancario turco le ha permitido retrasar la llegada de los malos vientos, la realidad es que la crisis en Turquía ha llegado y es probable que empeore antes de mejorar.

La diferencia es que aquí la crisis es el resultado directo de la dependencia de su sector exterior, en particular de las exportaciones y de la entrada de flujos de capital destinados a cubrir los desequilibrios de la cuenta corriente del Estado. Las exportaciones turcas en marzo de 2009 disminuyeron un 35% frente al año anterior, tras una caída del 25% en febrero. Aunque las importaciones y el precio del petróleo también se redujeron, las pérdidas en las exportaciones se reflejan en un fuerte aumento del desempleo, debido a los despidos en las empresas manufactureras de exportación. Todo esto sumado a la caída del 6,2% del PIB durante el último trimestre de 2008.

La economía turca todavía tiene que tocar fondo; en el proceso, el gobierno se va a sentir cada vez más asediado por la percepción de que no está haciendo lo suficiente. El ejecutivo retrasó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional todo lo que pudo para que su anuncio no interfiriera en las elecciones locales de marzo de 2009. Sin embargo, gran parte del bienestar de Turquía depende de la rapidez y eficacia con que sus socios comerciales europeos gestionen esta crisis internacional.

La investigación Ergenekon

El caso Ergenekon es en muchos sentidos la causa penal más amplia montada por el sistema judicial turco. No tiene precedentes el hecho de que un número importante de generales retirados, académicos, periodistas, entre otros, se encuentran en prisión preventiva como sospechosos en una conspiración para derrocar al gobierno. Es especialmente llamativa la detención de altos generales, una clase antes considerada inmune a la persecución a pesar de la injerencia política e incluso de derrocar gobiernos. Además, muchos de los principales miembros de la comunidad laica han sido detenidos y acusados.

La amplia naturaleza de la investigación ha creado tensiones en la sociedad. Se ha acelerado el proceso de polarización entre aquellos que apoyan el secularismo y los elementos religiosos más conservadores de la sociedad. La oposición y los partidarios del secularismo están convencidos de que la investigación de Ergenekon es un intento del AKP de venganza por el caso del Tribunal Constitucional el año pasado. Mientras, los fiscales han cometido el error de llevar a cabo algunas detenciones con pocas pruebas. Hasta la fecha no hay clara conexión entre el AKP y la presente investigación. No obstante, quizás lo que ha agitado más a la línea dura defensora del secularismo es el que el poder judicial, que ha utilizado sistemáticamente sus facultades para enjuiciar a “los enemigos del Estado”, ya se trate de kurdos, islamistas u otros disidentes, por primera vez ha dirigido su atención a los intocables. Dado que los acusados están buscando refugio en preceptos ideológicos kemalistas del Estado, existe el peligro de que el proceso de polarización agudice la fractura social y fundamental sobre estos principios.

El ejército ha tratado de abordar esta investigación con ecuanimidad. Sin embargo, el hecho de que tantos altos generales jubilados, incluidos jefes de servicio, hayan sido nombrados o acusados ha llevado a una crisis de confianza en el ejército y en el conjunto de la sociedad. El actual jefe del Estado Mayor, general Ilker Basbug, para su crédito, ha mantenido a la institución por encima de la refriega y ha tenido que reiterar públicamente el apoyo del ejército a las instituciones democráticas. Es seguramente el único oficial capaz de dirigir la institución a través de ese peligroso laberinto.

El caso Ergenekon ha planteado una vez más el crítico y turbio asunto de las relaciones civiles y militares. La democracia turca todavía tiene que liberarse del papel tutelar que las fuerzas armadas han tratado de institucionalizar a lo largo del tiempo. Esto crea barricadas en el camino hacia la entrada en la Unión Europea (UE), pero sobre todo genera incertidumbre en la política interna. Esto es evidente en el tratamiento que da la prensa a los pronunciamientos militares, que casi siempre son entendidos como preferencias políticas independientes y autorizadas que no conviene ignorar.

El efervescente problema kurdo

En el sureste kurdo, las elecciones locales de marzo de 2009 han demostrado ser una decepción para el AKP y para Erdogan en particular. En las elecciones nacionales de 2007, el AKP se llevó a más del 50% del electorado kurdo. Envalentonado, Erdogan se concentró de manera agresiva en la principal ciudad de la región, Diyarbakir, y se burló del Partido Sociedad Democrática (DTP) prokurdo. Los resultados demostraron que la cuestión kurda sigue siendo una de las líneas de división más importantes en la sociedad; el DTP no sólo logró revertir los resultados del AKP de 2007, sino que demostró que se había hecho bastión en los corazones y en las mentes de los votantes kurdos del sureste. La derrota del AKP en la zona no sólo se debió a las lisonjas de Erdogan.

Había generado expectativas después de 2007 y parecía querer hacer la corte a los votantes de la zona, expectativas que no se cumplieron a pesar de la introducción por parte del AKP de un canal de televisión estatal en idioma kurdo, en sí mismo algo revolucionario en un país que no hace tanto incluso se negó a reconocer la identidad de los kurdos en su territorio nacional. Lo que en parte llevó a los kurdos de nuevo a los brazos del DTP fue el lenguaje bastante beligerante de Erdogan en referencia a sus problemas. Sin embargo, las cuestiones prioritarias son la acción violenta del PKK, las malas condiciones en el sureste y la búsqueda de una solución política. Irónicamente, el gobierno ha diseñado un nuevo enfoque hacia los kurdos del norte de Irak, dándoles su apoyo político en la lucha contra el PKK y la posiblidad de una mayor ayuda al KRG.

En última instancia, este enfoque debería dar resultados en Turquía si el AKP decide lanzar dos nuevas iniciativas. La primera tiene que ver con encontrar la forma de que el PKK abandone la lucha armada y garantizar el regreso a sus casas de muchos de sus combatientes (incluidos muchos de los prisioneros). La segunda es la reforma de la Constitución aprobada en 1982 bajo la tutela militar.

Consecuencias internas de la congelación de las negociaciones con la UE

Una nueva Constitución es necesaria no sólo para la cuestión kurda, sino también para todos los turcos que trabajan bajo un Estado excesivamente centralizado. La nueva Constitución también es necesaria si Turquía aspira a avanzar en el camino a la adhesión a la UE. El gobierno perdió una oportunidad tras las elecciones de julio de 2007. A pesar de que se mantiene la urgente necesidad de una nueva Constitución, el gobierno se encontrará con un clima político mucho más polarizado en algunos de los asuntos citados. La decisión de Erdogan de revalidar su mandato a partir de las elecciones municipales de marzo 2009, creen algunos observadores, fue un error.

Los votantes turcos distinguen entre elecciones nacionales y locales y suelen cruzan sus afiliaciones para elegir alcaldes y concejales a los que conocen y en los que confían. Aunque el AKP ganó las elecciones locales con el 39% de los votos, las altas expectativas de Erdogan –sugirió que el AKP alcanzaría el 47% de 2007– convirtieron la victoria en una derrota psicológica. A su vez, esto ha alentado a la oposición y ha debilitado al partido lo suficiente como para emprender una batalla para reformar la Constitución. Las condiciones económicas adversas tampoco ayudan. Cuando asumió el poder en 2002, el gobierno del AKP utilizó el proceso de adhesión a la UE como motor de su reforma y de sus iniciativas. Sin embargo, parece que poco a poco ha perdido el interés después de que Turquía iniciara formalmente el proceso de negociación en 2005.

Esto se debió, en parte, a la decepción por la reacción de Europa al voto afirmativo turco-chipriota en un referéndum (en contraposición a la negativa grecochipriota) sobre la solución de la cuestión de Chipre en el marco del Plan Annan de las Naciones Unidas. El endurecimiento de las actitudes europeas, especialmente en Francia, Alemania y Austria, en contra de la adhesión de Turquía y la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos a favor de prohibir el uso del velo en las universidades, agrió el entusiasmo de los dirigentes del AKP por el proceso de la UE. La ambivalencia del AKP y la ralentización del proceso de negociación con la UE han tenido un impacto perjudicial en la política interna. Se han planteado dudas sobre las verdaderas intenciones del gobierno del AKP en su compromiso último con la UE y ha puesto nerviosa a la clase empresarial, que hasta la fecha lo había apoyado plenamente.

El escenario político turco también ha sufrido por la falta de una oposición al AKP realmente eficaz. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), el único en el Parlamento desde antes de 2007, ha demostrado sus límites. El CHP y su líder Deniz Baykal no sólo abandonaron sus aspiraciones socialdemócratas, sino que se transformaron en un partido nacionalista-estatista decidido a resistir sólo por resistir. De hecho, el Partido de Acción Nacionalista logró hacer una oposición más constructiva tras su entrada en el Parlamento en 2007. Gran parte del problema se puede atribuir a causas sistémicas; el sistema de partidos turco no asegura la democracia interna en los partidos ya que sus respectivos dirigentes actúan como sultanes de los viejos tiempos.

Esperan completa obediencia y el resto de los miembros del Parlamento son accesorios del attrezzo en una obra teatral, que hablan sólo cuando se lo permiten. Después de años de mediocre actuación y sucesivas derrotas electorales, por tanto, Baykal no tiene que preocuparse por ser sustituido. Por primera vez desde los años ochenta, desde 2002 Turquía es gobernada por un solo partido y no por una coalición. Si bien esto ha traído un cierto grado de coherencia política, la ausencia de una oposición constructiva y potente ha tenido mucho que ver en la falta de incentivos del AKP para mejorar su labor e imbuir a sus propias filas con vitalidad e imaginación. Además, el debate en Turquía se ha desarrollado alrededor de la naturaleza del régimen kemalista o de las amenazas en contra del país, lo que ha acarreado un diálogo inútil e incluso la creación de un entorno propicio para un golpe de Estado. El AKP no ha sido inmune a los caprichos en los dictados de los líderes.

El partido, especialmente después de la elevación a la presidencia de su cofundador Abdullah Gül, se mantiene identificado con Erdogan. Esto, en última instancia, crea problemas a Gül, incapaz de desarrollar un enfoque y una visión independiente de su líder. Sin embargo, más directamente, Erdogan ha comenzado a establecer la agenda para la nación. Su brusca reacción en la reunión de Davos con el presidente israelí Simon Peres, su lucha pública y personal con el propietario del mayor conglomerado de medios de comunicación Aydin Dogan, aunque este último no está en una cruzada por la libertad de la prensa, tienden a distraer del trabajo.

A modo de conclusión

Turquía, como nación, parece estar en un constante estado de cambio, siempre removiéndose para encontrar su camino y batallando contra una crisis tras otra. Es una política interesante para académicos y periodistas, pero a veces no favorece el buen gobierno. Podría llevar algo más de tiempo para que el sistema finalmente se encuentre y se ancle en el marco de una Constitución democrática y flexible, pero no hay dudas sobre la necesidad de un nuevo proceso de institucionalización. Hasta ese momento, abróchense los cinturones.