Irak, los chiíes y el futuro de la región

El desafío para Estados Unidos consiste en reintegrar a los suníes en el sistema político, sin cuya participación Irak corre el riesgo de merecerse de nuevo el apodo de ingobernable.

Gilles Kepel, profesor de Ciencias Políticas, cátedra de Oriente Medio y Mediterráneo, París

Durante la guerra de la primavera de 2003, que acabó en el derrocamiento del régimen de Sadam Husein, los telespectadores de todo el mundo descubrieron con sorpresa que la mayoría de la población iraquí era chií y que, de pronto, visto desde Washington, el chiismo aparecía bajo un prisma más bien positivo. Esto contrastaba fuertemente con la imagen execrable del chiismo extendida en Occidente tras la revolución iraní, la captura de rehenes en la embajada americana de Teherán en 1979 y los atentados por todo el mundo relacionados con las actividades del ayatolá Jomeini y sus secuaces.

Más aún, a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, perpetrados exclusivamente por islamistas radicales suníes, entre ellos 15 ciudadanos saudíes, la imagen positiva de los regímenes suníes conservadores de la península Arábiga quedó permanentemente dañada. La historia de amor entre Estados Unidos y la monarquía saudí –iniciada con la reunión entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el rey Abdelaziz Ibn Saúd el 14 de febrero de 1945, día de San Valentín– inmediatamente después de la conferencia de Yalta y basada en el abastecimiento de petróleo de Occidente a cambio de la protección militar americana a la dinastía, quedó muy mermada y Washington empezó a buscar otros socios petroleros en la región (como complemento al reino saudí, que se había vuelto hegemónico).

Frente a los 10 millones de barriles diarios que representa la capacidad saudí, los posibles cinco millones de barriles de un Irak reconstruido no pueden dejar indiferente a nadie. Antes de la toma del poder por Jomeini en Teherán en febrero de 1979, el régimen del sha había servido a Washington de “policía del Golfo”. Aunque éste no reivindicaba ninguna ideología religiosa –prefería un nacionalismo iraní exacerbado– su país era sociológicamente chií. Su ejército pletórico y muy bien equipado en aviones y blindados americanos no solamente vigilaba la frontera sur de la Unión Soviética de entonces, sino que también ejercía operaciones de control en la península Arábiga (así como el aplastamiento de la insurrección marxista en el Dhofar, en el sultanato de Omán, a comienzos de los años setenta).

Desde que la república islámica de Irán se convirtió en enemiga de Washington y de Occidente y después de que el régimen de Sadam Husein –al que ayudaron inicialmente contra el Irán de Jomeini– se encontrase en el banquillo de los acusados tras la invasión de Kuwait en 1990, EE UU ha tenido que apoyarse exclusivamente en los regímenes suníes conservadores de la península, una situación perjudicial sobre todo tras el 11-S y los factores de inestabilidad que se produjeron en el interior de Arabia Saudí, donde los salafistas-yihadistas radicales disponían de enlaces tanto en la sociedad como en algunas facciones del poder, como han demostrado los numerosos atentados contra extranjeros hasta este año y las colaboraciones de las que se han beneficiado los yihadistas.

Los chiíes, aliados por excelencia

De este modo, la reflexión de los neoconservadores americanos se replantea el lugar que los chiíes deben ocupar en la estrategia de Washington en esta región, principal suministradora de petróleo para el planeta. Oprimidos por el régimen suní de Sadam, los chiíes de Irak se convirtieron en sus aliados por excelencia, aquéllos en los que EE UU va a apoyarse. Este cambio de estrategia, que a partir de ahora utilizará la carta chií, está dictado por un conjunto de consideraciones.

La primera –paradójica– es la similitud de destino que sienten algunos neoconservadores americanos, muy marcados por la cultura judía, y los chiíes: dos pueblos oprimidos a lo largo de la historia, apartados del poder político salvo algunas excepciones y que deben su resistencia frente a las vicisitudes a sus religiosos, destinados a perpetuar la identidad comunitaria a través de la Ley extraída de los libros sagrados. Rabinos de un lado y ayatolás del otro, han sido sobrevalorados y esto ha traído consigo una gran reverencia por las ideas en cada pueblo. Cuando la secularización les afectó, a comienzos del siglo XX, tanto los hijos de rabinos como los de ayatolás se unieron en gran número a los partidos comunistas de los que rápidamente se convirtieron en dirigentes.

En Oriente Próximo, tras la creación de Israel en 1948 y la desaparición de la mayoría de los judíos de los países árabes, el único país en el que se desarrolló un partido comunista de masas fue Irak, partido dirigido por un sayed chií, un personaje perteneciente a una familia de descendientes del profeta. Este partido fue más tarde destruido por el Baaz de Sadam, dirigido por los suníes de la región de Tikrit, tribu del dictador. Muchos líderes sociológicamente chiíes e ideológicamente comunistas tomaron el camino del exilio, sobre todo en Reino Unido y más tarde en EE UU, donde abandonaron el marxismo en beneficio de un liberalismo anti-Sadam, que los acercó a las visiones occidentales del mundo. Frente al auge del islamismo en el medio suní –del cual el 11-S es el síntoma más evidente–, estos liberales chiíes se convirtieron en unos interlocutores de excepción para el proyecto de un Gran Oriente Medio democrático y prooccidental, impulsado por los círculos neoconservadores de la administración de George W. Bush.

Por otro lado, los chiíes de Irak, según la visión estratégica americana, tienen otra cualidad: pueden servir de fuerza de atracción –suponiendo que se conviertan mañana en los dirigentes de un Irak democrático– para sus correligionarios iraníes, un país donde la sociedad civil está cansada del poder de los mulás, uno de los pocos del mundo donde las mezquitas están prácticamente vacías, pero donde las clases medias tienen miedo de pasar a la acción ya que el régimen les distribuye suficientes ingresos procedentes de las ganancias del petróleo para comprar su aquiescencia política y prevenir toda revuelta, que se paga con una represión implacable. En este sentido, un Irak chií y prooccidental se convertiría en un fermento de disgregación del vecino Irán, con el que los flujos humanos son permanentes: los dirigentes del clero, cuyos lugares sagrados más venerados están situados sobre todo en Nayaf y Kerbala en Irak, pero también en Qom en Irán, circulan entre estos diferentes polos.

El gran ayatolá Alí al Sistani –el más alto dignatario del chiismo iraquí y mundial, residente en Nayaf– es de origen iraní y se expresa en árabe con un fuerte acento persa. Esta amenaza fue percibida muy pronto por los dirigentes de Teherán y, para impedir que Washington utilizara con demasiada facilidad “la carta chií” en Irak, concedieron, gracias a los numerosos “guardianes de la revolución” iraníes o pasdarans infiltrados a través de una frontera porosa, un sólido apoyo al ejército del Mahdí del joven Muqtada al Sadr. Éste, hijo de un ayatolá asesinado por el régimen de Sadam en 1999 y que organizó a la juventud urbana pobre chií, sobre todo en el barrio popular de Bagdad que ahora lleva su nombre –ciudad Al Sadr–, trató de movilizar a la masa chií siguiendo el modelo de Jomeini en Irán en 1978-79.

Combinando populismo y anti-imperialismo, Al Sadr logró el levantamiento de los “indigentes” del Bagdad popular (chiíes en su mayoría) y de la población desheredada del sur iraquí donde se encuentran las ciudades santas (todas ellas chiíes) durante la primavera y el verano de 2004, confiando en controlar el seminario religioso de Nayaf, o hawza, que supervisa el gran ayatolá Sistani. Frente al inmovilismo político abogado por éste (actitud habitualmente descrita mediante la expresión árabe hawza samita o “seminario silencioso”), Al Sadr se convirtió en el portavoz de un hawza natiqa o “seminario locuaz”.

Pero en definitiva, el golpe de fuerza fracasó con el regreso cuidadosamente preparado de Sistani desde Londres –adonde había viajado para someterse a un tratamiento médico– a Nayaf, a finales de agosto de 2004, acontecimiento de un dramatismo propicio para una manifestación de fidelidad masiva de los fieles chiíes hacia su persona, que obligó al joven Al Sadr a someterse y a poner fin al levantamiento de sus partidarios. En esa ocasión se expresó la estructura jerarquizada del chiismo, a diferencia del islam suní en el que no existe realmente un clero organizado, sino sólo unos clérigos o ulemas bastante independientes entre sí. En el mundo chií, donde los grandes ayatolás, por lo general muy ancianos, son reverenciados como “fuentes de imitación” –o marya– dotados de una especie de infalibilidad pontificia (que recuerda a la del Papa, con la diferencia de que el chiismo cuenta con varios maryas a la vez), es difícil movilizar la religión situándola en una perspectiva política cuando no se dispone de un capital religioso ganado tras largos años de estudios ratificados por los pares.

El propio Jomeini, que no era el ayatolá más anciano en el grado más alto, tuvo que luchar contra los otros dignatarios chiíes (a quienes logró imponer una residencia forzosa en Qom) para hacerse con el poder en 1979 y consolidarlo; pero, no obstante, disponía de una red, tenía carisma y, sobre todo, muchos más años que Al Sadr, cuya fecha de nacimiento es mantenida en secreto y no se remonta a más allá de mediados de los años setenta. Tras el fracaso de la insurrección del ejército del Mahdí, tanto Sistani como Al Sadr anunciaron su disponibilidad para participar en las elecciones legislativas, que se celebraron a finales de enero de 2005, y que dieron la victoria a una lista chií apadrinada por Sistani, en coalición con una lista kurda, mientras que los suníes se abstuvieron de forma masiva y se encontraron infrarrepresentados en el Parlamento.

Esto pone de manifiesto la disponibilidad de las instancias chiíes para desempeñar un papel protagonista en el Irak posterior a Sadam, que estaba totalmente controlado por los árabes suníes (quienes representan el 18% de la población, mientras que los chiíes superan el 60%). El resto se repartía entre los kurdos, con un número ligeramente superior a los árabes suníes, y las minorías cristianas o yezidi. Ésta es una de las inquietudes de las antiguas elites suníes, marcadas por su colaboración con Sadam, que se esfuerzan actualmente por recuperar una legitimidad nacionalista luchando contra el ocupante americano en el bastión suní de Faluya, ahora cercado por las tropas de EE UU, o en los barrios suníes de Mosul, la metrópoli multiconfesional y multiétnica del norte de Irak donde nacieron los Hermanos Musulmanes iraquíes en los años treinta. Si, independientemente de las vicisitudes de la ocupación americana, el futuro político de Irak reside a partir de ahora en su mayoría chií, ésta deberá dejar sitio a la antigua minoría suní dominante y a los kurdos, y tener cuidado de sus vecinos si quiere que Irak siga siendo un Estado unificado.

En efecto, el nacimiento de un “arco chií” que se extendería de Irán a Líbano ha sido contemplado con aprensión tanto por el rey Abdalá de Jordania como por los islamistas radicales (Abu Musab Al Zarqaui, que se presenta como el representante de Al Qaeda en Irak, ataca a los chiíes en multitud de comunicados y los chiíes de Irak son hoy el objetivo preferente de los atentados con explosivos que acompañan la vida diaria con masacres). Pero, la perpetuación de la violencia tiene como consecuencia, a día de hoy, impedir el funcionamiento de las instituciones del Estado en Irak. Sin una vuelta a la paz civil, el “modelo democrático” iraquí, deseado por Washington para servir de ejemplo para los demás Estados árabes de la región, no puede tener poder de atracción y en cambio permite a los regímenes autoritarios de los países vecinos hacer valer su capacidad para garantizar la paz social.

Además, el petróleo no puede explotarse ni exportarse de manera significativa y los vanos deseos de utilizar las exportaciones iraquíes para relativizar la hegemonía saudí en este ámbito se aplazan a un futuro incierto. EE UU lo ha comprendido, ya que ha moderado sus críticas contra Riad y trata con cuidado a su aliado tradicional, pese a la crisis nacida del 11-S. Por el momento, el reino del terror que sacude Irak inhibe su capacidad para convertirse en un fermento del cambio regional en el sentido de la “democratización” definida y pensada por la visión neoconservadora de Oriente Próximo.

Por el contrario, es el lugar donde se establece el juego de influencias entre vecinos: los Estados suníes hacen valer su capacidad para desempeñar el papel de mediadores y acabar con la insurrección, e Irán, durante un tiempo amenazado por la irrupción de Nayaf como polo opuesto a Qom y por la emancipación de los lugares sagrados del chiismo respecto a los dirigentes de Teherán, ha sacado provecho de las incertidumbres del poder en Bagdad para que se elija a un determinado número de sus hombres de confianza en la lista apadrinada por Sistani, mientras que en los barrios pobres chiíes, la influencia de Al Sadr sigue siendo preponderante. Ahora más que nunca el reto para Washington consiste en reintegrar en el sistema político a las elites suníes, sin cuya participación Irak corre el riesgo de volver a merecer su apodo característico en la tradición árabe, dar al fitna, el ingobernable, o tierra de la fitna, de la discordia, de la guerra civil y del caos.