Harlem Shake, las ‘primaveras árabes’ en danza: ¿coreografía histérica o insulto político?

Ante la amenaza de restricciones en el espacio público, un simple baile ha adquirido un sentido contestatario.

Moussa Bourekba

Al principio fue el Verbo digital. Si algunos se han sentido tentados a parafrasear la palabra evangélica para describir el prólogo de las primaveras árabes, hay que reconocer que su enjambre regional se debe en parte al sesgo digital y, en particular, al “meme de internet”. Este anglicismo, que califica a un fenómeno reproducido y difundido en masa por internet, puede aplicarse a una frase, a un tuit o incluso a un vídeo que recorre la red en un tiempo récord. El último fenómeno viral del momento: el “Harlem Shake”, un baile caótico nacido en las años ochenta en Nueva York, y recuperado en febrero de 2013 por cuatro estudiantes, y luego por miles de internautas de todo el mundo. Como en cualquier meme, este ha hecho caso omiso de las fronteras. Así, al cruzar las puertas de Túnez, el divertido baile ha sufrido una curiosa declinación: su politización. Y lo ha hecho hasta tal punto que la coreografía parece improvisarse como subversión contestataria.

El Harlem Shake en versión contemporánea fue promovido por cuatro estudiantes australianos. En su vídeo, colgado el 2 de febrero, se les puede ver disfrazados y desnudos ejecutando una coreografía frenética con música electrónica de fondo. En pocos días, el vídeo fue visto varios millones de veces y miles de jóvenes retomaron por su cuenta el concepto, antes de publicar uno tras otro sus propias proezas corporales por todo lo largo y ancho de este mundo. En este arrebato vertiginoso, los jóvenes estudiantes egipcios y tunecinos importaron a su vez el meme. El 23 de febrero, a pesar de los miles de quilómetros que separan el Magreb del Mashrek, unos y otros deciden reproducir el mismo día el baile caótico: lo ejecutan respectivamente en el patio de un instituto tunecino (barrio de El Menzah, Túnez) y delante de las pirámides de Gizeh (El Cairo).

La reacción de los gobiernos es inmediata: en Túnez, Abdellatif Abid, ministro de Educación, amenaza con tomar medidas penales contra las personas implicadas en el vídeo, mientras que la policía egipcia arresta a los estudiantes que han originado el incidente. Aunque los gobiernos sean distintos, los motivos invocados son idénticos: indecencia, ofensa pública al pudor y coreografías sugerentes. Está claro. Tanto en la forma de encadenar los pasos ejecutados como en los símbolos que enarbolan, las máscaras y los disfraces no parecen corresponder a los cánones de la expresión cultural en vigor –y cuestionados– de dichos países. No solo el supuesto “atentado al pudor” es poco habitual (hombres con el torso desnudo, baile sugerente), sino que además, algunos “bailarines” lucen chilabas blancas combinadas con falsas barbas y sables. De este modo, caricaturizan a todo un abanico de actores político- religiosos, sean partidarios del movimiento salafista, de hombres etiquetados como “islamistas” o incluso de partidos políticos proclives a los países del Golfo.

Politización del absurdo: una reacción frente al orden establecido

Así, acciones judiciales mediante, el Harlem Shake se convierte rápidamente en una protesta frente al orden establecido. Además, las condenas son recibidas por los acusados como un atentado a la libertad de expresión y, tanto en Egipto como en Túnez, proliferan en la red (redes sociales y sitios para compartir vídeos), bailes de lo más frenéticos que congregan símbolos altamente politizados. Paralelamente, se propagan las convocatorias a los Harlem Shake organizados en contra de las autoridades gubernamentales: el 28 de febrero en la sede de los Hermanos Musulmanes egipcios y el 1 de marzo en la sede del Ministerio de Educación tunecino. Los lugares, aunque solo sea por lo que simbolizan, son objeto manifiesto de una elección muy política. Por un lado, la sede del partido político que gobierna Egipto, un partido que goza de un descrédito creciente por su mala gestión de la transición política (y económica) y que cristaliza –incluso en Egipto– el temor a ser testigos de una mayor islamización de la sociedad, que podría acabar limitando el campo de las libertades.

Por otro, la convocatoria lanzada en Túnez se ha desarrollado según el mismo tono político-simbólico: mediante un Harlem Shake ejecutado ante la sede del ministerio de Educación, pues se trataba de apuntar al ministro de Educación, Abid, promotor de las acciones judiciales contra los primeros importadores del meme. En resumidas cuentas, una lectura global de los vídeos revela caricaturas que no solo imitan a los emires de las micro-monarquías petroleras, sino que atacan también, y de forma más explícita, a los salafistas y a los miembros del gobierno. A pesar de los cientos de miles de visionados vía internet, el éxito no estuvo a la altura de las expectativas: frente a las decenas de miles de personas anunciadas, solo unos 50 jóvenes respondieron acudiendo a las citas de baile, lo que parece señalar el carácter efímero del meme o incluso la falta de crédito que se concede a su politización.

Reacción, politización y polarización: ¿un tríptico lógico?

Sea como sea, el cariz que han tomado los acontecimientos ha acabado paradójicamente por otorgar a un baile absurdo un sentido profundamente político. Esta singularidad regional se ilustra perfectamente con la polarización momentánea que tal baile ha provocado: salvo las escaramuzas que confrontaron el 28 de febrero a los pro y a los anti Harlem Shake en Túnez (Universidad de Manuba, Instituto de lenguas Burguiba), esta disputa se ha mantenido esencialmente en la red. Diversos grupos se constituyeron en las redes sociales y algunos “anti”, por su parte, apelaron a prohibir la práctica por su supuesta contravención del islam.

Una polarización que, por mucho que fuera canalizada a través de internet, ha alimentado el relato mediático de unas sociedades que, en su búsqueda de la libertad, deben someterse a la mordaza impuesta por los islamistas. Esta situación tiene la ventaja de exponer una de las múltiples expresiones de las primaveras árabes en la escena cultural. Si bien dicha politización del Harlem Shake parece haber funcionado como catálisis mediática sin precedentes –erigiendo la imagen de una juventud progresista que mira a Occidente en oposición a unos gobiernos islamistas, autoritarios y orientados hacia los países del Golfo árabe-pérsico–, también es verdad que varios hechos permiten establecer una correlación entre el meme de internet y los acontecimientos relacionados.

En este sentido, aunque efímero, este movimiento virtual está repleto de lecciones y de interrogantes en cuanto a la continuidad de las primaveras árabes. En primer lugar, más allá de la polarización (a veces exagerada), los Harlem Shake egipcios y tunecinos son percibidos por sus promotores como una derivación de la herencia revolucionaria: la apropiación del espacio público –en este caso de la calle– con fines culturales y políticos. Así, desde el momento en que, con sus reacciones, las autoridades han arrojado la amenaza de eventuales restricciones del espacio público (como mínimo una amenaza percibida por ciertos sectores), este baile, de origen frenético y apolítico, ha adquirido un sentido político.

La transición política a prueba con la nueva configuración del espacio público

En definitiva, la incorporación de un contenido político en un continente apolítico (y divertido) constituye el nudo gordiano de este episodio. De hecho, ¿podemos calificar de “gestos políticos” unas secuencias de vídeos que duran 30 segundos, que emplean los mismos soportes (coreografía, fondo sonoro) y exponen los cuerpos encadenando coreografías delirantes, incluso desternillantes? Al mismo tiempo, como se ha mencionado, la politización del Harlem Shake ha ido acompañada de las reacciones políticas. En otras palabras, el meme se ha utilizado para vehicular un mensaje corto, claramente político, esencialmente contestatario y que recurre al potente vector de comunicación que es internet, apropiándose de sus usos (redes sociales, sitios para compartir vídeos, tendencia de baile del momento).

En este caso, el mensaje es una manifestación repentina y momentánea de un deseo de conservar como un logro la libertad de expresión: una libertad que, en ambos países, dio sus primeros pasos cuando la cortina de plomo que pesaba sobre el espacio público se quebró recientemente. En consecuencia, el esquema preconcebido por los medios occidentales (y que pretende interpretar todo acontecimiento en función de la dicotomía “laicos frente a religiosos”) se ha movilizado de nuevo. Ahora bien, si el contexto se presta a una lectura tan polarizada, la matriz de análisis que induce esta lectura no parece resultar pertinente. Este fenómeno resalta determinados puntos positivos o negativos que, de nuevo, estructuran el periodo de incertidumbres propias de las transiciones. Por una parte, el Harlem Shake pone codo con codo a hombres y mujeres jóvenes, en un espacio público, ejecutando coreografías tachadas de inmorales, incluso ilícitas. Si se arriesgan a hacerlo es precisamente porque lo consideran una manifestación de su libertad. Por otra parte, las críticas y las acciones judiciales se han sustentado en parte con argumentos racionales como la ofensa al pudor o incluso la caricatura.

Por poco que se salga de la caricatura del entorno, lejos de ser exclusivamente religiosos, este tipo de argumentos no son solo de los partidos islamistas. Prueba de ello es la primera condena emitida por el ministro Abid, miembro fundador del partido socialdemócrata Ettakatol. Así, más que una verdadera batalla que opone a laicos e islamistas, estos acontecimientos parecen revelar una fractura generacional. En otras palabras, la juventud de estos países en transición hace resurgir un debate suscitado sistemáticamente en una orilla u otra del Mediterráneo: la libertad de expresión –aunque haya sido reivindicada al servicio de una breve secuencia de baile– ¿debe incorporar necesariamente una serie de límites en cuyo primer orden figuraría la responsabilidad de no ofender?

Este debate, vivo en todas partes, podría sacarse a relucir de forma recurrente en los próximos meses y años en estos países que están construyendo su transición. De hecho, más allá de la desproporción manifiesta entre el carácter sucinto de esta “tendencia” y su excesiva mediatización con resonancias caricaturescas (juventud libre frente a gobiernos conservadores), el anecdótico Harlem Shake demuestra que una transición política no puede funcionar sin poner a prueba la noción de libertad. De este modo, el periodo de incertidumbres que encierran estos procesos constituye una fase experimental; un momento en el que se ponen a prueba de forma inexorable los límites de la libertad. Este proceso es más difícil aun de valorar si se trata (como en este caso) de la acción de una juventud que no sabemos si es realmente representativa de una corriente social mayoritaria. Además, este microclima emana de un meme de internet naturalmente efímero y difícilmente cuantificable, lo que hace que la evaluación democrática sea aun más compleja. Por ello, por muy anecdótico que pueda parecer, el Harlem Shake ha participado brevemente en la serie de pruebas relacionadas con la libertad de expresión. Una libertad de expresión en perpetua consolidación.