La marginación de África subsahariana

Ante la ausencia total de reacción oficial africana, la ley europea sobre inmigración organiza la fuga de cerebros de los países pobres sin ofrecer contrapartidas.

Zongo Mahamadou

La adopción por la Unión Europea (UE) de una política común de inmigración se inscribe en la lógica de construcción del espacio europeo que implica una armonización progresiva de la legislación sobre las cuestiones de mayor interés. Independientemente de este proceso, el enfoque de la inmigración utilizado durante las últimas décadas por los países miembros de la UE se ha visto caracterizado por una restricción progresiva de las posibilidades de entrada, un endurecimiento de las condiciones de estancia y el uso de la inmigración con fines electoralistas.

En el caso de Francia, a pesar de haber llevado a cabo regularizaciones masivas de sin papeles a principios de los años ochenta con la llegada de los socialistas al poder (1981), a mediados de la misma década impuso visados de entrada para los países africanos que hasta ese momento se habían visto exentos, con el pretexto de luchar contra los atentados que entonces sufría la capital francesa; la retórica de la extrema derecha francesa, que ha hecho de la inmigración su principal baza electoral, ha terminado por verse banalizada y usurpada por prácticamente la totalidad de la clase política durante la década de los noventa.

Podemos recordar, entre otras, las palabras del primer ministro socialista, Michel Rocard, que afirmó que “Francia no tiene por vocación dar acogida a toda la miseria del mundo”; las de Jacques Chirac, cuando aún era presidente de la Agrupación por la República (RPR) y líder de la oposición, sobre “la irritación del trabajador francés que sufre los ruidos en las escaleras y los olores de los inmigrantes africanos”; y los vuelos chárter de Charles Pasqua, ministro del Interior con el gobierno de Edouard Balladur… Todo ello ha contribuido a que una parte importante de la opinión pública francesa reconozca que la denuncia realizada por la extrema derecha sobre cómo se había superado el umbral de tolerancia en materia de inmigración tenía fundamento (lo cual tuvo algo que ver con la llegada del líder del Frente Nacional –la extrema derecha– a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002).

La política común de inmigración es, por tanto, la heredera de este proceso de endurecimiento y politización de la cuestión de la inmigración, y representa un continuo cuyo interés reside, sin embargo, en la puesta en común, a escala estatal, de las iniciativas aisladas, no armonizadas y no sincronizadas, siguiendo la lógica de la eficacia. El interés de esta ley reside en que, más allá de la armonización de las legislaciones sobre inmigración de los Estados, expresa el lugar que Europa pretende acordarle a algunos de sus socios clásicos. También puede ser analizada como un medio para que algunos Estados miembros, principalmente Francia, rompan la relación “cara a cara” que su pasado colonial había instaurado con algunos países. La adopción de la ley no ha suscitado demasiadas reacciones oficiales en el África subsahariana, a diferencia de lo que ha sucedido en Latinomérica.

Es más, las asociaciones de la sociedad civil no le han dedicado demasiado tiempo a la cuestión, que también ha pasado desapercibida ante la opinión pública, y las pocas reacciones que se han oído a menudo han puesto de relieve la amnesia francesa (puesto que es el país donde se originó esta ley) sobre el hecho de que durante ambas guerras mundiales, enfrentada a la derrota de su ejército, no viera inconveniente en “importar” en cantidades ingentes a jóvenes soldados africanos (formados con prisas), muchos de los cuales murieron sin llegar a entender por qué luchaban. El propósito de este artículo no es poner en duda, en nombre de la “deuda colonial”, el derecho de Europa a organizar la acogida o la expulsión de extranjeros en su territorio, sino analizar las repercusiones para los países que se ven afectados por esta cuestión.

De hecho, los cinco temas de la ley hacen referencia a dos preocupaciones esenciales: cómo conseguir la inmigración deseada sin dar la impresión de replegarse y al mismo tiempo ganar la lucha contra la inmigración no deseada. En efecto, la directiva se organiza, en primer lugar, en torno a la inmigración selectiva (organización de la inmigración legal, teniendo en cuenta las necesidades y capacidades de los países de acogida, construcción de una Europa del asilo), y en segundo lugar, en torno a la lucha contra la inmigración clandestina (organización del alejamiento, es decir la expulsión de los inmigrantes en situación irregular, mejora de la eficacia de los controles en las fronteras, creación de una asociación con los países de origen al servicio de su desarrollo).

Organizada de esta forma por la ley, la inmigración será beneficiosa en primer lugar para los países de acogida y después para los inmigrantes, pero corre el peligro de convertirse en una fuente de problemas y dificultades para los países de origen de los inmigrantes.

La inmigración selectiva organiza la fuga de cerebros, con efectos más perversos que el saqueo de los recursos naturales

Conforme a lo estipulado por la directiva, la selección de los candidatos se hará en función de las necesidades y capacidades de los países de acogida, pero también y sobre todo, de la capacidad de integración de los candidatos a la inmigración; a pesar de que el contrato de inmigración que contenía la versión inicial (basado en el modelo del contrato de acogida y de integración actualmente en vigor en Francia) ha sido eliminado, esta dimensión seguirá tomándose en cuenta en la selección de los candidatos. Estas disposiciones (necesidades de los países de acogida y capacidad de integración del candidato) demuestran que la inmigración selectiva tiene como objetivo una determinada categoría de personas que están no solamente cualificadas (incluso muy cualificadas), sino que también poseen un determinado nivel de escolarización (evitemos, por pudor el término “educación”).

Sin embargo, son precisamente este tipo de personas las que se echan desesperadamente en falta en los países del África subsahariana: en efecto, las administraciones de los países del África negra se han enfrentado siempre a la falta de recursos humanos cualificados en todos los campos, pero sobre todo en las áreas técnicas, lo que justifica además el recurso a asesores técnicos expatriados cuyos salarios son un lastre para los presupuestos de los Estados o de las empresas que los emplean. Si observamos la oferta de formación que existe en Europa, se puede deducir fácilmente que la inmigración selectiva perseguirá la entrada de aquellos que más necesitan los países del África negra, en la concepción, el seguimiento, la ejecución y el futuro en los distintos sectores de la vida socioeconómica.

Vista así, la inmigración selectiva supondrá amplias pérdidas para los países de origen, cuyos presupuestos han soportado los costes, por lo general exorbitantes, de la formación de alto nivel, sin poder beneficiarse de los ingresos que generarán. Los países de acogida, por su parte, se beneficiarán de una mano de obra cualificada sin haber tenido que cargar con los costes de formación. Vista de cerca, la política de inmigración selectiva confirma, en cierto modo, la idea según la cual la Historia no hace sino repetirse; en efecto, a pesar de que los métodos pueden cambiar, los principios permanecen inmutables: en otros tiempos, lo que se buscaba y arrancaba al continente eran los brazos hábiles, mientras que hoy en día lo que se busca y corteja son cabezas amuebladas, con el mismo fin.

Los iniciadores de la inmigración selectiva afirman que contribuye al dinamismo de la economía de los países de partida a través de las remesas y de las inversiones que los inmigrantes pueden realizar en sus países de origen con los ingresos generados por la emigración. Según esta lógica, la experiencia o las competencias adquiridas por los emigrantes contribuirán a innovaciones diversas en las zonas de origen. Estos argumentos no resisten un análisis riguroso: en efecto, no es seguro que los afortunados elegidos por la selección vuelvan a su país de origen, teniendo en cuenta las diferencias de salarios, o que no lo harán tras haber fracasado, o directamente para jubilarse. El caso de las 700 jóvenes senegalesas que habían obtenido visados de corta duración para recolectar fresas en el sur de España pero que prefirieron quedarse en la ilegalidad para no volver a Senegal, muestra que sería ilusorio esperar que los que logran llegar a Europa vuelvan a sus países de origen.

En cuanto al papel de las remesas, más que la cantidad, es el uso al que sean destinados el que determinará su efecto. Las investigaciones realizadas sobre esta cuestión muestran que las remesas se destinan sobre todo al mantenimiento de la familia (compra de víveres, atención médica, etcétera); a mejoras en el entorno (construcción de casas); y a escolarizar a los niños. La parte reservada a inversiones productivas (equipamiento agrícola, comercio, transporte…) suele ser insignificante. Por tanto, las remesas pueden ser contraproducentes a la larga y acabar creando una mentalidad asistencialista y, sobre todo, la percepción de la inmigración como única perspectiva para aquellos que quieren labrarse un futuro.

Puede servir de ejemplo la provincia de Boulgou, situada en el centro-este de Burkina Faso, que desde los años noventa ha experimentado una fuerte emigración hacia Italia. Gracias a los fondos procedentes de los inmigrantes, ha experimentado, sin duda, una mejora en los equipamientos, tanto residenciales como de infraestructuras sociosanitarias y escolares, pero actualmente sigue enfrentándose a un desinterés por la escolaridad a partir de una cierta edad (fin de primaria y principio de secundaria) porque la idea más extendida es que más vale ser un analfabeto en Italia que un titulado en Burkina Faso.

Estas representaciones se ven reforzadas en la zona por los éxitos socioeconómicos de los emigrantes (principalmente en lo inmobiliario), la importancia de las cantidades transferidas (utilizadas esencialmente para el mantenimiento de la familia), así como por la comodidad financiera de la que hace gala el emigrante cuando vuelve de vacaciones. Para todos los niños de la zona, el éxito sigue estando en Italia, porque los que no se van ni siquiera consiguen ya encontrar una mujer… A largo plazo, la inmigración selectiva permitirá sin lugar a dudas que el inmigrante vea cumplidas sus ambiciones personales, y que el país de acogida se beneficie gratuitamente de una mano de obra cualificada cuyos costes de formación han corrido a cargo del país de origen.

La asociación con los países de origen: las promesas sólo sirven para los que creen en ellas

La organización de un partenariado con los países de origen ilustra la voluntad de los países europeos de luchar contra las causas del fenómeno. Sin embargo, hay que asegurarse de que este compromiso es respetado porque, como muestra la experiencia, las promesas no atan más que a los que creen en ellas. No se puede excluir que la directiva sea aplicada de manera selectiva por los países europeos, especialmente en lo que se refiere a la aplicación rigurosa de las expulsiones y a un tratamiento de geometría variable del partenariado.

Incluso suponiendo que Europa cumpla sus promesas invirtiendo en las zonas de origen, sus efectos podrían resultar limitados; en efecto, las causas de la emigración van más allá del marco inmediato de las zonas de origen y se inscriben en el corazón de la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo, cuyas causas se encuentran a la vez en las espinosas cuestiones del buen gobierno local y de un sistema político y económico internacional inicuo e injusto cuya ilustración perfecta es la paradoja del algodón: las subvenciones que Europa y Estados Unidos ofrecen a sus productores de algodón falsean las reglas del mercado y provocan la caída de los ingresos de los productores de algodón africanos, lo cual a su vez puede generar en los jóvenes de estas zonas deseos de irse a otra parte.

Las distintas fases de la Ronda de Doha muestran que los países desarrollados en general, y Europa en particular, no están dispuestos a ir en contra de sus intereses en nombre del desarrollo de los demás; en las relaciones internacionales, los países no tienen amigos, sino intereses… Las causas de los movimientos migratorios son estructurales; las acciones puntuales que se lleven a cabo en las zonas de origen o incluso las ayudas que puedan ser asignadas a los países de origen no podrán luchar contra el fenómeno, pero podrán servir, sin embargo, de justificación para las expulsiones de los inmigrantes no deseados.

En definitiva, con la ley sobre inmigración, Europa pretende sobre todo tener la posibilidad de seleccionar a sus inmigrantes sin pagar el coste, así como dotarse de los medios jurídicos y políticos para organizar las expulsiones. En efecto, la dimensión del partenariado con los países de origen puede ser utilizada en cualquier momento para llamar al orden a los países que osen protestar contra la expulsión de sus ciudadanos, con la eficacia añadida de que prácticamente todos los países subsaharianos siguen dependiendo de la ayuda al desarrollo.

A largo plazo, lo que se perfila es el refuerzo de la marginación de los países del África subsahariana, porque al mismo tiempo la UE está reforzando la externalización de la vigilancia de sus fronteras, que corre el riesgo de verse subcontratada a los nuevos socios cuya creación está organizando Europa, sobre todo el Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo (PdB:UpM), al que corresponderá implícitamente el papel de zona tampón y la función de centinela avanzado del espacio Schengen. Este proceso de marginación del África subsahariana se lleva a cabo en un contexto caracterizado por una ausencia total de reacciones concertadas por parte de los países subsaharianos, a pesar de la existencia de instituciones subregionales como la CEDEAO (África occidental) o la CEAC (África central).

La ausencia de una estrategia común le permitirá además a Europa imponer su voluntad a los Estados que avancen de manera dispersa, mediante la puesta en marcha del plan de Rabat. Más allá incluso de la ausencia de una respuesta concertada, o incluso sencillamente de una reacción, a África le faltan argumentos rigurosos para oponerse, o simplemente denunciar, el trato que se le reservará a sus ciudadanos, porque en el continente la retórica de la unidad africana convive en algunos países con la persecución impune de los inmigrantes africanos…