La gran transformación del mundo mediterráneo

El proyecto francés pretende convertir a los países de la orilla sur del Mediterráneo en los “Dragones de Europa”.

Jean-Louis Guigou

Los años 1989 y 1990 fueron el momento de la “caída del muro de Berlín”, de la caída del bloque soviético, y del fin de la amenaza militar. Seguramente la Historia dirá que entre 2007 y 2008 fue el momento de la caída del “muro del Mediterráneo”, del final de los sentimientos de venganza y de odio, y de la aparición de una gran región del mundo que, a largo plazo, agrupará a 400 millones de europeos y 500 millones de vecinos de las orillas del Sur y del Este. Alemania y los países de Europa central y oriental sacaron partido de los años desde 1990 hasta 2007, a través de la reunificación y de las grandes inversiones.

Entre 2007 y 2020, Francia podría aprovecharse, pero también España, Portugal, Italia, Grecia y el conjunto de los países europeos, y, de igual modo, los países de la orilla meridional del Mediterráneo. Después del desarrollo de su lado este, Europa se vuelve hacia el Sur. El Mediterráneo cobija una reserva de riquezas, pero también esconde, sobre todo, una cantera de culturas y valores universales insospechada en Occidente. Los análisis, el comportamiento de las empresas, las declaraciones políticas y la evolución de la opinión pública confirman la llegada de esta gran transformación en las relaciones entre Europa y los países de las orillas del Sur y del Este del Mediterráneo.

Un punto de vista estratégico

Hasta 1989-1990, las relaciones internacionales tenían un enfoque Este-Oeste. La OTAN, la OCDE y el Pacto de Varsovia regulaban las tensiones entre el Este y el Oeste. Durante los largos años posteriores a la Segunda Guerra mundial, los “países de color” –amarillos, negros o árabes– no tenían ni voz ni voto. Desde 1990 y la caída del comunismo, las relaciones internacionales se rehicieron en bloques regionales Norte-Sur, basándose en “longitudes solidarias” o “gajos de naranja”.

De la misma forma que Canadá se apoya en Estados Unidos y en México para constituir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC); igual que Japón se apoya en China y los Dragones, y mañana en Australia y Nueva Zelanda, Europa, renovada en el Norte, debe asociarse con los países de la orilla sur del Mediterráneo, ampliados a algunos países de Oriente Próximo, y más adelante con los países africanos subsaharianos. ¡Es inevitable! Las fuerzas económicas del Norte y del Sur que actúan sobre la proximidad y la complementariedad son muy fuertes.

La Europa recompuesta necesita al Mediterráneo para reactivar su crecimiento y, en consecuencia, su demografía, y los países de la orilla meridional necesitan la unión con una Europa fuerte para crear empleo y estabilidad. La orilla septentrional aporta la tecnología y el conocimiento; la orilla meridional, los mercados, el crecimiento y las materias primas; y los países del Golfo, la energía y los recursos financieros. Nuestro futuro es común: asociarse en una alianza en la que todos ganen, o desaparecer. Si éste fuera el caso, Europa podría convertirse en una gran Suiza con flores en los balcones, y el Sur, enfrentado a los conflictos de su juventud en paro y a las ideologías retrógradas, se hundiría en la dictadura y en la corrupción, con sus materias primas saqueadas por los nuevos colonialistas. Este escenario parece poco probable, dada la importancia de los intereses económicos tanto en el Norte como en el Sur.

En este sentido, el comportamiento de las empresas y empresarios es significativo. Hay muchos ejemplos que ponen de manifiesto que, después del entusiasmo por China e India, después de algunos fracasos dolorosos, son muchas las empresas que vuelven a invertir en África septentrional: el Foro de la Red Argelina de Grandes Escuelas (REAGE) en la Escuela Superior de Comercio de París (ESCP, 26-05-2007), fue trascendental; el grupo de impulso franco-marroquí animado por Jean René Fourtou es un éxito; los debates empresariales de la Asociación Tunecina de Grandes Escuelas (ATUGE) suponen un gran avance, Libia suscita interés, etcétera.

La Red Euromediterránea de Agencias de Promoción de las Inversiones (ANIMA, siglas en inglés) tiene muy en cuenta que, desde hace 10 años, los planes de inversión exterior de los 10 países de la zona MEDA se han multiplicado por ocho, hasta alcanzar los 65.000 millones de dólares en 2006. España ha creado, con una gran inversión, la Casa Árabe, con el fin de atraer a las empresas españolas hacia los países del Mediterráneo y mostrarles un camino diferente del de América Latina. Empresas del Norte se dirigen al Sur, pero, y esto es nuevo, también y sobre todo, las empresas del Sur quieren conquistar los mercados del Norte. Cevital, la primera empresa privada argelina quiere instalarse en el Norte, y Sonatrach quiere vender y comercializar su gas en el Norte, sola o en asociación.

Las empresas del Norte y del Sur comparten intereses comunes y apuestan por hacer de África septentrional el canal de comunicación entre Europa y el África subsahariana. Las empresas de los países del Golfo invierten en el Mediterráneo con todas sus fuerzas. Así pues, progresivamente, los países de las orillas sur y este del Mediterráneo toman posiciones en el tablero de la globalización.

Sarkozy y el Mediterráneo

Esta evolución se ha intensificado en gran medida con la elección del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy. Las posturas políticas que se han adoptado y la voluntad que conllevan revelan una gran ambición. – El 14 de noviembre de 2006, el presidente de Argelia, Abdelaziz Buteflika, al recibir al entonces ministro del Interior francés declaró: “Queda totalmente claro que estamos condenados a tener un futuro común. No podemos hacer nada contra las leyes de la geografía”.

– Y en respuesta, Nicolas Sarkozy, en su campaña, no paró de hacer afirmaciones como las siguientes: “En un mundo en el que se diseñan grandes estrategias continentales que trascienden los hemisferios, es vital para Europa idear una estrategia euroafricana cuyo eje será inevitablemente el Mediterráneo”, (París, 14 de enero de 2007); “Al volver la espalda al Mediterráneo, Europa y Francia creían que le daban la espalda al pasado. Lo que han hecho es darle la espalda al futuro. Porque el futuro de Europa está en el Sur (…). Francia, que es europea y mediterránea a la vez, es la que, junto con Portugal, España, Italia, Grecia y Chipre, tiene que tomar la iniciativa de construir una Unión Mediterránea, al igual que tomó la iniciativa de construir la Unión Europea. Quiero ser el Presidente de una Francia que haga comprender a Europa que su futuro, su propio destino está en el Mediterráneo (…). Quizás nunca haya sido tan necesario, tan vital para Europa y para el mundo, plantear al hombre mediterráneo la misma gran pregunta que Jean Monnet planteaba, hace más de medio siglo, al hombre europeo. Sin duda, nunca ha sido tan necesario, tan vital, empeñarse en la construcción del Mediterráneo como nos empeñamos hace más de medio siglo en la construcción europea (…)”, (Tolón, 7 de febrero de 2007).

“Quiero hacer un llamamiento a todos los pueblos del Mediterráneo para decirles que allí nos lo jugamos todo, y que debemos superar todos los odios para dejar espacio a un gran sueño de paz y de civilización. Quiero decirles que ha llegado el momento de construir juntos una Unión Mediterránea que sea una línea de conexión entre Europa y África”, (la noche de su elección como presidente de la República francesa, 6 de mayo de 2007). Con la presidencia francesa de la UE en 2008, el Mediterráneo podría constituir el terreno para la gran transformación geopolítica que espera el mundo y ser la gran ambición de este comienzo del siglo. Conservemos lo positivo del Proceso de Barcelona de noviembre de 2005: el enfoque multilateral, los límites geográficos. Tomemos lo que se puede considerar como un avance de la política de vecindad (2007): el importe de los créditos europeos (12.000 millones de euros) y la posibilidad de reforzar los enfoques bilaterales. Pero sobre todo, creemos una vanguardia ambiciosa, un núcleo fuerte de los países que bordean el Mediterráneo y que consideran que tienen un futuro común: la Unión Mediterránea. Una Unión Mediterránea con una organización política flexible y eficaz –un G-Med– de las políticas comunes sobre el medio ambiente, la inmigración, la energía, los flujos financieros, los intercambios agrícolas y la salud. Unos empresarios que respalden la política y contribuyan, con financiación cruzada, a acercar las dos orillas del Mediterráneo por medio de la economía. Es un cambio radical, una gran trasformación. En mayor medida si la opinión pública acompaña este movimiento y supera el miedo –a la inmigración salvaje, al terrorismo y al integrismo– soñando con una asociación, con un desarrollo compartido y con intercambios que beneficien a todos por igual. Oigo decir, y lo leo cada vez más, que “es necesario dejar de tener una visión unilateral de la cooperación económica, dejar de explotar sus riquezas como si se fueran nuestras por naturaleza. Dejar de apoyar regímenes corruptos. Dejemos nosotros mismos de ser los corruptores. Es estúpido coger su petróleo para crear empresas petroquímicas contaminantes en el valle del Ródano y hacer venir a los inmigrantes argelinos. Que transformen ellos su petróleo y se desarrollen, asociándose con nosotros”.

El sentido común se subleva ante tanta injusticia y desigualdad. La opinión también se transforma en el Sur: en especial, las mujeres musulmanas de los países árabes quieren avanzar, los jóvenes quieren trabajar, los demócratas quieren hacer acto de presencia. No soñamos. Habrán hecho falta 15 años y una gran voluntad política para sacar del subdesarrollo a los países de Europa central y oriental. Serán necesarios quizás otros 15 o 20 años para convertir a los países de la orilla sur del Mediterráneo en “los Dragones de Europa”; 15 años para hacer comprender a los europeos que el mundo árabe musulmán puede, a su vez, contribuir de nuevo a enriquecer los valores universales, que el Mediterráneo no se reduce al turismo o al terrorismo.

Esta visión de la gran transformación en el Mediterráneo no requiere optimismo, sino determinación. La lógica de la economía es la reconexión del Norte y el Sur. Basta con que los políticos lo quieran y lo favorezcan. Se impone una postura nueva: pensar en el espacio mediterráneo como en una única entidad, con un pasado y un futuro comunes; pensar en las economías de los países europeos, de los países de la orilla sur y, más ampliamente, de los países de la Liga Árabe, como economías estrechamente interdependientes.

Los europeos y los árabes esperan a un Saint-Simon de los tiempos modernos que retome el pensamiento de Michel Chevalier (Le Globe, 12 de febrero de 1832): “El Mediterráneo ha sido una palestra, un terreno cercado en el que, durante 30 siglos, han librado sus batallas Oriente y Occidente. De ahora en adelante, el Mediterráneo debe ser parecido a un amplio foro sobre cualquier aspecto, en el cual estén en comunión los pueblos que estaban divididos hasta ahora. El Mediterráneo se convertirá en el lecho nupcial del matrimonio entre Oriente y Occidente”.