La crisis siria y el islamismo suní en Líbano

La guerra siria ofrece a los líderes suníes más radicales una plataforma para aumentar su visibilidad. Y ello con el apoyo de Futuro, que pretende así desestabilizar al gobierno.

Amaia Goenaga

Tras 30 años ocupando el país, en 2005 el asesinato de Rafik Hariri precipitó la retirada de las tropas sirias de Líbano. No obstante, el factor sirio ha seguido siendo un elemento determinante en la lucha por el control del poder político que mantienen el bloque 8 de Marzo, protegido por el régimen de Bashar el Assad y liderado por Hezbolá, y el bloque 14 de Marzo, liderado por la familia Hariri y abiertamente opuesto al régimen. Siria es, por tanto, un elemento determinante en la política libanesa e, irremediablemente, el conflicto allí tiene un gran potencial desestabilizador para Líbano. Si bien durante 2011 el país pudo contener las posibles derivas de la crisis con relativo éxito, en 2012 esta se ha hecho sentir en muchos frentes; desde el económico al político, pasando, por supuesto, por el plano securitario.

A nivel comunitario, la crisis está teniendo una especial incidencia sobre la sunna. En líneas generales, la comunidad suní de Líbano se siente especialmente concernida por lo que ocurre en el país vecino, y esto está teniendo consecuencias. La más llamativa es que, al calor del conflicto, una serie de grupos islamistas y, especialmente, algunos líderes salafistas, han ganado un protagonismo inusitado frente a la comunidad y, por extensión, en la esfera pública nacional. Desde que estalló la revuelta, estos líderes se han postulado como defensores de la causa rebelde en Siria, ayudando a los sublevados en varios frentes. Se cree que algunos de ellos colaboran estrechamente con la insurgencia, con el envío de armas, muyahidines y de bienes de todo tipo; prestando ayuda a los refugiados sirios, etc.

Pero, además, su presencia es constante en los medios gracias a los numerosos actos públicos que organizan y a su discurso incendiario, en el que las críticas al régimen de Bashar van acompañadas de ataques a Irán y, sobre todo, a la organización chií Hezbolá. En este contexto, líderes como el sheij Ahmad el Assir de Sidón se han convertido en auténticas estrellas mediáticas. Hace correr ríos de tinta en la prensa local, y sus sermones de los viernes atraen a centenares de seguidores (miles según algunos medios). En Trípoli, corazón del islamismo/salafismo libanés, estos grupos tienen la ciudad completamente movilizada en torno al conflicto sirio y en las zonas fronterizas del Norte, las más afectadas por el conflicto, ganan adeptos por momentos.

Lo más preocupante es que algunos de ellos cuentan con sus propios grupos armados y están detrás de muchos de los episodios violentos que se han sucedido en Líbano en 2012, especialmente recurrentes y virulentos en Trípoli y sus alrededores. Así las cosas, este fenómeno comienza a despertar muchos miedos en una sociedad multiconfesional como la libanesa y plantea muchos interrogantes en la opinión pública. ¿Cuál es el alcance real de este fenómeno? ¿Es solo una derivada coyuntural de la crisis siria o estamos asistiendo a la consolidación política del islamismo suní más radical? ¿Estos líderes pueden llegar a ser una alternativa real a las elites suníes tradicionales?

El islamismo suní en Líbano

En realidad, la crisis siria está sirviendo para consolidar y dar visibilidad a unas dinámicas que vienen gestándose desde hace varios años. Hay que remontarse a 2005, y analizar la evolución sociopolítica interna de Líbano, para entender mejor este fenómeno. El germen del islamismo suní se plantó en Líbano en los años cuarenta. Sin embargo fue un movimiento residual hasta finales de los años sesenta. En esta época, al calor de las guerras arabo-israelíes y los profundos cambios sociopolíticos que sufrió el país, el islamismo comenzó a expandir su base social.

Actualmente, el orbe islamista suní se compone de dos grandes organizaciones: la Yamaa Islamiya y la Yamiyat al Masharii al Jayriya al Islamiyya, más conocida como Al Ahbash, plenamente integradas en el sistema multiconfesional del país, que han llegado a tener representación parlamentaria. Junto a ellas, encontramos otras organizaciones minoritarias que siguen ancladas en postulados maximalistas del islam político más clásico, como Harakat al Tawhid al Islami, o la rama libanesa de Hizb ut Tahrir. Por otro lado, en Líbano hay también una nebulosa más o menos desestructurada de grupos y líderes salafistas de características muy dispares.

El salafismo se instaló en Trípoli en los años cuarenta de la mano del sheij Salem el Shahal. Desde entonces, esta corriente rigorista ha ido evolucionando y extendiéndose por el país en varias oleadas. La mayoría de estos grupos se dedica únicamente a la benevolencia y al proselitismo, y solo una pequeña parte de ellos se declara yihadista por principio. A camino entre ambos está el salafismo político, una rama del salafismo que, además de dedicarse a la enseñanza y a la caridad, se implica, o al menos se posiciona, en temas políticos (admiten el recurso al yihad en casos concretos). A pesar de la popularidad del sheij Assir, por su trayectoria el sheij salafista más importante del país es probablemente Dai al Islam Shahal, hijo del sheij Salem el Shahal. Él ha sido uno de los pioneros del salafismo político en Líbano.

En 2006 el gobierno de Fuad Siniora legalizó su Asociación e Instituto para la Guía Islámica y la Benevolencia y, desde entonces, su visibilidad no ha hecho más que crecer. En los últimos años su discurso político se ha centrado en la demonización de Hezbolá y en la defensa del orgullo herido de la comunidad suní; discurso que también han acuñado otros líderes de ideología similar. El epicentro de todos estos movimientos está en Trípoli, donde se concentra el mayor número de líderes y asociaciones islamistas/salafistas del país. También están presentes en el Akkar, Diniyeh, en los campos palestinos, en algunos pueblos de la Bekaa, en barrios periféricos de Sidón y, en menor medida, en Beirut.

No obstante, el peso social y político de los grupos islamistas, y más aun de los salafistas, ha sido siempre pequeño a escala nacional; por la cultura política propia de este grupo confesional, y porque durante los años de ocupación siria el régimen mantuvo un férreo control sobre ellos. Muchos han sufrido torturas, prisión, lo que explica, en parte, la animadversión de gran parte de estos sectores hacia el régimen alauí. A partir de 2005, sin embargo, la salida de Siria y una serie de cambios importantes en el seno de la comunidad harán que estos grupos comiencen a ganar una presencia creciente en la esfera pública. Históricamente, las lealtades políticas de la comunidad suní se estructuran en torno a la figura del zaim, a grandes rasgos un líder laico que provee servicios y protección a cambio de apoyo político.

Los líderes religiosos tradicionales no acostumbran a participar directamente en política. Desde mediados de los años noventa, y hasta su muerte en 2005, el máximo referente de la comunidad fue Rafik Hariri. Su asesinato supuso un auténtico trauma. Por motivos históricos y sociopolíticos, los suníes han tenido siempre una conciencia comunitaria poco desarrollada. Carecían de ese sentimiento de minoría amenazada tan extendido en otros grupos confesionales. Sin embargo, el asesinato de su líder más importante generó un fuerte sentimiento de agravio en una gran parte de la comunidad. Desde entonces, su frustración no ha hecho más que crecer. En estos años, el auge paulatino de Hezbolá ha ido coartando la capacidad de maniobra en las instituciones de Futuro, el partido político liderado por la familia Hariri, hasta tal punto que forzó la dimisión de Saad Hariri (hijo de Rafik), como primer ministro en enero de 2011.

Además, en este periodo se han producido varios episodios de tensión intercomunitaria (suní- chií), en los que las facciones chiíes han demostrado ser claramente superiores. Los acontecimientos más graves se produjeron el 7 de mayo de 2008, cuando Hezbolá y Amal tomaron varios barrios suníes de Beirut, en respuesta al ataque del gobierno de Siniora (Futuro) al aparato de seguridad de Hezbolá en el aeropuerto de Beirut. En los días posteriores, los enfrentamientos se extendieron por otras zonas del país, llegando hasta Trípoli. La superioridad militar y organizativa mostrada por Hezbolá supuso una nueva humillación. Es en este contexto en el que el islamismo radical empieza a hacerse más visible. Ganarán predicamento erigiéndose en defensores de la dignidad de la sunna y canalizando la frustración de los sectores de la comunidad más sensibles a estos temas. Por otro lado, estos grupos han recibido apoyo, sobre todo financiero, de los países del Golfo y, por supuesto, de Futuro.

Ya a finales de los años noventa, Rafik Hariri se acercó a los islamistas más moderados de Yamaa Islamiya con fines electoralistas. Tras su muerte, sus herederos quisieron seguir con esa estrategia, pero con el rechazo de Jamaa a participar en las legislativas de 2005 buscaron el apoyo de sectores más radicales, incluidos los salafistas, que les aseguraron los resultados en varias circunscripciones del Norte. A medida que Futuro ha ido perdiendo capacidad de maniobra frente al 8 de Marzo, el entorno de Hariri también ha explotado el potencial movilizador de estos grupos para plantar cara a Hezbolá en la calle, o para hacer demostraciones públicas de autoafirmación comunitaria.

Desde los sucesos de 2008, los fondos a estos grupos se han incrementado y parece evidente que se ha producido un rearme de los mismos con ayuda de Futuro, aunque el partido siempre lo ha negado. Ahora la crisis siria ofrece a estos líderes una magnífica plataforma para incrementar su visibilidad y poner en marcha estrategias de acción más radicales, como pone de manifiesto la delicada situación securitaria que viven Trípoli y sus alrededores. Y todo ello con el apoyo de Futuro, que está fomentando dichas estrategias para desestabilizar al gobierno.

¿Una alternativa real a las elites suníes tradicionales?

No estamos, por tanto, ante un fenómeno coyuntural. Estos grupos están ampliando su base social y su capacidad de influencia desde hace años. Incluso están comiendo cierto terreno a Hariri, pues hay mucha gente desencantada con el papel político de Saad. De hecho, no es descartable que puedan conseguir algún que otro diputado en zonas concretas en las próximas elecciones legislativas previstas para 2013. No obstante, resulta a todas luces exagerado pensar que estos grupos puedan presentar una alternativa a las elites suníes tradicionales a corto plazo. Hablamos casi de grupúsculos no integrados, no son un actor único, son líderes individuales que gestionan asociaciones o fundaciones, con un nivel organizativo muy básico, y las relaciones entre los distintos grupos son, a menudo, conflictivas.

Por el momento, no cuentan con estructuras capaces de plantear una alternativa viable en un contexto como el libanés, en el que las organizaciones políticas funcionan como instituciones que abarcan más ámbitos que el estrictamente político y cuyo funcionamiento requiere de una serie de instrumentos de los que no gozan estos grupos. Dentro del islamismo suní, la única asociación con una estructura organizativa suficientemente desarrollada como para ser un actor político de cierta entidad es Yamaa, la rama libanesa de los Hermanos Musulmanes. De hecho, tras varios años en declive, la organización se está viendo reforzada por la crisis siria y el auge de la hermandad en toda la región.

Pero Yamaa, al contrario del resto, es un grupo completamente integrado en el sistema libanés, respetuoso con la diversidad confesional del país. Además, ya hemos visto que estos sectores son por el momento muy dependientes de Futuro y de Arabia Saudí, que sigue teniendo a Hariri como su hombre. Así, incluso si alguno de estos líderes tiene ambiciones políticas a corto plazo iría, muy probablemente, de la mano de Futuro. Con todo, habrá que prestar mucha atención a la evolución de los acontecimientos en Siria. Estos grupos se verán fortalecidos con la caída del régimen y su posición real en la escena libanesa cambiará, seguro, en función de cómo vayan las cosas en el país vecino. Además, es innegable que tienen un importante potencial desestabilizador para Líbano, están armados, ideologizados y muy motivados por la evolución regional. En este sentido, será clave ver hasta qué punto controla Futuro a estos grupos ¿Podrá seguir utilizándolos con fines políticos sin que se le vayan de las manos? El tiempo dirá.