Estrategias políticas y luchas identitarias: feminismos islamistas en el norte de África

No se puede hablar de feminismo islámico, sino que éste sirve a otros proyectos, nacionalistas o religiosos.

Ángeles Ramírez, antropóloga, Universidad Autónoma de Madrid

Como cuestión previa, conviene preguntarse por qué se está hablando en estos tiempos de feminismo islámico, cuando habitualmente hemos visto el islam opuesto al feminismo, y esta oposición ha sido establecida también por las propias feministas de países arabo-musulmanes, más allá de nuevas propuestas de lectura de los textos sagrados. Y hay cuatro razones. Tiene que ver, primero, con una tendencia dentro de la militancia feminista, así como en la academia, a identificar los discursos sobre mujeres y sostenidos por mujeres de universos culturales no occidentales como feministas. Segundo, con el auge de los movimientos islamistas y la presencia en sus filas de mujeres que, familiarizadas con la lucha política, buscan un lugar propio en el proyecto islamista.

Otras dos razones vienen a sumarse, y están más vinculadas con la estrategia política cotidiana. Una es que, en ocasiones, las mujeres que militan en asociaciones religiosas musulmanas, asociaciones islamistas, se declaran feministas, y ello puede ser una estrategia dentro de un proceso de búsqueda de legitimación y apoyo internacional del islamismo, para de este modo, protegerse dentro de los países en los que surge. La otra, una cuestión puramente financiera, está relacionada con los programas de cooperación al desarrollo.

Siendo la igualdad de género el tercer objetivo de desarrollo del milenio, las asociaciones de mujeres con cierto tipo de discurso y de trabajo son receptoras de fondos de los organismos internacionales, y ello está incidiendo en un refuerzo de la formación de asociaciones, desde todos los ámbitos. Para evitar la confusión, conviene distinguir islamista de islámico. Islamista se aplica a un movimiento social con base islámica. Islámico es simplemente el adjetivo que califica lo que tiene que ver con el islam. Feministas e islamistas juegan con los términos.

Grupos islamistas y genealogías feministas

Hay que considerar que en todos los países del ámbito arabo-musulmán, existen movimientos feministas, de tendencias laicas. Este laicismo es empuñado como bandera en unos contextos más que en otros, más en Túnez que en Marruecos, por ejemplo. El feminismo que defienden, con independencia de que algunos grupos sientan más la necesidad de apoyar la herencia musulmana o árabe, según el caso, es de tipo universalista y emancipador, presentando pocas diferencias con el feminismo europeo o norteamericano clásico. Pero ¿puede realmente hablarse de feminismo desde el islam? Sería ésta una pregunta sobre la posibilidad de la existencia de tal tipo de feminismo. Implica entrar en una definición.

Y si existiera ¿cuál es su alcance? ¿se podría hablar de un “feminismo específico” y “culturalmente auténtico” para las sociedades del norte de África? Las respuestas a ambas cuestiones se emplazan en los contextos locales en los que surgen, producto a su vez de procesos históricos que implican tanto al Magreb como a las relaciones coloniales y poscoloniales. A distancia, el principio genealógico del feminismo islámico podría estar vinculado a la historia del feminismo. En lo que se ha llamado la tercera ola del feminismo, que se sitúa a partir de la década de los ochenta, el propio movimiento es cuestionado, por elitista, imperialista, teñida la crítica de revisión poscolonial. Se acusa al feminismo de exclusivista, ya que sus reivindicaciones se reducen a las reclamadas por un puñado de mujeres blancas de clases medias y altas.

Y es en esta tercera ola donde el feminismo se hace sensible a la especificidad cultural, también en consonancia con nuevos tiempos para “otras culturas”, y con el auge del discurso multiculturalista. Esto determina que en los núcleos académicos e intelectuales, Europa y Estados Unidos, la recepción del pensamiento sobre las mujeres también haya cambiado. Lo que antes se hubiera considerado, sin ninguna duda, legitimación de la subordinación femenina, ahora se contempla de manera relativa y muchas veces relativista, sobre todo cuando es sostenido por las propias mujeres. Esto explicaría la aceptación de estos discursos, que antes podrían considerarse antifeministas.

Muchas veces, han sido los círculos feministas occidentales los que han creado la etiqueta de feministas para algunos movimientos y discursos de cambio social sostenidos por mujeres, y éstas han acabado asumiendo esa categoría, aunque no hayan cambiado sus planteamientos ni participen de las corrientes de pensamiento que se ubican bajo el feminismo. En todo caso, también en la recepción de estos movimientos en EE UU y Europa hay importantes diferencias. El movimiento feminista francés sería el más reacio, en tanto que en Italia o Canadá, serían más aceptados. Para mostrar que, por extraños que pudieran parecer al feminismo occidental, muchos discursos y luchas de otros lugares podrían llamarse feministas, algunas académicas pusieron a prueba las definiciones más habituales de feminismo confrontándolas a la actividad discursiva y activa de los movimientos de mujeres.

Rosalind Delmar hace en los años ochenta una definición mínima del feminismo. Ser feminista implica un reconocimiento de la discriminación femenina en razón del sexo, así como de que la satisfacción de las necesidades específicas femeninas y la solución de su problemática, también específica, pasa por un cambio radical en lo social y político. Si se toma esta definición, no habría ningún problema en incluir a las militantes islamistas. Y aquí podría darse por finalizada la discusión. De hecho, el debate, que es importante entre los que consideran que hay un feminismo islamista y los que piensan que es una contradicción en sus propios términos, dedica mucho esfuerzo a la presentación de definiciones de feminismo como la prueba definitiva.

Al haber docenas de definiciones, y cada cual toma la que mejor se adapta a su tesis, el esfuerzo termina siendo frustrante, y desde luego parcial. Bastante más fructífero se presenta, sin embargo, el análisis de los marcos sociales y políticos en los que estos movimientos se insertan. Por doquier, tanto en los contextos arabo-musulmanes como en la inmigración, hay mujeres que militan en movimientos islamistas, y en muchos casos, en el Magreb, ocupan importantes lugares dentro de estos movimientos. Sin embargo, esta activa militancia no significa que tengan que sostener discursos sobre las mujeres, y desde luego, no significa que se definan como feministas. De hecho, la mayoría se declara en contra del feminismo.

Pero no todas. El discurso y las formas que van tomando lo que podría nombrarse como grupos de mujeres dentro de grupos islamistas, y que sería pretencioso llamar movimiento de mujeres islamistas en el Magreb, están vinculados a los aspectos locales. Entre estos aspectos se cuenta la historia de las relaciones coloniales, la formación del movimiento feminista en esos contextos, la táctica política de acceso al poder y las diferentes estrategias que el movimiento adopte en cada momento, lo cual también vendrá determinado por el carácter del Estado. También es interesante la consideración de la proyección internacional de los movimientos, desde el momento en que están modelando un tipo de discurso, probablemente dos, uno hacia fuera y otro hacia dentro. Incluso los movimientos dentro del mismo país divergen en función de sus objetivos políticos, la relación con el Estado, la concepción de la militancia, etcétera.

Se puede definir entonces, en términos generales, el islamismo, incluso para grandes áreas como es el tema que nos ocupa. Pero no sería posible, sin embargo, caracterizar de manera uniforme las formas sociales o familiares que propone como propias. Como ya ha ocurrido en las ciencias sociales en el mundo arabo-musulmán, se tiende a explicar la estructura social acudiendo a los principios ideológicos que supuestamente dan forma a esas estructuras. Pero lo cierto es que para indagar en el carácter de los discursos femeninos y feministas, no basta con disponer de definiciones ni de una historia de las ideologías.

La formación de los Estados después de las independencias, el lugar del “asunto de las mujeres” en la política interior, los movimientos feministas y su relación con el Estado, y el propio sistema político de participación, que modela una estrategia política y social de los movimientos, son factores explicativos de la diversidad de los discursos sobre las mujeres desde países teóricamente similares. Tomando como ejemplo a Marruecos, dos cuestiones deben tenerse en cuenta para explicar el discurso sobre las mujeres dentro del islamismo marroquí.

Primero, el carácter del islamismo marroquí, de índole nacionalista y con muchas vías de comunicación y muchos parecidos con el partido que aunó las ideologías nacionales en el momento de la independencia, el Istiqlal. Segundo, la existencia de un movimiento feminista que no tiene el secularismo como bandera, sino que, por diferentes circunstancias, muchas de ellas relacionadas con cuestiones de estrategia política, acepta el islam como bagaje cultural. Este último aspecto viene aderezado con los planteamientos de ciertas intelectuales feministas importantes y de gran alcance internacional, que sostienen una postura a veces culturalista con respecto al feminismo, aunque con un fin más anti-imperialista, al estilo de los nuevos movimientos sociales, que pro-islámico. Estas dos cuestiones definitivamente estrechan los márgenes de actuación que podría tener un espacio feminista islamista.

Marruecos: tres perfiles de relaciones entre feminismo e islam

En Marruecos hay dos grupos islamistas importantes con un discurso sobre las mujeres. El análisis de éstos deja ver las contradicciones de los movimientos respecto a este asunto. Y aquí hay que plantearse la cuestión enunciada al principio: ¿qué peso tiene el discurso sobre las mujeres dentro de los movimientos? ¿qué alcance tiene, en la sociedad marroquí, ese discurso? El primer grupo de mujeres es la Organización por la Renovación de la Conciencia Femenina, adscrito al Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), un ensamble de diferentes movimientos, que concurre a elecciones desde 1997 y que está presente en el Parlamento.

El segundo es Insaf, sector creado desde Justicia y Espiritualidad. Los dos movimientos, con sectores femeninos bien formados y organizados, presentan reivindicaciones dispares con respecto a las mujeres. Los objetivos del primero, bien acomodado en el Parlamento y en las urnas, “tradicional” de las mujeres, van en la línea de una recuperación de modelos familiares y de relaciones sociales que se han visto raptados por la colonización cultural. Aunque la diputada del PJD represente al partido y sea la encargada de hablar de los temas de mujeres en los medios y en los debates, no parece que la cuestión tenga un gran alcance en su proyecto político, y desde luego, no se definen como feministas, puesto que en su ideario nacionalista y tímidamente anti-imperialista, tal etiqueta sería mal asimilada.

Sí habla de feminismo Insaf, adscrito a Justicia y Espiritualidad. Este movimiento ni siquiera está legalizado como asociación, aunque tiene una gran capacidad de movilización y muchos simpatizantes que se organizan alrededor de una compleja red de asociacionismo local básicamente urbano, en el que las mujeres desempeñan un importante papel. En los últimos tiempos, han adoptado el término feministas para referirse a sí mismas, aunque admiten que es en aras de la comprensión del público occidental. Insaf habla de la emancipación de las mujeres por medio de la educación y de la implicación igualitaria de hombres y mujeres en las obligaciones familiares y profesionales, pero no apuesta abiertamente por un modelo igualitario de derechos y deberes.

Mencionan una “complementariedad” en los papeles de hombres y mujeres, en vez de la igualdad plena reivindicada por las feministas. Lo verdaderamente curioso es que este grupo, sin ser “legal” en Marruecos, parece ser llamado a convertirse en el representante del islamismo en contextos internacionales, y la portavoz del movimiento representa el discurso del feminismo islámico. Existe un tercer perfil, no islamista, pero sí feminista con raíces arabo-musulmanas. Se trata del tipo de discurso sostenido por la socióloga marroquí Fatima Mernissi o la egipcia Leïla Ahmed. Es minoritario, pero suele convertirse en un punto de confusión. Estas autoras, junto con otras intelectuales, defienden una posible base musulmana de la igualdad, frente al imperialismo tradicional del feminismo blanco.

Pero hay algo fundamental. Su activismo, por demás con cierta ambigüedad según el momento, no se enmarca en un proyecto religioso, sino cultural, lo cual establece, paradójicamente, puentes con las feministas marroquíes, que no renuncian a su herencia cultural, y con las islamistas, que conservan una vertiente cultural-nacionalista. En todo caso es importante señalar que los discursos y afirmaciones sobre el papel de las mujeres que se elaboran desde los movimientos religiosos en el mundo arabo- musulmán, no participan de los diferentes backgrounds que tan importantes fueron en los feminismos del Tercer Mundo o en el feminismo negro. Muchas militantes islamistas sostienen esos discursos, y algunas hablan efectivamente de feminismo, pero desde un proyecto nacionalista o religioso, o desde los dos.

Este discurso sobre las mujeres se convierte en un cabo más que le permite al movimiento, entre otras cosas, acceder a otra parte del espectro social, y sobre todo, internacional. No hay, en ningún caso, un intento de hacer un feminismo islámico, porque no hay por el momento, y esa es mi consideración, una relectura de la historia del feminismo sobre una base “tercermundista”, árabe o musulmana. El feminismo islamista, hasta el momento, sirve a otros proyectos, no al revés. Y cabe augurar para estos cameos del feminismo islamista algo parecido a lo que nos enseña la historia del movimiento de mujeres en las ocasiones, como en el feminismo socialista, en las que éste ha ejercido de actor secundario de otros proyectos. El resultado fue la aniquilación del feminismo y la progresiva marginación de las mujeres en la lucha política.