Estado de la población mundial 2007

El informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas analiza las consecuencias de la duplicación inminente de la población urbana del mundo en desarrollo.

Youssef Courbage

En el siglo XXI, prácticamente la totalidad del crecimiento urbano tendrá lugar en los países en desarrollo. A semejanza del crecimiento de la población total, éste será un crecimiento casi exclusivo de los pobres. En los países ricos, Europa y Norteamérica, la población urbana tardó dos siglos en alcanzar el umbral del 50% (1750-1950). Ahora bien, solo harán falta 60 años para que los países en desarrollo lleven a cabo el mismo recorrido. Los estereotipos sobre las ciudades en expansión son persistentes. En realidad, las ciudades modestas –de menos de medio millón de habitantes– serán las que estarán bajo los focos, en mucha mayor medida que las megalópolis. La nociva manipulación de las estadísticas alimenta otras ideas preconcebidas.

Nos anuncian que hordas de pordioseros van a afluir a las ciudades. Pero realmente, el crecimiento urbano se deberá más al efecto del crecimiento natural (excedente de nacimientos respecto a las muertes) que al de la emigración ruralurbana. Las poblaciones rurales están mucho más predispuestas hacia la Ciudad; exigen su “derecho a la ciudad”, por retomar la expresión tan querida por el filósofo y sociólogo Henri Lefèvre. Son los poderes públicos, los de los regímenes llamados progresistas y los de los conservadores, los que ponen trabas y hacen todo lo posible para frenar la urbanización, utilizando mil y un subterfugios.

El crecimiento de la población urbana del Tercer Mundo es tan ineludible como lo es, por ejemplo, el envejecimiento de la población de Europa. Es inútil lamentarse invocando de manera nostálgica una supuesta “vuelta a la naturaleza”. Es necesario renunciar a estas visiones ingenuas y hacer frente a la realidad tal como es. La población urbana (3.300 millones actualmente) superará el umbral del 50% en 2008, y seguirá creciendo durante el próximo cuarto de siglo, en la medida y en la forma en que la población rural va a disminuir de aquí a 2030.

Alfabetización y democratización familiar frente a la desestabilización social

Franquear el umbral del 50% de urbanitas en 2008, como confirma el informe del UNFPA, tendrá una importancia extraordinaria para la historia de la civilización. Los umbrales cuantitativos son más que un símbolo, ya se trate del umbral de alfabetización del 50%, del de las actividades en los sectores no agrícolas o, de ahora en adelante, del umbral de urbanización del 50%. Son datos que fueron y serán esenciales para la suerte de la humanidad. No son solo argucias de estadísticos y demógrafos que adoran los números redondos.

Emmanuel Todd (coautor conmigo de un artículo sobre la revolución demográfica en Marruecos y de un libro sobre el encuentro de las civilizaciones) nos dice que la superación de los límites de alfabetización del 50% para los hombres jóvenes tuvo efectos decisivos en el pasado. Pero, como cualquier forma de progreso, tuvo su lado positivo y su lado negativo. Los ejemplos abundan, desde la revolución francesa en el siglo XVIII hasta la revolución iraní en 1979. El lado positivo es el aumento de la productividad, y la democratización de la familia y de la sociedad. Con el aumento de la alfabetización femenina, la edad del matrimonio se retrasa y la fecundidad baja, condición imprescindible para el despegue económico.

Pero existe también el lado negativo debido a esa superación del umbral de alfabetización. La revolución mental desestabiliza el orden cultural, social y político. Las relaciones entre padres e hijos y entre mujeres y hombres se alteran radicalmente. La transición urbana acelerada acompaña a otras transiciones: la demográfica y la educativa. Contribuye a trastornarlas y desempeña a veces un papel autónomo, “se anticipa a la llamada”, en la metamorfosis de las sociedades. La ciudad es una escuela en sí misma, un aprendizaje para la apertura. La urbanización puede constituir un atajo en el trayecto de las sociedades hacia la modernidad.

Así, en un país como Marruecos se alcanzó más rápidamente el límite del 50% de urbanitas que el límite del 50% de alfabetización de las mujeres, con todos sus efectos beneficiosos –y negativos, no hay que ocultarlo– que representa este avance. La residencia en las ciudades de Marruecos (o de otros sitios) contribuyó a modificar los flujos de riquezas intergeneracionales. Del niño como fuente de riqueza, activo a partir de la edad de seis años, se pasó al niño de las ciudades, que cuesta a sus padres mucho más de lo que les reporta.

De ahí el fuerte incentivo a la baja de la fecunidad, causada, casi exclusivamente, por la urbanización. La escolarización se generaliza en la ciudad. En Marruecos, la escolarización en la enseñanza primaria se acerca a un 100% (en 1994, el 88% de los niños y el 80% de las niñas) mientras que sigue estando en niveles lamentables en el campo (60% niños y 27% niñas). En la ciudad, las tasas de escolarización femenina alcanzan rápidamente a las masculinas, lo que es muy prometedor en términos de transición demográfica. Las niñas que escapan del analfabetismo, y que están casi todas escolarizadas, actualmente son las madres del mañana, madres mucho mejor preparadas para racionalizar su elección de procrear.

En la ciudad, el trabajo de las mujeres se convierte en una obligación, con múltiples implicaciones. En el campo, estuvieran activas o inactivas, las mujeres tenían el mismo número de hijos, muchos: seis hijos de media en el Marruecos de los años ochenta. El trabajo agrícola no permite la autonomía de las mujeres, al contrario que el trabajo en el medio urbano que proporciona un aumento de la autonomía financiera, gracias a un salario individualizado, y permite el contacto con el mundo exterior, especialmente la participación en asociaciones femeninas y feministas. Incluso aunque sea analfabeta, la mujer urbana toma más conciencia de sus derechos, sobre todo en lo que se refiere a la reproducción.

La ciudad fomenta la igualdad: el marido exige a partir de ese momento que su mujer trabaje, lo que le concede más poder de negociación en las decisiones familiares y sociales. El mundo rural no tarda en aprovecharse, gracias a la difusión por medio de los emigrantes de las nuevas ideas nacidas en las ciudades, de las conexiones entre los dos mundos. De este modo, se han difundido en Marruecos las nuevas pautas de fecundidad.

El reto de la sostenibilidad urbana

En otro orden de ideas, es necesario hacer hincapié en el hecho de que la concentración demográfica en las ciudades propicia el desarrollo sostenible. La protección de los ecosistemas exige que la población se concentre en zonas de alta densidad y esté empleada en actividades de los sectores secundarios. Por supuesto, aquéllos a los que se ha convenido en llamar “los enemigos de la ciudad” destacan sobre todo la cara negativa de la urbanización, y olvidan sus beneficios.

Ponen por delante la proliferación de los chamizos y los barrios de chabolas, la pérdida de las costumbres, la prostitución, fenómenos agravados por el retroceso de la edad del matrimonio en las ciudades. Para el joven varón, la elección se limita a la emigración, generalmente imaginada a falta de poder concretarse, o a la violencia, en especial la violencia política. Son legiones los autores y los periodistas que ven en la urbanización la causa de esta violencia generalizada, provocada por los movimientos salafistas e islamistas que enlutan las ciudades del mundo árabe y musulmán. El riesgo político se agrava con la urbanización, debido a la concentración en espacios reducidos. Y también en razón de las mayores posibilidades de comunicación e interacción y de las enormes masas de pobres que toman conciencia de su explotación, mucho más rápidamente que cuando estaban desperdigados entre el polvo de los pueblos.

El cuestionamiento violento del poder existente y de las clases privilegiadas no está lejos. La crítica de la ciudad no es solamente política. Sus detractores destacan factores demográficos o epidemiológicos, como la elevada mortalidad materna e infantil en los chamizos, o el SIDA. Son riesgos serios. El informe del UNFPA no los oculta. Pero si la cuantificación de los costes y de los beneficios de la urbanización fuera posible, se vería que los segundos superan ampliamente a los primeros. Las ciudades tienden a sobreexplotar el espacio. El riesgo ecológico procede de esta actitud irracional. La extensión de la ciudad hacia barrios en las afueras rima cada vez mejor con la disminución de la densidad urbana.

Lo mejor de esas bellas ciudades inmortales, como el París intramuros, Roma, Barcelona o Madrid, se debe a su fuerte densidad de población; son ciudades que se pueden recorrer, sin ser un atleta, de Norte a Sur, de Este a Oeste, en bicicleta o incluso a pie. Por desgracia, ceden ante esos suburbios urbanizados, poco densos, ávidos de espacio periférico; la proyección en el espacio del individualismo exacerbado. La casa, antes que el apartamento, es el triunfo del modelo anglosajón; la ciudad es Babilonia con todos sus peligros.

Así pues, es mejor la vuelta a la naturaleza. Las ciudades permiten economías de escala considerables. Luego, los avances serán más rápidos y más baratos en el medio urbano que en el medio rural, aquejado de dispersión. Sin embargo, los rendimientos disminuyen con el tamaño de las ciudades. Por tanto, desde este punto de vista que el crecimiento urbano sea de pequeñas ciudades más que de megalópolis es una buena noticia, ya que están y seguirán estando aún por mucho tiempo en la fase de los rendimientos crecientes. Además, como confirma el informe, las pequeñas y medianas ciudades poseen reservas territoriales y un acceso más fácil al suelo.

Algunas observaciones críticas para concluir

Sin embargo, es necesario hacer algunas críticas a este informe para respetar las reglas del juego. La definición de lo urbano: el informe y sus anexos presentan tipos de urbanización no homogeneizados. La unidad de medida puede modificar considerablemente la clasificación. En Egipto por ejemplo, según el informe, solo un 43% de población es urbana, mientras que según el Plan Azul sería un 67%, que define una zona urbana homogenizada: las localidades con más de 10.000 habitantes. El crecimiento natural y la inmigración rural-urbana: el informe tiende a distinguir, en el crecimiento urbano, solo el saldo natural de la inmigración neta, para concluir que el saldo natural desempeñará un papel más importante.

Globalmente, es cierto, pero un poco esquemático. Es posible, y el análisis demográfico y la modelización permiten hacerlo, determinar un saldo natural, excedente de los nacimientos y las muertes específicos de los inmigrantes. A menudo, tienen una natalidad más elevada que la de la población urbana original, una estructura de edad favorable y una mortalidad más baja, porque los viejos no inmigran. Es “políticamente correcto” no hacer distinciones. Pero al recibir la migración internacional, se tiene en cierta forma una “segunda generación” de inmigrantes, formada por personas nacidas en el lugar, descendientes de inmigrantes, híbridos entre lo rural y lo urbano puros.

Esta población surgida de la inmigración debería ser mejor interpretada por los sociólogos urbanos. En conclusión, es necesario destacar el gran valor de este informe. Querría llamar la atención sobre algunas ideas importantes –hay muchas en él– que me han suscitado un especial interés. Así, la idea de que la preferencia por la casa individual –en los planes de adaptación del territorio para el escalonamiento urbano– lejos de ser un dato objetivo, podría reflejar solo la ideología de los expertos, originarios en su mayoría de los países desarrollados.

Mencionaré también que el informe se atreve a ir contracorriente de las modas actuales, dirigidas por la globalización y la desestatización sistemáticas. Reconoce la legitimidad de una intervención del Estado, ya que “no habrá una mano invisible que venga a ordenar el crecimiento urbano de acuerdo con las necesidades sociales y con las responsabilidades intergeneracionales”.