Estimular la emergencia económica del Magreb: hacia una integración subregional reforzada

La colaboración Sur-Sur y Norte-Sur mejorará el crecimiento de la zona y ayudará a la convergencia entre ambas orillas.

Sébastien Abis, encargado de la misión en Calame, París

Balcón de África sobre Europa y espacio subregional estratégico, el territorio del Magreb posee un potencial de desarrollo único en el sur del Mediterráneo. Aunque los países que integran la región son cinco –Argelia, Marruecos, Túnez, Libia y Mauritania– la examinaremos desde una perspectiva restringida referida a los tres primeros. La elección de este análisis está justificado en parte por la cohesión sociocultural existente entre estos tres países, cohesión que, además, se ve incrementada por su común apertura a la modernidad y al mundo.

Hacia la competitividad regional y mundial

Además de ser interlocutores de numerosos actores internacionales, Argelia, Marruecos y Túnez, son, sobre todo, soicios tradicionales de la Unión Europea (UE). La relación entre el Magreb y Europa, basada en la proximidad y la existencia de vínculos seculares, representa la inalterable cooperación transmediterránea. Ante la actual dinámica de la globalización y para responder a la exigencia de desarrollo social de cada uno de los países que lo integran, así como a la necesidad de mejorar su competitividad regional y mundial, el Magreb debe estimular su desarrollo económico. Sin embargo, las estrategias de Argelia, Marruecos y Túnez para alcanzar este desarrollo son, dada su diferente situación económica, política y demográfica, distintas.

Argelia, que acaba de salir de una guerra civil, ha emprendido tarde el camino de la liberalización económica en comparación con Túnez y Marruecos. Estos dos últimos países tienen que producir riquezas mediante actividades internas (agricultura, industria textil, turismo y servicios) mientras que Argelia dispone de una renta petrolera (del 25% al 30% del PIB como media) para aprovisionarse en el exterior de productos alimenticios y manufactureros. No obstante, los tres países han llevado a cabo decisivas reformas económicas y financieras, en la búsqueda de una política de privatización y de incremento de la liberalización de su comercio. Tales tendencias responden a imperativos externos y prioridades internas de sus gobiernos.

El Magreb necesita un poderoso anclaje exterior para incrementar su crecimiento económico, captar inversiones internacionales y diversificar sus flujos de exportaciones, lo que se traduce en múltiples compromisos dentro de los procesos regionales o bilaterales:

– Túnez y Marruecos se adhirieron en 1995 a la Organización Mundial de Comercio y Argelia debe hacerlo en un futuro próximo.

– Miembros activos del partenariado entre Europa y el Mediterráneo, los tres Estados magrebíes son beneficiarios de las ayudas MEDA que, desde hace 10 años, otorga la UE. Túnez y Rabat pueden jactarse, además, de haber sido los dos primeros que firmaron y aplicaron un acuerdo de asociación con la UE, premisa para la creación de una futura zona económica euromediterránea. Tres obstáculos dificultan tal objetivo: la brecha económica que separa ambas orillas; la concentración del comercio magrebí (Argelia el 62,3%, Marruecos el 64,7% y Túnez el 76,7% en 2003) sobre la UE. Esta concentración del comercio resulta poco ventajosa en un mercado dominado por la globalización de los intercambios. Y, por último, la infravalorización del sector agrícola, pese al potencial de convergencia entre el Norte y el Sur y de las complementariedades en las producciones mediterráneas (AgriMed 2005, informe del Centro Internacional de Altos Estudios Agronómicos Mediterráneos, París, marzo de 2005).

– Túnez y Marruecos han acordado la creación de una zona árabe de libre comercio y se han comprometido en un proceso de integración Sur-Sur (acuerdo de Agadir firmado con Egipto y Jordania en febrero de 2004).

– Por otra parte, el Magreb tiende a convertirse en zona de competencia transatlántica. Para competir con la política mediterránea de la UE, la diplomacia americana está haciendo enormes esfuerzos para consolidar su presencia en el norte de África, tal como lo atestigua la firma en junio de 2004 de un acuerdo de libre comercio con Marruecos, que debe entrar en vigor en julio de 2005. Para Washington, el Magreb representa una zona estable y económicamente emergente a escala de la Iniciativa para un Gran Oriente Medio y Norte de África.

Los Estados magrebíes han desarrollado una red de relaciones exteriores muy apropiada para aprovechar la competencia de las potencias europea y americana. Esta diplomacia del chantaje resulta inevitable y legítima para asegurar una inserción competitiva de estos países en la economía de mercado mundial.

Las reformas internas

En el plano interno, la lentitud de las reformas políticas contrasta con las económicas (falta de responsabilidad del Estado, reducción del proteccionismo, política de privatizaciones, incremento de la liberalización del comercio y adopción de mejores garantías jurídicas. El Magreb se encuentra así en una delicada fase de transición en la que se ha impuesto la adaptación a una economía de mercado globalizada pese al difícil nacimiento de la democracia.

Las reformas económicas han permitido mejorar la asignación de los recursos naturales mediante un refuerzo de los mecanismos de mercado y la apertura de la economía a la internacional. Pero, tras una etapa de estabilidad macroeconómica, Marruecos, Túnez y Argelia tienen que progresar en las reformas estructurales. Los últimos años han confirmado el papel estratégico que sectores tradicionales, si bien volátiles, como el turismo y la agricultura, desempeñan en Túnez y Marruecos y han consolidado la capacidad de resistencia de estos dos países a los golpes externos.

La progresiva apertura de sus economías y el constante esfuerzo por diversificar las actividades (economía del conocimiento) han favorecido su desarrollo económico, que depende, no obstante, de las buenas condiciones climáticas y de las temporadas turísticas satisfactorias. El reciente desmantelamiento de los acuerdos multifibras en ambos países va a debilitar a un sector textil que crea riqueza y empleo. Sin embargo, en Túnez el crecimiento puede apoyarse en el dinamismo de sectores como las telecomunicaciones y las industrias mecánicas y eléctricas. Mientras tanto, la economía argelina sigue presa de la renta petrolera y tiene dificultades para desarrollar los sectores turístico y agrícola. Si bien su deuda externa disminuye, la modernización del aparato productivo y la diversificación de la economía apenas han avanzado.

El crecimiento económico de los países magrebíes entre 1995 y 2004 ha sido real: un 3,85% en Argelia, un 3,11% en Marruecos y, sobre todo, en Túnez, que ha conseguido la mejor puntuación en el sur del Mediterráneo con un 4,76%. Pero, estos resultados siguen siendo insuficientes para atenuar las alarmantes tasas de desempleo en estos países, donde la emigración es muchas veces el único modo de soñar. El débil crecimiento del PIB de los Estados magrebíes no garantiza una reducción de la brecha económica entre la UE y el Magreb (si Marruecos y España están geográficamente separados por apenas unos kilómetros, la distancia económica entre ambos alcanza proporciones enormes. Así, en 2002, en paridad de poder adquisitivo, el PIB español era de 21.460 dólares frente a los 3.810 dólares de Marruecos).

Los obstáculos para el desarrollo persisten: las carencias del sector bancario y bursátil, la debilidad de la infraestructura transmagrebí, el peso de la deuda pública, la falta de inversiones extranjeras directas, la inseguridad jurídica, la gobernanza insuficiente y la importancia de la economía informal. El desarrollo socio-económico ligado a los planes de reajuste estructural, la transición liberal de la economía y los procedimientos de “puesta a punto” realizados en el marco de los acuerdos de asociación con la UE, han trastocado las condiciones de vida en el Magreb. Los tres países magrebíes están comprometidos en varios convenios de cooperación regionales o en relaciones bilaterales de libre comercio. Esta avidez de convenios responde a la necesidad de insertarse eficazmente en la economía de mercado internacional. Poco a poco el desarrollo y la modernización han ido difundiéndose, si bien de forma desigual.

La diferencia de nivel de vida entre zonas rurales y urbanas configura un desarrollo económico variable en territorios con altas tasas población rural (42% en Argelia, 43% en Marruecos y 33% en Túnez). A un litoral en pleno auge se contrapone un interior muy poco dinámico, que no resulta beneficiado por los efectos económicos de signo positivo que ha producido la apertura al exterior y las reformas. Es evidente que tales reformas y la inserción en la economía mundial sólo podrán tener éxito si al mismo tiempo se adoptan medidas sociales que las acompañen. Por tanto, el imperativo socioeconómico de los próximos años debe ser mejorar la calidad de vida de la población magrebí. Entre 1965 y 2005 la población del Magreb ha pasado de 30 a 75 millones de habitantes. Los países que lo integran han iniciado, ciertamente, un proceso de transición demográfica, pero la población joven engrosa desde entonces la parte correspondiente a la población activa, acentuando así la tasa de desempleo.

En 2010 la necesidad de creación de empleo en el Magreb se elevará a cerca de 7,5 millones. En 2020 serán necesarios 10 millones de empleos cuando ya desde ahora ciertos sectores, como el textil, están amenazados por la competencia de los países asiáticos. Corolario de esta persistente tasa de desempleo son un inoperante progreso social y la enraizada pobreza. El repliegue de la igualdad, alimentado por la miseria y el desencanto, y el retorno de los movimientos islamistas radicales debilitan estas sociedades constreñidas por sistemas de gobernanza rígida. Si no se actúa adecuadamente estos desequilibrios van a agravar las tensiones sociales y económicas comprometiendo de este modo el progreso en el Magreb. Con este panorama, la región, olvidada por la globalización, estará condenada al fracaso.

Hacia una integración subregional

Estos retos sólo pueden afrontarse mediante la coordinación de todos los países magrebíes. Una estructuración regional más integrada se presenta como potencial paliativo que permita garantizar un florecimiento económico duradero en el Magreb. La estrecha cooperación entre los países del norte de África, tendente a aumentar las ventajas comparativas y a producir beneficiosas interacciones transmagrebíes, participa de la lógica actual, en la cual la globalización se regionaliza. La configuración internacional está dominada por espacios regionales integrados que, poco a poco, determinan la imagen de un mundo multipolar.

Frente a la exigencia de una creciente competitividad económica, sólo los procesos de integración pueden adquirir la dimensión suficiente para tener peso a escala internacional. Uno de los objetivos del Proceso de Barcelona es, precisamente, la construcción de un espacio regional integrado entre la UE y los países al sur y al este de la cuenca mediterránea. Ahora bien, si Europa representa un modelo de integración profunda, en el Sur preocupa la ausencia de una estrategia regional. Sin embargo, la voluntad de unificar el Magreb ha quedado confirmada desde las independencias de mediados de los años sesenta.

En 1989 el tratado de Marraquech, por el que se establecía la Unión del Magreb Árabe, propugnaba el desarrollo de una integración subregional. Pero la constitución de un mercado magrebí único chocó con una situación política desfavorable que congeló el proceso. Además de la prevalencia de los contenciosos argelino-marroquíes por el Sáhara Occidental, otros factores explican esa parálisis: la debilidad de los contactos entre los operadores económicos, la competencia entre las economías magrebíes en los mercados internacionales, las deficientes infraestructuras y la falta de una unión aduanera y de una moneda regional única. Los costes económicos del “no Magreb” son considerables: desperdicio de las ventajas comparativas, desconfianza de los inversores extranjeros, reducción del volumen de los mercados, desigualdad diplomática comercial frente a Europa, poder de negociación marginado a escala mundial, necesidad de un crecimiento anual del PIB del 2%.

Ahora bien, sin una solución para los problemas políticos, la voluntad de integración del Magreb a corto plazo parece poco realista. El acuerdo de Agadir, en cambio, puede ser un medio eficaz para progresar en el camino de la integración Sur-Sur. Los cuatro países firmantes (Egipto, Jordania, Marruecos y Túnez) comparten similares necesidades y gozan de grandes complementariedades en su economía. En este contexto, la ausencia de Argelia plantea dos cuestiones: la necesidad de integración subregional para un país que dispone de rentas y la factibilidad de un acuerdo magrebí de libre comercio.

Pero, si Argelia, Túnez y Marruecos quieren concederse una oportunidad para acercarse a la dinámica de la globalización, no pueden seguir ignorándose por más tiempo (los flujos de intercambios intermagrebíes no superan el 3% de las exportaciones de Marruecos, Túnez y Argelia, lo que constituye la tasa más baja de todo el mundo en lo que respecta a intercambios exteriores por zona). Ninguno de estos países puede hacer frente de forma aislada a la competencia (especialmente la de Asia).

A corto plazo se podría desarrollar una auténtica integración subregional magrebí en torno a dos objetivos: establecer un clima de paz duradero entre países limítrofes y permitirles obtener una inserción competitiva en la economía internacional. Ciertos aspectos concurren como elementos favorables: la proximidad geográfica y cultural, retos socioeconómicos comunes a todos los países, complementariedad en sectores estratégicos de la economía (energía, agricultura, turismo), promoción de las economías de escala, rentabilidad confirmada por los esfuerzos conjuntos (los gasoductos). Las oportunidades surgen poco a poco, como, por ejemplo, en el sistema magrebí de pequeñas y medianas empresas, los distritos industriales especializados de alta productividad y las zonas de actividades avanzadas.

El reto es tanto más estratégico en cuanto resulta coincidente con el que suponen las relaciones entre Europa y el Mediterráneo. La ampliación de la UE al Este en 2004 ha tenido dos grandes incidencias sobre el proyecto euromediterráneo. La primera fue advertir a las instancias europeas sobre la necesidad de no dejar de lado al Mediterráneo. La segunda incidencia ha sido, dentro del marco de un partenariado esclerosado entre los 35 países miembros, estimular el establecimiento de una cooperación fuerte. En el décimo aniversario del Proceso de Barcelona, los expertos coinciden en la importancia de los marcos de acción subregionales, verdaderos motores que en un futuro próximo van a estimular el proyecto.

Su renovación y relanzamiento están, en efecto, subordinados al logro de los procesos de integración subregional. En este escenario, el Magreb debería dar ejemplo estimulando la integración Sur-Sur y perfeccionando las condiciones de su propio desarrollo económico. Un Magreb en recesión y no integrado resultaría un obstáculo tanto para el sur del Mediterráneo como para la UE. En cambio, un Magreb en expansión y progresivamente integrado tendría beneficiosos efectos sobre toda la región. Extendiendo así la dinámica del proceso euromediterráneo, esta integración horizontal fortalecería la capacidad de los países del norte de África para manifestarse con voz unánime y ejercer un mayor peso. El tiempo apremia.

A falta de perspectivas de adhesión a la UE los objetivos de paz, desarrollo económico y progreso social pasan por la constitución de estos conjuntos subregionales integrados. Más allá del carácter estimulante del acuerdo de Agadir y de la necesaria estructuración de las relaciones intermagrebíes, es conveniente promover la integración subregional Norte-Sur en el Mediterráneo occidental. La iniciativa del Diálogo 5+5 es demasiado modesta y poco propicia a un reforzamiento del proyecto euromediterráneo. En compensación, un eje euromagrebí fuerte podría responder al doble desafío que supone el establecimiento de un desarrollo económico duradero y de una creciente subregionalización en las relaciones entre Europa y el Mediterráneo.

La opción de una colaboración estrecha entre los tres grandes Estados mediterráneos del sur de Europa (España, Francia e Italia) y el Magreb (Argelia, Marruecos y Túnez) debería privilegiarse. Este núcleo duro podría definir una estrategia económica euromagrebí basada en la firme voluntad de un desarrollo mutuo y la práctica de actividades económicas de cooperación en sectores de interés común. Tal estrategia permitiría a los responsables económicos recuperar la confianza y aúnar las fuerzas y energías.

De este modo, la atracción del Magreb serviría también como estímulo para las inversiones europeas, a fin de crear el empleo que precisa y coadyuvar al desarrollo económico de la sociedad en los países que lo integran. La mejora en la calidad de vida, la aceleración del crecimiento, la disminución del desempleo y la participación de las elites magrebíes en la consolidación del desarrollo de sus países podrían favorecer finalmente Estados más democráticos y atenuar el fenómeno de la emigración. Junto a la integración subregional Sur-Sur, un partenariado fuerte Norte-Sur podría mejorar el desarrollo económico del Magreb y servir de catalizador para la convergencia entre ambos orillas del Mediterráneo.